Presencia de Satán en El Mundo Moderno - Monseñor Cristiani PDF

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Mrg Augustin Louis Léon Cristiani

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Palabra del Evangelio

Cuando decimos que una afirmación es o no es "palabra del Evangelio", queremos aseverar que es o no es una
verdad indiscutible. Para los cristianos Cristo es la autoridad soberana, aquella ante la cual nos inclinamos, a la
cual damos toda nuestra fe y toda nuestra confianza, todo nuestro amor. Hasta para los mismos incrédulos,
Jesús es una de las personalidades más eminentes de la historia. Es la rectitud y la sinceridad. Es aquel que
dijo: Que tu discurso sea: ¡esto es o esto no es! ¡Todo lo que esté fuera de esto de nada sirve! Preguntémonos,
pues, lo que Jesús ha pensado y ha dicho de Satán.

El Evangelio, sobre este punto, como sobre todos los otros puntos que conciernen a la vida religiosa de los
hombres, es normativo y definitivo. Si no lo es ya para los que han perdido la fe, no es menos cierto que no se
puede comprender nada de la mentalidad religiosa de los siglos que nos han precedido en Francia sin recurrir
al Evangelio. Quienes han tenido — o creído tener — contactos con el Demonio, quienes han sufrido sus
ataques como nuestro cura de Ars, quienes han sido tratados como "poseídos" y han sido objeto de exorcismos
más o menos eficaces, habían extraído del Evangelio y de la tradición emanada del Evangelio sus
interpretaciones de los estados experimentados por ellos. Abramos pues el Evangelio. ¿Habla de Satán?
¿Contiene historias de poseídos, de expulsiones de demonios?" Jesús en persona ¿ha creído en el Diablo y qué
ha dicho sobre ello?

La tentación de Jesús

En primer lugar debe llamar nuestra atención la tentación de Jesús en el desierto. Tres de nuestros Evangelios
hablan de ello. Nos muestran a Jesús y a Satán solos y frente a frente. Pero prestemos atención a lo siguiente:
nadie había sido testigo de este encuentro memorable. Nuestros tres evangelistas no podían saber nada de lo
ocurrido más que por boca del mismo Jesús. Por consiguiente, Él se tomó el trabajo de decir a sus discípulos lo
que había pasado entre Él y el Demonio. Él quiso que se supiera que lo había visto, lo que se llama verlo, por
decirlo así, "cara a cara"; que Satán le había hecho proposiciones, había tratado de someterlo a su yugo,
¡tratado de desviarlo de su camino! En una palabra, Jesús quiso ser tentado.
Lo fue. Reveló a los suyos en qué había consistido esa tentación: Satán le había mostrado el mundo, diciéndole:
"Te daré toda esta potencia y la gloria de esos reinos, puesto que a mí me ha sido entregada y a quien quiero la
doy; si, pues, tú te postrares delante de mí, será tuya toda." (Lucas, IV, 5-7.) No digamos que la tentación fue
pequeña. Tenía las dimensiones del planeta. Satán había adivinado, pues, que tenía las dimensiones de Jesús.
Y Jesús, por su parte, al llamar en dos oportunidades a Satán "príncipe de este mundo" (Juan, XIV, 30; XVI,
11), está de acuerdo con él para reconocerle una preponderancia en todos los reinos de la tierra. Hablando de
los relatos de la tentación en el desierto, el padre Lagrange los compara a esos prólogos de las tragedias
antiguas en los cuales todo el drama que iba a desarrollarse estaba anunciado y como prefigurado. La batalla
entre Satán y Jesús en el desierto fue un prólogo de esta naturaleza. Decía todo con respecto a la misión de
Cristo. Este sólo venía para derribar la dominación de Satán. San Juan iba a decir en su primera epístola: "Para
esto se manifestó el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo." (Juan, III, 8.) Todo el Evangelio, pues,
tiene que estar lleno de acciones dirigidas por Cristo contra Satán y por Satán contra Cristo. Y está bien que así
sea. No podemos leer nuestros Evangelios sin que esto nos llame la atención. No comprenderíamos nada de los
Evangelios sin la certidumbre de la existencia de Satán y de su acción entre nosotros.

Ejemplos
Sería demasiado largo enumerar aquí todos los párrafos donde se habla de los demonios en el Evangelio.
Citemos, sin embargo, los principales.
Jesús comienza a predicar en Galilea, y San Marcos escribe que echa a los demonios (Marcos, I, 34). Antes del
Sermón de la Montaña las multitudes se reúnen alrededor de Él, ¿por qué? San Lucas nos lo dice: "Los cuales
habían venido a oírle y a ser curados de sus enfermedades; y los que eran vejados por espíritus inmundos eran
curados." (Lucas, VI, 17-18.) Porque, dice San Mateo, "le presentaron todos los que se hallaban mal, aquejados
de diferentes enfermedades y recios dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó". (Mateo, IV,
24.)

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Cuando se habla de María Magdalena, se nos puntualiza que Jesús había echado de dentro de ella "siete
demonios" (Lucas, VIII,2). Cuando Jesús envía a sus apóstoles a predicar en Galilea, les otorga poder sobre los
demonios. Cuando regresan les dice con júbilo: "Contemplaba yo a Satán caer del cielo como un rayo.
(Lucas,X, 17-20.)

Cuando Jesús curó a la mujer "que tenía un espíritu de enfermedad hacía dieciocho años" y el jefe de la
sinagoga se indignó porque era día sábado, Jesús responde: "Hipócritas, cualquiera de vosotros en sábado, ¿no
desata a su buey o su asno del pesebre y lo lleva a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abrahán, a quien Satán ató
hace ya dieciocho años ¿no era razón desatarla de esta cadena en día de sábado?" (Lucas, XIII, 10-16.)

Y recordemos la expulsión del demonio llamado Legión, porque era numeroso dentro de los mismos poseídos.
Legión pide que se los envíe a una piara de cerdos. Jesús consiente y todos los cerdos se arrojan al mar y se
ahogan. (Los tres Evangelistas; ver sobre todo Marcos, V, 1-20.) Este episodio burlesco es asombrosamente
evocador. Los demonios están allí perfectamente representados. Presentimos su naturaleza, su carácter.
Presentimos su "psicología", sobre la cual tendremos oportunidad de volver a hablar: ¿qué hacen en un ser
humano cuando lo tienen en su poder? "Introducen en él — escribe monseñor Catherinet — y mantienen en él
perturbaciones morbosas emparentadas con la locura; tienen una ciencia penetrante y saben quién es Jesús;
sin vergüenza se prosternan ante Él, le rezan, le hacen juramentos en nombre de Dios, temen ser de nuevo
lanzados por Él al Abismo y para evitarlo piden entrar en los cerdos y establecerse allí. No han terminado de
instalarse cuando, con un poder no menos asombroso que su versatilidad, provocan la destrucción cruel y
malvada de los seres en los cuales habían pedido refugiarse. Miedosos, obsequiosos, poderosos, malignos,
versátiles y hasta grotescos, todos estos rasgos, fuertemente revelados aquí, vuelven a encontrarse en grados
diversos en los otros relatos evangélicos de expulsiones de demonios." 1
En suma, es imposible, no sólo para un católico sino para un historiador serio, dejar de comprobar que Jesús
no se limita a hablar como se acostumbra en sus tiempos, que no tiene la intención de conciliar con la
ignorancia y los prejuicios de su medio, pero que cree en la existencia y en la acción de Satán, que nos pone en
guardia contra Satán, que no cesa de luchar contra Satán, tanto que Satán está presente en todo el Evangelio, a
tal punto que esto nos plantea un problema que debemos examinar con la mayor atención.

¿Por qué tantos poseídos?


Los relatos demonológicos son tan numerosos en el Evangelio, el Diablo ocupa en ellos tanto lugar, que
debemos preguntarnos si en todo esto no habrá algo de exageración. Es bien sabido que en la vida corriente no
encontramos a seres poseídos en la cantidad relativamente considerable con que aparecen al paso de Jesús.
Los críticos modernos — por lo menos los que se complacen en llamarse "críticos independientes" — no han
dejado de proclamar que lo consideran inverosímil. Para ellos la mayor parte de estos "poseídos" eran
simplemente maniáticos, medio locos, o dementes más o menos furiosos. Aun cuando así fuese, aun cuando
Jesús al tratar a esta categoría de enfermos se hubiera avenido a las ideas medicales de su siglo, no dejaría de
ser menos notable que hubiera tenido éxito, en la mayoría de los casos, en liberar con una palabra de su
invalidez a estos desgraciados y devolverlos a su estado normal. Pero esta forma de resolver el problema, debe
tenerse por singularmente sumaria, si se considera lo que hemos dicho más arriba. Los textos evangélicos
distinguen muy claramente entre los enfermos y los poseídos. Estos últimos manifiestan, mediante signos
patentes, la presencia de una inteligencia extraña que habita en ellos. Esta inteligencia es hostil a Jesús, es lo
que llamamos la inteligencia de un espíritu maligno.
Si a continuación de ese Prólogo, del cual hemos señalado la grandeza: la tentación de Jesús en el desierto,
Satán no hubiera intervenido en el transcurso de la carrera de Cristo, o no hubiera interpretado más que un
papel secundario, hubiésemos tenido, antes bien, la ocasión de habernos sorprendido. Pero no es el caso. Jesús
ha demostrado abiertamente que es "el fuerte" que ha venido para reprimir el imperio de Satán sobre el
mundo. A decir verdad, esta lucha se desarrollaba principalmente en el terreno de lo invisible, en los dominios
de la gracia y del pecado. Y hasta el fin del mundo esto será así.

1 Satán, Estudios carmelitanos, París, 1949, pág. 319.

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Pero con el permiso de Dios, esta lucha inmensa y secular presenta también signos visibles y nos ofrece
episodios espectaculares. Estos episodios no son lo esencial. No lo olvidemos. Aun cuando en este libro
insistimos sobre ellos, no cabe en nuestro espíritu el extremar su importancia. Lo que está en juego son las
almas, es la elección entre el cielo y el infierno, entre el odio y el amor, ¡entre la felicidad y la condenación!
Entraba, pues, en los designios de la Providencia hacer conocer a los hombres algo del poder de Satán y de
humillar a éste ante el poder del Redentor.

No estamos de ningún modo obligados a creer que el número de poseídos del cual se habla en el Evangelio
corresponde a un término medio en el mundo de entonces o en el mundo actual. Es muy posible y hasta
verosímil que estos casos se hayan producido con una frecuencia extraordinaria alrededor de Jesús. La unión
personal de la divinidad con la naturaleza humana en Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, todo junto,
habría tenido como contragolpe, con el permiso divino, manifestaciones repetidas y múltiples de diablismo.
¡La posesión es, en cierto sentido, una réplica, una caricatura de la Encarnación del Verbo! El paganismo y el
mismo judaísmo empezaban a estar roídos por esa incredulidad con respecto a lo sobrenatural que es una de
las señales del tiempo en que vivimos. ¡La venida de Jesús a la tierra y los numerosos casos de posesión que se
produjeron alrededor de Él constituyen una revelación sobrecogedora del mundo sobrenatural en sus dos
aspectos complementarios que son la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán!

En este sentido fue que dijimos que para nosotros el Evangelio es normativo. Plantea principios, proporciona
claridades, establece leyes, arroja sobre todos los siglos por venir, luces que no deben apagarse jamás. Todo lo
que sabemos y creemos con respecto al Demonio está arraigado en el Evangelio. La creencia en la existencia y
en la malignidad del Demonio es un dogma para los cristianos. Nuestro destino está emparentado con el de los
Ángeles o los Demonios. Veremos a Dios, como los ángeles, dice Jesús, o bien seremos malditos con Satán y
todos sus demonios.

Todo esto tenía que ser dicho o recordado antes que llegáramos a los hechos contemporáneos. Y para
conducirnos del Evangelio a estos hechos contemporáneos será suficiente una rápida ojeada. En conjunto
tendremos que cuidarnos de dos peligros: el de exagerar el satanismo y el de reducirlo a la nada. En algunos
siglos se ha visto al Diablo por todas partes y en otros no se quería verlo por ninguna parte. Doble exageración
igualmente engañadora, igualmente falsa y por consiguiente igualmente salida de Satán, padre de la mentira.

En la antigüedad

No podría decirse que los cristianos de los primeros tiempos tuvieran obsesión por la acción de los demonios.
Podríamos citar textos de San Pablo y de San Pedro que permanecen siempre actuales y que deben ser
considerados por nosotros como la expresión de la estricta realidad. Tenemos que luchar contra el Demonio.
La vida moral no es más que una lucha. Hay otra cosa más que la carne y la sangre. El Dragón se halla
constantemente en acción. San Juan en el Apocalipsis ha dicho todo cuanto había que decir sobre las
vicisitudes de la historia cristiana. Pero es indudable que el Dragón interpreta en ella un papel de primer plano.
Los períodos de persecución tan abundantes en la historia de la Iglesia son eminentemente diabólicos. No
cabe duda, por otra parte, que los primeros cristianos consideraban diabólico al culto rendido a los ídolos bajo
el paganismo.

Los dioses paganos, para ellos, eran demonios. Al hablar de todo esto, sin embargo, no se dirá que los Padres
de la Iglesia hayan exagerado jamás. Un Agustín ha visto muy bien las dos Ciudades. Las ha descrito con
lucidez, con fuerza, con toda la amplitud de visión de un genio espiritual.

A veces lo consideramos pesimista. Pero es por una razón muy distinta de la teología demonológica. No
relaciona solamente con el demonio todo lo que hay de tenebroso en las acciones de los hombres. Nosotros
tenemos en ello nuestra parte. Él es quien afirma por el contrario —volveremos a hablar de esto— que "ese
perro está encadenado". El Diablo no puede nada contra nosotros sin nosotros. De nuestro consentimiento es
de donde extrae su fuerza y de nuestra resistencia es de donde procede su debilidad.

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Las historias más demoníacas llegadas hasta nosotros desde las profundidades de la antigüedad cristiana son
las de los Padres del desierto. Un Antonio ha luchado frente a frente con el demonio.
Los ermitaños de la Tebaida y los monjes de todo origen y de toda época han tenido que pelear con Satán. San
Martín de Tours, en nuestro país, sabía bastante de esto. Sin embargo, podemos atravesar rápidamente la
Edad Media, podemos hojear los infolios de los grandes teólogos escolásticos sin enloquecernos con
evocaciones demonológicas. Los autores que han hecho un estudio especial de la literatura medieval que se
refiere a la posesión demoníaca o la brujería, opinan que los más grandes maestros —Alberto el Grande, Tomás
de Aquino, Duns Scot — se inclinaban antes bien a rechazar los pretendidos prodigios de las brujas. En el siglo
XV todavía, Gerson y Gabriel Biel, el último de los nominalistas, disentían porque el primero afirmaba y el
segundo negaba el poder de los demonios sobre el mundo terrestre.

Un viraje peligroso

Se estaba en esto cuando apareció, en 1486 una obra destinada a tener una enorme repercusión, que iba a
orientar todo un siglo hacia las exageraciones más manifiestas y más deplorables. Se trata del Malleus
maleficarum — El martillo de las brujas — de dos dominicanos alemanes: Jacques Sprenger y Henri Institoris,
el primero profesor en la Universidad de Colonia, el segundo inquisidor en Alemania del Norte. La obra se
propagó en forma prodigiosa. Se conocen 28 ediciones en los siglos XV y XVI. Fue el manual de la cacería de
las brujas, y dio el impulso a toda una literatura demonológica. No terminaríamos nunca de citar los títulos
publicados para uso de los inquisidores o los confesores en el siglo XVI y en los cuales sólo se habla de brujería
o de pactos con el Diablo. El siglo XVII, en sus comienzos, vió pulular este género de obras. Se hablaba en ellos
de la "posesión" con detalles rechazantes, de monstruos, vampiros, diablillos caseros, espíritus familiares, etc.
En 1603, un autor, Jourdain Guibelet, publica un "Discurso filosófico", cuyo título "anzuelo" sólo recubre un
tratado de íncubos y súcubos, es decir, de relaciones carnales con los demonios.

La bibliografía de Yves de Plessis, que sólo comprende las obras francesas sobre la acción demoníaca, contiene
alrededor de dos mil títulos, más o menos. La opinión general tiende, a la sazón, a ver al demonio en todas las
enfermedades que atacan al cuerpo humano. Emile Brouette en el Satán de los Estudios carmelitanos (pág.
363), transcribe estas líneas del ilustre Ambroise Paré, autor de esta frase citada con tanta frecuencia: "¡Yo lo
curé, Dios lo sanó!". "Diré con Hipócrates, padre y autor de la medicina, que en las enfermedades hay algo de
divino de lo cual el hombre no sabría dar razón. . .

Hay brujas, magos, envenenadores, seres maléficos, malvados, astutos, tramposos, que construyen su destino
mediante el pacto que han concertado con los demonios — que son sus esclavos y vasallos — quizá por medios
sutiles, diabólicos y desconocidos, corrompiendo el cuerpo, el entendimiento, la vida y la salud de los hombres
y otras criaturas."

Imaginaciones malsanas

Podemos decir que en el siglo XVI va a producirse una orgía de imaginaciones malsanas desde el punto de vista
demonológico. Se verá al diablo por todas partes. Se inventarán, del principio al fin, infestaciones diabólicas.
La polémica anticatólica del protestantismo naciente estará dominada por el satanismo. La llamada Reforma
protestante ha hecho causa común desde el principio con la obsesión demoníaca. Si bien la persecución de las
brujas y los brujos había empezado mucho antes de Lutero y Calvino, éstos no sólo se abstuvieron de hacer
algo para detenerla, sino que se apoyaron sobre la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento para autorizarla y
promoverla. "Lutero, Melancton, Calvino, escribe Brouette, creían en el satanismo, y sus discípulos,
predicadores fanáticos, no hicieron sino agravar la credulidad natural de los pueblos convertidos al nuevo
Evangelio." (loc. Cit., pág. 367.)

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Cifras impresionantes

El mismo autor proporciona cifras increíbles sobre el número de procesos por brujería. Es cierto que las da
"bajo la reserva más grande y con beneficio de inventario". "N. Van Werveke —nos dice — estima en 30.000 el
número de procesos presentados ante los tribunales del ducado de Luxemburgo. L. Raiponce (Ensayo sobre la
brujería, pág. 64) calcula para Alemania, Bélgica y Francia, la cifra más moderada de 50.000 ejecuciones. A.
Louandre (La brujería, pág. 124) escribe que en el siglo xvi durante 15 años, en Lorena, en 1515, 900 brujos
fueron enviados al suplicio, 5 00 en Ginebra en tres meses; 1.000 en la diócesis de Come, en un año. En
Estrasburgo, según J. Frangais, en tres años se habrían encendido 2 5 hogueras por causa de la brujería. De
acuerdo con G. Save (La brujería en Saint- Dié), el total de procedimientos antisatánicos para el distrito
nombrado se eleva a 230, de 1530 a 1629. Para toda la Lorena, C. E. Dumont (Justicia criminal de los ducados
de Lorena, pág. 48 del tomo II) estima que hubo 740 procesos de 1 5 53 a 1669." Un catálogo completo de los
procesos por brujería sería, no cabe duda, una obra de largo aliento.

Contrariamente a la opinión corriente, acreditada por los mejores historiadores, no es en las postrimerías del
siglo XVI que culmina el furor de la represión antisatánica. Los accesos de esta represión son raros en el siglo
xiv; más abundantes ya en el siglo XV, los procedimientos proliferan desde 153 0, es decir, en la primera mitad
del siglo xvi. Esta primera mitad del siglo será, en realidad, casi tan sangrienta como la segunda, es decir la de
1580 a 1620, que fue la más feroz.

Nos parece que no cometemos un grande error al atribuir en su mayor parte a Lutero y al protestantismo, la
profusión de literatura demonológica que se manifiesta después de 1530.

Era ésta la opinión de monseñor Janssen en su gran historia de La civilización en Alemania2. "Vimos entonces,
escribe, desarrollarse una literatura satánica muy variada y muy importante. En Alemania es casi
exclusivamente de origen protestante y concuerda en todo sentido con la enseñanza de Lutero y su imperio."

Lutero y el Diablo

No cabe duda que en todo el conjunto de su doctrina Lutero atribuye al Demonio una acción mucho más
importante que la que se le acordaba antes. Pretendía tener pruebas personales de esta acción. El, Lutero,
había visto a Satán, naturalmente. Y lo afirmaba a todo el que quería oírlo.

"Satán, escribía, se presenta con frecuencia bajo un disfraz: lo he visto con mis ojos bajo la forma de un cerdo,
de un manojo de paja en llamas, etc." Contaba a su amigo Myconius que en la Wartburg, en 1521, el diablo
había ido a buscarlo con la intención de matarlo y que lo había encontrado a menudo en el jardín bajo la forma
de un jabalí negro. En Coburgo, en 153 0, lo había reconocido una noche en una estrella.

"Se pasea conmigo en el dormitorio — escribe —, y encarga a los demonios que me vigilen; son demonios
inquisidores." Relata en detalle sus conversaciones con el Diablo. Cita casos "muy verídicos" de atentados
satánicos que le eran contados por sus amigos. En Sessen tres sirvientes habían sido raptados por el demonio;
en la Marche, Satán había estrangulado a un posadero y llevado por los aires a un lansquenete; en Mühlberg,
un flautista ebrio había corrido la misma suerte; en Eisenach, otro flautista había sido raptado por el Diablo,
por más que el pastor Justus Menius y varios otros ministros vigilaron constantemente para cuidar las puertas
y ventanas de la casa donde se encontraba. El cadáver del primer flautista había sido hallado en un arroyo y el
del segundo en un bosquecillo de avellanos. Y Lutero da testimonio de estos hechos con una especie de
solemnidad: "No son —dice— cuentos en el aire, inventados para inspirar miedo, sino hechos reales,
verdaderamente aterradores y no chiquilinadas como lo pretenden muchos que quieren pasar por sabios."
Dice también: "Los diablos vencidos, humillados y golpeados se convierten en duendes y en diablillos
caseros, porque hay demonios degenerados y me inclino a creer que los monos no son otra cosa."

2 Plon, París, 1902, tomo IV, pág. 432 y siguientes.

6
Esta última conjetura le agrada porque insiste: "Las serpientes y los monos están sometidos al demonio más
que los otros animales. Satán está dentro de ellos: los posee y se sirve de ellos para engañar a los hombres y
hacerles mucho daño. Los demonios viven en muchos países, pero más particularmente en Prusia. También los
hay en gran número en Laponia; demonios y magos. En Suiza, no lejos de Lucerna, sobre una altísima
montaña existe un lago que se llama «el estanque de Pilatos»; allí el Diablo se libra de toda suerte de actos
infames. En mi país, en una elevada montaña llamada Polsterberg, montaña de los duendes, hay un estanque;
cuando se arroja dentro de él una piedra se desata en seguida una tormenta y todos los alrededores son
devastados. Este estanque se halla lleno de demonios: Satán los tiene prisioneros allí. . . " 3

Pero no era solamente en sus cartas privadas o sus charlas durante las comidas que Lutero hablaba así. La
demonología ocupaba un lugar muy grande en su doctrina misma. En 1520, cuando todavía no estaba
completamente separado de la tradición católica, había declarado que era un pecado contra el primer
mandamiento atribuir al demonio o a los malvados los fracasos en las empresas o las desgracias del destino.
Pero más tarde veía los designios del demonio por todas partes. En su Gran Catecismo, que data de 1529 y
contiene las ideas que le son más caras, enseña expresamente que son los demonios quienes suscitan las
querellas, los asesinatos, las sediciones, las guerras, lo cual puede, como lo diremos más adelante, sostenerse,
pero ¡que sea él también la causa de los truenos, las tormentas, la piedra que destruye la cosecha, y que mata
los animales y reparte veneno en el aire! ¡Qué hubiera dicho de los automóviles cuyas exhalaciones infectan
nuestras ciudades!

"El Demonio — escribe — amenaza sin cesar la vida de los cristianos; satisface su ira haciendo llover sobre
ellos toda clase de males y de calamidades. De ahí que tantos desgraciados mueran, los unos estrangulados,
los otros atacados de demencia; él es quien arroja a los niños a los ríos, él es quien prepara las caídas
mortales." De acuerdo con Lutero los poderes del Demonio son inmensos: "El Diablo — dice — es tan
poderoso que con una hoja de árbol puede ocasionarnos la muerte. Posee más drogas, más redomas llenas de
veneno que todos los boticarios del universo. El Diablo amenaza la vida humana con medios que le son
propios, él es quien envenena el aire."

Y no son éstos textos aislados y raros en las obras de Lutero. Encontramos en sus escritos las aseveraciones
más increíbles. No duda, por ejemplo, que Satán abusa algunas veces de las niñas, que éstas quedan
embarazadas por su acción y que los niños nacidos de esta unión atroz son hijos del Diablo y que no tienen
alma. No son más que un "montón" de carne, según él, y nos da esta razón perentoria: "El Diablo puede hacer
un cuerpo pero no sabría crear un espíritu: ¡Satán es, pues, el alma de sus criaturas!" Y nos da esta conclusión
dogmática: "¿No es horrible y aterrador pensar que Satán pueda torturar de este modo a los seres y que tenga
el poder de engendrar hijos?" 4

Después de Lutero

No es menester señalar que tales afirmaciones, tan repetidas, tan impresionantes y que provenían de un
hombre como él, no se perdieron para las iglesias protestantes y para los escritores luteranos.

En casi todos los sermones de los ministros luteranos el diablo desempeña un papel de primer orden. La
literatura popular se halla invadida por una multitud de demonios.

Un polemista católico alemán, Jean Nas, se indignaba ante esta proliferación de libros satánicos.

3 Todos estos textos están citados por monseñor Janssen, obra citada, pág. 43 3,tomo VI.
4 Obra citada, pág. 43 6, de monseñor Janssen.

7
"En el espacio de pocos años —escribió en 1588 — se han publicado y propagado cantidades de libros sobre el
demonio, libros escritos en nombre del demonio, impresos en nombre del demonio, comprados y leídos
ávidamente en nombre del demonio: ¡se les hace muchísimo caso y sus autores son célebres entre los
pretendidos servidores del Verbo!

"Antaño — añade — los cristianos devotos prohibían a sus hijos que nombraran al espíritu del mal y hasta
que lo designaran por alguno de sus horribles apodos; estaba prohibido jurar por el demonio, de acuerdo
con estas palabras de Salomón: «Cuando el pecador maldice en nombre del demonio, maldice su propia
alma». Pero ahora se predica sobre el diablo, se escribe en nombre del diablo y esto pasa por justo y
laudable. Puedo muy bien deciros la razón: es porque el abuelo de nuestros «evangélicos», el «santo
patriarca» Martín Lutero, dio el primer ejemplo."

En 1595, un "superintendente", es decir un obispo luterano, Andrés Celichius, quizo llenar una laguna
publicando un tratado completo sobre la Posesión diabólica.

Y en los siguientes términos declaró que consideraba indispensable su libro: "Casi por doquier, cerca de
nosotros tanto como lejos, el número de poseídos es tan considerable que uno se sorprende y se aflige y tal vez
sea ésa la verdadera llaga por la cual nuestro Egipto y todo el mundo caduco que lo habita está condenado a
morir."

En su país, Mecklemburgo, estimaba que el número de "poseídos" que sembraba por todas partes el miedo y el
terror se elevaba por lo menos a treinta.

"Las criaturas frágiles y débiles — escribió —, las mujeres y las niñas se perturban enormemente por todo lo
que están obligadas a oír y ver. Muchas han renunciado a la fe y a la caridad, puesto que han oído los
consejos de los demonios, lo cual constituye una práctica anticristiana e idólatra. . ."

Y describe largamente los estragos de la demonología en su época. Pero detengamos aquí estos lamentables
recuerdos. En nuestros tiempos actuales tales exageraciones no son, indudablemente, posibles ya. Es hora de
buscar los síntomas de la presencia de Satán en nuestro mundo moderno y pasamos por lo tanto,
inmediatamente, a nuestro siglo XIX francés.

¿Podemos aún citar seriamente "diabluras" en una época tan próxima a la nuestra? Trataremos de contestar
esta pregunta mediante certidumbres, evitando toda exageración.

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CAPÍTULO 1
EL SANTO CURA DE ARS
Y EL DEMONIO
Un centenario notable

En momentos en que la Iglesia Católica entera, y más particularmente la Iglesia de Francia, celebra el
centenario de la muerte del santo cura de Ars, es natural que busquemos primeramente en su caso las pruebas
de la presencia del Diablo en el mundo. Todos sus biógrafos, al contar su vida, han tenido que tratar este tema.

En este año del centenario se cree que tal vez le serán consagrados por lo menos veinte volúmenes. La serie ha
sido brillantemente iniciada por monseñor Fourrey, obispo de Belley, la diócesis de la cual depende la
parroquia de Ars. Debemos nombrar entre los autores que han hablado de él o se preparan a hacerlo al abate
Nodet, de Ars, uno de los conocedores más penetrantes de todo cuanto concierne al santo cura; al R. P. Ravier,
a escritores de renombre como La Varende, Michel de Saint Pierre, sin olvidar a los maestros como monseñor
Trochu, el autor de la vida del santo más reputada y de varios libros sobre él, o a Jean Fabréges, etc. Todos
ellos nos dicen que es imposible hablar con alguna seriedad del cura de Ars sin nombrar al "Arpeo". Era el
nombre que daba al Diablo. En el dialecto de la provincia y de la época este nombre designaba una horquilla
con tres dientes. ¿Por qué había elegido el cura de Ars esta palabra para apodar al demonio? Sin duda porque
Satán trata sin cesar de arrojar las almas al infierno como se empuja el estiércol con una horquilla de tres
dientes.

Es necesario antes de abordar el capítulo de las infestaciones diabólicas, presentar al cura de Ars? Su vida es
harto conocida. Resumámosla brevemente hasta la entrada en escena del diablo.

El santo cura había nacido en Dardílly, diócesis de Lyon y a ocho kilómetros de esta ciudad, el 8 de mayo de
1786, en el seno de un modesto hogar campesino. La Revolución no tardó en desencadenarse, en cerrar las
iglesias, en perseguir a los sacerdotes fieles. Pero la fe vivía en el fondo de las almas cristianas a pesar de la
tempestad. Jean-Marie Vianney — era éste su nombre pese a que se lo denomina generalmente con el nombre
que ya es el suyo: el cura de Ars — recibía de sus padres y sobre todo de su piadosa madre las santas
tradiciones cristianas. Era muy joven aún cuando decían sus prójimos: "Sabe muchas letanías, habría que
hacer de Jean-Marie un sacerdote o un hermano." Y sin embargo, ¿cómo podrían pensar, entonces, que la
religión parecía a punto de ser herida de muerte?

Pero he ahí que todo renacerá. La paz religiosa será restablecida por Bonaparte. Los sacerdotes llamados
"refractarios" que la ley perseguía hasta entonces con rigor, vuelven a desempeñar sus funciones. Las iglesias
se abren. Las campanas tocan de nuevo a todo vuelo. Jean-Marie Vianney desea ser sacerdote. Pero su
memoria es escasa e infiel. El latín le cuesta. La teología y sobre todo la filosofía más aún. El joven tiene una
enorme dificultad para proseguir sus estudios. Trabaja, reza, persevera. Dios le da un maestro en la persona
del abate Ballay, cura de Ecully, pero un maestro que se empeña, que interviene en su favor en el arzobispado y
que obtiene por fin que sea admitido en las órdenes. Sin duda es nada más que por su fervorosa piedad y no se
le otorgan en seguida los poderes para confesar. ¡Y sin embargo Dios lo destina a convertirse en uno de los
confesores que han oído más penitentes en el santo tribunal, durante todo ese siglo!

Después de un laborioso vicariato en Ecully, fue nombrado cura ecónomo en Ars, una pequeña aldea de
Dombes. Estamos en 1818. Jean-Marie Vianney trabajará en Ars hasta su muerte acaecida el 4 de agosto de
1859. ¡Tal es el sacerdote que vamos a ver en lucha con el Diablo!

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Pero es menester ante todo descartar la objeción que podría nacer en algunos espíritus y que provendría de las
mismas dificultades que hemos señalado a propósito de sus estudios. ¡Pues bien! —¿qué necesitamos para
creerlo? ¿Qué autoridad tendrá sobre nosotros esta ciencia que usted declara tan escasa?

Tal es, en efecto, la objeción. Veremos que fue hecha al santo cura de Ars por sus propios colegas. Y veremos
también la respuesta que los acontecimientos le dieron. Por fin tendremos que consultar la opinión de los
médicos que lo vieron y pudieron juzgarlo. Ellos nos dirán si fué un ser más o menos tonto, víctima de su
imaginación y de sus nervios. Por el momento, vamos directamente a los hechos.

Primeros ataques

El abate Vianney tenía treinta y dos años cuando llegó a Ars. La pequeña parroquia estaba muy abandonada,
muy pobre, muy indiferente. Él estaba devorado por el amor a su Dios y a las almas. Recurrió a la plegaria y al
ayuno. Fue desde el primer día lo que iba a seguir siendo toda la vida, lo que la Iglesia dice de él en la oración
de su aniversario: el hombre de la plegaria incansable y de la continua penitencia. ¿Y qué le pedía a Dios en sus
oraciones incesantes y sus mortificaciones cotidianas?': la conversión de su parroquia.

Si existen enemigos del alma que nosotros llamamos demonios, no pudieron ignorar por mucho tiempo estas
grandes aspiraciones del joven sacerdote. Y no podían evitar el deseo de anular sus esfuerzos. Justamente el
joven cura, desde sus primeros sermones en la iglesia, se había erigido contra los vicios y el desorden que
manchaban su parroquia: el baile y la ebriedad. Era fatal que los intereses lesionados por sus palabras se
sublevaran en contra de él. Los dueños de cabarets, los asiduos de las tabernas, los infaltables a los bailes, los
profanadores del domingo, se sintieron amenazados en sus pasiones, sus costumbres, sus apetitos sensuales.
En su parroquia, con todo, lo veían tan bueno, tan dulce, tan piadoso, tan fervoroso que lo consideraban ya
como un santo. Pero los muchachos malvados del vecindario, extranjeros a la parroquia, no vacilaron en
emplear contra él el arma de la más odiosa de las calumnias: tuvieron la audacia de atribuir su palidez, la
flacura de su rostro, a secretas perversiones. Este hombre que vivía como un ángel, que castigaba su carne
todos los días para domarla como a una esclava dócil, y para asociarse a la Cruz del Salvador, hicieron sobre él
canciones innobles, le enviaron cartas anónimas, colgaron en su puerta carteles ignominiosos.

"En esa época — escribe Catherine Lassagne, el testigo más asiduo y más seguro de sus virtudes — fue
calumniado, despreciado. Iban a tocar la corneta debajo de su ventana... Sin querer atribuirle sólo al demonio
toda esta maniobra, cabe ver en esta campaña odiosa contra su reputación y su honor, el joven cura. Y faltó
poco para que este ataque fuera coronado por el éxito.

Un testigo dirá, en efecto, en el proceso de beatificación:

"Se sintió tan cansado de los viles rumores que se propagaban sobre él que quiso dejar su parroquia, y lo
hubiese hecho si una persona cercana no lo hubiera convencido de que su partida podía acreditar esos rumores
infames."

¿Qué debía hacer entonces? Abandonarse a Dios, seguir rezando y haciendo penitencia y rogar, en particular,
por sus perseguidores. Así lo hizo y fue su primera victoria sobre Satán.

Horrible tentación

Sin embargo, el Demonio, no se dio por vencido. Y en un nuevo ataque la emprendió directamente contra su
adversario. Las mortificaciones mismas que éste se infligía tuvieron tal vez por resultado quebrantar su salud.
Aunque de constitución robusta, como verdadero hijo de campesinos que era, tuvo que pasar en los primeros
años de su ministerio en Ars una enfermedad bastante grave, debida sin duda a lo que él llamaba más tarde sus
"locuras de juventud", es decir los ayunos y maceraciones que se imponía en su presbiterio aislado, bajo las

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únicas miradas de su Dios. Tuvo, en el transcurso de su enfermedad, pensamientos de desfallecimientos y
desesperación.

Se creyó muy cerca de la muerte. En varias ocasiones le pareció oír, en lo más profundo de sí mismo, una voz
insolente que decía: "¡Ahora es cuando tendrás que caer en el infierno!" Todo esto se sabe por él mismo y por
los testigos que han declarado en el proceso de beatificación, pero sobre todo por Catherine Lassagne, ya
nombrada por nosotros.

En el fondo de su corazón, no obstante, su fe era tan ardiente que gritó su confianza en Dios y que, por este
medio, volvió a encontrar prontamente la paz interior que había estado a punto de perder.

Hasta aquí nos vemos obligados a comprobar que el joven sacerdote está en la línea más pura del apostolado
cristiano, que da pruebas de buen sentido, de cordura espiritual, de fuerza y de solidez mental.

Calumnias, tentaciones: no salimos todavía de los métodos comunes, de los procedimientos ordinarios que
caracterizan las intervenciones diabólicas en nuestros destinos humanos. Pero ahora llegamos a las
infestaciones demoniacas que constituyen una cosa completamente distinta, como vamos a ver.

Los juegos de Satán

Va a producirse en la lucha de Satán contra el cura de Ars un crescendo notable. Parecería, pues, que le
ocurre exactamente lo que le había sucedido muchos siglos antes al que llamamos "el santo hombre Job". Las
tentaciones se convierten en infestaciones.

El demonio ha obtenido de Dios, soberano Señor de nuestros destinos, el permiso para llegar más allá de los
límites que le son comúnmente impuestos con respecto a nosotros — felizmente, por otra parte —. Admitamos
que San Agustín haya podido hablar de "ese perro encadenado" que no puede morder.

Pero la cadena, con el permiso divino, puede aflojarse un poco. La cosa comenzó para el abate Vianney durante
el invierno de 1824 a 1825. Era cura de Ars desde hacía seis años y contaba treinta y ocho. Siempre los
fenómenos extraños se producían durante la noche.

Ruidos inquietantes le impedían dormir. Nada miedoso, creyó al principio que se trataba de vulgares roedores
que desgarraban los cortinajes de su cama. Puso entonces a mano una horquilla para espantarlos. Fue inútil,
cuanto más golpeaba las cortinas para atemorizar a las ratas, más ruidosos se tornaban los dientes roedores.
Pero de día no quedaba ningún rastro de sus estragos en las cortinas. Ni un instante, sin embargo, pensó que
tenía que vérselas con el diablo. De acuerdo con las palabras de un sacerdote, que más tarde le fue enviado
como ayudante, el abate Toccanier: "No era un crédulo y no prestaba fe con facilidad a las cosas
extraordinarias."

No obstante, todo nos induce a creer que se trataba ya entonces de intervenciones demoníacas, como lo
demostraron los acontecimientos ulteriores.

Un autor, que tendremos oportunidad de citar largamente más adelante y que goza de autoridad en materia de
mística diabólica, como asimismo de mística divina, el canónigo Saudreau, escribe con mucha claridad:

"El demonio actúa sobre todos los hombres, tentándolos... Nadie escapa a sus ataques: son éstas sus
operaciones comunes. En otros casos mucho más raros, los demonios muestran su presencia mediante
vejaciones penosas, pero que son más aterradoras que peligrosas: hacen ruidos, se mueven, trasladan, hacen
caer y a veces rompen ciertos objetos: es lo que se llama infestación."

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No es imposible que el canónigo Saudreau haya tenido presente al escribir estas líneas precisamente las
experiencias del cura de Ars, pero no eran éstas las únicas, sin duda, que ocupaban su mente. Y Satán siempre,
creemos nosotros, con el permiso de Dios, va a ir más lejos.

Pronto, en efecto, en el silencio de las noches, el joven cura oyó que golpeaban a las puertas; gritos extraños
cuyo eco resonaba en el presbiterio. El abate Vianney siguió sin pensar en el demonio y simplemente atribuyó a
ladrones tentados por los bellísimos adornos y objetos preciosos ofrecidos a su iglesia por el vizconde de Ars
que ya se hallaban almacenados en el granero. Se levantó, pues, bajó hasta el pequeño patio, revisó todo, buscó
en los rincones y recovecos. Nada. ¡No había nada! Todavía no comprendió. Y decidió pedir ayuda a algunos
fieles contra los asaltantes invisibles que lo amenazaban.

El relato de un testigo

El carretero de la aldea era entonces un fuerte muchacho de veintiocho años —estamos en 1826 — y vivirá lo
bastante para declarar como testigo en el proceso de beatificación. Se llamaba André Verchére. Hay que dejarle
la palabra y leer simplemente su declaración hecha bajo juramento, por primera vez el 4 de junio de 1864,
cinco años después de la muerte del santo, y por segunda vez el 2 de octubre de 1876.

"Desde hacía varios días — dice —, el padre Vianney oía en su presbiterio un ruido extraordinario. Una noche
fue a verme y me dijo: —No sé si serán ladrones. . . ¿Querría usted venir a dormir en el presbiterio?
"—Cómo no, señor cura, voy a cargar mi fusil. "Llegada la noche fui al presbiterio. Conversé al calor de la
chimenea, con el señor cura, hasta las diez. «Vamos a acostarnos», dijo él por fin. Me cedió su cuarto y ocupó
el contiguo. No me dormí. Alrededor de la una oí que sacudían con violencia el pestillo y el pomo de la puerta
que da sobre el patio. Al mismo tiempo, contra la misma puerta, resonaban golpes de maza, en tanto que en el
presbiterio se oía el ruido de truenos como si fuera el rodar de varios coches.

"Así mi fusil y me precipité hacia la ventana que abrí. Miré y no vi nada. La casa tembló alrededor de un cuarto
de hora. Mis piernas hicieron otro tanto y me sentí mal durante ocho días. Cuando el ruido empezó, el señor
cura había encendido una lámpara. Se acercó a mí.
"— ¿Ha oído usted? —me preguntó.
"—Por supuesto que he oído, por eso me he levantado y tengo mi fusil.
"El presbiterio se movía como si la tierra temblara.
"— ¿Tiene miedo, entonces? —volvió a preguntarme el señor cura.
"—No — repuse —, no tengo miedo, pero siento que mis piernas se aflojan. ¡El presbiterio va a derrumbarse! . .
"— ¿Qué cree usted que es?
"— ¡Creo que es el Diablo!
"Cuando cesó todo el ruido volvimos a acostarnos. El señor cura regresó la noche siguiente a rogarme que
volviera con él. Le contesté:
—Señor cura, ¡ya he tenido bastante con lo de anoche!"

Este relato fue confirmado por el mismo cura de Ars que contaba, años más tarde, en la "Providencia" —
institución de caridad fundada por él— cómo su primer guardián, en el presbiterio había tenido miedo: "El
pobre Verchére —decía riendo— estaba todo tembloroso con su fusil... ¡No se acordaba más que lo tenía en la
mano!"

Otros testigos

Con la retirada del carretero, el abate Vianney se dirigió al alcalde quien envió al presbiterio a dos guardias
juntos: su propio hijo Antoine, fuerte muchachón de veintiséis años, y el jardinero del castillo de Ars, Jean
Cotton, de veinticuatro. Todas las noches durante unos diez días pernoctaron en el presbiterio. Y éstas fueron
sus declaraciones en el proceso de beatificación:

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"No oímos ningún ruido — informa Jean Cotton —. No ocurrió lo mismo con el señor cura que dormía en un
departamento contiguo. Más de una vez su sueño fue perturbado y nos interpelaba diciendo: ¿Hijos, no oyen
ustedes nada? Le contestábamos que ningún ruido llegaba a nuestros oídos. Con todo, en cierto momento, oí
un ruido semejante al que produce la hoja de un cuchillo golpeando con rapidez un recipiente con agua...
Habíamos dejado nuestros relojes cerca del espejo del cuarto. «Estoy muy asombrado — nos dijo el señor cura
— porque los relojes de ustedes no se han roto.»"
A pesar de todo el abate Vianney no se atrevía aún a pronunciarse sobre el origen y la naturaleza de los ruidos
insólitos que oía. Pero por fin se hizo la luz plena en su espíritu como consecuencia de una nueva experiencia.

Las calles se hallaban cubiertas de nieve. Era pleno invierno. Súbitamente, en el transcurso de la noche se oyen
gritos en el patio del presbiterio.

"Era —escribe Catherine Lassagne, que lo sabía por el mismo cura — como un ejército de austríacos o de
cosacos que hablaban confusamente un idioma que él no comprendía." Baja, entonces, abre la puerta, mira la
nieve inmaculada en la calle. ¡Ninguna huella de pasos! Entonces ¡todo este barullo, todos estos rumores de
ejércitos que pasan, no eran más que imaginación! En todo caso, pensó, no hay nada de humano en todo esto.
Pero si no era humano no podía tampoco ser hecho por "espíritus buenos".

¡Esta vez, había tenido miedo! Fue el presentimiento de un ataque infernal. Su convicción estaba hecha: "Pensé
que era el demonio — decía más tarde a su obispo, monseñor Devie, que lo interrogaba —, porque tenía miedo:
¡Dios no da miedo!" Desde ese momento no creyó útil recurrir a protecciones humanas. Despachó a todos los
guardianes y quedó solo frente al Adversario.

El Arpeo

Este Adversario — es el sentido, lo sabemos ya, de la palabra Diablo o Satán — él lo llamaba el Arpeo, y hemos
dicho por qué. Cuando ya estuvo seguro de lo que se trataba adoptó una táctica muy sencilla y muy juiciosa.

"Le pregunté varias veces — declaró su confesor, el abate Beau — cómo rechazaba estos ataques. Me
contestaba: —Me vuelvo hacia Dios; hago la señal de la Cruz; dirijo algunas palabras de desprecio al demonio.
Por lo demás, he advertido que el ruido es más fuerte y los ataques más frecuentes cuando, al día siguiente,
debe venir a verme un gran pecador."

Esto fue para el humilde cura, que los pecadores iban a ver desde todos los puntos de la diócesis y aún mismo
desde toda Francia y a veces del extranjero para confesarse con él, un gran descubrimiento y una maravillosa
consolación.

"Tenía miedo — decíale más tarde a un amigo fiel que declaró luego—, tenía miedo en los primeros tiempos; no
sabía qué era; pero ahora estoy contento. Es una buena señal: la pesca del día siguiente es siempre excelente."
Y otra vez: "El diablo me ha perturbado en grande esta noche; mañana tendremos a mucha gente . . . El Arpeo
es muy tonto: me anuncia él mismo la llegada de los grandes pecadores. . . Está encolerizado: ¡tanto mejor!"

Un ejemplo memorable

Uno de los ejemplos más notables de estas infestaciones diabólicas es el que se produjo en ocasión de los
ejercicios del jubileo, en diciembre de 1826, en Saint-Trivier-sur-Moignans.

Esta pequeña ciudad se halla situada a una docena de kilómetros de Ars. Todos los sacerdotes de los
alrededores se habían dado allí cita para el jubileo que debía, según se esperaba, atraer a muchas gentes y
suscitar numerosas confesiones.

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El abate Vianney había salido de su casa mucho antes del alba. Mientras caminaba rezaba su rosario. Era su
arma favorita contra Satán. Cosa inexplicable en este mes del año, cercano al invierno, alrededor de él se
levantaban fulgores siniestros. El aire parecía en llamas. Veía arder los arbustos a los lados del camino. Pensó
que sería Satán que, previendo los frutos de salvación que el jubileo iba a producir, intentaba espantarlo. Pero
esto no le impidió proseguir su camino.
Cuando llegó al presbiterio de Saint-Trivier, empezó sin tardanza la tarea que le era propia. Por la noche,
cuando todo se hallaba en calma en el presbiterio, se oyeron ruidos inexplicables. Parecían provenir del cuarto
del cura de Ars. Sus colegas, molestos por estos ruidos insólitos, fueron a quejársele. "Es el Arpeo — repuso él
sencillamente—: ¡está enojado por todo el bien que se hace aquí!"
Pero sus colegas no hicieron sino reírse de su seguridad: "Usted no come, no duerme —le dijeron—, le zumba
la cabeza, ¡las ratas le corren por el cerebro! . . ."

Y en los días siguientes las bromas arreciaron. Pero una noche que los reproches se hicieron más vehementes
no dijo nada. Apenas se había acostado cuando se oyó el ruido como de un carruaje muy cargado que hacía
temblar el presbiterio. Todos se levantaron aterrados. Mientras se preguntaban de dónde podía venir
semejante barullo, se oyó en el cuarto del cura de Ars un escándalo tal que el cura del lugar, Benoit, exclamó:
"¡Están asesinando al cura de Ars!" En seguida, todos se dirigieron a la habitación y abrieron la puerta. ¿Y qué
vieron? El abate Vianney estaba tranquilamente acostado en su cama, pero manos desconocidas lo habían
empujado hasta el centro del cuarto. En ese momento, se despertó para decirles tranquilamente: "Es el Arpeo
el que me ha arrastrado hasta aquí y que ha hecho todo este estruendo. . . No es nada. . . siento no haberlos
prevenido.

Pero es buena señal: mañana habrá aquí un pez gordo."


Se preguntaron de cuál "pez" se trataría.
Sus compañeros lo embromaron un poco temiendo lo que llamaban sus "alucinaciones". Sin embargo no se
había equivocado. Lo vieron bien cuando un personaje de la región que todos sabían alejado de las prácticas
religiosas, el caballero de Murs, entró en la iglesia y se dirigió directamente al confesionario del cura de Ars.

Esta conversión hizo una impresión enorme en toda la provincia. Desde ese momento, uno de los críticos más
agresivos con respecto al abate Vianney empezó a considerarlo como "un gran santo".

Otras manifestaciones

Las infestaciones de Satán siguieron produciéndose durante largos años. Ora el santo cura Je Ars sufría solo
los ataques. Ora el Demonio intentaba perturbar las almas de quienes lo rodeaban. Las directoras y las
huérfanas de la "Providencia", esa magnífica institución fundada por el cura de Ars, oyeron, ciertas noches,
ruidos extraños. O si no el demonio empleaba sus tretas con esa comunidad: "Cierto día — declaró más tarde
en el proceso de beatificación Marie Filliat —, después de haber lavado la marmita, la había llenado de agua
para hacer la sopa. Vi en el agua unos pedacitos de carne. Era día de abstinencia. Vacié bien la marmita, la
lavé y volví a echarle agua. Cuando la sopa estuvo pronta para servirla vi que se habían mezclado pedacitos
de carne. El señor cura cuando lo enteré me dijo: «Es el diablo quien ha hecho eso. Sirva igualmente la
sopa.»"

Como puede verse, el cura de Ars no se perturbaba. Su buen sentido permanecía inalterado y su confianza en
Dios lo ponía fuera del alcance de Satán. Cierto día que le preguntaron si nunca tenía miedo respondió
simplemente:

"¡Uno se acostumbra a todo! . . . ¡El Arpeo y yo somos casi camaradas!"

Esto no quiere decir, evidentemente, que hacía causa común con él.

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El 4 de diciembre de 1841, hizo la siguiente confidencia a las directoras de la "Providencia": "Oigan esto:
anoche el demonio vino a mi cuarto mientras yo rezaba mi breviario, soplaba fuertemente y parecía vomitar
no sé qué, trigo o maíz, sobre mis mejillas. Yo le dije: « ¡Me voy allá (al orfelinato) a contarles cómo
procedes, para que te desprecien!» Y él se calló inmediatamente."

Otra vez, cuando el abate Vianney trataba de dormirse — ¡tenía tanta necesidad de reposo! —, el demonio,
interesado en gastar lo más posible sus fuerzas, se puso a gritar: ¡Vianney, Vianney, te venceré te venceré!
"¡No te tengo ningún miedo!" —replicó el santo hombre.

Muestran en el presbiterio de Ars una cama que perteneció al abate Vianney y que fue quemada no se sabe
cómo mientras él estaba en la iglesia. Cuando corrieron a decirle que su casa se incendiaba se limitó a dar su
llave para que pudieran entrar a apagar el incendio. Pero agregó sin emoción visible: "¡Ese vil Arpeo! ¡No ha
podido apoderarse del pájaro y ha quemado su jaula!"

Con mucha frecuencia el Diablo injuriaba al abate Vianney, le profería amenazas, lanzaba gritos de animal. Lo
apostrofaba en términos groseros: "¡Vianney, Vianney! . . . ¡Comedor de trufas! (llamaban así en la región a
las papas). ¡Ah, no te has muerto todavía! ... ¡No te me escaparás!" Y en seguida imitaba los gruñidos de un
oso, los aullidos de un perro, sacudía las cortinas de la casa con furor, etc.

Otras veces, según las declaraciones de Catherine Lassagne y del hermano Athanase, el demonio "imitaba el
ruido de un martillo que clavara clavos en el piso o rodeara un barril con aros de hierro; tocaba el tambor
sobre la mesa, sobre la chimenea, sobre la vasija de agua, o bien cantaba con una voz aguda y falsa, lo cual
hacía decir al abate Vianney': "¡El Arpeo tiene una voz muy fea!" En el fondo todo esto era más grotesco y
pueril que peligroso.

Y es porque el demonio — felizmente — no tiene permiso para hacer todo. El abate Vianney había recibido de
su Dios una tarea que cumplir. Si el demonio la tornaba más difícil privándolo de dormir, atacándolo por todas
partes, también la tornaba más meritoria y más eficaz. Las infestaciones se volvían en suma contra el propio
autor. Veremos que ocurre lo mismo en algunos casos de posesión.

Existen en la actualidad "poseídos-víctimas" que han aceptado su prueba para estar asociados con la Cruz
redentora, esa Cruz debió significar el triunfo de Satán y fue su más grande derrota. Pero todo esto se aclarará
más adelante. No nos cabe duda que lo mismo ocurrió con el cura de Ars. Aceptó soportar todas las vejaciones
del demonio por la salvación de las almas. Aprendió muy pronto, por su experiencia cotidiana, que estos
combates con el demonio estaban ligados a la conversión de los grandes pecadores que Dios le mandaba de
todas partes de Francia y aun del extranjero.

Pero citemos todavía las manifestaciones más notables de Satán en esa vida del "modelo de los curas católicos",
como ha podido llamársele con todo derecho.

La serpiente

Desde San Juan Evangelista, el Dragón o la Serpiente que tentó a Eva han estado identificados con Satán. No
es, por tanto, asombroso que el demonio se muestre de nuevo, a veces, bajo la forma de una serpiente.
Veremos un ejemplo de ello, en un capítulo ulterior, a propósito de la posesión diabólica de Claire-Germaine
Cele, en África del Sur. Pero aquí citamos una página del más antiguo biógrafo del cura de Ars, el abate
Monnin, relatando el testimonio de Catherine Lassagne, tan conocida por su abnegación con el santo cura:

"Cierta noche — habla Catherine —, el señor cura había venido a casa nuestra para ver a un enfermo.
Cuando regresé de la iglesia me dijo: «Le agradan las noticias; ¡pues bien! aquí tiene una bien fresca:
escuche lo que me ocurrió esta mañana. Tenía algo sobre mi mesa; ¿sabe lo que es?». . ."

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Aquí un paréntesis: quería hablar de su disciplina. Nunca había hablado de ello con Catherine, pero ella había
hallado muchas veces, debajo de la cama, el terrible instrumento. Ella sabía bien que no estaba ahí para
adorno. Con toda evidencia el santo sacerdote lo usaba, no sólo a menudo, sino todos los días. Pero ella jamás
se lo había mencionado; ni él a ella. Cómo, entonces, esta vez pudo decirle: ¿Sabe lo que es?.. . De pronto,
prosiguió:
"—Empezó a moverse sobre mi mesa como una serpiente . . . Esto me asustó un poco. Usted sabe que tiene
una cuerda en la punta: agarré esta cuerda; estaba tan dura como un pedazo de madera: la volví a poner
sobre la mesa; empezó de nuevo a moverse, y así hasta tres veces.
"—¿Tal vez usted hacía oscilar la mesa? — objetó una de las maestras presentes en la conversación.
"—No —repuso el señor cura—, ¡ni la había tocado!"

Apariciones del Maligno

También es el abate Monnin quien se pregunta si el Diablo se le apareció realmente al cura de Ars. Quiere decir
una aparición visible, una aparición que no se notara solamente con el oído. Sabemos que en reiteradas
ocasiones el demonio ha "soplado la cara" del santo, o que éste ha sentido sobre su rostro no se sabe qué de
semejante al paso de una rata o de un topo. Pero ¿vio a Satán y bajo qué forma? A esta pregunta el abate
Monnin contesta con dos hechos.

El abate Vianney vió cierto día, a las tres de la madrugada, un enorme perro negro que tenía ojos fulgurantes,
el pelo erizado y que rascaba la tierra en el lugar donde se había enterrado, pocas semanas antes, el cuerpo de
un hombre que había muerto sin confesión. La vista de ese perro en semejante lugar lo asustó mucho. No tuvo
dudas sobre su identidad. Convencido de que era el Diablo, corrió a refugiarse en su confesionario.

Encontramos, añade el abate Monnin, algo muy semejante en la vida de santo Stanislas de Kotska, a quien el
diablo se le apareció en el curso de una enfermedad, bajo la forma de un perro furioso, que parecía querer
lanzarse sobre él, y que él rechazó por tres veces mediante la señal de la cruz.

El abate Vianney contaba también que el Demonio se le había aparecido bajo la forma de murciélagos que
andaban por su cuarto y revoloteaban alrededor de su cama. Eran tantos que cubrían las paredes. Con lo cual
nos preguntamos, como el abate Monnin, por otra parte, si el santo cura de Ars era el único que oía, sentía o
veía tantas cosas sospechosas.

Testimonios

A esto tenemos ya pronta una respuesta. Al principio de las infestaciones, el buen cura no sabía de qué se
trataba. Había pedido y obtenido la intervención de algunos de sus fieles, un Verchére y otros más. Y todos
oyeron al igual que él. Todos habían tenido miedo, mucho más que él. Y todos habían llegado a la conclusión,
como él, que era imposible confundir con ruidos naturales lo que habían oído. Pero el abate Monnin cita
además otros testimonios y nosotros los consignaremos de acuerdo con él, porque van a demostrarnos
cabalmente el hecho capital de las infestaciones diabólicas en Ars, alrededor del santo Jean-Marie Vianney.

En 1829, cuando estas "diabluras" llevaban alrededor de cinco años atrás, llegó a Ars un joven sacerdote de la
diócesis de Lyon, que era el hijo de la viuda Bibot quien había prestado tantos servicios al santo cura cuando
éste se instaló en 1818.

El abate Bibot, heredando la confianza de su madre en el abate Vianney, había ido junto a él para hacer allí un
retiro espiritual. Fue, naturalmente, acogido con el mayor afecto por el cura de Ars que guardaba un profundo
agradecimiento a la madre, y lo hospedó en el presbiterio. Ahora bien, poseemos un relato del abate Bibot
sobre lo que ocurría entonces en el presbiterio perseguido del santo cura. Este relato fue registrado por el abate
Renard, un amigo del abate Bibot, que lo interrogó en esta forma:

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"—Usted duerme en el presbiterio. ¡Pues bien! va a darme noticias del diablo. ¿Es verdad que hace ruido? ¿Lo
ha oído usted?
"—Sí — repuso el abate Bibot —. Lo oigo todas las noches. Tiene una voz aguda y salvaje, que imita el aullido de
una fiera. Se agarra a las cortinas del señor cura y las sacude con violencia. Lo llama por su nombre; he oído
muy claramente estas palabras: ¡Vianney! ¡Vianney! ¿Qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete! . . .
"—Ese ruido y esos gritos ¿deben de haberlo asustado?
"—No precisamente. No soy miedoso y por otra parte la presencia del abate Vianney me tranquiliza. Me
recomiendo a mi ángel guardián y consigo dormirme. Pero tengo sinceramente lástima del pobre cura; no
quisiera quedarme siempre con él. Como no estoy aquí más que de paso, me las arreglaré más o menos bien
con la gracia de Dios
"— ¿Ha interrogado al señor cura sobre este asunto?
"—No. Lo he pensado varias veces, pero el temor de afligirlo me ha cerrado la boca. ¡Pobre cura! ¡Pobre santo
hombre! ¿Cómo puede vivir en medio de ese barullo? …

He ahí un primer testimonio que tiene mucha fuerza. El abate Bibot ha oído. Ha tenido lástima del abate
Vianney. Ha comprendido que él no tendría la fuerza de sufrir semejantes ataques constantemente repetidos.
¡Era pues algo muy real y muy torturante esta batalla continua que se libraba con el demonio!

Pero hay otra cosa más que debemos retener del relato del abate Bibot, son las palabras que he estudiado: esas
palabras repetidas por Satán en el oído del santo cura:

"—¡Vianney! ¡Vianney! ¿Qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete! . .

Insistiremos sobre estas palabras un poco más adelante, pero desde ya podemos retener que constituyó ésta
una de las formas de la persecución o infestación diabólica en la santa vida de ese confesor y convertidor
infatigable que fue Jean-Marie Vianney.

Otro testimonio

Pero aquí tenemos, siempre en la biografía escrita por el abate Monnin, un segundo testimonio. En 1842 —por
tanto trece años después de la visita del abate Bibot — llegó a Ars un penitente, pero que vacilaba aún en su
resolución de confesarse con el santo cura de Ars. Se trataba de un antiguo militar convertido en gendarme, en
el departamento del Ain. Se había, como todos los demás, levantado en plena noche para esperar a la puerta de
la iglesia la llegada del confesor tan famoso que todos veneraban.

Mientras tardaba en llegar, el hombre dio unos pasos alrededor de la iglesia, junto al presbiterio. Había sufrido
recientemente aflicciones y le quedaba como una impresión a la vez de tristeza, de inquietud y de terror
religioso, todo ello mal analizado, en el fondo de sí mismo. La verdad cristiana lo atraía y le daba miedo. Quería
confesarse, pero se libraba aún un tremendo combate en su espíritu, alrededor de su decisión de convertirse. .

Fue en el transcurso de esta lucha que tantos otros han conocido, a sea en Ars, ya sea en otra parte, que oyó
súbitamente un ruido extraño que le pareció provenir de la ventana del presbiterio.

"Escucha —escribe el abate Monnin— una voz fuerte, aguda y estridente, como debe ser la de los condenados;
esa voz repite varias veces estas palabras que llegan claramente a sus oídos:

«¡Vianney! ¡Vianney! ¡Ven pues! ¡Ven pues!» Este grito infernal lo hiela de horror. Se aleja presa de una
extrema agitación. En ese momento, en el gran reloj del campanario suena la una. Pronto aparece el señor cura
con una lámpara en la mano. Encuentra al hombre todavía presa de una viva emoción, lo tranquiliza, lo
conduce hasta la iglesia y, antes de haberlo interrogado y haber oído la primera palabra de su historia lo deja
atónito con éstas palabras: «Amigo mío, tiene usted penas; acaba de perder a su mujer como consecuencia de

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un parto. Pero tenga confianza; Dios vendrá en su ayuda… Es menester primero poner orden en su
conciencia; pondrá usted después más fácilmente orden en sus asuntos.»

"—No traté de resistir — cuenta el gendarme — caí de rodillas, como un niño, y empecé mi confesión. En mi
perturbación apenas podía ligar una idea con la otra, pero el buen cura me ayudó. Pronto había penetrado
en el fondo de mi alma; me reveló cosas que no pudo haber conocido y que me asombraron más allá de toda
expresión. No creía yo que se pudiera leer así en los corazones."

A propósito de este nuevo testimonio, no está, sin duda, fuera de lugar subrayar que uno de los rasgos que será
menester destacar en el capítulo que deseamos consagrar a la posesión diabólica y a sus signos reveladores, es
justamente el del conocimiento de hechos ocultos. Y en nuestros capítulos ulteriores, en varias ocasiones
tendremos que dar ejemplos de este conocimiento de las conciencias por parte de Satán.

¿Qué quiere decir? ¡No era por el demonio, ciertamente, que el santo cura de Ars poseía el don de leer en las
almas! Lo que Satán conoce, podemos casi asegurarlo, surge de sus dones de espíritu angélico, aunque sea un
ángel caído. En el abate Vianney, por el contrario, el conocimiento del secreto de las conciencias era el más
admirable de los carismas, aquel por el cual conseguía los más grandes resultados para la conversión de los
pecadores. La declaración del gendarme que acabamos de anotar no es más que un ejemplo entre miles.

Testimonio del médico

Estamos ahora en posición de rechazar las explicaciones demasiado sumarias según las cuales se trata de
atribuir los hechos diabólicos consignados aquí a los ayunos excesivos del abate Vianney o a una tendencia en
él a ver lo sobrenatural en todo lo que le acontecía.

Sus colegas habían empezado por ahí. Pronto hicieron marcha atrás. Habían terminado, todos, por rendir
homenaje a su serenidad robusta y sana, al realismo tranquilo de sus relatos sobre Satán. Efectivamente, él
hablaba de todo ello sin hacerse rogar. A menudo, hacía bromas al respecto. Catherine Lassagne ha anotado
muchas veces lo que les decía sobre este asunto a quienes lo rodeaban. Era también, lo hemos visto, una de sus
réplicas al demonio: "¡Les diré lo que haces para que se burlen de ti! . . ."

Pero no dejemos de oír sobre este tema lo que pensaban sus médicos. Quienes lo han conocido dijeron, todos,
que era un hombre dotado de un perfecto equilibrio físico y moral. Cuando interrogaron a su médico habitual,
M. J. B. Saunier, precisamente sobre las infestaciones, y como se atrevieron a pronunciar delante de él la
palabra "alucinación", este respondió categóricamente:

"Sólo tenemos una palabra que decir en lo tocante a las llamadas explicaciones psicológicas de los fenómenos
de este tipo. Si es que estas explicaciones pueden ser admitidas cuando se trata de informar sobre hechos
rodeados de circunstancias patológicas concomitantes, que descubren su naturaleza y que en general nunca
dejan de producirse— estupidez, convulsiones, signos de demencia —, se torna imposible atribuirles la misma
causa cuando se hallan unidos, como en el caso del señor Vianney, al cumplimiento regularísimo de todas las
funciones del organismo, a esa serenidad de ideas, a esa delicadeza de percepción, a esa seguridad de juicio y
de miras, a esa plenitud de posesión de sí mismo, al mantenimiento de esa salud milagrosa que no conocía
casi desfallecimientos en medio de la incesante serie de tareas que absorbieron semejante existencia."

Este médico tiene razón. Los dones sobrenaturales con que Dios honró al cura de Ars se hallaban injertados en
cualidades de naturaleza que la historia comprueba sin esfuerzo. Más que ningún otro sacerdote de su diócesis,
y quizá de su tiempo, tenía las aptitudes necesarias para ejercer con ventaja las funciones de exorcista. Su
obispo, monseñor Devie, el que un di a dijo, para cerrarles la boca a ciertos críticos: "No sé si el cura de Ars es
instruido, pero sé que es un iluminado", estaba tan convencido de ello que le había dado un permiso general
para usar sus poderes de exorcista todas las veces que se le presentara la ocasión. Lo veremos actuar en otro
capítulo de nuestro libro.

18
Pero antes es necesario que continuemos nuestro estudio sobre los ataques del -demonio en esta vida de un
santo de nuestra época.

La más grande de las tentaciones

En el gran panegírico de san Jean-Marie Vianney que monseñor Fourrey, obispo de Belley, expuso en Nuestra
Señora de París en el año del centenario, el 12 de abril de 1959, las infestaciones diabólicas estaban descritas en
estos términos:

"No me explayaré en evocar aquí los tormentos extraños que, repetidos a lo largo de treinta y cinco años,
hubieran ineluctablemente paralizado el ministerio de cualquier otro sacerdote. En cuanto hubo discernido el
origen diabólico de ellos, él se tranquilizó: el Señor que él servía era más fuerte que el Adversario. Llegó hasta
regocijarse cuando los fenómenos nocturnos se hicieron particularmente aterradores: era para él la señal que
al día siguiente grandes pecadores — «peces gordos», como él decía — llegarían hasta su confesionario,
prisioneros de la gracia."

Pero el elocuente prelado añadió en seguida, indicando el rasgo más importante, a su juicio, de las
persecuciones demoníacas, en esta vida de un gran santo.

"Deseo señalar — dijo el obispo — el juego más sutil del espíritu maligno, tratando de hundirlo en la
desesperación, luego de separarlo — so pretexto de una más alta santidad —, de la función que la Iglesia le
había encomendado.

"La obsesión de la salvación de las almas que colmaba el corazón del cura de Ars iba a convertirse en la pasión
santa de la cual — paradójicamente — el enemigo de todo lo bueno iba a servirse para cegarlo. Iba a encerrar al
hombre de Dios en el drama íntimo más desgarrador que pueda concebirse. Al querer salvar las almas ¿no
arriesgaba él, ignorante, incapaz, de conducirlas a la perdición y de condenarse junto con ellas?' Su verdadero
deber ¿no era hacerse a un lado ante un sacerdote de valor y ocultar en- el retiro, la oración, la penitencia, su
inmensa miseria? Pero he aquí el desgarramiento que hace presa de él: el jefe de la diócesis le ordena
permanecer en su puesto, continuar en sus funciones, esa función superior a sus fuerzas que tiene miedo de
traicionar."

Nada más conmovedor que este drama. ¡El demonio ha atacado al santo por lo que podíamos llamar su "punto
débil" y ese "punto débil" es en realidad su "punto fuerte!" ¡Es el sacerdote fiel, es el que ama, que desea servir!
Pero es el que conoce su nada, que se humilla ante su Jesús. ¡Y el demonio entra en su juego, se apodera de
esta humildad para llevarla a cierto exceso que, de una virtud muy grande haría el más temible de los peligros
para el alma del santo! ¿Puede concebirse una maniobra más hábil ni más peligrosa para aquel contra el cual
estaba dirigida? Agreguemos que lo que reforzaba al santo cura en sus designios de retiro, era su creencia,
como lo han creído muchos santos sacerdotes antes que él, y aun mismo de su época, que conviene poner un
poco de espacio entre el ejercicio del ministerio y la muerte para reparar en la penitencia, todas las
insuficiencias de la acción en el transcurso de una vida.

"El Maligno —prosigue monseñor Fourrey— trata de atrapar al cura de Ars en la única trampa en la cual
puede caer. Lo empuja por un camino que no es el que Dios le ha trazado, poniendo en juego la angustia de
conciencia en la cual se debate.

"Escuchemos al hermano Athanase: «El servidor de Dios tenía muchas penas interiores. Estaba
particularmente atormentado por el deseo de soledad: hablaba de ello con frecuencia. Era como una
tentación que lo obsesionaba durante el día y más aún por la noche.»

19
«Cuando no duermo a la noche — me decía —, mi espíritu viaja siempre: estoy en la Trapa, en la Cartuja; busco
un rincón donde llorar mi pobre vida y hacer penitencia por mis pecados.» Decía también a menudo que no
comprendía cómo, al ver sus miserias, no se entregaba a la desesperación. Tenía un terror muy grande de los
juicios de Dios; cada vez que hablaba de esto temblaba; lloraba y decía que su mayor aprensión era la de caer
en la desesperación en el momento de su muerte. Temía y llevaba con miedo su carga pastoral. No quería morir
siendo cura. Fue este temor, lo confiesa, la causa de su segunda tentación de evasión. «Quise — me dijo—
poner a Dios contra la espada y la pared, con el fin de hacerle ver que si muero en mi cargo de cura es muy a
pesar mío y porque El lo quiere.»"

Tal vez, por el contrario — diremos nosotros —, Dios deseaba, al aproximarse una época en que las vocaciones
se tornarían más raras, mostrar por medio de ese ejemplo que un buen cura puede y debe morir en la brecha.
En los tiempos del cura de Ars los sacerdotes no escaseaban tan cruelmente como en nuestros días. Lo cual
explica un diálogo como el siguiente:

"—Me iré de aquí. "—Monseñor no lo permitirá. "—Monseñor no se preocupa por mí: tiene bastantes curas;
necesito mucho, algún tiempo para llorar mi pobre vida y prepararme a morir haciendo penitencia."

Este diálogo lo mantuvo con Catherine Lassagne como lo había tenido con el hermano Athanase y ella lo
transcribe con esta conclusión:
"Por eso él trató de irse."

Y, sin embargo, si creemos al abate Monnin que está tan al corriente de todos los detalles de esta vida, el santo
de Ars reconocía que había intemperancia en este deseo de él y que el demonio se servía de ello para tentarlo. Y
como sabemos que el grito iracundo del demonio: "¡Vianney! ¡Vianney! ¿qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete,!" se había
hecho oír desde los primeros años de su ministerio —por lo menos desde 1829, según el testimonio del abate
Bibot—, puede decirse que ésa fue la tentación dominante de su vida, que él le resistió valientemente, que
estuvo casi por cederle en dos ocasiones, pero terminó por obedecer la voluntad de Dios y las órdenes de su
obispo, tanto que murió en su puesto como lo deseaba su Jesús.

"Sus huidas" — sigue diciendo monseñor Fourrey — no fueron de ninguna manera gestiones de rebelión. Al
partir escribió al jefe de la diócesis: "Está usted seguro que volveré cuando usted lo quiera." Pero este modo de
poner sobre aviso a la autoridad episcopal sobre su drama de conciencia le parecía el medio de obtener
finalmente la liberación a la cual aspiraba. "Había creído, al huir, cumplir con la voluntad de Dios", ha
asegurado Catherine Lassagne.

"Sólo después del fracaso de la tentativa de 1853, él descubrió la maniobra del Maligno en sus sueños
obsesionantes de soledad y de vida penitente, lejos de Ars . . ." Tal fue pues la más dura batalla del cura de Ars
contra el Arpeo. Si el demonio le jugaba malas pasadas, dejándose ir a esas manifestaciones grotescas e
irrisorias, sabía por otra parte revelarse un tentador singularmente hábil y penetrante.

El cura de Ars y el espiritismo

Nuestro estudio concerniente al "cura de Ars y el Diablo" no sería completo si no citáramos algunos rasgos
precisos de él con respecto al espiritismo que consideró siempre como diabólico.

Al conde Jules de Maubou, que tenía propiedades cerca de Villefranche, en Beaujolais, le agradaba ir a ver,
durante su estada en la región, al santo hombre del cual era el penitente y amigo. Ahora bien, le había ocurrido,
en medio de una sociedad distinguida en la cual se "divertían" en hacer mover y hablar las mesas, tomar parte
en este juego por simple condescendencia con la moda. Dos días después se dirigió a Ars, vio al abate Vianney
y, como de costumbre, se acercó sonriente a él tendiéndole la mano. Cuál no sería su estupor cuando el buen
cura lo detuvo con un ademán antes que él hubiera podido dirigirle la palabra, para decirle con un tono triste y
severo: "—¡Julio! ¡Anteayer ha tenido usted tratos con el diablo! ¡Venga a confesarse!"

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Ahora bien, el abate Vianney no podía saber por vías naturales lo que había pasado hacía dos días. Asombrado
el joven conde se arrodilló dócilmente en el confesionario, y prometió que nunca más tomaría parte en un
juego, el cual el hombre de Dios calificaba de diabólico.

Poco tiempo después, cuando estuvo de regreso en París, se encontró de nuevo en un salón donde se jugaba a
hacer moverse y hablar un velador.

Lo invitan a participar; él rehúsa. Insisten, pero se mantiene firme. Los asistentes ignoran su negativa. Las
manos se unen alrededor del velador. El conde de Maubou se mantiene alejado y desde su rincón protesta
interiormente contra el juego que se desarrolla sin su concurso. Contra todo lo esperado el velador no se
mueve. El médium, es decir el que dirige el juego, se muestra muy sorprendido y termina por decir: "¡No
comprendo nada! ¡Debe de haber aquí una fuerza superior que paraliza nuestra acción!"1

Y he aquí un segundo episodio en un todo semejante al primero.

Un joven oficial, Charles de Montluisant, habiendo oído hablar de las maravillas de Ars, decidió ir hasta allí,
por pura curiosidad. En el camino los oficiales convinieron en que cada uno de ellos haría una pregunta al cura
de Ars. Sólo de Montluisant declaró que "no teniendo nada que decirle, ¡nada le diría!" Llegan, pues a Ars. De
pronto, uno de los visitantes, queriendo hacerle una pequeña broma a su camarada y dirigiéndose al cura, le
dice:
—Señor cura, este es Charles de Montluisant, un joven capitán de porvenir que desearía preguntarle algo." El
capitán está atrapado. Siguiendo la broma de su compañero y no sabiendo qué decir, le hace simplemente esta
pregunta:
"—Pues bien, señor cura, estas historias de diablos que se cuentan con respecto a usted no son reales, ¿verdad?
. . . ¡Es pura imaginación!" El cura, por toda respuesta fija su mirada penetrante en el oficial y dice, con voz
breve y categórica:
"—¡Ah, amigo mío! ¡Usted sabe algo al respecto! . . . ¡Sin lo que usted hizo no hubiera podido liberarse de él!"
Respuesta enigmática y sin embargo llena de seguridad. Todos se miraron. Todos callaron y el joven capitán,
ante el asombro de sus amigos, no contestó. Pero cuando estuvieron solos sus compañeros quisieron aclarar las
cosas. O bien el cura había hablado al tuntún, sin decir nada preciso, o bien había querido decir algo, pero
¿qué? De Montluisant respondió que estando en París para sus estudios se había afiliado a un grupo
filantrópico en apariencia pero que en realidad era una asociación espiritista.
"Cierto día — les contó — al volver a mi cuarto tuve la impresión de no estar solo. Inquieto por esa sensación
tan extraña, miro, busco por todas partes: nada. Al día siguiente la misma cosa . . . Y además me pareció que
una mano invisible me apretaba la garganta . . . Yo tenía fe. Fui a buscar agua bendita a Saint-Germain-
PAuxerrois, mi parroquia. Asperjé el cuarto en sus rincones y recovecos. A partir de ese instante toda
impresión de una presencia extra natural cesó. Y después no volví a poner los pies en casa de los espiritistas . . .
No dudo que sea ése el incidente, ya lejano, al cual acaba de hacer alusión el cura de Ars." 2

Los hechos que acabamos de relatar son para integrar el expediente del espiritismo, del cual tendremos
ocasión de volver a hablar en otro capítulo. Pero cuando pensamos en las luces exclusivamente divinas por las
cuales el santo cura de Ars se ha mostrado iluminado, a todo lo largo de su vida, en las numerosas experiencias
que ha hecho por las innumerables confesiones que ha oído, es imposible no sentirse impresionados por la
certidumbre categórica en extremo', que fue siempre la suya, del carácter demoníaco de la mayoría de las
operaciones que constituye el espiritismo propiamente dicho.

1 En nota, monseñor Trochu (obra cit., pág. 304) precisa: "Este relato se basa por entero sobre las notas escritas el 16 de
mavo de 1922, por el Sr. De Fréminville, de Bourg, sobrino nieto del conde de Maubou. El Sr. de Fréminville «a autorizado
al autor a citar su nombre y el de su tío abuelo."

2 Aquí de nuevo una nota de monseñor Trochu: "La aventura del capitán se halla consignada en los archivos del
presbiterio de Ars. El general de Montluisant murió cristianamente el 11 de mayo de 1894."

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El cura de Ars veía y sabía cosas que nosotros no vemos ni sabemos. Su sentimiento sobre semejantes temas no
es despreciable y es por ello que hemos creído necesario insistir, sin querer por eso resolver problemas tan
complejos como son los de la metafísica.

Balance y comparaciones

Al término de este capítulo que nos ha puesto en presencia de rasgos tan particulares y, para nuestro espíritu
moderno, tan extraños, no podríamos hacer nada mejor que establecer un balance por una parte y hacer
algunas comparaciones por la otra. El balance vamos a pedírselo al demonio mismo y él nos explicará su
encarnizamiento contra el cura de Ars. Las comparaciones que haremos a renglón seguido, con el abate
Monnin, nos servirán para situar al santo hombre dentro de la serie de los grandes servidores de Dios del
pasado.

Si el diablo le tenía rencor a Jean-Marie Vianney, si trataba de desviarlo a cualquier precio de su tarea, ya sea
gastando sus fuerzas por el insomnio, ya sea sumiéndolo con sutileza en angustias que le daban deseos de huir
al desierto, es porque sabía bien toda la eficacia de su plegaria, de su maceración, de su ministerio junto a los
pobres pecadores. Una mujer que mostraba señales de posesión y por boca de la cual Satán en persona parece
haber hablado, le dijo cierto día delante de testigos:

"— ¡Cómo me haces sufrir! . . .


Si hubiera tres como tú sobre la tierra mi reino sería destruido. . .
¡Me has robado más de ochenta mil almas!"

En el momento en que estas palabras fueron pronunciadas el cura de Ars tenía en su parroquia a un misionero
a quien había encargado que predicara a sus fieles. Volviéndose hacia él, le dijo, disminuyendo en tres cuartos
la cifra que todos habían oído bien: "¿Oyó usted, señor misionero?; el demonio pretende que nosotros dos
solos destruimos su imperio y que le hemos quitado veinte mil almas."

Pero el demonio había dicho bien ochenta mil y no había hablado para nada del misionero, sino solamente del
cura de Ars. Fue por un acto doble de humildad que el santo redujo el balance de sus victorias y asoció a él a su
colega.

No es necesario decir que el número citado en este caso por la mujer poseída que iba a ser curada por nuestro
santo, no era el balance definitivo. Como lo dirá un día el mismo cura de Ars:"¡Sólo Dios sabe todo el bien que
se ha hecho aquí!" y al decir esto mostraba su confesionario. Si todos sus penitentes no fueron convertidos, ni
mucho menos, es indiscutible que para muchos de ellos, para la mayoría quizá, se trataba de un regreso a la fe
o, por lo menos, a la práctica religiosa.

Abordemos ahora las comparaciones. Cuando estudiamos de cerca la calidad espiritual del cura de Ars, no
podríamos dejar de advertir la evidencia de que su amor prodigioso de la penitencia había sido extraído de los
grandes ejemplos de los santos de antaño, pero más especialmente de los santos de la Tebaida y de los
desiertos egipcios.

Existen buenas pruebas de que el cura de Ars conocía las vidas de los eremitas y cenobitas de Egipto y que
citaba con gusto episodios de esas vidas en sus famosos catecismos y en sus sermones. Y justamente es un
rasgo de semejanza entre él y esos santos, que su maestro, el abate Balley, le había tantas veces elogiado,
tratando de imitarlos delante de él, el hecho de que fuera gratificado con infestaciones diabólicas. Es imposible
hablar de San Antonio el Grande, sobre todo, antepasado de la vida eremítica, sin recordar las infestaciones
demoníacas con que fue perseguido.

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Los visitantes que llegaban hasta él, en la montaña desierta de Kolsim, casi nunca arribaban allí sin oír
alrededor del santo, rompiendo el silencio de la inmensidad, una mezcla de ruidos confusos pero formidables,
como un estruendo de armas y de caballos. Hubiérase dicho una ciudad sitiada por un ejército enemigo. Y eran
los espíritus invisibles los que armaban toda esa batahola, como iba a hacerlo el Arpeo en Ars, muchos siglos
más tarde.

Otro célebre solitario, San Hilarión, no podía ponerse a rezar sin oír a su alrededor ladridos de perros, mugidos
de toros, silbidos de serpientes u otros ruidos no menos extraños y aterradores. Alrededor de la celda de San
Pacomio, el padre del cenobitismo, los diablos hacían tal batahola que hubiérase dicho que iban a echar por
tierra y a destruir todo. Aparecían alrededor de la cabaña de San Abraham con un hacha en la mano, como
para demolerla. Otras veces prendían fuego a su estera, lo mismo que iban a hacer con la cama del cura de Ars.

Y, como lo dice el abate Monnin, podemos recorrer la vida de los santos. Hay pocos de ellos que no hayan
estado en lucha 'abierta y a menudo ruidosa y memorable con Satán. Nombremos con el autor citado a San
Benito, San Francisco de Asís, Juan de Dios, Vicente Ferrier, Pedro de Alcántara y entre las santas: Margarita
de Cortone, Ángela de Foligno, Rita de Cascia, Rosa de Lima y tantas otras.

No nos sorprenderá, pues, encontrar también muchas "diabluras" en Lourdes, alrededor de la humilde
Bernadette. Es lo que vamos a ver en el capítulo siguiente.

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CAPÍTULO 2
LAS “DIABLURAS” DE
LOURDES
Una pequeña ciudad sale de la sombra

Si la muy modesta aldea de Ars debe toda su fama a su santo cura, en el sentido de que era completamente
desconocida en el mundo antes de él, no es exactamente lo mismo en el caso de Lourdes. En su Francia
pintoresca, que data de 1835, Abel Hugo, el hermano mayor de Víctor, habla de ella en estos términos: "Esta
capital del antes llamado Lavedan-en-Bigorre tenía el nombre, antiguamente, de «Mirabel», palabra que en el
dialecto del lugar significa bella vista."

En Lourdes existe un viejo castillo que había servido sobre todo de prisión de Estado desde el siglo XIV. Este
castillo acababa, nos dice Abel Hugo, de ser reparado. Y añade:

"La ciudad rodea la roca del costado opuesto al Gave; se extiende en una barranca atravesada por un torrente.
Bien construida pero irregular, ningún edificio notable la decora; pero se halla situada ventajosamente en la
unión de cuatro valles que recorren las rutas de Pau, Tarbes, Baréges y Bagnéres."

Pero no fue un bello lugar lo que acudieron a ver millones de peregrinos en el transcurso del año 1958. Este
año marcó el centenario de las apariciones. ¿De qué apariciones se trata? Todo el mundo lo sabe. El 11 de
febrero de 1858, una niña, muy simple, muy pobre, muy ignorante, pero muy piadosa, Bernadette Soubirous,
vio de pronto, en el hueco de una roca, en la entrada de la gruta de Massabieille, a "una joven blanca".

Y dieciocho veces, entre el 11 de febrero y el 16 de julio, la aparición volvió.

Pero nuestro objeto no es, evidentemente, repetir un relato tantas veces ofrecido a los lectores de todos los
países del mundo.

¿El diablo ha intervenido en esta extraordinaria aventura? Su silencio o su ausencia sería bastante sombroso...
Iba a rondar sin duda por Ars, alrededor de un santo. ¿Podía desatender lo que ocurría en la Gruta milagrosa?
Todos los que han escrito sobre Lourdes, y son muchos, han señalado, en efecto, sus intervenciones. Fueron lo
que se llama en teología infestaciones y vamos en este capítulo a recorrer las rarezas tan dignas de Satán.

Una alerta dudosa

Si creemos al excelente J. B. Estrade, uno de los primeros relatores de las apariciones, hubo ya un alerta, el 19
de febrero, en ocasión de la cuarta aparición. Cuando Bernadette, desde la Gruta, subía hacia la ciudad, habría
revelado que la aparición había sido perturbada por clamores extraños e insólitos. Estos clamores parecían
subir del Gave, y eran numerosos y como contestándose unos a otros. Se interpelaban, se cruzaban como las
vociferaciones de una muchedumbre tumultuosa. Entre estos aullidos deformados una voz más clara se elevó
iracunda y se oyeron estas palabras proferidas como una amenaza: "¡Escapa!. . . ¡Escapa!

¿A quién se dirigía esta orden perentoria? Bernadette comprendió en seguida que no era a ella, demasiado
insignificante para ser peligrosa, sino a la "joven blanca" que se mostraba a sus ojos extasiados, y cuyo nombre
aún ignoraba. Pero — siempre de acuerdo con la versión de J. B. Estrade —la Visión de luz no hizo más que
volver los ojos un instante hacia el punto de donde salían los clamores y esta rápida mirada fue tan eficaz, de
una autoridad tan perfectamente soberana, que el silencio siguió inmediatamente a los clamores que se habían
oído hasta ese instante. J. B. Estrade declara que el relato de esta primera alerta le fue "hecho directamente por

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la vidente, a él y a su hermana". El abate Nogaro, cura de la catedral de Tarbes, recibió también el dato de "la
misma extática".

Creemos, pues, con monseñor Trochu, que debemos admitir el hecho. Pero tenemos dudas sobre la fecha. El
padre Cros, S. J., en efecto, que ha estudiado con tanta minucia todo lo que concierne a las Apariciones, no
habla de ello en la fecha 19 de febrero, ni más tarde por cierto. Además, tiene ocasión, con harta frecuencia, de
señalar los errores en los recuerdos del buen señor Estrade, lo cual nos induce a creer que éste ha situado mal
el citado episodio en el sentido de habernos dado una fecha muy anterior. No lo descartamos, por cierto, pero
pensamos que ha de haberse producido más adelante.

Lleguemos, pues, a las "diabluras" mejor fechadas y por lo tanto más seguras. Pero cumpliendo nuestro
propósito de no dar más que hechos bien atestiguados seguiremos de muy cerca los datos del padre Cros1.
Antes que nada, entonces, los hechos y después los ensayos de explicación.

Cantidad de visionarias

Fue un jueves 15 de abril cuando el alcalde de Lourdes, el señor Lacadé, entregó un primer informe al
subprefecto de Argeles sobre otras visionarias además de Bernadette Soubirous. Recordemos bien la fecha. De
acuerdo con los cálculos del padre Cros, habíanse producido ya 18 apariciones, del 11 de febrero al 7 de abril 2 .
La serie estaba, pues, terminada. Bernadette permanecerá alejada de todo cuanto va a producirse. Pero leamos
el informe del alcalde:

"El sábado último pasado, 10 de abril —escribe—, tres niñas de Lourdes estaban en la Gruta rezando a Dios y a
las dos de la tarde la Virgen, afirman ellas, se les apareció. Una de ellas ha puesto en manos del señor cura una
declaración escrita que éste ha enviado al señor obispo.

"La llamada Pauline Labantés, que estaba en la Gruta ayer por la mañana, 14 de abril, a las diez, para rezarle
allí al Señor, dice haber visto a la Virgen." No era, sin embargo, más que un comienzo.

El muy concienzudo comisario de policía Jacomet, redacta a su vez un informe, como era su deber, dirigido al
subprefecto, luego al prefecto.

Las visionarias van a multiplicarse. Bernadette está, si nos atrevemos a decirlo, "hundida". No puede rivalizar
con tantas otras que ven maravillas. El comisario da detalles muy precisos. Estos detalles son muy útiles para
formarse una opinión sobre el valor de estas nuevas visiones. ¿Dónde ocurren? Jamás en el lugar mismo donde
Bernadette había visto a la Virgen y oído su nombre de labios de Ella misma. Parece que una protección
invisible rodea ese lugar, como rodea a la persona misma de Bernadette. En tanto que ésta permanecerá
siempre tan "natural", es decir, tan exactamente lo que ella era, muy simple, muy modesta, muy ignorante,
pero muy recta y muy sincera, he aquí las indicaciones que nos han sido proporcionadas sobre las nuevas
videntes. El 10 de abril eran cinco y no tres, como lo decía el primer informe del alcalde.

"Una de ellas — escribe el comisario — es Claire-Marie Sazenave, de veintidós años, muchacha virtuosa, de una
fe ardiente, de una imaginación exaltada: «He visto —dice ella— una piedra blanca, casi al mismo tiempo una
forma de mujer, de estatura normal, llevando un niño en el brazo izquierdo: el rostro sonriente, cabellos
ondulados que le caían por los hombros; sobre su cabeza algo blanco levantado como por una peineta; por fin
un vestido blanco. En cuanto al niño, lo distinguí confusamente y sólo al principio; después no lo vi más»."

1 Se trata de la bella obra: Historia de Nuestra Señora de Lourdes según los documentos y los testigos, por L. J. M. Cros,
S. J., París Beauchesne, 1927 sobre todo en el tomo II, pág. 47 y siguientes y passim.
2 Sabemos que hubo todavía una aparición a Bernadette el 16 de julio, pero el padre Cros no la cuenta. Para él la serie se
cerró el 7 de abril.

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"La segunda, Madeleine Cazaux, cuarenta y cinco años, casada, mala mujer, adicta a la bebida, explica así su
visión: «Vi sobre la piedra blanca algo, del tamaño de una niña de diez años; tenía un velo blanco sobre la
cabeza que le caía sobre los hombros, los cabellos le caían sobre el pecho. Todas las veces que se movía un poco
la vela, esta forma desaparecía»."

"La tercera, Honorine Lacroix, de más de cuarenta años, prostituta, de costumbres innobles, dijo que había
visto, la primera, a la Virgen. «Esta Virgen — declaró — tenía la forma de una niñita de cuatro años, cubierta
por un velo blanco y cuyos cabellos le caían sobre los hombros y estaban recogidos sobre la frente. Sus ojos
eran azules, sus cabellos eran rubios, la parte inferior del rostro era blanco y las mejillas rojas»."

"En cuanto a las dos extranjeras, de las cuales una ha tenido también una visión, según dicen, no se ha oído
hablar más de ellas: se ignora de dónde son."
¡Todo esto, a primera vista, es muy sospechoso!
Pero lo que no lo es menos es el lugar donde se manifestaban estas pretendidas apariciones.

El lugar

Es siempre el comisario el que nos ha hecho una descripción detallada. Después que la Gruta, como
consecuencia de las apariciones a Bernadette, se hubo convertido en un punto de peregrinaje popular, se había
levantado allí una especie de altar donde los visitantes llevaban ramos de flores del campo o de los jardines y
depositaban allí sus ofrendas. La Gruta tenía la forma de un horno de alrededor de cuatro metros de
profundidad. La bóveda de este horno se hallaba a dos metros sesenta de altura. Ahora bien, a los dos metros
cincuenta, más o menos, es decir en un punto al cual no podía llegarse sin una pequeña escalera, se abría en la
bóveda misma un corredor estrecho que se hundía, aunque ascendiendo abruptamente en el interior de la roca.
Este corredor podía tener cuatro metros de largo y desembocaba en un espacio oval que medía alrededor de
dos metros sesenta de diámetro. Más adelante el corredor se estrechaba de nuevo. Y cuatro metros más
adelante uno estaba bloqueado, pero se podían percibir a la luz de los cirios, paneles de rocas blanquecinas.

Se sobreentiende que para deslizarse en este hueco de la roca era necesario, casi sin excepción, arrastrarse boca
abajo en una posición muy incómoda y bastante poco decente para una mujer. Además, la primera vez las
"videntes" no habían llevado consigo ninguna escalera, como se hizo después, sino que habían trepado sin
vergüenza al altar levantado en el fondo de la Gruta para arrastrarse desde ahí en el corredor misterioso que
acabamos de describir sumariamente. Se iluminaban con velas cuya luz vacilante arrojaba, sin duda, formas
cambiantes que podían tomarse, con un poco de imaginación, ora por una mujer de estatura normal, ora por
una niñita de diez años o aun mismo de cuatro.

El comisario decía claramente, con una expresión de reprobación: "Fue el sábado 10 de abril que por primera
vez las mujeres se arriesgaron a visitar el lugar que les describo. Ni el altar que era necesario hollar, ni la
decencia, ni nada las detuvo. Eran cinco, grupo bien curioso por las diferencias de edad, de vida y de
costumbres."
Esta primera visita no tuvo mucha repercusión. Marie Cazenave, la más honorable de las tres videntes, parece
haberse sentido, dijo el comisario, "avergonzada de lo que declaraban haber visto sus poco dignas
compañeras". Pero la cosa se propagó, con todo. La curiosidad fue más fuerte que el respeto humano. Otras
mujeres entraron a su vez en el hueco de la roca. Muchas no vieron nada y regresaron muy desconcertadas.
Pero el 14 de abril, Suzette Lavantes, sirvienta de cincuenta años de edad, realiza la ascensión de la galería y
vuelve toda entusiasmada. La rodean, la interrogan. Ella ha visto. Está todavía toda temblorosa. ¿Qué ha visto?
"Una forma blanca — dice — más o menos del tamaño mío, una especie de vapor como un velo, y debajo un
vestido de cola, pero no distinguí ninguna forma humana, ni cabeza, ni brazos, ni piernas, ni parte alguna del
cuerpo. Por lo demás — añade —, lo que he visto es tan indeciso y vago que no puedo darme cuenta de lo que
es."

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Y con estos elementos empezó el alboroto. A partir de este momento los peregrinajes a la galería tan poco
abordable se multiplican.

El 17 de abril, por primera vez, hombres y mujeres se encuentran reunidos para esta expedición perturbadora.
Una joven, Josephine Albario, de quince años, empieza a llorar, a agitarse. La tranquilizan, la hacen salir. Se
ven obligados a conducirla de nuevo a su casa y a acostarla. Declara que ha visto a "la Inmaculada Concepción,
llevando a un niño en brazos y junto a ella a un hombre con una larga barba". ¡Y esta misma aparición parece
perseguirla hasta su cama!
Los ánimos desde ese momento se alteran. Dos corrientes de opinión parecen definirse. Unos están llenos de
admiración, creen en todas las apariciones, las de Bernadette y las de sus émulos. Otros, chocados por muchos
detalles de las nuevas visiones, no creen ni en las de Bernadette. La confusión es enorme. El 18 de abril, la
propia sirvienta del alcalde es presa de convulsiones porque ella también ha creído ver algo. Pero esta vez ella
no ha tenido ni siquiera que subir al corredor de la roca, puesto que sus convulsiones empezaron delante del
altar de la Gruta, cuando rezaba su rosario. El alcalde tiene absoluta confianza en su sirvienta. Va a ordenar
que se realicen experiencias para saber si los juegos de luz pueden provocar las visiones que enloquecen a
tantas mujeres. El 19 de abril una comisión investigadora entra en la gruta superior; se desea tener la
conciencia tranquila.

Las visiones, y sobre todo la de Josephine Albario, que le han provocado un éxtasis de tres cuartos de hora,
¿pueden tener una explicación natural?
Pero el resultado de esta investigación es completamente negativo. Con todo debemos destacar que las
apariciones a Bernadette habían estado rodeadas de circunstancias muy diferentes de las que acabamos de
relatar.
Lo cierto es que la muchedumbre tenía tendencia a confundirlas. Las personas serias como el comisario
Jacomet, se creyeron, por lo tanto, autorizadas, sin más trámites, a atribuirlas, las unas y las otras, a
imaginaciones deplorables. Y el procurador Dutour escribirá al procurador general, el 18 de abril, quejándose
de la actitud del clero:
"No se hace nada para desviar del camino por el cual avanza cada día más el sentimiento religioso que se
extravía como consecuencia de la locura o de la superchería. Las visiones se multiplican; ya no se alcanza a
contar los milagros; el clero y el señor alcalde de Lourdes no parecen tener otra preocupación que registrarlos."
Y reconstruye, a su vez, como el comisario Jacomet, todo el proceso de las visiones que acabamos de relatar.
No hay duda que en esa fecha de fines de abril de 1858, la confusión de los espíritus era extrema en lo tocante a
las apariciones.

Primeros temores

Y sin embargo una voz se hizo oír que debemos registrar y que nos servirá aquí como principio de distinción.
Hemos dicho que había hasta ese momento dos tendencias: o admitir y admirarlo todo, o condenar todo y
poner todo en cuarentena. Por primera vez, un sacerdote va a insinuar lo que más tarde fue reconocido como
verdad.
Hacia esa misma época, en el número de "videntes" se contaba una cierta Marie-Bernard, de Carrére-basse.

"Pretendía — cuenta el abate Pene — haber visto en la Gruta a un grupo de tres personas: un hombre con barba
blanca, una mujer bastante joven, y un niño. El anciano tenía llaves en una mano y con la otra se enrulaba los
bigotes. Al principio se dijo en la ciudad que podía ser la Sagrada Familia. Más tarde la misma visión se
reprodujo y se añadió que se habían observado ademanes poco decentes hechos por estos personajes. Si estos
ademanes fueron advertidos por la misma visionaria o por otros que hubieran podido tener la misma visión,
tanto mi hermana como yo nunca lo supimos. No obstante esta mujer era penitente mía y varias veces me
había relatado estos hechos, pero no le presté mayor atención, creyendo que no eran más que maniobras
diabólicas tratando de cubrir con su sombra las apariciones precedentes"

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Nosotros subrayamos estas últimas líneas. Nos parecen dar, en efecto, la explicación más razonable sobre todo
el conjunto de hechos.
Aunque atribuyamos a la exaltación, a la imaginación, al contagio espiritual, las visiones que se agregan a las
apariciones a Bernadette, no hay duda, en efecto, que el demonio hallaba en ellas su, provecho y que se veía
asomar en el conjunto de los episodios de los cuales no hemos comentado más que una parte, una táctica: la de
desvirtuar las visiones autentiquísimas y las apariciones certísimas de la Virgen bajo el flujo de imitaciones
absurdas o estrambóticas con las que una parte del público se saciaba con deleite en Lourdes, mientras que los
más cuerdos se encogían de hombros. Ahogar la verdad en la mentira era un procedimiento muy digno del
demonio. Y lo que vamos a decir confirmará esta primera apreciación de los acontecimientos.

Debemos hacer notar, con todo, que las interdicciones y oposiciones que sufrieron las apariciones verídicas de
Bernadette, tuvieron por lo menos un buen resultado: el de limitar o de suprimir las manifestaciones diabólicas
en su extrema violencia. Con el tiempo se llegará a comprender que no se trataba de admirar todo ni de
condenar todo, sino simplemente de distinguir.

La más acreditada de estas visionarias había sido la joven Josephine Albario. Pero había en su caso demasiadas
perturbaciones, agitaciones, lágrimas. El señor Estrade que hemos citado en varias oportunidades y cuyos
juicios son más seguros que sus recuerdos, escribirá sobre ella después de haberla colocado, interiormente, en
el mismo nivel, en su confianza, que a Bernadette:
"Algo secreto incomodaba, sin embargo, mi admiración y parecía advertirme que la verdad no se hallaba ahí.
Establecí comparaciones y recordé que ante los éxtasis de Bernadette me sentía transportado, en tanto que
ante los de Josephine . . . sólo me sentía sorprendido.
Yendo al fondo de los primeros percibía en ellos una acción verdaderamente celestial; enfrentándome con los
segundos sólo encontré en ellos las agitaciones de un organismo fuertemente sobreexcitado … Al hablar así, el
señor Estrade, como todas las personas sensatas, practicaba ese arte necesario que San Ignacio de Loyola había
llamado "discernimiento de los espíritus". Y el mismo San Ignacio no había hecho sino poner en fórmulas el
grande precepto de San Pablo, en los albores del cristianismo: "El espíritu no lo apaguéis, las profecías no las
menospreciéis; probadlo todo, quedaos con lo bueno.. (I Tesalonicenses, V, 19-21).

Juicios razonables

La verdad estaba, pues, en camino. La luz se hacía poco a poco en los espíritus, aunque se estaba todavía
bastante lejos del objetivo final, como vamos a verlo.
Pero antes de ocuparnos de otra serie de perturbaciones y agitaciones en las cuales las infestaciones diabólicas
se tornarán cada vez más visibles, daremos otro ejemplo más de las apreciaciones que se hacían en torno de las
demasiadas "videntes" que le hacían la competencia a Bernadette. Acabamos de hablar de Josephine Albario,
muchacha excelente, por lo demás. He aquí otra: Marie Courrech, la sirvienta del alcalde de Lourdes. Sería
demasiado largo consignar aquí sus propias declaraciones que figuran en la obra del padre Cros. (II, 96 v
siguientes.)

Pero lo que nos llama la atención es el juicio que sigue, hecho por un habitante de Lourdes, Antoinette Garros:
"No tenía fe —dice— en las visiones de Marie Courrech; su rostro no era el de Bernadette ni sus ademanes
tampoco. Tenía sacudimientos, sobresaltos. Muchas veces, viendo estas apariciones más allá del Gave, se
lanzaba hacia adelante, porque, decía ella después, la Aparición la llamaba a la Gruta. Si no la hubiésemos
retenido con grandes esfuerzos, se hubiera precipitado en el Gave. Cierto día que yo la retuve violentamente las
personas que miraban empezaron a gritar: «Déjela ir: si cruza el Gave será un milagro.» Pero yo no los
escuché; prefería evitar que se ahogara y me dije: «Si la Santísima Virgen quiere que cruce el Gave sabrá bien
cómo arrancarla de mis brazos.»

Lo que debemos retener de estos ejemplos y estas discusiones es que siempre hay manera de discernir los
dones auténticos, los verdaderos carismas de sus imitaciones diabólicas.

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Visionarios en masa

Los desórdenes — es menester llamarlos así — no estuvieron limitados por mucho tiempo a algunas mujeres o
niñas, como las que hemos citado. Los "videntes", de ambos sexos, van a multiplicarse y sus agitaciones y
remilgos, cuyo carácter casi siempre ridículo o burlesco vamos a relatar, se prolongaron hasta comienzos del
año 1859.

El padre Cros pudo investigar sobre ellos alrededor de veinte años más tarde.
"En el mes de junio de 1878, escribió, encontramos en Lourdes el recuerdo y el nombre de estos visionarios de
ambos sexos y de todas las edades: y eso que sólo hemos descubierto a los más ilustres, porque ya nadie en esa
época tenía orgullo de haber sido visionario."

El padre Cros pudo comprobar, de este modo, que los informes del comisario Jacomet, a quien, con mucha
frecuencia, se le ha criticado la severidad, atribuyéndole erróneamente una parcialidad hostil a las cosas
divinas, no tenían nada de exagerado. En realidad el comisario estuvo lejos de conocer todos los hechos: no
denunció más que una parte e ignoró o descuidó el resto.

Las manifestaciones alcanzaron un grado tal de exageración que se produjo un verdadero escándalo y el mismo
cura de Lourdes, en septiembre de 1858, debió conjurar desde el pulpito a los padres, para que les pusieran fin,
impidiendo que sus hijos se entregaran a esas incesantes excentricidades

Leyendo los textos reunidos por el padre Cros se tiene la impresión de estar frente a una especie de epidemia.
Juzguemos: he aquí las declaraciones de los testigos:
“Hermano Léobard, director de las escuelas de Lourdes: El diablo hizo surgir una infinidad de visionarios. Los
vimos librarse a las más grandes extravagancias. ¿Veían algo? Sí, y tenemos motivos para creer que muchos de
ellos han visto al espíritu maligno, bajo formas diversas… Muchos de mis alumnos pretendieron haber visto
apariciones. Faltaban a menudo al colegio . . . Sus extravagancias se produjeron no sólo en la Gruta, y en un
arroyo abajo de la ladera de la Basílica, sino también en casa de ellos, donde habían improvisado pequeñas
capillas. . ."
“Hermano Cérase: Una multitud de niños y niñas pretendieron haber visto a la Virgen Santísima. Los lie
encontrado en el camino de la Gruta. Llevaban una vela en la mano y se arrodillaban junto a los charcos... En
oportunidad de uno de estos encuentros, un hombre me dijo: «Mi hijita también ve a la Santísima Virgen, en la
Gruta; ¡son tantos los que la ven!» Yo consideré todo esto como pura comedia, y me asaltaron dudas muy
grandes con respecto a las visiones de Bernadette a las cuales yo no había asistido nunca ... "

Nosotros somos los que subrayamos estas últimas palabras. Vemos ahí los peligros que las falsificaciones
diabólicas hicieron correr al mensaje de Bernadette. Y sobre ello tendremos otras muchas pruebas. Pero
continuemos con nuestra citación extraída de las pacientes investigaciones del padre Cros.

Dominique Vignes, Marie Portan, Dominiquelle Cazenave, Ursule Nicolau.. . testigos excelentes: He visto
muchas veces visionarios en la Gruta. Asían los ramos de flores naturales que llevábamos allá y arrancando los
lirios y las rosas, que arrojaban al Gave, decían: «La Aparición no quiere ni lirios ni rosas»."

"He oído a una niña de diez u once años gemir, gritar, aullar, delante del hueco de la roca donde se encuentra
ahora la vivienda del guardián: la Aparición estaba ahí, para ella. A esta niña se la honraba como a las otras. Se
la besaba con devoción . . ."

"Cada uno de ellos llevaba un rosario en la mano; pero todos los rosarios eran nuevos y no estaban benditos;
no querían otros. Tenían los rosarios colgando, con el Cristo a la altura de los ojos, y movían el rosario delante
de sus rostros; hacían corriditas en todas direcciones, medio agachados, con el rostro contorsionado y gritando
como cachorros de perro que ladraran persiguiendo una presa . . ."

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"Vi llegar una procesión desde la fuente de la Merlasse hasta el poste, se trata del poste del cartel que prohíbe
la entrada a la Gruta. Llegado ahí, uno de los procesantes gritó: «Bajen todos conmigo: ¡van ustedes a ver a la
Virgen!» Las mujeres se pusieron en fila para seguirlo . . ."

"Cierta tarde, caída la noche, uno de los visionarios, con la cabeza coronada de laureles, gritó: «Reciten todos el
rosario: ¡Dios va a recitarlo! Fue inútil que yo observara que era el mundo al revés, que Dios le rezaba a la
Santísima Virgen: ¡todos estaban encantados! Poco después el visionario gritó: «¡Besen la tierra- cuarenta
veces, cuarenta veces!» Los asistentes besaron la tierra. En cuanto a mí, reía y al mismo tiempo rabiaba al ver
estas cosas del diablo . . .'

“La señorita Tardhivail: No se tiene idea hoy de la credulidad de los habitantes de Lourdes en esa época; los
espíritus estaban en el aire y en llamas; un desconocido que llegaba de Saint-Pé, dijo al entrar en la ciudad:
«Miré hacia el lado de la Gruta; vi allí a la Santísima Virgen que se paseaba; todo el mundo la ve». Una
multitud corrió enseguida hacia la Gruta; mis hermanas y yo estábamos entre ella."

"Jean Domingieux: Cierto día vi, desde la Ribére, a un visionario, de pie frente a la Gruta, y le gritó a la
multitud que se agolpaba entre el canal del Gave y, más allá del río, en la pradera donde yo estaba: «¡Sacad los
rosarios!, ¡voy a bendecirlos!» Todos sacaron los rosarios y el visionario los bendecía con el agua de la Gruta."

Lo que había de más revelador, generalmente, en las "payasadas" de todas estas pobres criaturas eran sus
horrorosas muecas. He aquí los testimonios en este sentido, recopilados sobre todo por el padre Cros:

“El guardabosque Callet: «Cierto día seguí al visionario Barraóu hasta el molino. Llegado junto a una cama se
puso a trepar por las cortinas con muecas espantosas: rechinaba los dientes o los hacía castañetear y sus ojos
tenían algo de salvaje»."

“La señora Prat: «Fui una vez testigo de las visiones de Minino: relinchaba y su rostro era tan horroroso que
yo no podía mirarlo»."

Otros testigos nos señalan ademanes estúpidos de parte de estos visionarios improvisados: habían visto a
Bernadette una vez comer hierba. O por lo menos se había hablado de esto: entonces les agradaba imitar este
acto y por este medio es evidente que los desacreditaban sin querer, puesto que la mayoría de ellos actuaba sin
darse cuenta del alcance de su comportamiento.

Pero tenían también otras invenciones de su propia cosecha:"Pauline Bourdeau: «He visto a doce llegar juntos
de la Gruta en nuestra calle, con coronas de flores sobre la cabeza»."

“Basile Casterot: El visionario S … pasaba por la ciudad con una cinta, que había sacado del tocado de una
niña, atada en la cabeza: «La Santísima Virgen — decía — me lo ha ordenado.»

Muchos lo seguían. Algunos decían: «Está loco», pero la mayoría sostenía que había tenido una aparición."

"La señara Baup: «En el camino del bosque encontré cierto día al visionario M . . . en una especie de éxtasis,
pero con el rostro descompuesto. Lo sacudí, no dijo ni palabra. Por fin salió del éxtasis y se fué bruscamente.
Le pregunté: ¿Qué has visto? No quiso contestar y se marchaba. Insistí: ¿Qué has visto? Acabó por decirme,
alejándose siempre: A la Santísima Virgen con un vestido blanco y una corona»."

"Al mismo tiempo mi sobrina me fue a buscar para llevarme junto a tres o cuatro visionarios en el mismo
camino: «¡Ven a ver, me dijo, el bello éxtasis de una niña!» La vi a esta niña de diez a once años, de rodillas con
el rostro transfigurado. En ese momento, pasaba otra pequeña visionaria con una vela encendida en la mano.
Me apoderé de la vela y pasé la llama delante de los ojos de la niña en éxtasis. Los ojos permanecieron
igualmente abiertos. Poco a poco, el éxtasis terminó y la pequeña nos dijo: «He visto a la Santísima Virgen con

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un vestido blanco, un cinturón azul y una corona en la cabeza. —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho: ¡Retírate! Es
preciso que me vaya al regadío»."

Todo esto no era muy malo, como se ve, pero hacía correr los riesgos más grandes a las verdaderas
Apariciones, las de Bernadette, que ya habían cesado y que se hallaban superadas por las de sus imitadores o
imitadoras.

En realidad se vacilaba, se averiguaba, se interrogaba. Esta cantidad de visiones, algunas de las cuales muy
sospechosas; los milagros alegados, algunos de los cuales se revelaban más que dudosos; todo esto arrojaba la
confusión en los mejores espíritus.

Un ejemplo notable va a hacérnoslo comprender. Entre los que se citaron, al principio, con los incrédulos,
frente a los hechos de Lourdes, se encontraba, con la mejor fe del mundo, un director del Gran Seminario de
Tarbes, el canónigo Ribes, él mismo ha contado cómo fue a Lourdes en el mes de agosto de 1858. Estaba
acompañado por un sacerdote extranjero. Los dos iban con el fin de informarse. Quisieron, antes que nada, ver
a Bernadette. Esta permanecía a pesar de todo en el primer plano de las actualidades de Lourdes. Era ella, por
cierto, quien había tenido los primeros favores de las Apariciones. Nuestros dos visitantes se presentaron en
casa de los padres de Bernadette y pidieron verla. La niña estaba ausente. Prometieron por lo tanto volver al
molino, entonces tenido por el padre. Y a continuación veremos la escena de la cual fueron testigos:

"Del molino — dijo el canónigo Ribes — nos dirigimos a la Gruta por un pequeño camino que corre a lo largo
del Fuerte. Descendimos la pendiente, entonces abrupta y árida, plantada hoy de árboles verdes y más
fácilmente transitable gracias al camino en zigzag tan conocido de los peregrinos. Llegamos frente a la Gruta
maravillosa; una barrera de tablas cerraba su entrada. Había allí, de hinojos, con una vela en la mano, una niña
de doce a catorce años, pasando las cuentas de un rosario entre sus dedos, saludando a un ser misterioso y
avanzando de rodillas hasta el pie de la roca. El suelo subía en anfiteatro; las crecidas del Gave habían formado
allí anchos peldaños de escalera muy suaves. Miramos a la visionaria algunos instantes: sus facciones estaban
contraídas y eran repelentes. Mi compañero le gritó: «—¡Sal de ahí! ¡Estás haciendo la obra del diablo!» La
niña, simulando no oír, continuó su maniobra: « —¡Sal de ahí —le repitió con voz de trueno—, vete, o la mano
de Dios va a caer sobre ti.» En seguida la visionaria apagó su pequeña vela, trepó por encima de la barrera y
desapareció."

Pero no era más que el primer acto de la investigación de los dos eclesiásticos. En el fondo, buscan, dudan,
pero saben que no corren ningún riesgo de cometer un error si rezan. Escuchemos la continuación del relato:
"Rezamos, bebimos el agua de la fuente y fuimos a casa del señor cura. Bernadette nos esperaba allí. Nos contó
con su candor de siempre lo que había visto y oído en la Gruta. Le hice observaciones sobre los tres secretos:
veía en ello una imitación de La Salette. Ella contestó, sin vacilar, que había recibido esos secretos para ella
sola; que no debía decirlos a nadie, ni siquiera al Papa, y que estaba decidida a guardarlos."

"Mi compañero declaró que él creía; yo, en tanto, no estaba todavía convencido: —Estoy —le decía— dispuesto
a creer, pero quiero otras pruebas."
Esta vacilación fue tomada a mal por el cura de Lourdes, ya enteramente convencido, y por excelentes razones,
de la autenticidad de las apariciones de Bernadette. Le escribió algunos días más tarde al obispo, diciéndole:

"¿Cómo quiere usted que los extranjeros den fe a las apariciones, cuando los Directores del Gran Seminario se
pronuncian en contra?"

Al año siguiente, sin embargo, el canónigo Ribes regresó a Lourdes para celebrar allí una misa de acción de
gracias por una curación obtenida mediante el empleo del agua de Lourdes. El cura le dijo entonces: "Debía
usted esta reparación a la Santísima Virgen, porque le ha hecho usted oposición."

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Había tenido razón no obstante de no querer rendirse sino con pruebas fehacientes. Y en esa fecha del mes de
agosto de 1858 las pruebas seguían siendo discutidas y discutibles. El demonio había "ahogado", como ya lo
hemos dicho, la verdad en la mentira. Apariciones fantásticas, milagros pretendidos; se comprende que el
comisario Jacomet haya podido, a la sazón, escribir al Prefecto, en la época en que se hablaba de una comisión
episcopal nombrada para examinar los hechos:
"Las gentes sensatas y verdaderamente religiosas se preguntan cómo se atreven a hacer intervenir al alto clero
en supercherías flagrantes de esta naturaleza."

Esta comisión, sin embargo, fue aceptada por el Prefecto que tenía la certeza de hacer condenar
categóricamente todas esas historias de las visiones, inclusive las de Bernadette, que habían desatado el
flagelo.

"Una Comisión ha sido nombrada para ocuparse de la comprobación de los milagros de Lourdes — decía,
efectivamente, el prefecto de Tarbes, señor Massy —. La Comisión podría todavía, al cumplir su mandato con
conciencia y sin parcialidad, poner fin a un triste asunto . . . Estaré pronto para facilitar los informes con el
objeto de reducir a su justo valor los hechos pretendidos sobrenaturales que se vana tratar de reconstruir."

Las conclusiones del ministro

Si, como lo pensaban los mejores espíritus, las payasadas tan numerosas que contribuían a desfigurar el
carácter de las apariciones a Bernadette provenían del demonio, es menester reconocer que Satán no había
calculado mal su maniobra. Los hechos que hemos relatado eran conocidos, por lo menos en parte, de las
autoridades civiles. No nos sorprendamos por ello. Era el deber de estas autoridades mantener el orden
(perturbado con demasiada frecuencia y demasiada evidencia), alrededor de la Gruta de Lourdes y en todos los
pueblos vecinos. Por eso no podemos sino aprobar la carta escrita por el ministro de Cultos, señor Roland, al
obispo de Tarbes, monseñor Laurence, con fecha del 30 de julio de 18 58. Esta carta es por demás significativa
para no ser citada in extenso*.

"Monseñor, los nuevos informes que recibo sobre el asunto de Lourdes me parecen de una naturaleza capaz de
entristecer profundamente a todos los hombres sinceramente religiosos. "Esas bendiciones de rosarios hechas
por niños, esas manifestaciones en las cuales se advierte en primera fila a mujeres de vida equívoca, esos
coronamientos de visionarios, esas ceremonias grotescas, verdaderas parodias de las ceremonias religiosas, no
dejarían de dar rienda suelta a los ataques de los diarios protestantes y a algunas otras publicaciones, si la
autoridad central no interviniera para moderar el ardor de su polémica.

"Esas escenas escandalosas consiguen desacreditar más la religión a los ojos de los pueblos y creo de mi deber,
monseñor, llamar de nuevo seriamente vuestra atención sobre estos hechos. "Vuestra Eminencia comprenderá
sin dificultad que el establecimiento de un nuevo lugar de peregrinaje no podía, en sí mismo, causar ningún
disgusto al gobierno. Si he insistido vivamente desde las primeras manifestaciones que se produjeron en la
Gruta de Lourdes, para que no se les diera curso, es porque los informes precisos, obtenidos de diversas
fuentes, no me permitían ver ni en el origen, ni en los progresos, ni en los resultados de ese movimiento
popular, nada serio ni nada respetable.

"Los acontecimientos han confirmado mis previsiones: la multiplicación de los visionarios y los que caen en
éxtasis, que nos recuerdan escenas tristemente célebres del siglo XVIII; las locas demostraciones que se llevan
a cabo en este momento a orillas del Gave, bastarían para justificar, sin más, las medidas que las autoridades
han debido tomar.

"Estas manifestaciones lamentables me parecen también de naturaleza suficiente para hacer salir al clero de la
reserva en la cual se ha mantenido hasta ahora.

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"No puedo, por otra parte, sobre este punto, más que dirigir un urgente llamado a toda la prudencia y a toda la
firmeza de Vuestra Eminencia, preguntándole si no juzgaría apropiado reprobar públicamente semejantes
profanaciones . . ."

No es posible dejar de ver en esta carta una verdadera intimidación, cortés sin duda, pero categórica. Lo que
deseaba el ministro, lo que esperaba, exigía, haciendo claras alusiones a los desórdenes históricos del
cementerio de Saint-Médard, en el siglo XVIII, era sin duda una intervención episcopal, y esta intervención
debía ser, en su opinión, una reprobación general y una condenación de todas las historias de apariciones,
comprendiendo las de Bernadette, que, sin duda alguna, habían dado impulso a todas las otras.

Si el obispo hubiera obedecido a esta especie de intimidación, si hubiese intervenido sin respetar el precepto
paulino: “Quedaos con lo bueno", Satán hubiera obtenido la victoria.

Celos de aldeas

El peligro que señalamos era tanto más grave por cuanto el obispo acababa, en esa fecha de julio de 1858, de
ser sorprendido por uno de sus sacerdotes de los alrededores de Lourdes, con nuevos casos de exaltación
colectiva. Se producía una nueva puja en materia de visiones sobrenaturales, no solamente en Lourdes donde
tantas personas pensaban ganarle a la pobrecita Bernadette, tan poco hecha, según la opinión pública, para ser
elegida por la Virgen con preferencia a muchas otras, sino también en los pueblos vecinos.

El 9 de julio, en efecto, el abate Pierre Junca, cura de Ossen, escribió a monseñor Laurence para ponerlo al
corriente de lo que pasaba en su parroquia.

Un chico, Laurent Lacaze, de 10 años había querido ir a la Gruta después de la clase matinal. Ocurrió el 2 de
julio. Había insistido tanto que sus padres cedieron. Hacia el mediodía, Laurent, acompañado de su hermanito
de ocho años, se encontró frente a la Gruta. Rezaba su rosario cuando al levantar los ojos vio a "una mujer
vestida de blanco, teniendo en su brazo izquierdo a un niñito pequeñito. Este niño llevaba en la mano derecha
un ramo compuesto por tres rosas rojas. Sobre su cabeza, un bonete rojo terminado por tres rosas blancas
atadas con una cinta roja. La mujer tenía, en la mano derecha, un ramo formado por tres rosas rojas. Del brazo
derecho le colgaba una ancha cinta roja y festoneada. Del mismo brazo le colgaba un lindo rosario. Su cabeza
estaba cubierta por un bonete blanco adornado con una cinta blanca. Junto a esta mujer, estaban de pie, el uno
a la derecha, el otro a la izquierda, dos hombres vestidos de negro, tocados con boinas azules. El hombre de la
derecha tenía una larga barba blanca. Y la mujer y los dos hombres tenían puestos zapatos negros".

Toda esta descripción se encuentra en la carta del cura. El joven Lacaze había tenido, pues, bastante tiempo
para detallar su visión milagrosa. La mujer le había recomendado que volviese por la tarde. El niño había
obedecido. Y había vuelto a ver a todos los personajes de la mañana. Y todos habían tomado el sendero,
llevando al niño y a la madre que había ido con él, detrás de ellos, en dirección a la aldea de Ossen. A lo largo
del camino la mujer se prestaba a las charlas infantiles de Laurent . . . Los días subsiguientes, nuevas visitas de
Laurent Lacaze a la Gruta, nuevas apariciones. Pero en adelante está rodeado. Se forman procesiones para
acompañarlo. El cura, advertido, había creído conveniente echar agua bendita sobre el niño y el lugar donde
éste decía que veía a la mujer. Al parecer sin gran resultado.

Estas eran historias absurdamente inverosímiles. Pero los habitantes de Ossen estaban perturbados por ellas.
Se le guardaba rencor al cura porque manifestaba sus dudas al respecto. Y él consultaba a su obispo para saber
cuál actitud debía asumir. Durante este lapso se habían presentado otros visionarios: Jean-Marie Pomiés, de
trece y Jean-Marie Sarthe de diez años. Este último era de Ségus, una aldea vecina. Pero las visiones de éste no
le duraron. El cura le ordenó que permaneciera en su casa. El niño obedeció y todo terminó ahí.

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Los dos chiquillos de Ossen, en cambio, seguían con sus maniobras de las cuales transcribimos lo siguiente:
"Durante bastante tiempo fueron perseguidos y estuvieron como obsesionados por la aparición. Corrían detrás
de ella por las calles y dentro de las casas, como si le estuvieran dando caza. Sus gritos se asemejaban, con
frecuencia, a aullidos, y sus ademanes, sus movimientos, no eran siempre armoniosos: más de una vez, por el
contrario, nos chocaban por lo que veíamos en ellos de desordenado e inconveniente. El amor propio de los
padres, quienes con toda inocencia se habían figurado que sus hijos veían a la Santísima Virgen, contribuía a
prolongar estas lamentables escenas."

Estas líneas son del cura de Ségus. El alcalde de Ossen, Jean Verguez, observaba, por su lado, lo que ocurría. El
padre Cros nos deja su testimonio, durante todo este proceso, en el sentido que venimos de anotar. Parecía
evidente que el joven Lacaze tenía realmente visiones. Los asistentes no podían creer en otra cosa que no fuera
la aparición de la Virgen. ¿Y por qué no? Una Bernadette Soubirous ¿tendría el monopolio de esto? Los padres
de Laurent Lacaze no lo creían así. El alcalde que los interrogó escribe:

"Los Lacaze no trabajan: están contentos, sobre todo el padre de lo que le ocurre a su hijo. Al caer la noche
encontré al padre que iba a guadañar. Le dije: «Ha perdido una jornada». Me contestó: «Sí, pero por lo menos
tenemos en casa una hermosa compañía, la de la Santísima Virgen»."

Pero esto no es todo. De acuerdo con el testimonio del alcalde había en estos niños de su aldea algunas cosas
que asombraban. Por ejemplo, Laurent Lacaze que no sabía más que el dialecto, hablaba en francés. Pero había
algo más raro aún. Escuchemos al alcalde:

"Cierto día en la casa de los Lacaze, Jean-Pierre Pomiés, niño de trece años se hallaba de pie a distancia de dos
metros de una claraboya que daba sobre el corral. Esta claraboya tiene sesenta centímetros de alto por
cuarenta y tres de largo y queda a más de un metro sobre el suelo. Ahora bien, el niño vió, de pronto por la
claraboya, la aparición en el corral y lo he visto pasar con la rapidez de una flecha a través de la claraboya sin
tocar el marco, caer sobre sus pies en el corral y perseguir la aparición.

"Este espectáculo me perturbó en forma tal que me retiré en seguida y le dije a mi mujer, al volver a mi casa:
¡Todo esto no me inspira confianza! ¡No volveré más allí!"

Por lo demás, el Padre Cros cita testimonios del mismo hecho. Asegura que ha examinado los lugares y que
encuentra la cosa, humanamente inexplicable. Agrega que los jóvenes visionarios tenían otra anomalía que les
era común, veían con horror los rosarios benditos y no querían más que rosario nuevos que no estuvieran
benditos. Ninguno de los objetos benditos que les fueron entregados fue devuelto.

Monseñor Laurence había recibido informes fidedignos y detallados de todos estos acontecimientos. Desde el
12 de julio de 1858, había contestado al cura de Ossen:

"Considero a los niños Lacaze y Pomiés, visionarios como atacados de una afección nerviosa. Hay que tratarlos
así. No hay nada sobrenatural en lo que experimentan, por lo que yo puedo juzgar. Un objeto celestial no dice
palabras que nada significan; no se divierte, no tienen ninguna familiaridad. Si estos niños dicen o hacen cosas
poco convenientes, es menester reprenderlos y tratarlos con severidad."

Pero el obispo tendrá que reiterar sus recomendaciones antes de que sean oídas y respetadas por el pueblo. Los
visionarios de Ossen continuarán, pues, durante cierto tiempo con sus ejercicios extraños. Abundan los
testimonios según los cuales las gentes seguían a nuestros jóvenes profetas, los admiraban, les obedecían. Se
arrodillaban al pasar frente a la casa de los Lacaze. Se le rezaba una oración a la Virgen. Iban a pasar la noche
al cuarto donde descansaba el visionario. En vano el cura hablaba en el púlpito de una carta del obispo, de
acuerdo con la cual debía prohibirse a los menores de quince años el acceso a la Gruta y no permitir a los otros
que se comunicaran con los visionarios. ¡Se negaron a creer en su palabra hasta que les mostró la carta! La

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hermana del cura Françoise Junca, añade: "Las aldeas vecinas estaban celosas de Ossen; para nosotros este
asunto era muy penoso; mi hermano no dormía por causa de todo esto".
Hemos hecho notar al pasar estos celos de las aldeas con respecto a Ossen. Unos celos semejantes se
desencadenaron contra Lourdes.

"Cierto día — cuenta una habitante de Omex, otra aldea vecina — estaba yo en la Gruta y los niños visionarios
de Ossen, con unos cuantos otros de Lourdes, se hallaban en el hueco de la roca donde el diablo se les
aparecía. Se oyó de repente salir del interior de la cavidad una voz muy fina, semejante a la de un niño
melindroso. La voz decía: «En el valle de Batsurguére, y sobre todo en Ossen, hay muchas buenas gentes; en
Lourdes sólo hay canallas.» Yo dije entonces delante de todo el mundo: «Es más demonio que el demonio el
que habla así. ¡La Santísima Virgen no desprecia a nadie, y menos, a los que necesitan convertirse!»”

No por ello dejó de producirse entre la concurrencia una agitación, una división de los ánimos. Una mujer de
Ossen se sintió tan halagada de lo que había oído que quiso levantar una capilla a la Virgen en su cuarto, pero
su marido se opuso a ello. La pobre mujer, por lo demás, enloqueció y murió ese mismo año.

Pero hemos dicho bastante ya para que pueda medirse un poco la extensión de las perturbaciones provocadas
por tantas "diabluras" en Lourdes y en los alrededores, y para que pueda comprenderse la prudencia que
necesitó el obispo para discernir entre todas estas manifestaciones más o menos extravagantes. Si el demonio
había deseado desacreditar las apariciones de la Virgen a Bernadette, mezclándolas con pujas numerosas y
grotescas, puede decirse que faltó poco para que lograra sus fines. Felizmente monseñor Laurence no se dejó
impresionar.

El 28 de julio de 1858 firmó una orden destinada a formar una comisión de investigación con respecto a las
apariciones de Lourdes.

Pero lo más notable es que desde el principio esta comisión no designó por el nombre más que a Bernadette
Soubirous como el objeto del examen decisivo. No se mencionaban en la Orden, los hechos tan numerosos que
hemos reunido en este capítulo. A los ojos de las personas sensatas todo esto no era más que imaginación,
exageración, rareza, y quizá cosa del diablo. El lector que las ha encontrado reunidas aquí puede haberse
asombrado por su cantidad, su repercusión, su extravagancia, y concebir, por lo mismo, en forma
retrospectiva, alguna penosa impresión sobre las apariciones de Lourdes. Y sin embargo, si reflexiona sobre
ello, sólo experimentará mayor asombro por la forma sencillísima y, al parecer, tan natural, con que las
sombras, muy densas en un momento dado, fueron disipadas, y cómo se hizo la luz.

La comisión episcopal empezó a trabajar sin retardo. La simplicidad, la rectitud, la perseverancia, la evidente
sinceridad que todos pudieron comprobar en Bernadette, y, por otra parte, los milagros realizados mientras
tanto en la Gruta, milagros bien auténticos esta vez, hicieron maravillas, y al cabo de un poco más de tres años
monseñor Laurence pudo otorgar su aprobación solemne a los acontecimientos de Lourdes, tales como son
conocidos por la vida de Bernadette.

Pero seguramente el lector ha de tener curiosidad por saber lo que ocurrió con esa multitud de visionarios
improvisados cuyas hazañas habían ocupado, durante meses, un lugar preponderante en el ánimo de los
habitantes de toda la región de Lourdes.

Los visionarios de Ossen

Cuando el padre Cros realizó su investigación histórica con una esmerada minucia, en 1878, pudo conocer a los
visionarios de Ossen.

En veinte años, habían, naturalmente, crecido mucho. ¿Qué les quedaba en el ánimo de sus experiencias de
1858. Nada, o casi nada. Tanto el uno como el otro eran excelentes cristianos. Ambos, Laurent Lacaze y Jean-

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Marie Pomiés pertenecían al grupo que cumplía el oficio de los grandes acólitos en la procesión parroquial del
Santísimo Sacramento. El padre Cros los interrogó. Laurent Lacaze, el primero, le dijo que no guardaba casi
ningún recuerdo de sus hechos y hazañas de 1858:

"Recuerdo, eso sí — le dijo —, que iba a la Gruta con otros chicos; que veía una especie de sombra, pero no
tengo ya idea si eso tenía miembros, si era un hombre o una mujer. No tengo recuerdo de lo que hacía en el
camino de Lourdes a Ossen."

Para la mayoría de los que se acordaban un poco más, esta "especie de sombra" que Laurent había visto
entonces no podía ser sino el diablo.

Interrogado a su vez, Jean-Marie Pomiés, declaró al padre Cros: "Yo iba a menudo a la Gruta, atraído por lo
que oía contar sobre las cosas extraordinarias que pasaban allí. Durante esas visitas tuve visiones dos veces: la
primera vi, en la cavidad de la roca, un resplandor deslumbrante en medio de una sombra bastante densa. El
resplandor no era ni rojo, ni blanco, y tenía alrededor de un metro de altura. No distinguí ninguna cara. Esto
duró un cuarto de hora, más o menos. La segunda vez fue la misma cosa, pero me llamó la atención lo que le
ocurrió a una chiquilla que también veía visiones. Yo estaba de rodillas entre ella y un chico: los tres vimos el
mismo resplandor. De pronto, la chica avanzó la mano hacia el lugar de donde venía el resplandor y la vela que
tenía en la mano desapareció súbitamente sin que hubiéramos podido saber adonde había ido a parar. Nuestra
sorpresa fue grande…"

De modo que Jean-Marie Pomiés no había distinguido, tampoco él, más que "una sombra bastante densa" con
un resplandor que no era ni rojo ni blanco, sino muy deslumbrante. Recordemos que fue él quien saltó tan
ágilmente por una claraboya estrecha, de ida y de vuelta, de acuerdo con nuestros testigos, con una habilidad
sobrehumana. Pero en 1878 se pudo escribir de él y de su émulo, Laurent Lacaze:

"Viven honesta y cristianamente; el espíritu de la mentira abusó de su inocencia, pero ninguno de los dos se
hizo cómplice de Satán."

Es el testimonio que les rinde el padre Cros, después de haberlos visto y oído.

Los visionarios de Lourdes

Esta misma facultad de rápido olvido se advierte también en los muchísimos visionarios de Lourdes. El padre
Cros no podía dejar de interrogarlos a su vez. Y comprobó que la mayoría no conservaba de sus presuntas
visiones más que recuerdos muy vagos. El abate Serres, vicario de Lourdes, y, por su cargo, en contacto
constante con los niños del catecismo, había advertido ya, poco tiempo después de las apariciones, que estos
niños, en su mayoría, llegados a la edad de su primera comunión — suponemos que en Lourdes como en
muchas otras diócesis de Francia, ésta se hacía entre los doce y los catorce años —, se acordaban confusamente
de los objetos que se les habían aparecido en la Gruta o en otros lugares.

Pero el padre Cros interrogó a algunos de ellos después de un intervalo de veinte años. He aquí la respuesta de
uno de ellos, Alexandre- Francois L.:

"No me gustaba vagar y me cuidaban mucho; tanto que no hubiera ido a la Gruta si mis camaradas no me
hubieran arrastrado hasta allí. Subí, pues, con ellos, a la cavidad superior y me puse a rezar de rodillas.
"Entonces vi llegar desde el fondo una visión blanca como este papel: era por cierto una especie de forma
humana, pero no distinguí ni el rostro, ni las manos, ni los pies. En cuanto los chicos hablaban, yo ya no veía
nada. Les pedía que se callaran y la visión volvía. La vi volver de este modo por lo menos cinco veces. Créase o
no, la he visto, y era hermoso verla . . ."

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Otro, que el padre Cros llama "el más ilustre de los viejos visionarios" y que se había convertido en padre de
cuatro hijos, le contó a su vez:
"Había asistido una o dos veces a las apariciones de Bernadette y me habían conmovido como a los demás;
pero no pensaba mucho en ello cuando, cierto día, al volver de un paseo con un chico de mi edad, del lado del
bosque, bajamos juntos hasta la Gruta. "Al llegar yo allí, el primero, me pasó delante de los ojos algo que tenía
un rostro de hombre. Me puse a reír, luego a llorar y las personas que estaban allí comprendieron que había
tenido una visión. Conté a mi camarada lo que había visto. "Las mujeres iban a buscarme a mi casa y me
llevaban a la Ribére. Algunas veces, no vi absolutamente nada; otras veía la misma cosa y gritaba:
¡Arrodíllense! ¡Besen la tierra!, porque tenía miedo.

Veía también a esta aparición que iba de un árbol a otro en la pradera. "Les pedía a todos sus rosarios y los
enjuagaba en el Gave, porque se me ocurría hacerlo. "Un día estaba yo solo en la Gruta; vi la Aparición,
entonces, el padre que hizo levantar las cruces en la cima del Ger, vino hacia mí y me dijo: «Vete de ahí; lo que
tú ves es contrario a la verdadera Aparición», y yo me fui.

"Los otros chicos hacían muecas, como yo, y gritaban, pero no sé qué gritaban. Tenía miedo. Nunca fui solo
sino durante el día. Por la noche no me hubiera atrevido a ir allí si las mujeres no hubiesen ido a buscarme.

"Ellas creían que yo veía a la Santísima Virgen. A veces eran las diez o las diez y media cuando regresábamos a
casa. Las mujeres me preguntaban: « ¿Qué has visto?» Yo les contestaba: «A la Santísima Virgen.» Sin
embargo era claramente un rostro de hombre lo que yo veía. Esta cara cambiaba con frecuencia.
Solía tener barba. Una vez vi a este personaje vestido de blanco; ¡no me acuerdo haber notado sus pies, ni sus
manos!

"Todo esto está ahora muy embarullado: no podría decir lo que era . .. ;Y esto es todo cuanto el padre Cros ha
podido recoger de preciso sobre todas esas visiones, a veinte años de distancia! No obstante, los antiguos
visionarios afirmaban categóricamente dos cosas, a saber: que nadie los había impulsado jamás a simular las
visiones, esto provenía de ellos mismos — o del diablo, diríamos nosotros, junto con muchos otros — y en
segundo lugar, la policía, el comisario, los gendarmes, el guardabosques se opusieron siempre a sus maniobras.

Conclusión

Nuestra conclusión no podría ser diferente a la del padre Cros, que ha estudiado tan bien todo este expediente,
y al cual hemos tomado en préstamo algunos elementos. Está convencido que Satán fue realmente el centro de
todas estas manifestaciones porque encontró en ellas una convergencia, una continuidad, una estrategia,
diremos, que no podían ser propios de los personajes que desempeñaron en ellas un papel cualquiera. Era
como uno de esos coros antiguos, del cual hemos oído las voces, pero cuyo director no puede ser otro sino el
demonio. Un director de orquesta: Satán, he ahí lo que explica la lógica de las extrañezas que hemos visto.
Únicamente que Satán deja su garra marcada en sus composiciones más hábiles. Hubo siempre, gracias a Dios,
una diferencia enorme entre los visionarios, mujeres, jovencitas, jóvenes o niños que se manifestaron entonces
y la tranquila y serena Bernadette. Nadie pudo equivocarse: la distinción entre el bien y el mal, entre lo
verdadero y lo falso, se operó por sí misma.

Citemos pues la apreciación final del padre Cros adhiriéndonos a ella (ver el tomo III, pág. 272): "Hemos
mostrado en otra parte cómo la prueba de lo divino resulta de los contradictores mejor armados:
contradictores oficiales u oficiosos, ni los unos ni los otros pudieron detener el acontecimiento ni retardar su
marcha: el acontecimiento, a sus ojos, no era sin embargo Bernadette, y Bernadette no era nada. La nube de
visionarios se disipó y pronto no se habló más de ellos; la estrella de la vidente brilló aún a través de la nube y
la nube misma sirvió para hacer apreciar mejor la pureza de su luz.

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"Así la contradicción del Infierno fue vencida como la de los hombres. Un momento Satán tuvo como auxiliares
a personas piadosas que se ilusionaron con sus prestigios; nada más temible podía imaginarse, y sin embargo,
esta nube misma, tan negra, fue atravesada por obra divina; las más poderosas protecciones de nada sirvieron
a los visionarios, y cuando hubieron desaparecido sus rostros convulsionados, quedó, luminoso como antes,
pero de una sinceridad y una paz que se habían tornado más encantadoras, el rostro de Bernadette."

El brillante centenario que terminó en Lourdes, a principios de 1959, es una prueba del lustre que rodea para
siempre el nombre de Bernadette Soubirous, la que vio a la Virgen en 1858. No olvidemos sin embargo que
Bernadette, humilde campesina, como el cura de Ars era hijo de campesinos, terminó su vida en el convento de
Nevers y que tuvo, en su última hora, que luchar contra el demonio, como lo había hecho el santo cura de Ars
en el transcurso de su vida.

Durante su agonía, en efecto, manifestó un instante un gran temor, y una de las religiosas que la asistía le oyó
exclamar claramente:

"¡Vete, Satán!"

Pero la santita volvió a encontrar poco después toda su tranquilidad y murió en una inmensa paz victoriosa.

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CAPÍTULO 3
DE LA POSESIÓN- SU
NATURALEZA- SUS CAUSAS-
SUS REMEDIOS

Antes de abordar los casos de posesión, muy diferente a las infestaciones cuyos ejemplos más famosos
acabamos de exponer, nos parecen indispensables algunas explicaciones doctrinales.

Un hecho extraordinario

No existe tal vez un hecho más extraordinario que el de la posesión diabólica. Que tal hecho existe es lo que
demuestran muchísimas experiencias. Existieron poseídos, sin duda, largo tiempo antes de la venida de
Jesucristo a la tierra. Los hubo alrededor de Él y hemos visto que el Evangelio nos lo garantiza. Se produjeron
innumerables casos en la Iglesia primitiva y la institución de la Orden de los Exorcistas, entre los miembros del
clero, es una buena prueba de ello. Tenemos la intención, en los capítulos siguientes, de proporcionar ejemplos
notables entre los cuales trataremos de dar en lo posible algunos de los más recientes. Por añadidura, la
teología católica ha tomado tan decidida posición con respecto a este problema, que está autorizada a tener una
teoría completa, basada sobre los hechos, de la posesión demoníaca; en tanto que el Ritual Romano, órgano
oficial de la acción eclesiástica, explica las señales por las cuales se conoce la verdadera posesión y da los
remedios que es necesario oponerle, remedios que son lisa y llanamente los exorcismos, de los cuales
hablaremos dentro de un instante.

En lo que concierne a la posesión y a sus causas, no podemos elegir una guía más segura y más precisa que la
obra de monseñor Saudreau: "El Estado místico... y los hechos extraordinarios de la Vida Espiritual." 1

Naturaleza de la posesión

Si se ha comparado algunas veces la posesión diabólica a la Encarnación, es debido solamente a una cierta
analogía. La posesión es una imitación y de acuerdo con la palabra que ya hemos empleado, una "payasada" de
Satán, digamos: una caricatura de la Encarnación.

"La posesión no llega jamás hasta la animación", escribe sin tardanza monseñor Saudreau. Esto quiere decir
que el Demonio no reemplaza el alma del poseído, no da vida al cuerpo, pero, sin que sepamos cómo, se
apodera de ese cuerpo, hace su vivienda en él, ya sea en el cerebelo, ya sea en las entrañas, pero en todo caso en
el sistema nervioso. Le quita pues al alma, su dominio normal sobre el cuerpo y sobre los miembros, imprime a
las facciones del rostro una expresión desconocida y que responde a la acción de él, del Demonio; es decir, que
traduce su cólera, su ira, su orgullo, sus designios o, bajo la flagelación de los exorcismos, sus sufrimientos

El Demonio parece mirar por los ojos del poseído, hablar por su boca, a tal punto que se sirve de un lenguaje a
menudo obsceno e infame, aun mismo cuando su víctima sea una persona delicada y de buena educación, a la
cual semejante lenguaje le es totalmente extraño. Y como los demonios son muchos, como tienen cada cual su
carácter propio, imprimen tan claramente su sello particular al poseído que puede adivinarse cuál es el
demonio que opera en éste, o cuando hay varios dentro de él.

1 Vamos a utilizar la segunda edición, París, Amat, 1921, en el capítulo XXII, intitulado: "Hechos preternaturales
diabólicos."

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Cabe destacar, sin embargo, que esta acción del Demonio está condicionada por la naturaleza y el carácter del
poseído. El cual emplea igualmente sus maneras habituales de hablar, de tenerse, de actuar.

El Demonio no está siempre presente en el poseído. Entra en él cuando quiere. Provoca en él ataques. Un
poseído podrá hasta ser liberado momentáneamente por los exorcismos, y luego ser presa de nuevo del
Demonio. En su estado normal el poseído es como todo el mundo. No se diría que se halla sometido a
manifestaciones tan extrañas como las que se comprueban en él durante una crisis. Estas mismas crisis no son
siempre igualmente violentas. En ciertos casos, el proceso conserva toda su conciencia. Pero no puede dominar
las contorsiones, las gesticulaciones, las palabras, que otro opera y pronuncia en él, y permanece extraño a
ellas. Otras veces, el Demonio lo duerme a tal punto que no sabrá nada de lo ocurrido y por consiguiente no
guardará ningún recuerdo de todo ello. Con mucha frecuencia el Demonio va y viene a través del cuerpo; se
pasea, en cierto modo, de la cabeza a los pies de su víctima, provoca en alguno de sus miembros una rigidez
semejante a la de una barra de hierro, sin alterar los otros.

Los demonios, por otra parte, no actúan todos de la misma manera, porque están lejos de ser todos iguales. El
biógrafo de San Martín que fue, como es sabido, un temible destructor de demonios, en el siglo IV de nuestra
era, ya hacía esta observación. Creía, no sin razón, que todos los dioses del paganismo eran demonios, pero
hacía una gran diferencia entre Mercurio, demonio ágil, maligno y encarnizado, y Júpiter al cual consideraba
bruto y estúpido: Jovem brutum et hebetem esse dicebat. De igual modo en Jean Casien, el abate Serenius
declara: "Todos los demonios no tienen la misma crueldad, la misma ira, como no tienen la misma fuerza ni
la misma malicia." Diremos más adelante que hay un demonio del orgullo, que es Satán, un demonio de la
avaricia, que sería Belzebú y un demonio de la impureza que tomó el nombre de Isacaron en un caso de
posesión que nos proponemos estudiar. Pero también hay demonios de la pereza, de la intemperancia, de la
blasfemia, etc. Lo cual no impide que los demonios dueños de tal o cual "especialidad" en el mal, sean
igualmente aficionados a otros vicios. Los demonios no tienen tampoco todos el mismo poder. Algunos que los
exorcismos echan sin vuelta y como sin dificultad; otros que resisten largo tiempo, que se obstinan o que
reinciden sin descanso. Como lo observa monseñor Saudreau:

"Cuando las vejaciones están producidas por demonios de último orden, algunas oraciones o prácticas
piadosas, algunos exorcismos, bastan en general para hacerlas cesar."

En cambio, en los casos más célebres de posesión, los exorcistas tienen que librar batallas pertinaces y parece
que tuvieran entonces que luchar con los príncipes del infierno.

Citaremos en un capítulo especial un caso que, después de seis años de esfuerzos y después de peripecias
innumerables y palpitantes, todavía no ha llegado a su término, a principios de este año 1959.

Causas de la posesión

El buen sentido popular tendería a colocar en la primera fila de las causas de la posesión las faltas del poseído.
No es así en absoluto. Los casos de posesión, en realidad, son muy variables y relativamente raros. Si decimos,
al igual que el profesor Lhermitte, que citaremos oportunamente, que son "más numerosos de lo que se cree"
no significa necesariamente un porcentaje elevado de la cantidad de pecadores. Si los demonios hicieran
libremente sus estragos entre los hombres, la humanidad estaría trastornada, no seríamos ya dueños de
nuestros destinos, la obra de Dios entre nosotros estaría desviada de su objetivo. La cosa es en sí inconcebible y
por más poderosos que sean los demonios es una verdad que "esos perros están encadenados".

Se trate de la infestación, como en el caso del cura de Ars, o de la obsesión o de la posesión, nada ocurre sin el
permiso de Dios. Los demonios no actúan entre nosotros sino en la medida en que obtienen, como está escrito
en el Libro de Job, el permiso de Dios, soberano Señor. El caso del mismo Job sometido a las infestaciones de
Satán, es una buena prueba de que no son las faltas de la víctima las que explican sus penas. En el caso del

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santo cura de Ars es, si fuera posible, todavía más evidente. Los ataques del Demonio tienen una razón de ser
que nosotros creemos adivinar.

Las posesiones, y en general, las "diabluras" espectaculares como las que hemos citado ya y citaremos de
nuevo, son prueba de la realidad de un mundo preternatural en el cual muchos hombres ya no creen. Dios deja
libre curso, en determinados casos, al orgullo o al deseo de homicidio de tal o cual demonio, para arruinar la
táctica general denunciada por Baudelaire en esta conocida frase: "¡La mejor astucia del Diablo es la de
persuadirnos que no existen!"

Recordemos que Baudelaire, nacido en 1821, murió en 1867. Fue precisamente en la época en que formuló esta
explicación que acabamos de transcribir que, por una violación de la táctica demoníaca, se produjeron en Ars,
en Lourdes, en Alsacia y otros lugares, manifestaciones diabólicas que no permitieron acreditarse esa mentira
de que "el diablo no existe".

Pero si ni las infestaciones y ni siquiera las posesiones, que son mucho más graves, no siempre pueden
imputársela a las faltas de los infestados o poseídos, ocurre, no obstante, que estas faltas son la causa
inmediata de esta clase de infortunio. El abate Saudreau cita muchos casos en el pasado. Luego añade,
hablando de un hecho reciente, conocido por él:

"Tenemos el caso contemporáneo — quizá dure todavía — de una persona a quien le ocurrió semejante
desgracia, como consecuencia de una oración a Mercurio que ella le había rezado, siguiendo el consejo de
una vieja que se las daba de curandera."

Los sortilegios

En muchos casos de los cuales hablaremos, parecería que en el origen de la posesión hubiera habido un
maleficio. Así se llama lo que el público denomina más corrientemente "una brujería". El abate Saudreau es
categórico en este punto: "Una de las causas más frecuentes de las vejaciones diabólicas — escribe — es el
maleficio."

Y precisa que "los maleficios son los sacramentos del diablo". Actúa por medio de "sortilegios", cuyo secreto ha
descubierto a sus adherentes. Entre los pueblos que siguen siendo paganos, es raro que el brujo no ejerza una
especie de autoridad y de preeminencia.

Todo el mundo lo detesta, pero todo el mundo le teme y recurre a él. Posee poderes que se consideran
sobrenaturales. Se le juzga capaz de dominar la enfermedad, las fuerzas de la naturaleza, ¡la meteorología
misma! El brujo no ha desaparecido enteramente de nuestros entornos. Existen en nuestros campos,
individuos a los cuales se les atribuyen poderes misteriosos y considerables. Estos poderes son los que se
llaman a veces "magia", a veces "brujería".

Que en la magia y en la brujería haya una gran parte de superstición, es indudable y es deplorable. Pero que
todo sea falso en las acciones que se les atribuyen no ha sido, tal vez, demostrado. El ritual reconoce, en todo
caso, la existencia de la magia y ordena combatirla. Existen en el ritual oraciones en contra de esto. Parecería
que el Demonio, después de haber establecido su ritual propio para el lanzamiento de sortilegios, se halla
obligado a actuar cuando el brujo observa las formas que él ha prescrito. Se nos asegura que circulan esta clase
de rituales demoníacos en nuestras campiñas de Francia. Libretos tales como "El dragón rojo", y el "Gran
Alberto" proporcionan fórmulas mágicas, y estas fórmulas se emplean para dañar a los que uno quiere mal o de
los cuales se está celoso. Un brujo lanza sus sortilegios y no son siempre ineficaces. Se explican de este modo
las innumerables peripecias que se manifiestan en el curso de los exorcismos.

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El demonio huye bajo la acción benéfica del exorcista pero vuelve a la carga. Se diría que va a quejarse de los
golpes recibidos al brujo que lo ha puesto en acción el cual le ordena volver a la carga. Es lo que observa con
mucha claridad el abate Saudreau:

"Un demonio que ha perdido gran parte de sus fuerzas —escribe— por causa de los conjuros y de las
prácticas santas, parecerá a veces que ha vuelto a encontrar nuevo vigor, e interrogado por el exorcista
estará obligado a reconocer que debe a las prácticas mágicas las fuerzas que ha recobrado."

Los maleficios tienen pues una acción y esta acción no puede ser sino diabólica. El abate Saudreau lo
comprueba cuando dice:

"Casi todas las posesiones célebres tuvieron por causa maleficios, por ejemplo la de Madeleine de la Palud y
de Louise Capel, en Marsella, la de las Ursulinas de Loudun, la de las Hermanas Hospitalarias de Louviens."

Pero los maleficios no tienen todos, la misma eficacia, y actúan con mayor vigor cuando están perpetrados en
formas más culpables.

Existen en el transcurso de los siglos — y aún existen hoy— formas de sortilegios que emplean preferentemente
el sacrilegio, la profanación de la hostia consagrada, por ejemplo, o la celebración de "misas negras". En el siglo
XVII, en proceso célebre, se descubrió que los maleficios tenían por base asesinatos de niños, pecados contra
natura, misas sacrílegas.

En los casos nombrados más arriba por el abate Saudreau, "los autores de los maleficios eran sacerdotes
infortunados, y hostias consagradas habían sido horriblemente profanadas para componer amuletos".

En fin, tenemos motivos para creer que existe entre los brujos o fabricadores de maleficios, una horrible
jerarquía que no permite sino a los más pervertidos, o a los más dañinos de entre ellos, "movilizar", si así
puede decirse, a los más temibles tenientes de Lucifer o a Lucifer en persona. Nos vemos obligados a hacer
conjeturas sobre algunos puntos de esta acción demoníaca. Pero que hayan existido y que aún existen "pactos"
con Satán, es algo que parece bien demostrado. Este asunto, por otra parte, será estudiado más adelante en un
capítulo especial sobre el "satanismo".

Misterios no elucidados

Habiendo hablado de las dos primeras causas de la posesión: faltas del poseído o, con mayor frecuencia,
maleficio que le ha sido dirigido, el abate Saudreau no cree que ha agotado su lista de explicaciones posibles.
Quedan algunos casos que no corresponden ni a una ni a otra de las categorías que acabamos de nombrar. La
posesión puede ser y es seguramente, a veces, una prueba permitida por Dios, como en el caso del santo
hombre Job o en el del cura de Ars; sin que haya habido falta por parte del infestado o del poseso y sin que
haya habido maleficio. El Demonio recibe u obtiene, a su pedido, el permiso de actuar. Este permiso le es
acordado.

Es una prueba como cualquier otra, peor que muchas otras, pero que resulta para confusión de Satán y de su
orgullo. El Arpeo convertido en "camarada" del cura de Ars no debe de haber estado orgulloso de su fracaso
frente a éste. Por lo demás ¡no se privaba de decirle su odio, de escupirle su cólera! El cura de Ars le quitaba
almas. Él lo hostigaba sin cesar, sin poder, sin embargo, vencerlo. Citaremos un caso más adelante en el cual el
demonio fue autorizado a "poseer" a su cliente, sin poder salir de él cuando se le daba la gana: es el caso de
Antoine Gay que merece un examen detallado.

Pero el abate Saudreau cita un caso muy parecido, el de Nicole Aubry, de Vervins, cuya posesión, nos dice,
conmovió a Francia entera (1565). Ella no había sido víctima de "magia". Los demonios, en el transcurso de los
exorcismos, declararon, muy a pesar suyo, que esta posesión había tenido lugar por voluntad de Dios, para

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manifestar el poder de los exorcismos católicos y proporcionar así a los calvinistas de la región una razón para
convertirse. Estos demonios agregaban que sufrían mucho de hablar en contra de sí mismos y de poseer a esta
mujer. Es exactamente lo que volveremos a comprobar en el caso de Antoine Gay. En el caso de Nicole Aubry,
buen número de calvinistas se convirtió, en efecto.

Se verifica, pues, en ciertos casos de posesión, de acuerdo con la frase de San Agustín, que Dios prefiere extraer
el bien del mal antes que suprimir del todo el mal. Ha habido en la historia almas que han aprovechado los
sufrimientos de la posesión para elevarse a un alto grado de santidad. "Si Marie des Vallées, quien fue poseída
como consecuencia de maleficios — dice el abate Saudreau —, no hubiera tenido que sufrir esta prueba que
resultó para ella un largo y terrible martirio, no se hubiera elevado a ese alto grado de heroísmo que hizo
llamarla "la santa de Coutances" (1590-1656). Todo el mundo conoce también el célebre caso del padre Surin
cuya prueba — la posesión — duró treinta y un años y fue para él la fuente indudable de méritos muy grandes.

Sabemos de casos en los cuales todos los exorcismos son impotentes, a tal punto que los demonios mismos se
ven obligados a confesar que se marcharían de buena gana por los sufrimientos que les causan los exorcismos,
pero que no pueden irse porque Dios no se los permite.

En un caso histórico señalado ya por nosotros, el de Madeleine de la Palud, la poseída de Marsella, los
exorcismos consiguieron echar a Asmodée y a otros dos demonios anónimos, en 1611, pero por permisión
divina quedó uno, Belzebú, que hubiera deseado mucho irse, pero debió quedar cautivo en el cuerpo de la
poseída.

En un caso semejante, y más adelante citaremos un ejemplo notable de la cosa, en época muy reciente, el
exorcista consiguió desatar los lazos de la posesión. Una posesa, por ejemplo, que el diablo no deja confesar ni
comulgar, puede hacerlo de tiempo en tiempo bajo la acción de los exorcismos, pero el demonio no ha sido
echado o ha vuelto. En este caso, empero, la víctima que ha comprendido su estado y conoce el provecho
espiritual que puede sacar de él, acepta ese estado. Sabe que el demonio está dentro de ella como un animal
enjaulado, una bestia enfurecida, pero que no podrá en definitiva hacerle ningún mal.

"El poseído — escribe el abate Saudreau — continúa pues sufriendo, pero sus sufrimientos son
extremadamente útiles a la Iglesia porque el demonio no puede actuar más que sobre un alma que se santifica
a pesar suyo. ¡Cuántas almas débiles escapan a sus seducciones!"

Un biógrafo reciente de San Jean Eudes, el padre Boulay, declaraba que había en esa época —el año 1907—
más de treinta personas que habían aceptado ser víctimas para la salvación de las almas. Y al citar esto el abate
Saudreau añade: "Sabemos nosotros de varias otras, en diversas diócesis, que no son conocidas de él ni están
comprendidas en este número."

Un exorcista de nuestros días, muy ejercitado, nos ha afirmado igualmente que existen "poseídos-víctimas",
¡que ofrecen sus sufrimientos para el clero de nuestro tiempo tan necesitado de ello! Por lo demás, no vayamos
a creer que todo es sin compensación para estas almas extraordinarias. Casi siempre es todo lo contrario.

"Cuando los demonios toman posesión de un alma fiel — concluye el abate Saudreau—, Dios permite a menudo
que ésta reciba del Cielo un auxilio extraordinario, que viene a ser como el contrapeso de las pruebas
extraordinarias que le hace sufrir el infierno. Frecuentemente si tiene visiones diabólicas, tendrá, como
desquite, visiones celestes; si el demonio la golpea, su ángel guardián la reconforta.

Los santos que le inspiran mayor devoción, los ángeles que ella invoca, a veces impiden que los demonios le
hagan daño, la ayudan poderosamente a realizar los actos de virtud que debilitarán al enemigo y la impulsarán
hacia la perfección."

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En suma, los casos de posesión son casos extremos de un hecho inmenso que se extiende por todo el universo
espiritual: la lucha del bien contra el mal, de la Ciudad de Dios contra la Ciudad de Satán. La posesión,
colocada de nuevo en su marco, no es más que un episodio más llamativo de la inmensa pelea de los espíritus.

Tiene su razón de ser precisamente en este carácter de visibilidad. Si es verdad que "la mejor astucia del Diablo
es la de persuadirnos que no existe", no hay de su parte más flagrante contradicción, absurdo más revelador,
que las manifestaciones de la posesión.

Mucho más terribles, por cierto, son los casos de posesión invisible, los casos en los cuales Satán no tiene que
mostrarse cuando está más presente que nunca alentando dentro de los corazones que se le han entregado los
designios más abominables. ¿No fue éste el caso de ese apóstol, cuyo nombre casi nunca está escrito en el
Evangelio sin que el mote de traidor vaya unido a él? Quizá no había, a decir verdad, invocado a Satán. Pero el
Evangelio de San Juan dice exactamente que después "del bocado, en la última Cena, entró en él Satán".

Y San Agustín comenta esta entrada del Demonio diciendo: "Entró para poseer más completamente al que ya
se había entregado a él."

Remedios

¿Las posesiones diabólicas no tienen remedio? ¿Dios habría abandonado a sus criaturas en poder de Satán sin
proporcionarles los socorros suficientes para escapar a su dominio?

Es evidentemente imposible. No existe predestinación al mal y al infierno. El remedio que Dios ha querido
para la posesión es lo que llamamos por un vocablo extraído del griego: exorcismo, que significa conjuro. Pero
existen reglas muy precisas para practicar el exorcismo. La primera cosa es asegurarse que se trata de una
posesión y no de una enfermedad de orden natural. Para lo cual el simple razonamiento sugiere el
procedimiento siguiente: si el sujeto manifiesta en él la presencia de tina inteligencia diferente de la suya,
existe posesión y no enfermedad. Anotaremos en un instante las precisiones que proporciona sobre este punto
esencial el Ritual Romano. Pero los autores reconocen por unanimidad que los comienzos de la posesión son
generalmente muy insidiosos. El demonio sabe, desde hace mucho tiempo, que los exorcismos son de uso
corriente en la Iglesia, que tienen sobre él un poder temible, que sufre por ellos física y moralmente, es decir en
su orgullo. Para evitar el exorcismo se esfuerza por disimular el hecho de la posesión durante semanas y meses.

En un ejemplo que citaremos más adelante, los exorcismos regulares sólo comenzaron al término de tres años.
El objetivo de Satán parece haber sido en este caso particular, y ocurre lo mismo en muchos otros, hacer pasar
a la poseída por loca para que la encerraran en un instituto psiquiátrico y así privarla de toda intervención
espiritual. Esta táctica del demonio se halla ya denunciada en el siglo XVII por el padre Surin. Y el Ritual
donde se resume la experiencia secular de la Iglesia dice textualmente:

"Los demonios tienen la costumbre de dar contestaciones erróneas y de no manifestarse sino con gran
dificultad a fin de inducir al exorcista a renunciar o hacer creer que el paciente no está poseído."

Esta táctica del silencio y del incógnito es tanto más fácil en nuestros días, cuanto, muchos médicos, inclusive
creyentes, no admiten ya la posibilidad de la posesión y tratan a los enfermos por procedimientos naturales de
los cuales el demonio se burla soberanamente.

Lo más delicado de todo, por lo tanto, es guardar el equilibrio, el justo medio, no creer demasiado pronto en la
posesión, mientras que la hipótesis de una enfermedad natural no sea descartada, y no retardar el empleo de
remedios naturales, propuestos por la Iglesia, cuando el hecho de la posesión se ha tornado certidumbre.

Las primeras sospechas de la presencia del demonio reposan sobre indicios que no son decisivos, pero a los
cuales hay motivo para tener en cuenta si se desea ejercer un control más atento sobre el sujeto sospechoso. De

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acuerdo con Saudreau, citando a un especialista de su época, el doctor Hélot (en Neurosis y posesiones, "El
diagnóstico"), los síntomas son los siguientes:

1ª. Convulsiones en las que puede discernirse una inteligencia extraña a la del paciente, con frecuentes
alternativas de estados normales y anormales;

2ª. Movimientos extraordinarios que no pueden producirse sin adiestramiento prolongado, tales como saltos,
bailes, equilibrios, reptaciones complicadas, golpes, llagas, caídas sin causa aparente, torsiones del cuello, de la
nuca, etc.;

3ª. Deformaciones, dolores intolerantes, súbitamente aplacados mediante agua bendita, el signo de la cruz, el
pan bendito, etc.;

4ª. Pérdida súbita de los sentidos y de la sensibilidad, instantáneamente devueltos por un conjuro;

5ª. Gritos de animales, aullidos involuntarios e inconscientes, en el sentido de que el sujeto no los recuerda
inmediatamente después;

6ª. Visiones extrañas y diabólicas en una persona de otro modo normal;

7ª. Iras y furores súbitos causados por la presencia de objetos benditos, o la vista de un sacerdote, o al pasar
delante de una iglesia cuando se desea entrar en ella;

8ª. Imposibilidad de ingerir o de conservar alimentos benditos o bebidas benditas.

Todos estos síntomas separados o juntos son solamente indicios. Deben despertar la atención. Importa,
cuando se los comprueba, armarse de valor. Los exorcismos significan librar una batalla que puede ser dura y
larga. No hay que retroceder ante los inconvenientes que pueda causar. El Ritual dice con mucha razón: "Los
demonios suscitan todos los obstáculos que pueden levantar para impedir que el paciente sea sometido a
exorcismos."

Con toda seguridad será necesario conferenciar con uno o más médicos, discutir la cosa con ellos asegurándose
que son a la vez competentes y prudentes, es decir que no oponen a los hechos de posesión un prejuicio
irrazonable con el fin de no acusar recibo. Hablando de algunos de sus colegas, el doctor Hélot decía: ¡Tienen
oídos para no oír!"

Es evidente que existen inconvenientes para lanzarse en exorcismos que no tuvieran su razón» de ser, porque
sería exponer la religión al descrédito. Pero existen inconvenientes mucho mayores en retardar
indefinidamente el exorcismo cuando no hay otro medio para aliviar a pobres seres que el demonio atormenta.
Y no es solamente ni principalmente el cuerpo de la víctima lo que corre peligro, sino también su alma si no se
la ayuda a tiempo. Cuando se ha llegado a la conclusión de que el exorcismo es necesario, es pues un deber
proceder a él sin tardanza, preparándose por el ayuno y la plegaria, poniendo en acción todos los medios de los
cuales la Iglesia dispone.

No hay que olvidar que no se trata aquí de una intervención facultativa. Del mismo modo que el Código Civil
reconoce el delito de "no asistencia" a una persona en peligro, la teología reconoce una falta en quienes tienen
a su cargo las almas, y no intervienen a favor de un sujeto sometido a la acción de Satán. Es la advertencia de
Saudreau, quien escribe:

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"Tanto que los teólogos que han tratado estas cuestiones ex profeso declaran que es pecado mortal para
aquel que tiene a su cargo las almas, si no exorcisa a los que están poseídos. Es evidente que sería pecado
mortal también oponerse a que se lleve socorro a pobres almas que tienen que sufrir una prueba espiritual y
corporal tan terrible."

Posesión probada

Lleguemos pues a los síntomas que da el Ritual como indudables pruebas de la posesión. Hemos visto que
estos síntomas son en general los que revelan la presencia de una inteligencia evidentemente ajena a la del
paciente.
Estos signos, en el Ritual, son sobre todo los:

1ª. Hablar un idioma desconocido o comprender a quien lo habla;

2ª. Dar a conocer cosas lejanas u ocultas;

3ª. Desplegar fuerzas superiores a su edad o condición, como mantenerse en el aire sin punto de apoyo, andar
con la cabeza para abajo y los pies contra una bóveda o un cielo raso, permanecer inmóvil a pesar de los
esfuerzos de hombres sumamente robustos que reúnen sus fuerzas, etc.

Estos diversos ejemplos no están literalmente en el Ritual pero forman en él un comentario autorizado. Por
añadidura, el sacerdote provisto de la autorización episcopal para un exorcismo oficial y público o semipúblico
— porque los exorcismos privados están permitidos a todos los cristianos — se dará cuenta pronto, en el
transcurso del exorcismo, que tiene frente a él a un adversario inteligente, con respuestas a menudo
inesperadas, muy distintas en todo caso de las que daría el sujeto en un estado normal.

Así, en el cuerpo de una mujer poseída y hablando por boca de esta mujer, Satán hablará siempre en masculino
de sí mismo, se glorificará en términos grandilocuentes de los cuales daremos ejemplos, revelará cosas ocultas,
responderá de más o menos buen grado a las preguntas que se le hacen, sobre todo cuando se le da la orden en
el nombre de Dios, en nombre de Cristo, y más especialmente en nombre de la Virgen, de dar estas
contestaciones. En cuanto el Demonio se ve obligado a declinar su calidad "es tan fácil llegar a esta convicción
— dice el abate Saudreau — como saber con certidumbre los otros hechos de la vida ordinaria".

El exorcista no debe jamás retroceder, jamás perder la paciencia ni el valor, pero es muy importante para él
prepararse lo mejor posible por la oración y la mortificación a las batallas seguramente violentísimas que
tendrá que librar. La lucha contra Satán no es asunto de poca monta. Es por el contrario algo muy serio y muy
conmovedor.

El exorcista puede estar seguro de que el demonio tratará de vengarse de él por los golpes recibidos. Pero se
consuela pensando que es el campeón de Cristo y de Dios contra el Poder del mal. Es para el exorcista una
certidumbre que puede extraer de su acción gracias eminentes, tanto que tiene el derecho de "considerar la
tarea que le incumbe como uno de los medios más poderosos de santificación que la Providencia pudo haberle
reservado". (Saudreau.)

No olvidemos por otra parte que uno de los cuidados más solícitos del exorcista será no solamente el de "curar"
al poseído, sino de conducirlo, a él también, a la santidad. No hay nada que pueda rechazar más seguramente
el poder de Satán y su dominación que la sólida conversión de la víctima contra la cual se encarniza, si ésta
tiene necesidad de conversión, y su progresión en la virtud si no la tiene. Los vicios y los defectos del paciente
son puntos de apoyo para la persecución diabólica, y en sentido inverso, los actos de piedad cumplidos con la
ayuda del exorcista, por el paciente, son las garantías más seguras de la derrota del demonio.

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La legislación canónica

Al terminar este capítulo de doctrina sobre la posesión es indispensable citar aquí las disposiciones canónicas
concernientes a los exorcismos. Los artículos o cánones del Codex juris ecclesiastici son tres: 1151 a 1153.

Canon 1151: "Nadie puede, aunque esté revestido del poder de exorcista, proferir exorcismos contra los
obsesionados, de manera legítima si no ha recibido del Ordinario —es decir de su obispo— un permiso especial
y expreso."

Este permiso no será acordado por el Ordinario más que al sacerdote dotado de piedad, de prudencia y de
conducta irreprochable: y éste no procederá a los exorcismos sino después de haber comprobado con
certidumbre, después de un examen atento y prudente, que el sujeto por ser exorcizado está realmente
obsesionado por el demonio.

Canon 1152: "Los exorcismos practicados por ministros legítimos pueden ser hechos no solamente sobre fieles
y catecúmenos, sino también sobre no católicos o excomulgados."

Canon 1153: "Los ministros de los exorcismos que son practicados en el bautismo y en las consagraciones y las
bendiciones, son los mismos que son ministros legítimos de los mismos ritos sagrados.

"Este último canon quiere decir que si todo el mundo, en caso de necesidad, puede bautizar, no son más que
los ministros del bautismo solemne, es decir acompañado de todos los ritos establecidos por la Iglesia, en el
número de los cuales están los exorcismos, y los ministros de las consagraciones y bendiciones rituales, los que
pueden legítimamente practicar los exorcismos públicos y oficiales con el permiso episcopal. De hecho, el
obispo no otorga jamás el poder de exorcizar solemnemente sino a un sacerdote elegido con cuidado por su
competencia y la dignidad de su vida.

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CAPÍTULO 4
EL CASO MUY ESPECIAL
DE ANTOINE GAY
(1790-1871)

Nuestras fuentes de información

Más que nunca, frente a las aventuras inverosímiles que vamos a exponer en este capítulo, experimentamos la
necesidad imperiosa de indicar nuestras fuentes de información.

Un autor lionés que conocemos, J. H. Gruninger, escribió recientemente, en 1952, la vida y sufrimientos de
Antoine Gay bajo el título algo enigmático de El poseído que glorificó la Inmaculada.

Extrajo su documentación de un folleto publicado en 1896 por Delhomme et Briguet, en Lyon, cuyo autor era
Víctor Stenay. Este nombre era un seudónimo adoptado por el señor Blanc, presidente en Lyon de la
Asociación de San Francisco de Sales. Para así escribir su folleto, el señor Blanc recurrió a una libreta de
anotaciones apuntadas por el señor Houzelot, grabador en París, cuyos negocios le llamaban con frecuencia a
Lyon; a una cantidad de cartas, certificados e informes recogidos por el mismo con respecto a la posesión de
Antoine Gay; a la vida del padre Chiron, que se había ocupado mucho de Gay, escrita por el abate Zéphyrin
Gandon; a los recuerdos y testimonios de cantidad de personas que habían conocido a Antoine Gay.

Es menester observar que su caso se había discutido apasionadamente. Muchos testigos consideraban que la
posesión diabólica era indudable en este hombre y pensaban que se debía practicar el exorcismo para liberarlo.
Pero surgieron dudas, oposiciones, a tal punto que jamás fue puesto en práctica el exorcismo. Existen buenas
razones para creer que esto no ocurrió sin un permiso especial de Dios. El autor de la obra mencionada que
vamos a analizar está convencido que las pruebas de Antoine Gay tenían una razón de ser, es decir, lo que
llamaremos, en el caso de Héléne Poirier, una finalidad.

Parecería que hubiera existido, como en el caso de las apariciones de Lourdes a Bernadette cuya finalidad era
demostrar la existencia de lo sobrenatural en una época de duda y de incredulidad, una especie de réplica a la
frase ya citada y tan frecuentemente reproducida de Baudelaire: "La mejor astucia del Diablo es la de
hacernos creer que no existe."

Esta astucia sería perniciosa para nosotros. El Diablo no desea nada tanto como el poder de actuar entre los
hombres sin que se reconozca su presencia ni su acción. Pero Dios no se lo permite. Tiene orden de revelarse,
de buena o mala gana. Los hechos que consignamos en este libro son prueba evidente de ello.

Antecedentes

Antoine Gay, nació en Lantenay, en el Ain, el 31 de mayo de 1790. Fue bautizado al día siguiente, y tenemos en
nuestro poder su acta de bautismo que nos informa que su padre era "notario real" en Lantenay, pequeña aldea
del cantón de Brénod, distrito de Nantua. El niño adquirió una educación muy rudimentaria, pero se convirtió
en excelente carpintero y, después de su servicio militar, bajo el primer Imperio, fijó su residencia en Lyon.
Era un hombre bastante apuesto, grande, moreno, de rostro lleno de dulzura, de rasgos regulares y tranquilos.
Desde el punto de vista religioso, puede decirse que los sucesos de la Revolución no habían tenido efecto sobre
él. Era muy piadoso tanto que en su juventud había tenido el proyecto de hacerse religioso. Su proyecto fue, sin
embargo, por razones que se ignoran, pospuesto durante mucho tiempo: en 1836, cuando ya contaba cuarenta
y seis años, se presentó en la Trapa de Aiguebelle donde le dieron el hábito de hermano-converso. (hermano

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lego en la orden del Císter). No pudo quedarse allí como consecuencia de una enfermedad nerviosa, cuyo
verdadero carácter no llegó a discernirse enseguida. Quienes conocieron más tarde a Antoine Gay no tuvieron
dudas de que su enfermedad no era otra cosa que la posesión. El demonio, que estaba en él, confesará un día
que hacía más de quince años que se hallaba dentro de él, sin que nadie lo supiera y el interesado menos que
nadie. Al salir de la Trapa, sin embargo, síntomas de posesión aparecieron muchas veces con nitidez. Era en
1837. Antoine Gay se vió sometido a sufrimientos atroces.

¡El Demonio estaba en él!

Las pruebas

Inmediatamente, como es natural, reclamamos pruebas. Démoslas tal cual se hallan consignadas en nuestros
documentos.

En primer lugar tenemos, reproducido en la obra de Gruninger, el certificado siguiente emanado del R. P.
Burnoud, antiguo superior de los misionarios de la Salette, y dirigido a monseñor Ginoulhiac, entonces obispo
de Grenoble:

"En tres sesiones que se prolongaron de una a dos horas, hemos procedido al examen del señor Gay, de Lyon.
Pensamos que es muy probable que este hombre esté poseído por el demonio.

"Nuestra opinión está fundada:

“1ª. Sobre lo que nos ha revelado de muchas cosas secretas que el hombre no podía saber de ningún modo;
"2ª. Sobre los signos exteriores de descontento que ha dado cuando pronunciábamos ciertas fórmulas y
oraciones del Ritual «en latín». Como es indudable que Gay no conoce el latín, no podemos atribuir sino a la
presencia de una inteligencia superior las contorsiones que en relación con las circunstancias en las cuales se
han producido, tenían algo de sobrenatural;
"3ª. Sobre algunas respuestas a preguntas que le hicimos en latín y que nos parecieron indicar el conocimiento
de este idioma por el ser que nos contestaba en francés por boca del señor Gay;
"4ª. Sobre los innumerables certificados que le han sido otorgados por personas respetables y dignas de fe
quienes atestiguan la buena fe, la virtud, la sinceridad del señor Gay. Si estos testimonios son verídicos, Gay no
interpreta una comedia; bajo esta hipótesis está poseído. . ."

No obstante, hemos advertido que en este certificado el R. P. Burnoud no llegaba sino a la conclusión de una
muy grande "probabilidad".

Continuó, con todo, estudiando el asunto. En carta escrita al señor Blanc por el señor Houzelot, hallamos,
efectivamente, las siguientes líneas:

"He visto al padre Burnoud, cuando era arcipreste en Vinay: me ha declarado que después de examinar
seriamente al señor Gay, había llegado a la certidumbre de que estaba realmente poseído

Certificado médico

Y veamos ahora un certificado emanado de un médico. Tiene fecha del 12 de noviembre de 1843 y lleva la firma
del doctor Pictet:
"Nos abajo firmantes, doctores en medicina, domiciliado en la Cruz Roja, certificamos que el señor Gay ha sido
sometido a nuestra revisión por el señor abate Collet y por el señor Nicod, cura de esta ciudad, de acuerdo con
el deseo de monseñor el Cardenal Arzobispo de Lyon, para que fuera examinado por los médicos. Lo cual
habiéndolo hecho muy escrupulosamente durante cuatro meses y diariamente, en todas las situaciones y a toda
hora, tales como en la iglesia, en la misa, haciendo con él el Viacrucis, en conversación pública y privada, en la

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mesa, en la calle, etc., etc., no hemos podido descubrir la menor alteración física o moral. Que por el contrario
goza de perfecta salud de cuerpo y de alma, de una rectitud de juicio y de razonamiento poco comunes, que no
sufre jamás la mínima alteración ni siquiera en las crisis extraordinarias que se repiten inopinada y
frecuentemente en él, bajo la influencia de una causa oculta, inapreciable naturalmente, por los medios de
nuestro arte, que hace actuar a su cuerpo y que habla por su boca, independientemente de su voluntad.

"Atestiguamos además que, habiéndonos identificado con el señor Gay, por la oración y una abnegación entera
de nosotros mismos, de nuestra ciencia y de nuestra propia razón, para implorar la ayuda del Espíritu Santo,
estamos convencidos que este estado extraordinario no puede ser más que una posesión. Y esta convicción
nuestra es tanto más firme cuanto que en nuestra primera entrevista particular con el señor Gay, lo
extraordinario que habla por su boca llegó hasta el fondo de nuestra conciencia, nos hizo la historia de nuestra
vida desde la edad de doce años y nos habló de las particularidades que solamente Dios, nuestro confesor y
nosotros conocemos. Y hemos sido testigos de que la misma cosa se repitió con respecto a otras personas,
varias de las cuales se convirtieron."

¿Por qué no hubo exorcismo?

Después de certificado tan explícito, no puede dejar de sorprendernos sobremanera que el arzobispado de
Lyon no haya llegado a la conclusión de que era necesario proceder al exorcismo. De hecho, a pesar de todos
los testimonios, nunca se recurrirá a él. Y cuando reflexionamos sobre las circunstancias, nos vemos obligados
a suponer que Dios no quería el exorcismo. Admitamos, en efecto, las aseveraciones constantes del demonio
principal que habitaba en Gay.

No cesó de proclamar — con un poco tal vez de jactancia, como es propio del demonio—: Este caso de
posesión es el más extraordinario que haya existido jamás.

¿En qué era extraordinario? En que el diablo estaba ahí, si podemos decirlo así, en servicio obligado,
obedeciendo en todo a Dios, y Dios por lo mismo no permitía que se le echara.

En la carta del señor Houzelot, ya citada al señor Blanc, leemos lo siguiente: "He visto a eclesiásticos que han
hecho al demonio preguntas muy difíciles; éste las resolvía inmediatamente, como lo han confesado estos
mismos sacerdotes... He visto al demonio llorar cuando se vio obligado a confesar las verdades de la religión
de Jesucristo, o de dar buenos consejos o pruebas de la posesión. « ¡Es —decía— el mayor sufrimiento que
Dios pueda mandarme el obligarme a destruir mi obra!»"

Se comprende, pues, muy bien, creemos nosotros, que Dios no haya permitido jamás que se practicara el
exorcismo. Hubiera sido, nos atrevemos a decirlo, injusto de parte de Dios infligir los sufrimientos que el
exorcismo causa al demonio, a un diablo que estaba ahí por obediencia, completamente involuntaria, al
omnipotente poder divino.

Sea como fuere, el hecho es que Gay no fue nunca exorcizado, cuando todos los que se acercaban a él tenían la
prueba perentoria de que estaba poseído.

Algunas peripecias de esa vida

No vayamos a creer que los testigos autorizados de esta extraña aventura espiritual abrigaban con respecto a
Antoine Gay sentimientos de aversión o de desconfianza. Por el contrario, estaban convencidos de su grande
virtud y de sus méritos y el certificado del doctor Pictet es prueba de ello. En el otoño de 1843, es decir,
después del largo examen realizado por el doctor Pictet, los amigos del poseído trataron de mandarlo de vuelta
a la Trapa de Aiguebelle donde había estado un tiempo hacía siete años. Se le pidió primero al padre Abad de
proceder al exorcismo. Pero éste opuso objeciones, alegó que estaba en la diócesis de Valence y que el sujeto
pertenecía a la de Lyon.

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El padre Abad, que, sin embargo, estaba convencido del hecho de la posesión, envió a Gay a ver a su amigo, el
capellán de los Hermanos de Privas, en la diócesis vecina de Viviers. Gay permaneció allí veintidós días en el
transcurso de los cuales, dio muchas muestras de posesión, pero regresó finalmente a Lyon, sin haber sido
sometido al exorcismo. De 1844 a 1847, vive en esa ciudad, en el número 72 de la calle des Macchabées, no
lejos de la iglesia de S. Irineo. Se le ve, pues, errar a veces por las plazas públicas, gesticulando y profiriendo
palabras extrañas. Cierto día, denunciado como demente, es conducido a la Antiquaille donde permanece tres
meses, pero vuelve a salir gracias a la intervención bienhechora del célebre Bossan, el futuro arquitecto de
Fourviére. Pero siempre sin exorcismos. En 1845, dos sacerdotes respetables habían presentado a Gay al
arzobispo, monseñor de Bonald, quien lo había recibido amablemente y había prometido estudiar la cuestión
con solicitud. Pero las cosas quedaron ahí, sin que se supiera por qué.

El R. P. Chiron
Se produce un vuelco en la vida de Gay cuando un nuevo protector, el padre Marie-Joseph Chiron, se acerca a
él. Se trata de un santo hombre cuya vida ha sido escrita por el abate Zéphyrin Gandon, con prefacio de
monseñor Hurault, obispo de Viviers (Aubanel, padre, Avignon).

El padre Chiron, cuya memoria se venera en la diócesis de Viviers, era el más indicado para interesarse en el
caso de Antoine Gay. Fundó, en efecto, una congregación en la cual uno de los fines era ocuparse de los
alienados. Nunca creyó que Gay fuese loco, pero sí que estaba poseído por el demonio y resolvió dedicarse a
aliviarlo en la medida en que Dios lo permitía. Mientras tanto, Gay se había convertido en terciario franciscano
con el nombre de hermano Joseph-Marie.

En 1850, el padre Chiron parte con él rumbo al convento de Vernet-les-Bains, en la diócesis de Perpignan, con
el fin de presentarlo al obispo del lugar para obtener el permiso de exorcizarlo, lo cual no pudo, por lo demás,
realizarse, siempre por razones que ignoramos, pero que responden sin duda a la hipótesis que hemos hecho:
el Diablo estaba ahí en "servicio obligado".
Durante este viaje se produjo un episodio que arroja un poco de luz sobre el mundo misterioso de los
demonios.

La discusión de Perpignan
El padre Chiron se interesaba en Perpignan por la suerte de una mujer, madre de tres niños, que era poseída
desde hacía veinte años.

Toda la parroquia la había visto correr con una velocidad extrema, elevándose alrededor de cincuenta
centímetros sobre el suelo —hazaña que volaremos a comentar en un próximo capítulo con respecto a otra
posesa. Ahora bien, mientras el padre Chiron se hallaba en la casa de esta mujer, le presentaron a una
desgraciada llamada Chiquette, pero cuyo verdadero nombre era, en catalán, Frangoise. Esta Chiquette, que
contaba treinta y seis años, era muda; pero era poseída por un demonio llamado Madeste que estaba muy lejos,
por cierto, de ser mudo.

Y se produjo entre Madeste e Isacaron, el demonio que habitaba dentro de Antoine Gay, una querella de una
violencia inaudita. El padre Chiron en persona ha contado la cosa en estos términos:

"No bien se encontró en presencia de Isacaron se entabló entre los dos ángeles caídos un diálogo de una
violencia poco común. Los demonios de los posesos parecían dos perros rabiosos. Hablaban un idioma
completamente desconocido, muy dulce, que no comprendíamos para nada. Más tarde supe por Isacaron, que
me tradujo la discusión, que se trataba de un punto de preeminencia: cuál de los dos era más importante. Me vi
obligado con frecuencia a intervenir entre ambos que estaban prontos a irse a las manos.

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"No es necesario decir que estos dos poseídos nunca se habían visto, pero los demonios posesores, por
supuesto, se conocían bien. Tuvieron en los días que siguieron y en seis ocasiones diferentes disputas siempre
vehementes en el mismo lenguaje desconocido, y esto ocurrió en presencia de varios testigos."
Estos hechos provocaron en el padre Chiron una impresión muy grande. En carta dirigida poco después al
obispo de Clermont-Ferrand los exponía detalladamente y llegaba a la conclusión muy justa:

"Sin la posesión hechos semejantes serían inexplicables."


Estamos enteramente de acuerdo con esta opinión. Pero este episodio nos sugiere la idea de que el
entendimiento cordial no existe tratándose de demonios ¡lo cual sería por lo demás muy asombroso!
De vuelta a Lyon, Antoine Gay y su protector esperaron el fin del verano para ir a la Salette.

Una estada en Ars

La reputación del santo cura de Ars era tan grande y esta localidad se hallaba tan próxima a Lyon que hubiera
sido muy sorprendente que Antoine Gay no fuera presentado al abate Vianney. De hecho fue a Ars en 1853 y
prolongó su peregrinaje durante quince días. Al hacer esto obedecía al arzobispo de Lyon, monseñor de Bonald
en persona, quien había dicho al señor Goussard, uno de los familiares de Gay:

"Lo llevará usted donde el cura de Ars y se quedará allí varios días con él."

El señor Houzelot, siempre atento al caso Gay, era de la partida. Esto ocurría a fines de noviembre.

El domingo próximo siguiente, cuatro de diciembre, la humilde parroquia de Ars celebraba la fecha de la
Inmaculada Concepción.

No olvidemos que el dogma de la Concepción Inmaculada de la Virgen no estaba todavía proclamado. Debía
serlo el 8 de diciembre de 1854.

Se produjo —volviendo a Ars— un acontecimiento inesperado. Antoine Gay, arrodillado al pie de la imagen de
la Virgen, con los brazos en cruz y los ojos llenos de lágrimas, pronunciaba una declaración solemne, que, con
toda evidencia, emanaba del espíritu infernal que estaba en él, puesto que Antoine Gay no tenía una formación
teológica suficiente para que del fondo de su alma saliera un discurso tan impresionante:

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Homenaje de un Demonio a María

"¡Oh, María! ¡Oh, María! ¡Obra maestra de las manos divinas!


Tú eres lo que Dios ha hecho de más grande.
"¡Criatura incomparable, tú eres la admiración de todos los habitantes del Cielo;
todos te honran, todos te obedecen y te reconocen por la Madre del Creador.
Tú has sido elevada por encima de los ángeles y de toda la Corte celestial;
estás sentada junto a Dios, eres el Templo de la divinidad, has llevado en tu seno todo lo
que hay de más fuerte, de más grande, de más poderoso y de más amable!

" . . . María, has recibido en tu seno virginal a Aquel que te ha


creado, eres Virgen y eres Madre; no hay nada que pueda comparársete.
Después de Dios, tú eres todo lo que hay de más grande;
Tú eres la Mujer fuerte; tú sola das más gloria a Dios que todos los
habitantes del Cielo juntos. . .

"En ti no ha habido jamás ninguna mancha. Que todos los que


digan que no eres Virgen y Madre sean excomulgados;
¡tú has concebido sin pecado, tú eres inmaculada!.. .
"¡Te alabo, oh, María!
¡Pero todas las alabanzas que te doy remontan a Dios, el autor de todo bien!. . .

Después del corazón de tu divino Hijo, ninguno hay que pueda ser comparado al tuyo.
¡Oh, corazón bueno! ¡Oh corazón tierno!
¡No abandonas ni siquiera a los más ingratos y los más culpables de los mortales!
¡Tu corazón está penetrado de dulzura para con los miserables que no merecen gracia
ni misericordia; los infames pecadores son convertidos por ti!

"¡Ah, si los habitantes de la tierra te conocieran!


¡Si supieran apreciar tu ternura, tu poder, tu bondad, ninguno perecería!
Todos los que recurren a ti con una entera confianza y que te rezan continuamente,
sea cual fuere el estado en que se hallan, tú los salvarás y los bendecirás eternamente. . .

¡Me veo obligado a humillarme a tus plantas y a pedirte perdón por todos los ultrajes que
hago soportar al poseído!
"¡Confieso hoy, día de una de tus fiestas más solemnes del año, que tu divino Hijo me
obliga a decir que ésta es la más solemne de todas tus fiestas!"

Así habló sacaron, demonio de la impureza, por boca de Antoine Gay, y sus palabras fueron recogidas por el
señor Houzelot, del cual las hemos extraído. Y comprendemos mejor, después de esta confesión obligada de un
demonio, que María, cinco años más tarde, haya dicho a Bernadette quien, suplicante, le preguntaba su
nombre:

¡SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN!

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El abate Toccanier, auxiliar del cura de Ars, estaba presente cuando las memorables alabanzas a la Virgen
fueron proclamadas por Isacaron en la forma que acabamos de consignar. Houzelot tuvo la idea de pedirle a
este último que le dictara más lentamente lo que acababa de decir, con el fin de anotar sus palabras, e Isacarón
accedió. El abate Toccanier no podía ocultar su emoción.

"No existe nada comparable si no es en los Padres de la Iglesia", dijo a los presentes, con respecto a la larga
proclamación del Demonio.

Quiso, por lo demás, tener con éste una discusión teológica sintética, otro día, y quedó estupefacto de la
seguridad de las respuestas que le fueron hechas en la más pura ortodoxia.

Sigue la ausencia de exorcismos

Sin embargo, no era posible olvidar que el poseso había ido a Ars para ser liberado allí de sus pruebas. El santo
cura ¿tendría sobre Antoine Gay los mismos poderes que le hemos visto ejercer sobre tantos otros en el
capítulo precedente? Aunque en esta fecha el abate Vianney estaba muy rodeado y era difícil llegar a él,
Antoine Gay le fue presentado varias veces. Lo llevó consigo al presbiterio. Cierta noche, sobre todo, el cura vió
que Gay caía a sus plantas como si fuera impulsado por un poder invisible, pero al mismo tiempo el poseso lo
amenazaba con el puño y le gritaba con tono amenazador: ¡Vianney! ¡Eres un ladrón! ¡Nos arrancas las almas
que hemos tenido tanto trabajo en seducir!

Al oír estas palabras el santo hombre se limitó a hacer sobre la cabeza de Gay la señal de la cruz. Se oyó que el
demonio lanzaba un grito de furor. Se decidió, no obstante, que se procedería al exorcismo. El santo cura
estaba, en efecto, convencido que tenía que vérselas con un poseído. El abate Goussard, a pedido suyo, regresó
a Lyon para solicitarle al cardenal de Bonald el permiso de proceder al exorcismo.

"El cura de Ars, repuso el cardenal, no necesita mi permiso; sabe muy bien que se lo doy, o si no que se dirija
a monseñor de Belley."

Sin tardanza, el abate Toccanier escribió a monseñor Chalandon, entonces obispo de Belley. Éste se apresuró a
otorgar el permiso solicitado. Y sin embargo el exorcismo una vez más ¡fue postergado y finalmente omitido!
¿Por qué? El cura de Ars pensó que era mejor realizarlo en forma muy solemne en Fourviere, en el santuario de
la Virgen.
Pero el tiempo transcurrió sin que una decisión de esta clase fuera tomada. Antoine Gay fue llevado de regreso
a Lyon sin haber sido liberado de su terrible compañero. . .

Con esto nos cuesta aún más descartar la idea de que Dios no deseaba liberar al poseso por dos razones: la
primera, porque Antoine Gay no cesaba, a través de su prueba, de santificarse, y la segunda, porque el demonio
que habitaba en él tenía que terminar la tarea que le había sido impuesta.

Veamos primero este último punto.

Una página de San Grignion de Montfort

Para los que se sientan asombrados por la humildad con la cual un demonio semejante al que poseía a Antoine
Gay se vió obligado en Ars, y en muchas ocasiones en otras partes, durante los cuarenta años de su presencia
dentro de ese pobre hombre, a pronunciar el elogio más solemne de la Virgen, nos parece suficiente recordar la
página siguiente de San Louis Grignion de Montfort, en su célebre tratado De la verdadera devoción a la
Santísima Virgen.

Hablando de la hostilidad que existe entre María y Satán, el santo escribe:

54
"Jamás ha formado ni ha creado Dios una enemistad más irreconciliable que durará y aumentará hasta el
mismo fin: es entre María y el Diablo; entre los hijos servidores de la Santísima Virgen y los hijos y agentes de
Lucifer; de modo que el más terrible de los enemigos que Dios ha creado contra el Diablo es María, su santa
Madre. Hasta le ha dado desde el paraíso terrestre, aunque todavía ella no estaba sino en su mente, tanto odio
contra ese maldito enemigo de Dios, tanta industria para descubrir la malicia de esta antigua serpiente, tanta
fuerza para vencer, echar por tierra y aplastar a este orgulloso impío, que él la teme más, no solamente que a
todos los ángeles y los hombres, sino en cierto sentido que a Dios mismo. No es que la ira, el odio y el poder de
Dios no sean infinitamente más grandes que los de la Santísima Virgen, puesto que los de María son limitados;
pero es que, primeramente, Satán, por su orgullo, sufre infinitamente más al ser vencido y castigado por una
pequeña y humilde sirvienta de Dios, y su humildad lo humilla más que el poder divino; en segundo lugar,
porque Dios ha dado a María un poder tan grande contra los diablos que temen más, como se han visto
obligados a confesarlo, a pesar suyo, por boca de los poseídos, uno solo de sus suspiros por algún alma que las
oraciones de todos los santos, y una sola de sus amenazas contra ellos que todos sus tormentos" (obra citada,
N° 52).

¿No es esto precisamente lo que acabamos de oír y comprender por boca de Antoine Gay, órgano del demonio
Isacarón? Pero tenemos que oír al mismo personaje en la función providencial que le había tocado en suerte.

Un combate patético

Quienes han oído a Antoine Gay, y son muchísimos, han atestiguado siempre que se advertía en él una extraña
dualidad. Y esta dualidad no era solamente entre él y el demonio que lo poseía, sino entre los diversos
lenguajes del demonio mismo. Se distinguía sin dificultad el tono de Antoine Gay, al natural. Se expresaba
siempre con voz dulce, con bondad y lentitud, sin apartarse jamás del decoro más culto.

En cambio, cuando el principal de los tres demonios que habían elegido domicilio en él, Isacarón, tomaba la
palabra, la voz se tornaba, por el contrario, breve, imperiosa, apasionada: adoptaba un tono autoritario y
hablaba de tú con todo el mundo sin miramientos ni distinciones, aun cuando se dirigiese a los más altos
dignatarios de la Iglesia. Sólo que en sus palabras se podían discernir dos registros completamente diferentes.
Ora hablaba, si podemos decirlo así, en calidad de Diablo —y esto era necesario para que se supiese bien lo que
era— y entonces mostraba su rabia, rechinaba los dientes, profería horribles blasfemias.

Su fealdad se reflejaba en las facciones del poseso y todos los que lo vieron aseguran que era algo horroroso
tanto para los ojos como para los oídos.

Era el primer registro, el registro infernal para llamarlo por su nombre.


Pero cuando cumplía con la tarea que le había sido impuesta, es decir, cuando se expresaba como esclavo de
Dios e interpretaba su papel, no sólo era ortodoxo en lo que decía sino que su tono se tornaba untuoso,
elocuente, a veces sublime.

En el transcurso de un mismo diálogo, se veía al posesor y al poseído tomar la palabra por turno y se
comprendía la lucha espantosa que se desarrollaba en el corazón del pobre Antoine Gay. Por ejemplo, acaba de
hablar, de deplorar el estado en que se encuentra, de proporcionar las pruebas de su piedad muy sincera.

Súbitamente y sin transición, Isacarón interviene por boca de él. La voz cambia. Se hace ronca y se asiste a un
desbordamiento de gritos, de injurias e invectivas. ¡Él que era antes, todo dulzura y humildad, se muestra de
pronto amargo, sarcástico, obsceno!

55
Confesiones diabólicas

Pero lo que asombra, lo que hasta entonces no se había visto sino muy raramente, son los testimonios del
mismo demonio sobre la misión que ha recibido y la cual tiene que cumplir de buena o mala gana. No es una
vez al pasar, sino diez veces por día que vuelve sobre el tema y que lo proclama:

"¡Me veo forzado a alabarte, oh, Maestro Soberano! —exclama—. ¡Las criaturas están obligadas a
reconocerte y reconocer tu poder, tu bondad y también tu justicia terrible! "Soy yo, Isacarón, príncipe de los
demonios impuros, que está obligado por orden de Aquel que es todo, a hacer escribir cantidad de cosas."

Durante ese tiempo, en efecto, los oyentes y en especial Houzelot, no cesaban de tomar notas sobre todo lo que
decía y la voz proseguía: “Debo entonces pues servir de instrumento para instruir a los hombres, yo que rabio
para perderlos”. "Estoy obligado a decir cosas que parecen asombrar a los hombres más sabios: las digo para
gloria del Todopoderoso, para vergüenza y confusión del Infierno.

"La voluntad de Aquel delante del cual todo se doblega en el Cielo es que yo, el diablo Isacarón que poseo el
cuerpo de Gay, hable por su boca, actúe por sus miembros y haga muecas horribles, lance gritos espantosos, yo,
que me veo forzado por Dios a dar todos los días pruebas de la posesión de este hombre.

"¡Oh, sublime Maestro! ¡Cuánto me haces sufrir! ¡Me obligas a demoler mis fuertes, mis
bastiones! Que sea maldito el momento en que yo entré en este cuerpo. Nunca hubiese creído
verme forzado a trabajar para gloria del Altísimo y trabajar en la conversión de las almas."

Existen muchas pruebas de que Isacarón deseaba que lo relevaran de su tarea, que hubiera querido el
exorcismo para poder partir, ¡que sentía que no lo hicieran!

Cierto día que se habló delante de Gay del padre de Ravignan, entonces encargado de las Conferencias de
Notre-Dame, después de Lacordaire, el demonio por boca de Gay, exclamó:

"¡Es un hombre! ¡Es un sacerdote! ¡Le dirás que diga la misa para liberación del poseído y para que el poder
que tengo sobre su cuerpo me sea quitado antes de su liberación!"

Una escena de predicación

He aquí una escena que cuenta el hermano Prime, de las Escuelas Cristianas, en Feurs, Loire.

El padre Chiron, al dirigirse de Lyon a Clermont-Ferrand con Antoine Gay, le había escrito que se detendría en
Feurs con un poseso. Llegó efectivamente. El hermano y toda la comunidad fijan su mirada sobre su
compañero de ruta. ¿Qué ven? Un hombre muy tranquilo, muy correcto, y hasta muy afable. El hermano no
puede creer lo que ve. Susurra en el oído del padre Chiron:
"¿No me había dicho que traería al poseso con usted?"

Pero apenas había hecho esta reflexión cuando el "señor muy correcto", de pronto, cambia de rostro.
"La espuma en la boca, los ojos inyectados en sangre, con un tono que me hace palidecer —escribe el hermano
—:« ¿Acaso no me ves?», me dice.
"Creo — añade el hermano — que me hubiera caído al suelo de terror si el padre Chiron no me hubiera
sostenido."

Y era casi siempre así. En el momento que menos se esperaba, el pobre Gay se entregaba de pronto a
contorsiones increíbles, se arrojaba al suelo, daba vueltas sobre sí mismo sin perder jamás el equilibrio. Y este
hombre que era generalmente pesado adquiría una liviandad y una flexibilidad extraordinarias.

56
Cierto día lanzó un puntapié con el pie izquierdo a la cabeza de un interlocutor de bastante estatura y volvió a
posarlo en el suelo con la misma facilidad con que lo hubiera hecho el mejor acróbata. Pero, cuando se esperan
escenas de ira, he ahí que se produce un nuevo cambio. Los ojos se llenan de lágrimas. La voz del demonio se
suaviza. La misma boca que profería injurias comienza una predicación y se le oyen decir propósitos como los
siguientes:

"El malo no es feliz. Si se está lleno de sí mismo, se está lleno del espíritu del demonio. ¡Es por lo sentidos que
perdemos al hombre!

"Dios se sirve de los hombres para probarlos. Si están afligidos reciban esto como una gracia. ¡La cruz es
preferible a todo! ¡Dios la ha llevado para la salvación de los hombres y la hace llevar a los que ama!
"El mundo cree que la humildad es debilidad e incapacidad; ¡y yo les digo que la humildad es poder y
grandeza!

"Si ustedes conocieran la desgracia de los réprobos serían todos santos. No hay idioma para expresar los
tormentos de los condenados; no hay espíritu humano capaz de comprenderlos. "¡El que ama a los hombres
más que a Dios no será de ningún modo amado de Dios!” Dios permite los reveses por el bien espiritual de los
hombres, a fin de hacerlos entrar en sí mismos y que vuelvan a Él.

"¡No olviden jamás que las cruces son preferibles a los honores!
"Es preciso comprender que la vida es corta y que se deben soportar las penas con espíritu de penitencia
como provenientes de Dios.
"No se puede amar a Dios sin amar a su prójimo. ¡Felices los que saben abandonar todo por Dios!

"¡Ah! ¡Si los hombres pudieran ver la belleza de un hombre en estado de gracia! "La felicidad no está aquí
abajo; ¡el que posee a Dios posee todo!

"El rico debe ser el ecónomo del pobre. Dios le ha puesto la riqueza en la mano para ayudar a sus
semejantes: ¡es el hombre de negocios de Dios! "El rico debe despreciarse a sí mismo y seguir las lecciones del
Salvador cuando dice: «Es más difícil para un rico salvarse que para un camello pasar por el ojo de una
aguja.»"

Pero lo más extraño era que Isacarón no había terminado de pronunciar todas estas sentencias edificantes,
cuando se enfurecía y empezaba a blasfemar contra Dios, a injuriar a las criaturas, ¡a injuriarse a sí mismo!
"¡Desdichados los orgullosos! —exclamaba—. ¡Desdichado yo, Isacarón! ¡Es el orgullo, la ingratitud y la
desobediencia lo que han hecho de mí un ángel rebelde y reprobado!"

Algunas reflexiones de Isacarón


Citemos aún algunas reflexiones de Isacarón sobre diversos temas:
Sobre Pilatos:
"Pilatos que era juez sabía que condenaba a un inocente y sin embargo el Diablo lo impulsó o condenar al Juez
soberano, al Juez de jueces. ¡Pilatos al lavarse las manos se las ensuciaba!"

Sobre María-Magdalena, de quien el Evangelio dice que el Señor había echado de ella "siete demonios":
"María Magdalena es una gran santa a la cual hay que recurrir con entera confianza. En cuanto tuvo la felicidad
de conocer a Dios, su contrición fue tan grande, sus lágrimas, tan abundantes que ningún demonio ha podido
hacerla pecar de nuevo. Es el modelo de los verdaderos penitentes que deben tenerla por abogada particular
junto a Dios, porque Dios concede grandes favores a quienes la invocan."

Sobre la meditación:
"Si meditan bien sobre la vida del Salvador y de su santa Madre, ¡los desafío a cometer contra Dios el menor
pecado. "El hambre, la sed, la muerte, no son nada: el pecado sólo es temible!"

57
Sobre la perfección cristiana:
A una señora que preguntaba a Isacarón en qué consistía la perfección cristiana y cuál es el camino que
conduce a ella, le contestó: "Tener horror del pecado mortal; no cometer voluntariamente pecados veniales,
no perder de vista la presencia de Dios; saber humillarse todos los días de su vida, porque el orgullo es el
peor de todos los vicios; dar buenos ejemplos y buenos consejos; hacer penitencia, como lo pedía el
Precursor. ¡Y que el que sea santo se santifique aún más!"

Oración a María

Terminemos estos aforismos de origen extraño por la Oración a María compuesta y dictada por el demonio
Isacarón:

ORACIÓN

Oh, divina María, a ti me dirijo con entera confianza, tú que no descuidas a nadie,
tú que tienes tan a pecho la salvación de los hombres,
y a quien Dios nada puede rehusar de todo cuanto le pidas.
Tómame bajo tu protección poderosa, si te dignas escuchar
mis humildes plegarias, el infierno todo no podrá dañarme,
Tú que eres en cierto modo ¡la dueña de mi suerte!
Mi suerte está entre tus manos, si tú me abandonas ¡estaré perdido sin remedio!
Pero, no, ¡eres demasiado buena para ignorar a quienes esperan en ti!
¡Ruega por mí a la Santa Trinidad y estoy seguro de mi salvación!
¡Ah, cómo desearía hacerte conocer a todos los habitantes de la tierra!
¡Cómo quisiera anunciar por todas partes tu grandeza!
¡Tu bondad, tu poder!
Lo que yo no puedo hacer, deseo que las inteligencias celestes lo hagan
y que los mismos demonios se vean forzados a publicar que
tú eres la obra maestra de las manos divinas,
que tienes el poder de Dios en la mano,
que eres terrible para los demonios y que todo está sometido a ti.
¡Eres la criatura incomparable!
Tú eres la única Virgen y Madre, tú has dado al mundo al Redentor,
tú formas un rango aparte con San José.
Estás pues más arriba que todos los santos:
¡eres verdaderamente divina!
Espero en ti y creo firmemente que todas las potencias infernales
no podrán triunfar sobre mí.
¡Así sea!

¡Todos los ángeles y todos los santos te bendicen para siempre jamás!
¡Así sea!

58
Después de haber pronunciado esta plegaria, se nos asegura que el demonio, poniéndose súbitamente burlón y
haciendo alusión al hecho de que Antoine Gay hubiera estado encerrado durante tres meses como demente en
la Antiquaille, en Lyon, exclamó:

"¡Irán a los sanatorios a buscar locos que les dicten una oración semejante!"1

El fin de Antoine Gay

Con toda evidencia la vida de Antoine Gay había sido lo que podíamos llamar fuera de lo común. En el siglo
XVII hubo un ejemplo sobrecogedor de una posesión que sirvió para la santificación del poseso en medio de las
más aterradoras pruebas: se trata del padre Surin, jesuita, que fue durante veinte años sometido a la posesión
diabólica, como consecuencia de los exorcismos de las Ursulinas de Loudon. El caso de Antoine Gay es un poco
distinto, pero se parece al del padre Surin por este rasgo innegable: la santificación del poseso.

Sus últimos años estuvieron marcados por una especie de abandono general, más terrible aún quizá que la
posesión. El padre Chiron había muerto en 1852. El santo cura de Ars, que también se había interesado en él,
había abandonado este mundo en 1859. Después de esta muerte Antoine Gay vivió aún doce años. Pero no
había ya casi nadie para acudir en su auxilio, por lo menos, en forma continuada. Pero aceptaba todo con
maravillosa resignación. Su familia tenía vergüenza de él. Dos de sus hermanas eran hostiles con él. La más
joven impedía que sus hijos fuesen a visitar a su tío. Y sin embargo, Antoine Gay, escuchando solamente su
buen corazón, le dio doscientos francos — entonces era una buena suma — para que la cuidaran cuando estuvo
enferma. El demonio estaba siempre ahí. Antoine Gay combatía sin descanso a su cruel enemigo, mediante
una vida de oraciones y de penitencias rigurosas. Vivía como uno de los monjes del desierto de antaño:
ayunando, a pan y vino, acostándose sobre una tabla, usando el cilicio y aplicándose la disciplina.

Durante los seis últimos años de su vida, fue asistido en su pobre morada, situada en el 72 de la Rué des
Macchabées, parroquia de Santa Irene, por piadosos y caritativos lioneses, sobre todo, una señora bondadosa
que permanecía junto a él durante largas horas. Estas visitas consolaban al pobre hombre, porque en presencia
de ciertas personas el demonio atormentaba menos violentamente a su víctima.

Pero le estaba reservada una nueva prueba que volvemos a encontrar en casos más recientes:

Isacaron, el diablo que se comportaba como amo de su cuerpo, no quería que se confesara, como Gay hubiera
deseado hacerlo. Isacarón era categórico. Le aseguraba que no se confesaría antes de haber sido sometido al
exorcismo. ¿Por qué esta exigencia? Parecería que el demonio sufría también él una presión providencial.
Estaba ahí, lo hemos visto, como "en servicio obligado" e interpretaba un papel que constituía para él un
suplicio particular. Hubiera deseado, pues, el exorcismo para salir de eso. Y como el exorcismo no se realizaba,
quería por lo menos perder el alma de este infortunado del cual no podía escaparse, alejándolo de los
sacramentos. Le aseguró, pues: "¡No te confesarás antes que yo salga de tu cuerpo!" Y añadía: "Nunca ha
habido una posesión como ésta, y nunca habrá otra semejante", lo cual creemos sin dificultad. De hecho, el
demonio impidió a Gay, cierta vez, durante tres semanas, de oír misa el domingo. Un día el padre Perrier fue a
verlo en compañía del señor Blanc. El padre Perrier había estado otrora en la casa de los jesuitas de Lalouvesc,
y allí había conocido a Antoine Gay. Acababa de ser nombrado en la residencia de Lyon. Al visitar al poseso su
intención era facilitarle la confesión. Pero en esta ocasión todavía Isacarón declaró una vez más que no se
confesaría antes de su propia liberación. Los dos visitantes esperaron en vano. Todo el tiempo que duró su
presencia, Gay se vio en la imposibilidad de articular una palabra.

1 Para más detalles sobre Antoine Gay ver: j. H. Gruninger, "El poseso que glorificó la Inmaculada", Ed. del autor, 4, rué Vaubscour, Lyon.

59
En 1869, Antoine Gay, entonces de 79 años, fue por algunas semanas a Lantenay, en su provincia natal, para
arreglar cuestiones de sucesión que lo enemistaban con su familia. En carta dirigida a la mencionada señora de
Lyon que iba a verlo de tiempo en tiempo, leemos estas líneas quejumbrosas: "El diablo me hace todavía más
mal que en Lyon. Deseo que recen mucho por mí porque se acerca mi fin. No sé cuándo podré regresar a
Lyon; siempre surgen obstáculos, el mundo se pone de parte del demonio. Mi aflicción va siempre en
aumento… Le ruego que presente mis humildes respetos al padre Perrier. Le dirá usted que me recomiendo a
sus oraciones, que no me olvide en el Santo Sacrificio de la Misa. . ."

Y como postdata esta mención: "El infame Isacarón me ha dicho: contesta pronto."

Después de esta carta Antoine Gay regresó a Lyon. Cayó muy pronto en un estado lamentable. Al verlo pasar
las gentes movían la cabeza con compasión. Se le oía decir: "No puedo ya quedarme en mi miserable choza." Su
enemigo interior no le dejaba un momento de respiro. Lloraba sin cesar. Y sin embargo su fe permanecía
intacta:
"Todo cuanto puedo decir y hacer — decía — es llamar en mi auxilio a la Santísima Virgen y San José."

Durante la guerra de 1870-71 que el demonio había anunciado por su boca, fue más atormentado que nunca.
Isacarón lo obligaba a tenerse con los brazos en cruz durante horas sin permitirle cambiar de posición. Veía
acercarse su fin rápidamente.

El 4 de junio de 1871, la señora T…, la caritativa persona que lo visitaba de tiempo en tiempo, fue a verlo; lo
encontró muy enfermo y se quedó junto a él alrededor de una hora y media. Él repetía sin cesar que su fin se
acercaba, pero que no sería liberado.

Desde hacía dos meses no había podido ir a misa por causa de su debilidad. El cura de Santa Irene que vivía
muy cerca de la casa de Gay fue advertido de su estado por la señora T . . . Trató una vez de confesarlo. Era el
13 de junio, día de San Antonio de Padua. Todos los esfuerzos fueron inútiles. "Antes del exorcismo, no", decía
Isacarón.

Y nada más que con estas palabras, Antoine Gay se quedaba mudo bajo la presión diabólica. El cura no dejó
por eso de dar la absolución y la extremaunción al moribundo, que éste recibió con todas las muestras de la
más profunda fe. Un cuarto de hora más tarde moría en presencia del cura que lo había asistido hasta el último
instante. ¡Este valiente cristiano había vivido casi medio siglo en las cadenas y la indeseable intimidad del
príncipe del Infierno!

El acto de defunción de Antoine Gay figura en un registro de la parroquia de Santa Irene, con la mención que
sigue:

"En el año 1871 y el 14 del mes de junio, he dado sepultura eclesiástica a Antoine-Louis Gay, fallecido el 13 del
corriente a la edad de 81 años", firmado Chazelle, vicario.

Entre los que lo conocieron bien y que le mostraron su simpatía es menester nombrar además de los que ya
hemos mencionado tales como el padre Chiron, el santo cura de Ars, el padre Perrier, el abate Toccanier, a
hombres de mucho renombre como el R. P. Collin, fundador de los Padres Maristas, el abate Chevrier,
fundador del Prado, y muchos otros.

60
CAPÍTULO 5
CASOS DE POSESIÓN
EN LOS SIGLOS XIX Y XX
En Ars

En el presente capítulo vamos a agrupar cierto número de casos de posesión que se encuentran escalonados
desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Tomaremos a Ars, nuevamente, como
nuestro punto de partida. Pero, volvemos a encontrar allí al santo cura, no ya como sujeto a las infestaciones
diabólicas, sino echando al demonio por la fuerza de sus exorcismos.

He aquí, primeramente, un hecho que tuvo por testigo al herrero del pueblo, Jean Picard, el cual declaró en el
proceso de beatificación. Una posesa había sido llevada a Ars por su propio marido. La mujer estaba furiosa y
lanzaba gritos desarticulados. Imposible comprender nada de lo que decía. El cura de Ars, después de haberla
examinado, comprendió que estaba bajo la influencia de la acción diabólica y declaró que era necesario llevarla
al obispo de su diócesis. Súbitamente, la mujer recobró la palabra y fue para maldecir en los siguientes
términos:

"¡Bien! ¡Bien! ¡La criatura volverá allá!... ¡Ah, si yo tuviera el poder de Jesucristo los hundiría a todos en los
infiernos!
"—Pues mira, conoces a Jesucristo — dijo en seguida el abate Vianney—. ¡Y bien! Llévenla al pie del altar
mayor."

Cuatro hombres se apoderaron de ella y pese a su resistencia la depositaron donde el cura había dicho.
Extrayendo entonces su gran relicario que siempre llevaba en el bolsillo, el abate Vianney lo apoyó sobre la
cabeza de la posesa, la cual cayó al suelo como si estuviera muerta. Al cabo de un instante se irguió sin ayuda y
salió con paso rápido de la iglesia. Una hora más tarde regresó muy tranquila, tomó agua bendita para
santiguarse y se arrodilló. Estaba completamente liberada. Se quedó en Ars con su marido durante tres días
más, como ejemplo edificante para los peregrinos por su bondad y su piedad.
¡La acción del cura de Ars había sido pues extraordinariamente eficaz!

Lo mismo ocurrió en el caso siguiente: Se trataba esta vez también de una mujer, pero acompañada de su hijo.
Ambos provenían de los alrededores de Clermont-Ferrand. Hacía cuarenta años que esta mujer sufría y se la
creía poseída por el demonio. En Ars mismo, demostró en efecto síntomas muy claros. Se la vió bailar parte del
día, cantando, cerca de la iglesia. Hasta ahí podría tratarse de un caso de simple demencia. Pero revelador fue
que al darle de beber unas gotas de agua bendita se puso súbitamente furiosa y empezó a morder los muros de
la iglesia.

Un sacerdote extranjero que se hallaba presente tuvo piedad de ella. La condujo al camino por donde debía
pasar el abate Vianney entre la curia y la iglesia. El santo apareció en efecto y dio a esta mujer, cuya boca
estaba llena de sangre, una simple bendición. Inmediatamente la desgraciada se tranquilizó completamente ¡y
las terribles crisis que sufría desde hacía tantos años no volvieron jamás!

Un tercer caso provenía de la diócesis de Avignon. Una joven maestra que daba señales de posesión
demoníaca, fue llevada por orden del obispo que había estudiado su caso personalmente, al cura de Ars. Iba
acompañada de un vicario de la parroquia de San Pedro, de Avignon, y de la Superiora de las Franciscanas de
Orange. Llegaron a Ars en la noche del 27 de diciembre de 1857. Al día siguiente por la mañana, la hicieron
entrar en la sacristía, en el momento en que el santo cura revestía los ornamentos para celebrar la misa. Pero
en seguida la posesa se puso a gritar, tratando de huir:

61
—¡Hay demasiada gente aquí! —exclamaba.
—Hay demasiada gente —repuso el cura—; ¡pues bien! ¡Saldrán todos!

Y ante una señal de su mano se quedó solo frente a frente con Satán. Al principio sólo se oyó desde adentro de
la iglesia un ruido confuso y violento. Luego el tono se elevó aún más. El vicario de Avignon, vigilante junto a la
puerta, pudo desde ese momento captar el siguiente diálogo:

— ¿Quieres entonces salir a todo trance? — decía el abate Vianney.


— ¡Sí!
— ¿Y por qué?
— ¡Porque estoy con un hombre que no quiero!
— ¿No me quieres entonces? —preguntó el cura con tono irónico.
— ¡No! —gritó el espíritu infernal. Y este ¡No! estaba proferido en tono estridente y furioso.

Pero casi en seguida la puerta volvió a abrirse. Todos pudieron ver a la joven maestra llorando de alegría y, en
adelante recatada y modesta, con una expresión de agradecimiento en el rostro. ¡Estaba liberada! Pero de
pronto un sentimiento de temor volvió a asaltarla y volviéndose hacia el abate Vianney le dijo:
—¡Tengo miedo que él regrese!
—No, hija mía — contestó el santo hombre —, o no tan pronto.
La joven pudo volver a su pueblo y a sus funciones de educación en la ciudad de Orange. ¡Y él no regresó!

Otro ejemplo memorable de la acción del abate Vianney en sus encuentros con Satán:
Era una tarde, el 23 de enero de 1840. Una mujer llegaba del Haute Loire, de los alrededores de Puy, acababa
de arrodillarse en el confesionario del cura de Ars. Pero en el momento en que éste le urgía que empezara la
confesión de sus pecados se oyó súbitamente una voz amarga y fuerte que exclamaba:

"¡No he cometido más que un pecado y doy parte de este bello fruto a todos los que quieran compartirlo!
Levanta la mano y absuélveme. ¡Ah, la levantas bien, algunas veces, para mí, porque estoy a menudo junto a
ti en el confesonario!"
Comprendiendo que tenía que vérselas con el demonio, pero queriendo estar seguro de ello, el abate Vianney le
hizo en latín la pregunta del Ritual:
—Tu quis es? (¿Quién eres tú?)
—Magister Caput! (el Maestro en Jefe) —replicó el otro, luego continuando en francés exclamó:
—¡Ah, sapo negro, cuánto me haces sufrir! Siempre dices que quieres marcharte. ¿Por qué no lo haces?. . . ¡Hay
sapos negros que me hacen sufrir menos que tú!
—Voy a escribirle a monseñor — respondió el cura — para hacerte salir.
—Sí, pero haré temblar tanto tu mano que no podrás escribirle… ¡No te escaparás, no creas! ¡He ganado a más
fuertes que tú!. . . ¡Y todavía no estás muerto! Sin esta… (aquí una palabra grosera para designar a la Santísima
Virgen)1, que está allí arriba, no te escaparías; pero ella te protege, con ese gran dragón (evidentemente San
Miguel) que está en la puerta de tu iglesia. . . ¿Di, por qué te levantas tan temprano? Desobedeces a la túnica
violeta (a tu obispo). ¿Por qué predicas con tanta sencillez? Eso te hace pasar por un ignorante. ¿Por qué no
predicas en grande como en las ciudades?'"

Y las invectivas continuaron así todavía largo rato, contra varios obispos y varias categorías de sacerdotes.
¡Pero Satán tuvo que reconocer, a pesar suyo, que el cura de Ars era un verdadero servidor de Dios!

Monseñor Trochu, que relata esta batalla, no dice cómo terminó, pero podemos suponer que terminó, como
todas las otras, con la derrota de Satán. Es de notar que en este caso existe, a la vez, posesión de una mujer e
infestación del santo cura por el Diablo.

1 Hablaremos no obstante de un caso muy reciente de posesión en el cual el demonio declaró que no tenía permiso para
insultar a María, y que debía llamarla "Señora".

62
Citemos, por fin, la cura de una posesa por el abate Vianney en el extremo final de su vida. Era el 25 de julio de
1859. Debía acostarse al día siguiente para no volver a levantarse. Le llevaron no sin trabajo, hacia las ocho de
la noche a "una mujer que pasaba por posesa". Su marido que estaba con ella entró con la mujer en el
presbiterio.

El abate Vianney se reunió con ellos. ¿Qué ocurrió? No se sabe con precisión, pero lo seguro es que la mujer fue
liberada. Un buen número de testigos que se hallaban en la puerta del presbiterio la vieron salir de golpe, libre
y contenta. Pero uno de ellos dijo: "Se oyó en el patio un ruido semejante al de las ramas de árbol
violentamente quebradas. Esto hizo un ruido tan tremendo que los presentes se espantaron. Ahora bien, añade
el señor Oriol en su declaración, ¡cuando yo entré en la curia después de la oración de la noche, vi que los
saúcos estaban intactos!"
Una vez más posesión e infestación se habían unido.

Los posesos de Illfurth

Salimos de Ars que acaba de darnos bastantes casos de posesión, llegados de distintas regiones de Francia. Y
nos trasladaremos a Alsacia.
El cura de Ars acababa de morir el 4 de agosto de 1859. Los hechos de posesión que vamos a recordar se
desarrollan en Illfurth entre 1864 y 1869. Advirtamos que Illfurth está situado a siete kilómetros de Altkirch,
en el confluente del Ill y del Largue, y sobre el canal del Rhóne al Rhin, distrito de Mulhouse. Era entonces un
pueblo grande de 1.200 habitantes.

Las víctimas del Demonio en esta localidad fueron dos hermanos, el uno Thiébaut Buerner, de nueve años, el
otro Joseph, de siete solamente. Hacia fines del año 1864, presentaron el uno y el otro, síntomas de una
enfermedad que desconcertó a los médicos. En septiembre de 1865 aparecieron fenómenos completamente
anormales.

Los dos niños, por ejemplo, si se acostaban de espaldas podían volverse y revolverse como trompos vivientes, a
una velocidad increíble. Pero esto no era todo: eran víctimas a veces de hambres insaciables. Sus vientres se les
inflaban en forma desmesurada. Decían que tenían en el estómago como una bola y que un animal vivo se
movía dentro de ellos de arriba abajo.
Y todavía más que eso: a veces si estaban sentados en una silla, ésta se levantaba con ellos, movida por una
mano invisible y permanecía en el aire sin razón aparente. Hemos visto más arriba, junto con Saudreau, que
éstas son señales precursoras, reveladoras de la posesión.

Estas señales tenían en Illfurth innumerables testigos, personas reposadas e instruidas, que no se dejaban
llevar a creer, sin pruebas, extravagancias como las que nos informa la crónica. El señor Gruninger, cuya obra
hemos citado largamente en el capítulo anterior, atestigua que entre los testigos de los hechos acaecidos en
Illfurth se hallaba su propio padre y que éste ha informado muchas veces lo que pasaba.

Por lo demás, se hablaba de ello en toda la región. Era imposible que en una diócesis tan esclarecida como la de
Estrasburgo, no se les ocurriera muy pronto a algunos católicos y sacerdotes que podía existir ahí un caso de
posesión. Se trató de poner la cosa en claro. Hubo ensayos de exorcismo al cabo de los cuales los demonios
fueron conminados a dar sus nombres.

Hemos anotado hace un instante las palabras sacramentales que pronunció el cura de Ars en un caso
semejante: “Tu quis es? (¿Quién eres tú?)" Conminados a nombrarse, los espíritus infernales, al no encontrarse
tal vez frente a una autoridad tan imponente como la del santo hombre de Ars, se negaron a hacerlo durante
mucho tiempo. Por fin, sin embargo, se supo que había, por lo menos, dos espíritus diabólicos en cada niño. El
mayor, Thiébaut, estaba atormentado por dos demonios que pretendían llamarse Ypés y Oribas.

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El más joven de los dos varones tenía en el cuerpo un demonio llamado Zolathiel, pero nunca se pudo llegar a
saber el nombre del otro.
Las señales reveladoras de la posesión indicadas en el Ritual Romano se verificaron en el caso de los dos chicos
por cuanto hablaban los idiomas más diversos, o por lo menos contestaban las preguntas que se les hacían en
latín, inglés, francés, alemán o en el dialecto local. Este conocimiento de los idiomas que nunca habían
aprendido era ya un indicio concluyente. Otro indicio, era la aversión insuperable por el agua bendita y en
general por los objetos benditos. Tercer indicio: predicción de los acontecimientos que iban a ocurrir. Era
inútil turnarse para interrogar a los dos jóvenes posesos. Estos daban pruebas de una ciencia muy impropia de
su edad y de su instrucción al no dejar sin respuestas ninguna pregunta que se les hacía, inclusive sobre
problemas difíciles o embarazosos. Esta ciencia no era evidentemente natural. Era, entonces, preternatural,
pero todas las circunstancias tendían a probar que no era angélica, sino indiscutiblemente diabólica.

Estos hechos fueron pronto conocidos en toda Alsacia. El rumor se extendió hasta París. El obispado de
Estrasburgo, como era su obligación canónica, hizo iniciarse una investigación. Por su parte el subprefecto de
Mulhouse, a pedido de la Prefectura del Alto Rin, daba la orden al brigadier de gendarmería Werner, de
redactar un informe sobre los hechos. Werner se dirigió al lugar. Si tenía un prejuicio, era desfavorable. Estaba
convencidísimo que en pleno siglo XIX la creencia en el Diablo era un infantilismo inadmisible. Pero no tardó
en salir de su error cuando estuvo en el lugar. Ocurrían, decididamente, en Illfurth, cosas que estaban más allá
de su entendimiento.

La autoridad eclesiástica por su lado, había llegado a la conclusión que se imponía desde hacía mucho tiempo,
a saber, que el exorcismo debía practicarse en el caso de los dos niños. Entre tanto, éstos habían crecido. Se
estaba, efectivamente, en 1869. Las "diabluras" duraban desde hacía casi cinco años. Thiébaut, el mayor de los
dos posesos, contaba entonces catorce años y su hermano doce. La liberación iba a producirse en dos tiempos,
es decir, los dos hermanos, uno después del otro.

Liberación de Thiébaut

Sobre el exorcismo que fue operado en el orfelinato de San Carlos, Schiltigheim, tenemos el relato de un libro
muy reciente; el del cura de Eichhoffen, en Alsacia, padre Suter, y de Francois Gaquére, doctor en letras y en
teología, canónigo de Arras, bajo el título: En lucha con Satán. Los posesos de Illfurth. (Ediciones Marie-
Mediatrice en Gen val, Bélgica, 1957.)

Recordemos primeramente el horror que el joven poseso manifestaba por las cosas sagradas y eso que
pertenecía a una familia cristiana y había sido educado en la fe.

"Para él — dice en esta obra — una iglesia era una porquería, el agua bendita una chanchada, los sacerdotes
unas faldas negras, unos clerizontes, las hermanitas de caridad unas basuras, los católicos unos roñosos, los
niños, unos perros cachorro."

No cabe duda que es el demonio el que habla por su boca. Cuando manifiesta su presencia, el niño está como
en éxtasis, postrado como un muerto. El chico, que es por lo demás apuesto aunque pálido y melancólico, tiene
el aspecto de un desgraciado.

En el orfelinato donde lo habían llevado se mostraba tranquilo y no hacía más que jugar en el patio y pasearse.
Nunca había sabido francés, pero contestaba en un lenguaje implacable y respondía también en latín, si se le
hablaba en este idioma, por más que él no empleaba nunca primero este último idioma que jamás había
aprendido. Andaba libremente por todo, menos por la capilla. En cuanto se acercaba al santuario, aun cuando
le vendaban los ojos para que no supiera dónde lo conducían, se endurecía, ladraba como un perro, rehusaba
avanzar. Su rostro se tornaba horrible. Si se le asperjaba con agua bendita, se retorcía como un gusano que se
aplasta y no volvía a serenarse más que cuando se le dejaba alejarse.

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El día elegido para el exorcismo era el 3 de octubre de 1869. Fue necesario llevar por la fuerza al chico hasta la
capilla donde se le ató a un sillón mientras lo sujetaban además tres hombres: Schrantzer, Hausser y el
jardinero, Andrés. Se hallaba sobre una alfombra, frente al comulgatorio, con el rostro vuelto hacia el
tabernáculo. Sus mejillas habían enrojecido como si tuviera fiebre. De sus labios salía una espuma que caía al
piso. Se volvía y revolvía en todas direcciones, como si hubiera estado sobre una parrilla, y buscaba con los ojos
la puerta. El exorcista era el padre Souquat, provisto de los poderes de monseñor Racss, obispo de
Estrasburgo. En el primer momento tuvo una vacilación muy comprensible, cuando oyó de boca del niño, que
conocía apenas, esta exclamación brutal pronunciada con voz ronca y violenta:
"¡Déjate de jorobar! ¡Fuera de aquí, roñoso!"
Desconcertado, casi desarmado, el exorcista, a quien rodeaban altas personalidades eclesiásticas y algunas
religiosas, se dominó y empezó las letanías de los santos. Al oír las palabras: "¡Santa María, ruega por
nosotros!" el diablo lanzó un grito aterrador:

"¡Sal de la porquería, roñoso! —bramaba—. ¡No quiero!" Y repetía estas palabras en cada invocación de un
santo.
Había gritado más fuerte sobre todo cuando había oído: "¡Santos ángeles y arcángeles, rogad por nosotros!"
Poco después, cuando el exorcista pronunció:

"¡De los lazos del demonio, libéranos Señor!" se vió al poseso sacudirse y temblar todo entero. Empezó a lanzar
aullidos, haciendo contorsiones frenéticas, ¡a tal punto que los tres hombres que lo sujetaban tenían dificultad
en dominarlo!

Las letanías terminaron, el padre se colocó frente al niño y siguió con las oraciones del Ritual. El poseso no
cesaba de gritar: "¡Fuera de la porquería, roñoso!" Pero cuando el exorcista pronunció en latín las palabras
Gloria Patri et Filio, etc., el diablo, por boca del desgraciado niño quien, naturalmente, ignoraba el latín gritó:
¡No quiero!" Lo cual fue interpretado:
"No quiero rendir gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo."

Antes de leerle el Evangelio según San Juan, como está prescrito en el Ritual, el padre trazó sobre él la señal de
la cruz, pero sucesivamente sobre la frente, sobre la boca y sobre el corazón, lo cual provocó nuevos aullidos. El
poseso hasta trató de morderle la mano. El padre Souquat entabló entonces el siguiente diálogo, en alemán:

—¡Espíritu de las tinieblas, serpiente aplastada, yo, sacerdote del Señor, te ordeno, en nombre de Dios, que
me digas quién eres!
—¡Eso no te importa, roñoso, lo diré si quiero! . . .
—Esa es la misma actitud y la palabra altivas que tuviste con el Todopoderoso, cuando te echó del Cielo.
¡Pero yo te lo repito, sal de aquí, Satán, sal de esta iglesia! ¡No es a la casa de Dios, sino a las Tinieblas
adonde tú perteneces!
—¡No! — gritó Satán —. ¡No quiero: no ha llegado aún mi hora!

El exorcismo duraba ya tres horas. El sacerdote se hallaba agotado por el cansancio y empapado en sudor.
Tuvo que suspender la ceremonia. En cuanto el niño hubo salido de la capilla se serenó.
Por la noche hizo esta reflexión al abate Schrantzer, que había llevado esa tarde al exorcista en coche:
—¡Ah, has hecho bien en deslizarle una medalla!
—¿A quién?
—¡Al cochero, pues!

El abate había dado, efectivamente, una medalla de San Benito al cochero que los llevaba, pero Thiébaut no
había podido, sin lugar a duda, ver ese gesto. El padre prosiguió:
—¿Cómo sabes eso? ¿Qué hubieras hecho sin eso?
—Hubiera volcado el coche con caballos y todo. ¡Yo galopaba al costado!. ..
—Oye, te hemos atormentado mucho: ¿sabes quién te bendijo? . . .

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—Sí, claro que sí, ya ha echado a uno de nuestros señores . . .
En realidad el padre Souquat, bastantes años atrás, había echado al demonio de una casa. Pero ¿cómo podía
saberlo el niño?

Estos pequeños detalles confirmaron al padre Souquat en la convicción que ya tenía de que Thiébaut estaba
realmente poseído.
Se preparó en consecuencia la segunda sesión.

El asalto supremo

Al día siguiente, lunes 4 de octubre de 1869, a las dos de la tarde, en presencia de los mismos testigos, se inició
de nuevo el exorcismo. Habían atado fuertemente al niño en el sillón rojo y le habían puesto una camisa de
fuerza. El diablo no dejó por ello de manifestar su presencia. Súbitamente, en efecto, se vió al sillón con el niño
elevarse por los aires, a pesar de los esfuerzos de tres fuertes muchachos que se aferraban a él para sujetarlo, y
que fueron arrojados a derecha e izquierda. En el mismo momento, el poseso lanzaba horrendos rugidos y de
su boca salían chorros de espuma. Consiguieron dominarlo, sin embargo, y el exorcismo empezó. Al cabo de
dos horas, después de haber leído las letanías y acabado las oraciones del Ritual, el padre se levantó e interpeló
de nuevo al demonio en estos términos:

—Ahora, espíritu impuro, te ha llegado el momento. En nombre de la Iglesia Católica, en nombre de Dios, en
mi nombre, sacerdote de Dios, te ordeno que me digas cuántos son.
—¡Eso no te importa, roñoso!
—¡Esa es justamente la palabra de orgullo que tú tienes y que dicen en el Infierno! ¡Perteneces al abismo y no a
la luz! ¡Regresa a él, espíritu impuro! . . .
—¡No quiero volver allí: quiero ir a otra parte! . . .
—¡Pues bien, Satán! ¡Te ordeno que me digas cuántos son! . . .
—Somos nada más que dos.
—¿Cómo te llamas tú?"
—Oribas.
—¿Y el otro?
—Ypés.
—¡Pues bien, espíritus impuros, os lo ordeno, salid de la casa de Dios: nada tenéis que hacer aquí! ¡Espíritus de
perdición, salid de aquí: os lo ordeno en el nombre del Santísimo Sacramento! . . .
—¡No quiero! ¡Roñoso! ¡No tienes ningún poder: mi hora no ha llegado todavía!

De nuevo el exorcista estaba empapado en sudor. Temblaba. Los presentes no estaban menos emocionados y
hasta espantados. El padre Souquat volvió, no obstante, a la lucha. Tomando un crucifijo lo elevó delante del
poseso, diciendo:
—Miserable Satán, no te atreves a mirar de frente esta imagen y vuelves el rostro para no verla y desafías al
sacerdote. ¡Te lo ordeno, sal de aquí y regresa al Infierno que te está reservado! . . .
—¡No quiero —gritó el demonio—, no se está bien allá! . ..
—Debiste obedecer a Dios, pero elegiste tu desgracia. Preferiste ser un espíritu de las tinieblas. Retírate de la
luz y vete a las tinieblas que te han sido preparadas.
—Mi hora no ha llegado todavía: ¡no iré! . . .

Tomando entonces una vela bendecida por el Santo Padre, el exorcista insistió:
—Orgulloso Satán, te pongo esta vela sobre la cabeza para indicarte el camino del Infierno. Esta es la luz de
la Iglesia católica y tú eres el espíritu de las tinieblas. Sí, regresa al Infierno para reunirte allí con los
compañeros a los cuales perteneces.
—¡Me quedo aquí, porque se está bien, mientras que en el Infierno no se está bien! . . .
Para terminar, el padre tomó en sus manos una pequeña imagen de la Virgen María:

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—¿Ves a la Santísima Virgen? ¡Una vez más Ella va a aplastarte la cabeza! Ella va a marcarte y a
imprimirte en el pecho los nombres de Jesús y María, para que te quemen eternamente . . . Entonces ¿no
quieres ceder? Te lo he ordenado en nombre de Jesús, en nombre de la Iglesia católica, en nombre de Su
Santidad el Papa, en nombre del Santísimo Sacramento. ¡Permaneces sordo a la voz del sacerdote! ¡Pues
bien, Satán! ¡Ahora, es la Madre de Dios quien te lo ordena! Ella te ordena que salgas de aquí. ¡Espíritu
impuro, huye del rostro de la Inmaculada Concepción! ¡Ella te ordena que te marches! . . .

Mientras tanto todos los asistentes se pusieron a rezar el Memorare, en latín. Súbitamente, con una voz
poderosa de bajo, el diablo exclamó:
—¡Pues bien! ¡Me marcho!.. .
Se vió entonces al pobre poseso enroscarse como un gusano que se aplasta. Se oyó un crujido sordo. El niño se
aflojó, se inclinó y cayó sin conocimiento. ¡El demonio había partido! El espectáculo era impresionante para los
testigos horrorizados.

Habían visto un instante antes el rostro de Thiébaut enrojecido, amenazador, lleno de ira, y habían oído las
respuestas arrogantes de Satán. Y luego el niño reposaba, en un sueño que duró una hora. Estaba liberado.
Cuando le presentaron al Cristo, cuando lo asperjaron con el agua bendita no tuvo más reacción. Se dejó llevar
lentamente a su cuarto. Al cabo de cierto tiempo se despertó, se frotó los ojos, se mostró asombradísimo al ver
a su alrededor a tantas personas que no conocía.

—¿Me reconoces? — le preguntó el abate Schrantzer que había hablado con él el día anterior.
—¡No —repuso el niño—; no lo conozco!
La madre se hallaba presente. Lanzó un grito de alegría. Su Thiébaut que había estado sordo por obra del
demonio oía ya normalmente y estaba liberado. Todos los presentes alabaron a Dios por haber dado a su
Iglesia un poder tan grande. La madre y el niño regresaron a Illfurth, con la esperanza de ver liberado pronto, a
su vez, al segundo de los posesos.

La liberación de Joseph

Lo curioso era que al regresar a su casa Thiébaut no recordaba nada. Los cuatro años que acababa de vivir en
estado de posesión se habían borrado de su memoria. No reconoció al cura, el muy piadoso abate Brey, a quien
se comparaba con el cura de Ars y que tenía, como éste, decían, infestaciones diabólicas. No recordaba haber
visto la nueva alcaldía. Había llevado de Estrasburgo medallas benditas que regaló a su hermano. Pero Joseph
las arrojó al suelo diciéndole:
—¡Guárdatelas! ¡Yo no las quiero!
—¿No se ha vuelto loco? — observó Thiébaut a su madre. Esta se guardó bien de decirle que él también había
pasado por ese estado.
El niño no se acordaba de nada.
El miércoles 6 de octubre de 1869, el joven poseso gritó de pronto:
—Mis dos camaradas — comprendieron que se trataba de Oribas y de Ypés, los dos demonios echados de
Thiébaut — son dos cobardes. Ahora soy el amo y el más fuerte. No me iré de aquí hasta dentro de seis años.
Me río de los clerizontes.
—¿Eres entonces tan fuerte? —le preguntó el alcalde, señor Tresch, excelente cristiano.
—Ciertamente — repuso —, me gusta estar aquí donde me he instalado muy bien. Me establezco en un dulce
nido y no lo dejo sino cuando me place . . .
Sin demora, no obstante, el abate Brey había pedido al obispo la autorización para practicar el exorcismo.
Mientras Thiébaut había vuelto a ser el niño bueno de antes; iba a la iglesia y al colegio, se confesaba y no se
acordaba más de sus cuatro años de posesión, el estado de Joseph no cesaba de empeorar. Por fin llegó la
autorización del obispado y el cura fijó para el 27 de octubre el exorcismo.

Se guardó sin embargo el secreto para evitar la multitud.

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Era un domingo. Fueron convidados solamente algunos testigos y la ceremonia se desarrolló en la capilla del
cementerio de Burnkirch, a un cuarto de hora de la aldea. Estaban presentes, con el alcalde, señor Tresch, los
padres del niño, el maestro, el jefe de estación, la directora del colegio de niñas, el profesor Lachemann, los
señores Spies y Martinot.

A las seis de la mañana, cuando empezó la misa, el poseso se puso a golpear con el pie y a revolverse en todas
direcciones. Hubo que atarle los brazos y las piernas. No habían terminado las oraciones al pie del altar cuando
el niño logró desatarse y arrojar las correas, de un puntapié, sobre el oficiante. El señor Martinot lo tomó
entonces fuertemente sobre sus rodillas. Se puso entonces a lanzar gritos desarticulados gimiendo como un
perrito, gruñendo como un marrano. Ante la sorpresa de los presentes, con todo, se quedó quieto desde el
Sanctus hasta el final de la misa.

Habiéndose quitado las vestiduras litúrgicas y vestido con sobrepelliz y la estola, el cura inició entonces el
exorcismo. Llegado el diálogo ritual con el Demonio, el abate Brey le ordenó que dijese cuántos eran:
—¡No necesitas saberlo! —repuso éste secamente. Y como el sacerdote volvía a insistir le espetó el nombre de
Ypés, uno de los demonios que habían poseído a su hermano. Durante la lectura del Evangelio de San Juan, el
poseso gritaba:
—¡No me iré! . . .
Y llovían las injurias contra el exorcista. Tres horas consecutivas continuó la lucha. Los presentes empezaban a
cansarse, a descorazonarse. Pero el buen cura, agotado él también y empapado de sudor, los exhortaba a no
cejar. Durante este tiempo el alcalde, señor Tresch, tenía al niño. Exhausto, se lo pasó al profesor Lachemann,
y el Diablo exclamó:
—¿También estás tú ahí, cara chata? . . .
Mientras tanto el cura, arrodillado delante del altar, había rezado un instante y prometido una novena de
acción de gracias si el exorcismo Bajando del altar dijo al niño:
—¡Te conjuro, en nombre de la Inmaculada Virgen María de abandonar a ese niño! . .
—¡Por qué tendrá que venir éste ahora —replicó Satán iracundo— con su Gran Dama! ¡Me veo obligado a
partir!... Ante estas palabras una emoción estremecida se desató entre los concurrentes. Todos comprendieron
que iba a producirse la liberación y que era por obra de la Virgen María. El abate Brey reiteró la conminación:
—¡Me voy —aulló el demonio—, me voy a una manada de cerdos! . ..
—¡Al Infierno! —ordenó el sacerdote.
—Quiero ir a una manada de gansos — suplicó el diablo.
—¡Al Infierno! —repitió el sacerdote que cada vez renovaba el conjuro ritual.
—No conozco el camino — dijo Satán —. ¡Me voy a una manada de ovejas! . . .
—¡Al Infierno! . . .
—¡Ahora tengo que irme por fuerza! — exclamó el diablo.

Con estas palabras el niño se volvió a derecha e izquierda aflojando los músculos, hinchó los carrillos y tuvo un
último espasmo convulsivo, luego recayó, quedándose súbitamente silencioso e inerte. Lo desataron y sus
brazos cayeron sin vida, su cabeza colgando hacia atrás. Pero esto duró sólo un instante. Se le vio estirarse
como a un hombre que se despierta, abrir los ojos que había tenido cerrados durante todo el exorcismo y se
mostró muy sorprendido de verse en una capilla con tantas personas a su alrededor.
Desde el principio el demonio había dicho: Si me veo obligado a partir, marcaré mi partida rompiendo algo." El
rosario que le habían puesto al niño alrededor del cuello y el cordón de la pequeña cruz pectoral estaban
hechos pedazos. Y sin embargo, con los pies y los brazos atados no era él quien había podido romperlos. La
escena que acabamos de relatar había conmovido a todos. Se cantó el Te Deum, las letanías de la Virgen, el
Salve Regina.

Las voces estaban entrecortadas por sollozos. El abate Brey se sintió más de una vez como paralizado por la
emoción y las lágrimas.

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¡Testimonio único en el mundo! Queda en el pueblo de Illfurth cerca de la plaza, en un jardín, sobre el solar de
la casa de los dos posesos, destruida en la actualidad, un bello monumento que perpetúa el recuerdo de los
hechos que acabamos de contar. Es una columna alta, salpicada de estrellas y que tiene en la cúspide la imagen
de María Inmaculada.

En el pedestal se lee, en latín, la frase siguiente que traducimos:

En recuerdo perpetuo de la liberación de los dos posesos, Théobald y Joseph Burner, obtenida
por la intercesión de la Bienaventurada María Inmaculada, el año del Señor 1869,

Levantado en 1872, por suscripción, este monumento es cuidadosamente mantenido en la actualidad.

El caso de Héléne Poirier

Antes de abordar en este capítulo el caso notable de la embrujada de Plaisance, citaremos todavía muy
brevemente algunos otros casos y en primer lugar el de Héléne Poirier.

Esta persona, excelente por otra parte, soportó pruebas aterradoras. Murió a la edad de ochenta años, en 1914.
Sus desventuras demoníacas han sido contadas en detalle por el canónigo Champault, en un libro intitulado
Una posesa contemporánea (1834-1914) (París, Téqui). El autor del libro disponía de una documentación
precisa y completa. Dirigía entonces una institución en Gien (Loiret) y había sido él mismo testigo ocular de
una buena parte de los hechos que relata. Además tenía en su poder el expediente voluminoso de dos curas que
se habían sucedido en la parroquia de Coullons, a la que pertenecía la posesa. Y por añadidura el canónigo
Champault tuvo a su servicio a esta persona durante varios años y no la perdió de vista hasta su muerte.

¿Quién era, pues, Héléne Poirier? Una excelente muchacha del campo que ejercía la profesión de lencera. No
sabríamos decir por qué esta honesta mujer fue sometida, con el permiso de Dios, a una serie de vejaciones
diabólicas. Fue sucesivamente obsesionada y poseída.

Sabemos que estos dos vocablos indican diferentes grados de manifestaciones diabólicas. Si podemos atribuir a
esta clase de hechos una finalidad y sin la cual Dios no podría permitirla, es probable que la Providencia
entiende mostrarnos de este modo los terribles peligros a los cuales estaríamos expuestos si los demonios
tuvieran el campo libre. Sabemos que no tienen permiso de hacer todo lo que quieren. Felizmente para
nosotros, los pobres humanos.

Pero volvamos a Héléne Poirier. Su vida está, por decirlo así, tejida de pesadas bromas demoníacas, de
vejaciones, de golpes, de traslaciones, etc., etc. Fue literalmente poseída, durante seis años, y por lo menos dos
veces. Las dos veces fue sometida al exorcismo. En los intervalos, recaía en obsesiones más o menos violentas.
Fue, en cierto sentido, víctima del demonio y mártir de su crueldad durante la mayor parte de su existencia.

En ella se verificó, por lo demás, lo que el abate Saudreau nos enseñó; a saber, que el coraje y la paciencia de
los posesos pueden trocarse para ellos en fuente de gracias inminentes. En la segunda parte de su vida, en
efecto, Héléne Poirier fue favorecida, paralelamente con los ataques del Demonio, por consolaciones
maravillosas, intervenciones de su ángel guardián, visiones de la Santísima Virgen y del mismo Jesucristo.
Para darnos una idea de la violencia de las persecuciones infernales, en el caso de ella, estamos frente a hechos
innumerables de los cuales damos una muestra. Cuando vivía con su madre, en la más extrema pobreza,
Héléne recibía de su enemigo invisible, ante los ojos de su madre impotente, cachetadas, puñetazos, puntapiés,
y hasta sufría tentativas de estrangulación. Y no eran éstas, ilusiones ni imaginación porque sus brazos, su
rostro, sus piernas mostraban a veces, durante semanas, los rastros del mal tratamiento que le infligían.

El Diablo se mostraba a ella bajo las formas más horribles. La aplastaba con su peso, la arrojaba al suelo — esto
un número incalculable de veces —, le soplaba en la cara. Las traslaciones fueron muchas: consistían en que

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Héléne se veía asida del cabello, siempre por una fuerza invisible, arrastrada por la habitación donde se
encontraba, levantada del piso y finalmente arrojada, media estrangulada, sobre su cama. Cierta vez, hasta
llegó súbitamente a ser asida por la cabeza y llevada por encima de las casas vecinas en un recorrido de
cuarenta metros. Por la noche, le ocurría con frecuencia lo que hemos visto a propósito del cura de Ars: un
espíritu infernal sacudía rudamente los cortinajes de su cama, hacía deslizarse las varillas de una punta a la
otra en ambos sentidos y esto durante horas. Héléne pedía auxilio. Llegaban las gentes. Hubo hasta veinte
testigos ante los ojos de quienes las cortinas del lecho sufrían los fenómenos indicados. Y los nombres de estos
testigos están citados, para que no tengamos duda alguna sobre la realidad de los hechos. ¡Si Héléne Poirier ha
sabido santificarse a través de tanta miseria, más de uno de nosotros suplicará a Dios de no conducirlo a la
santidad por este camino aterrador y bárbaro!

Otros dos casos de posesión

En el libro que consagró a los posesos de Illfurth, el canónigo Frangois Gaquére relata también, con muchos
menos detalles, el caso de otros dos posesos, acontecido en fecha un poco más reciente. Nos limitamos a
indicarlos brevemente.

Primeramente se trata de una joven africana de raza cafre, Claire- Germaine Cele, de Natal, África del Sur, de
diecisiete años y que fue poseída dos veces y dos veces liberada, la primera mediante el exorcismo del 10 de
septiembre de 1906, y la segunda por el 24 de abril de 1907. Esta joven indígena, bautizada en la cuna, había
sido educada por las religiosas de la Misión. La familia estaba desunida por los malos entendidos. Se
desarrollaban frecuentes querellas. La joven, de salud muy delicada, se mostraba muy lunática. Después de la
primera comunión no tardó en abandonar la práctica de los sacramentos. Sus ojos se iluminaban con un brillo
sombrío. Por las noches se agitaba; se la oía gritar como demente:
"¡Estoy perdida! ¡He hecho una confesión y una comunión sacrílegas! ¡Voy a ahorcarme!...

Cierto día entregó al padre Erasme, misionero, una nota en la cual le decía ¡que estaba vendida al diablo! El 20
de agosto de 1906 se mostró más atormentada que de costumbre. Rechinaba los dientes, ladraba como perro,
pedía auxilio.

—Hermana —clamaba—, ¡haz venir al padre Erasme! Quiero confesarme y decirlo todo. Pero pronto, porque el
demonio quiere matarme. Me domina. No tengo nada bendito y he perdido todas mis medallas. . .

Hasta ahí podía creerse en simples crisis de demencia. Pero varios síntomas muy definidos demostraron que se
trataba, por cierto, de una posesión. Germaine tenía horror por todos los objetos benditos y los rechazaba
diciendo que la quemaban. Conocía cosas lejanas y secretas. Comprendía todos los idiomas que se le hablaban
y repetía en latín largas fórmulas del Ritual, y hasta corregía los errores de los demás en esta recitación. El
demonio que la habitaba era muy charlatán y se dedicaba a revelar la conducta íntima y los pecados secretos de
los presentes, lo cual hacía huir a la mayoría.

Ante las invocaciones de Jesús y María entraba en furor. Con respecto a la pobre posesa mostraba la más cruel
diversidad de acción. Ora la levantaba por los aires, sin que fuerza alguna pudiera retenerla, ora hinchaba su
pecho o su vientre, ora su cabeza cobraba una apariencia monstruosa, sus mejillas se inflaban como globos, su
cuello se alargaba y un bocio espantoso aparecía. Bajo la piel se le formaba una bolilla que circulaba a través de
todos sus miembros. Otras veces se arrastraba por el suelo a modo de serpiente, sacando velozmente la lengua.
Y sin embargo bastaba con una aspersión de agua bendita o una bendición de algún sacerdote para hacer cesar
todas estas vejaciones. En total el espectáculo de esta posesión y de sus manifestaciones tuvo, para muchos
espectadores, el efecto más eficaz. Se produjeron conversiones y la piedad creció en muchas personas. Los
exorcismos que por dos veces liberaron a la desgraciada, demostraron el poder de las oraciones de la Iglesia.

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El supremo exorcismo fue realizado por el obispo en persona, monseñor Henri Delalle, Oblate. El diablo no
había vuelto. Su prueba se terminó, pues, como la de los niños de Illfurth, que tampoco volvieron a ser
atormentados, pero que murieron jóvenes también: el mayor, Thiébaut, a los dieciséis y el segundo, Joseph, en
1882, a los veinticinco años.

Las posesas de Phat-Diem

El segundo caso de posesión relatado por el canónigo Gaquére fue un fenómeno colectivo. Los hechos han sido
consignados en el excelente Bulletin de la So cié té des Missions etrangéres de Varis (Boletín de la Sociedad de
las Misiones Extranjeras de París), publicado en Hong Kong, en el transcurso de los años 1949-1950. El autor
de los artículos era monseñor de Cooman, actualmente vicario apostólico de Thanhoa. Las posesiones en
cuestión habían ocurrido, en 1924-25, en Phat-Diem, en la provincia de Nonh-Binh, en Tonkín. La primera
víctima fue una novicia joven del convento de las "Amantes de la Croix", una congregación indígena. La cosa se
inició con ruidos violentos, golpes asestados a la novicia por una mano invisible, piedras y palos arrojados no
sólo a Marie Dien, la novicia en cuestión, sino sobre las personas que acudían en su ayuda.

¿De dónde podía provenir tal persecución?' No siempre puede saberse en los casos de posesión. Daremos más
adelante ejemplos en los que el origen de la posesión se hace ver con evidencia: intervención de brujos que
tienen un pacto con el Demonio. En el caso de Germaine Cele, que acabamos de resumir, se trataba de
comuniones sacrilegas. En el de los dos posesos de Illfurth, se había hecho la conjetura de la intervención de
una mujer sospechosa de brujería que había hecho comer una manzana a los niños. En el de Marie Dien, había
un joven de veinte años llamado Minh que había hecho un peregrinaje a una famosa pagoda pagana, la de Dén-
Song, para pedir a los "genios" la mano de la joven. El 22 de septiembre de 1924, el diablo, al mismo tiempo
que golpeaba a Marie Dien en el rostro y la boca, le dijo:
—¡Ya va la tercera vez que vienen a la pagoda para pedir tu mano! ¡Terminaré por hacerte mía!

Las persecuciones más extrañas se produjeron, en efecto, durante cerca de dos años, sembrando el terror entre
las novicias: ruidos horribles, cantidad de proyectiles que venían de no se sabía dónde, tales como piedras,
pedazos de maderos, papas, botellas vacías, o si no chillidos de pájaros, relinchos de caballos, cornetas de
autos, portazos, risas sarcásticas o sollozos desgarradores, estallidos de truenos, en una palabra, todo lo que ya
hemos visto en Ars en las infestaciones a las cuales fue sometido el abate Vianney.

Pero lo más grave fue que otras novicias sufrieron ataques a su vez. Fue en el convento como un contagio
estrambótico. Las novicias se trepaban sobre los "aréquiers", especie de palmeras de tronco fino que se elevan
hasta ocho o diez metros de altura. Para contrarrestar esta manía hubo que colocar pequeños crucifijos en los
troncos de los árboles. Hubo huidas tan inconscientes que las novicias no se acordaban, a renglón seguido, de
nada. Pero la presencia del demonio se manifestó claramente por el conocimiento de los idiomas y de secretos
imposibles de ser penetrados en forma explicable. Finalmente se decidió realizar los exorcismos. No eran
menos de catorce posesas, lo cual hace pensar en el caso histórico de las Ursulines de Loudon, en el siglo XVII.

La batalla fue larga y dura. El diablo partía, pero volvía en forma más aterradora. La perseverancia de los
exorcistas lo venció por fin. En el mes de diciembre de 1925 el noviciado de Phat-Diem encontró de nuevo la
paz definitivamente. En 1949, cuando relataba estos hechos, monseñor de Cooman comprobó que una paz
bienhechora y el fervor más notable reinaban ininterrumpidamente en el convento de las "Amantes de Ja
Croix". Tres de las antiguas posesas habían sido excelentes superioras del convento. Marie Dien misma, la
primera perseguida, había ejercido después a la perfección las funciones de maestra de novicias en el convento
de Thanhoa, y murió allí con los más altos sentimientos de piedad, el 6 de agosto de 1944. Estas religiosas,
actualmente en número de trescientas profesas, se refugiaron, en su mayor parte, en el Vietnam del Sur donde
continúan su admirable apostolado.

71
CAPÍTULO 6
LA EMBRUJADA
DE PLAISANCE
Una extraña historia

En el presente capítulo vamos a agrupar cierto número de casos de posesión que se encuentran escalonados
desde la segunda De Francia pasamos a Italia y estamos esta vez en pleno siglo xx.

Un caso curiosísimo se ofrece a nosotros en la región de Plaisance. Para guiarnos tenemos un librito de Alberto
Vecchi, intitulado Interviú ta col diavolo (Entrevista con el diablo) 1.

Una noche de mayo, en 1920, un buen hermano franciscano, Pier-Paolo Veronesi, trabajaba en la sacristía de la
iglesia del convento de S. Maria di Campagne, en Plaisance, cuando una mujer se presentó a pedirle una
bendición. Deseaba que se la diera en el altar de la Virgen. El hermano se prestó en seguida a este deseo, que le
pareció inspirado de piedad mariana. Pero se sorprendió un poco cuando la mujer, cuyo rostro estaba marcado
por una profunda tristeza, le pidió permiso para hablarle un instante en la sacristía. El hermano creyó que
tenía alguna pena, alguna prueba dolorosa, pero no pudo negarle los pocos minutos de conversación que ella le
solicitaba.
Con voz sofocada primero, luego a medida que hablaba, con algo más de seguridad, la mujer hizo entonces las
confidencias más asombrosas.

¿Qué decía? A ciertas horas, una fuerza desconocida se apoderaba de ella, hacía mover todo su cuerpo a pesar
suyo. Entonces ella, sin quererlo, empezaba a bailar horas enteras hasta caer en el agotamiento. Cantaba arias
de ópera que nunca había oído, tenía conferencias frente a un auditorio imaginario, en un idioma desconocido.
A menudo, experimentaba la necesidad irresistible de romper con los dientes todo lo que le caía en mano.
Desgarraba y hacía trizas con ira toda la ropa blanca de su marido. Otras veces como si fuera una gacela, y con
gran terror de las personas presentes, saltaba de silla en silla, se subía a la mesa, rugía, aullaba, maullaba,
hasta el punto de que los que la oían se creían en una jaula de bestias feroces. Además, hablaba a veces de
cosas lejanas y desconocidas, y se verificaba luego que había dicho la verdad. Después de escenas terroríficas
en casa de ella, cuando se desplomaba por la fatiga, su cuerpo quedaba durante días enteramente negro e
hinchado, al punto de inspirar piedad a todos cuantos la veían. Último indicio: cuando se encontraba en estado
crítico, sabía poco después que sus padres, aunque residían muy lejos, habían sido incomodados ellos también
como si un fluido misterioso hubiera pasado de ella hasta ellos.

— ¡Créame, padre, que mi vida se ha tornado un infierno! Tengo dos niños y pese a esto no pienso más que en
la muerte que sería para mí la liberación.
El padre no podía creer todo este relato. Pero como era capellán del asilo de psiquiatría, llegó simplemente a la
conclusión de que tenía enfrente a una persona con el cerebro algo enfermo. Se limitó a hacerle algunas
preguntas:
— ¿Todo esto es completamente exacto?
—Sí; innumerables testigos pueden atestiguarlo.
— ¿Y esto ocurre desde hace mucho tiempo?
—Desde hace siete años.
— ¿Y qué le han dicho los médicos?

1 Edizioni paoline, Modéne (Italia).

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—He consultado a todos los médicos de Plaisance, los que conocía, y todos ellos me han dicho con palabras
más o menos claras que mi caso era un caso de histerismo.
Ante estas palabras el padre se sintió aliviado. Era justamente lo que él mismo había pensado.
—Entonces — le dijo —, ¿sabe usted de lo qué se trata?
—No, porque siento que no soy ni una histérica ni una loca.
—¿Y entonces?
—Entonces —repuso la mujer— al ver que no podía recibir ninguna ayuda de los hombres, sentí la necesidad de
refugiarme en Dios. He ido, a pesar de muchas repugnancias, a todas las iglesias del pueblo para rezar y para
que me dieran la bendición. Cada vez que me han dado la bendición me he sentido mejor durante algunos días.
Pero he ido tantas veces que tengo miedo que me consideren loca y no me atrevo a hacerlo más. Pero
escúcheme lo que me ocurrió. "Me dijeron que había en las colinas un sacerdote de la parroquia cuyas
bendiciones eran particularmente eficaces. Quise ir junto a él. Cierto domingo, después de almorzar, con un
coche y un caballo que la comuna de San Giorgio me habían prestado, me dirigí hacia allí con mi marido y
varios de mis parientes. El caballo, excelente para el trote, devoraba la distancia. De pronto, se detuvo y no
quiso adelantar. Se le castigó en vano hasta hacerle salir sangre. ¡Se estancaba, se debatía, pero no avanzaba un
paso! Entonces, sin saber lo que me pasaba, salté del coche sin dejarme retener por mis acompañantes y me
puse a volar — es la palabra que conviene — a cerca de medio metro sobre el suelo, a través de los campos y
subí así la colina hasta el campanario de la parroquia donde íbamos. Los fieles salían de la bendición de la
tarde. Todos me vieron subir hacia la iglesia, aullando y gesticulando: los perros ladraban, las gallinas se
dispersaban, y yo llegué entonces al lugar. Todos se apartaron, y yo con la cabeza gacha y el cuerpo horizontal,
entré por la puerta entornada de la iglesia y me tiré cuan larga soy al pie del altar mayor sobre el cual había un
cuadro de San Expedito. El cura, seguido por los demás, corrió y al ver lo que ocurría me bendijo. Volví
entonces en mí y durante días me encontré mejor...

Todo este relato no hizo más que confirmar las sospechas del padre Pier-Paolo.
—Son ésos — dijo con tono incierto — fenómenos muy extraños; sí, muy extraños.
Luego despidió a su interlocutora, diciéndole:
—Escúcheme, puesto que la bendición la alivia, venga sin miedo cuando quiera. Si yo no estoy aquí, siempre
habrá alguno de mis colegas para bendecirla.

Escena reveladora

Pasaron varios días. La mujer volvió para hacerse bendecir. Pero mientras el hermano Pier-Paolo le da la
bendición en el altar de la Virgen, la mujer se pone, apoyada contra una columna cerca del coro a ulular con la
boca cerrada, como lo hace un perro cuando sueña. Luego con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en la
columna, las manos juntas, entona un canto prodigioso. Canta con una voz apasionada, rica, deslumbrante,
que hace correr a todos los niños de la vecindad para oírla. Y cuando ha terminado habla en lengua
desconocida, sin cambiar de postura; parece debatirse contra una potencia invisible, y llega a pronunciar
insultos, con furor, como los de una loca en el paroxismo de la cólera. En ese preciso instante, otro sacerdote
cruzaba por la iglesia: el padre Apollinaire Focaccia. Y pudo oír primero el canto, luego las imprecaciones en
idioma desconocido.

Por la noche dijo a su colega:


— ¿Ha observado usted a esta mujer?
—Sí; ¿por qué?
— ¿No le ha impresionado a usted?
—Para decirle la verdad, no. Como capellán de las locas, estoy un poco acostumbrado. . .
— ¡Ah! Pero ¡cuidado! ¡Para mí esta mujer está poseída!
—No exageremos — repuso el hermano Pier-Paolo —. No hay que meter al diablo en todo, por cualquier cosa,
como lo hacen las gentes del pueblo, cuando se trata de cosas explicables, naturalmente.
Y además ¡lo que no se explica hoy la ciencia humana lo explicará mañana sin duda!..

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—No estoy de acuerdo con usted —repuso el padre Apollinaire —. Piénselo bien. ¿Cómo quiere que esta mujer
pueda hablar un idioma desconocido? Se mueve, con toda evidencia, en un mundo misterioso y ¡ese mundo es
el demonio! . . .
—Padre Apollinaire, venga entonces conmigo al asilo de psiquiatría y le haré ver casos muy interesantes que la
ciencia no ha podido llegar a explicarse del todo.
—Iré encantado, pero dígame. ¿Ha visto un caso que se parezca en algo a éste?
— ¡Francamente no!
—Entonces tenemos el derecho de admitir, a título de hipótesis, y sin ofender a la ciencia, la posibilidad de una
intervención diabólica. Esta persona parece muy normal. Pero hay en ella una personalidad muy distinta a la
de ella. Ha oído usted cómo canta. ¡Ninguna cantante entre las más famosas de nuestro siglo haría otro tanto!
¿Y qué decir de esas injurias extrañas proferidas en idioma aún más extraño? No; no me quitará usted la idea
de que esta mujer está poseída. Es cierto que no estamos ya en la Edad Media. Se veían por todas partes,
entonces, sortilegios y diabluras. Pero no debemos pretender saber más que los Evangelios, más que Jesús, que
San Pablo y San Pedro, que han hablado del Diablo como de un ser muy real. San Pablo en la Epístola a los
Efesios dice que los demonios están "en el aire". El fenómeno de la posesión es conocido desde la más remota
antigüedad. La Iglesia ha instituido una Orden de exorcistas y no es por nada. El diablo, según nuestros
misioneros en países paganos, está muy activo entre los pueblos que permanecen en las tinieblas del
paganismo. No hay duda alguna que puede también actuar en el seno de nuestros pueblos bautizados, pero de
los cuales una parte ha renegado de la fe de bautismo. . .
Largamente todavía el padre Apollinaire desarrolló su pensamiento.
El hermano Pier-Paolo estaba un poco vacilante pero no convencido del todo.
—Todo lo que dice usted, amado padre, es muy cierto, pero no discuto la doctrina, discuto solamente el hecho y
dudo que esta mujer esté realmente poseída.

En casa del obispo

La mañana siguiente, el padre Pier-Paolo, presa de algún escrúpulo, después de la discusión de la víspera, se
presentó en casa de su obispo, monseñor Pellizzari, y le expuso en detalle todos los hechos que acabamos de
relatar. Después de un buen rato de reflexión el obispo dijo simplemente:

— ¡Amado hermano, proceda al exorcismo!


—Excelencia —replicó rápidamente el padre—, ¿cree verdaderamente necesario el hacerlo?
—Sí — repuso el obispo sin vacilación.
— ¿Y soy yo quién debe hacerlo?
—Sí, usted.
— ¿No podría encargarse esto a algún otro?
—O usted o monseñor Mosconi, el vicario general, pero sería mejor que fuese usted porque conoce a la
persona.
—Discúlpeme, Excelencia — observó el padre —, pero si mal no recuerdo, he oído decir que el Diablo, durante
el exorcismo se yergue contra el que lo hace e inventa toda clase de cosas desagradables sobre él. Si esta
mujer está realmente poseída...
— Pero ¿quién puede dar fe a los decires del Diablo? ¿No sabe usted que el Demonio es el padre de la
mentira?

. . .Finalmente, el padre Pier-Paolo tuvo que inclinarse ante la voluntad del obispo. De regreso del obispado
estaba bastante afligido. Le parecía una aventura terrible tener que afrontar al Demonio. Era un excelente
religioso pero algo timorato y temía entrar en una lucha en la cual le costaría predominar. Pero la orden del
obispo era formal. Se sometió, rezó, durmió poco, y se puso en el deber de cumplir la misión que le había sido
confiada. Por la mañana fue a ver al doctor Lupi, director del asilo de psiquiatría, a quien expuso en detalle lo
que le ocurría; el médico, muy interesado por su relato, le pidió asistir a los exorcismos, que era justamente lo
que el padre quería proponerle.

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Primer exorcismo El primer exorcismo tuvo efecto el 21 de mayo de 1920, a las catorce. Se efectuó en una
sala del primer piso, arriba de la capilla. La posesa llegó en compañía del marido, de su madre, de un amigo de
la familia y de dos jovencitas.
El padre estaba ayudado por un colega encargado de anotar todo lo que iba a ocurrir, el padre Giustino, y por el
doctor Lupi, director del asilo.
Arrodillados delante de un pequeño altar, los dos padres rezaron primeramente, como lo ordena el Ritual, las
letanías de los santos.

La posesa, sentada en un sillón de junco, se estiraba como una fiera salvaje que sale de su sueño. Súbitamente,
se oyeron en latín las primeras palabras del exorcismo:

Exorcizo te, inmundissime spiritus, omne pbantasma, ommis legio. ..

Ante estas palabras, la posesa, agarrándose con ambas manos las puntas de los pies, se elevó del suelo, en un
salto de rara elegancia, luego cayó verticalmente y se estiró como una gacela y quedó de pie en medio de la sala.
Su cuerpo se había transformado por completo. Su rostro era horroroso; empezó a lanzar injurias contra el
exorcista, gritándole con voz tonante y sin acentos femeninos:

—Pero ¿quién eres tú, entonces, que te atreves a venir a combatir conmigo? ¿No sabes que soy Isabó y que
tengo las alas largas y los puños robustos?

Luego salió de boca de la posesa una tirada de insultos contra el exorcista. Anonadado, sorprendido, casi
desconcertado, el padre se sintió un instante reducido al silencio. Pero cobró en seguida coraje, sin saber cómo,
y exclamó con fuerte firmeza:

—Yo, sacerdote de Cristo, te ordeno a ti, seas quien seas, y te ordeno en nombre de los misterios de la
Encarnación, de la Pasión y de la Resurrección de Jesucristo, por su Ascensión a los Cielos, por su venida en
el Juicio Final, de permanecer tranquilo y no dañar a ninguno de los que están aquí y de obedecer todo lo que
yo te ordeno. . .
Luego se trabó el siguiente diálogo ante la emoción general:

—En nombre de Dios, ¿quién eres?


—¡Isabó! —gritó la mujer, cuyo rostro se había enrojecido y los ojos parecían lanzar llamas.
—¿Qué significa esa palabra Isabó?
En lugar de contestar la mujer se mordió los brazos y las manos y trató de atrapar la vestidura del exorcista. No
obstante dijo por fin:
—Este nombre significa que está tan bien "embrujado", que no se le puede resistir.
—¿Qué poder tienes?
—El que me dan.
— ¿Qué poder te dan?
—¡Tantas fuerzas! . . .
— ¿De quién recibes esas fuerzas?
— ¡De la persona que sabe conjurarme! . . .
—Pero ¿qué italiano hablas entonces?
—No soy italiano — aulló la mujer o mejor dicho el espíritu que la poseía, con tono despectivo y lanzando
nuevas injurias, lo cual iba a renovarse muchas veces durante los exorcismos.
— ¿De dónde vienes? —prosiguió el padre, sin conmoverse.
—Pero ¡me das órdenes como si fuera tu esclavo! . . .
—Dime de dónde vienes.
— ¡No!
— ¡En nombre de Dios, de ese Dios que conoces bien, dime de dónde vienes!

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Al oír el nombre de Dios, la mujer había vuelto el rostro, como un toro que hubiera recibido un palo en el
hocico, y permaneció un instante inmóvil, negándose a contestar.
Los presentes estaban jadeantes frente a esta escena impresionante.
—En nombre de Dios — prosiguió el sacerdote —, por Su sangre, por Su muerte, dime de dónde vienes.
—De los desiertos lejanos.
— ¿Estás solo o tienes compañeros?
—Tengo compañeros.
— ¿Cuántos?'
Después de un instante de tergiversación, el demonio respondió: siete, y dio nombres tan extraños como el
suyo propio.
— ¿Por qué entraste en este cuerpo?
—Por un violento amor no compartido.
— ¿No compartido por quién?
— ¡Eres un imbécil!
— ¡Contesta! ¿Quién no ha respondido a ese amor?
—¡Este cuerpo! — aulló la mujer, dándose un fuerte golpe en el pecho.
—¿Y por qué no le has correspondido?
Con una voz orgullosa, altanera, desdeñosa, la mujer dijo:
—¡Porque no era justo!
—Entonces ¿este cuerpo se convirtió en tu víctima?
Como toda respuesta a estas palabras del padre Pier-Paolo, la posesa dejó oír una risa horripilante, pero con la
boca cerrada y los labios estirados como hocico de animal, lo cual hizo correr por todos los presentes un
relámpago de espanto.
—¿Cuándo entraste en este cuerpo?
Ante esta pregunta y después de muchas contorsiones la respuesta fue:

—En 1913, el 23 de abril, a las cinco de la tarde. . . Las apremiantes preguntas del exorcista obligaron a la
mujer a confesar que ese día, en efecto, un espíritu extraño, como consecuencia de un maleficio lanzado por un
brujo, había entrado en ella por medio de un bocado de cerdo salado rociado con un vaso de vino blanco...

En el curso del mismo exorcismo el padre preguntó si era verdad que el demonio había invadido también al
resto de la familia, y la respuesta fue afirmativa.

— ¡Caso de telepatía! —observó el padre.


— ¡Imbécil! —replicó el demonio.
Pero cuando el exorcista lo intimó a salir del cuerpo que poseía, Isabó aulló: — ¡no!
— ¡Vete! —gritaba el padre.
— ¡Jamás!
— ¡Te ordeno que te vayas!
— ¡No me voy: soy Isabó!

Y en una violenta crisis de rebelión la posesa se deshizo de los asistentes, con las manos tendidas y los ojos
llameantes, se arrojó sobre el sacerdote, agarró sus vestiduras, desgarró su estola, haciéndola pedazos con
gritos de fiera:
— ¡Tardaron siete días —gritaba el demonio— para hacerme entrar en este cuerpo y tú quieres hacerme salir
en un sólo exorcismo! . . .

El momento era crítico. El médico, impasible, tenía los ojos fijos sobre la posesa. El sacerdote la bendijo con el
agua santa y como si la hubieran quemado con carbones ardientes, se arrojó al suelo encogiéndose y
retorciéndose.
—¿Cuándo te irás? —insistió la voz del padre.

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—¿Cómo hacer —repuso el espíritu con un tono de profunda tristeza— cuando, mientras tú trabajas para
hacerme salir, otros están trabajando para que me quede?
—¡Sal! —exclamó el exorcista, posando la extremidad de su estola sobre el hombro de la mujer.

Al contacto de la estola, saltó como una gacela, y como enloquecida de terror, se puso a gritar:
—¡Quitadme este peso! — y huyó.
—¡Detente! — gritó el padre. Pero la mujer siguió corriendo y gritando:
—¡Quitadme este peso! ¡Quitadme este peso!

La escena duró algún tiempo. El demonio había declarado que no saldría sino vomitando el bocado de cerdo
salado que había constituido el sortilegio. Pero en vano llevaron una palangana para que la mujer lo hiciera.
Varias veces pareció vomitar algo y no eran jamás los alimentos ingeridos en la última comida.

A la pregunta: ¿cuáles son las palabras que te hacen sufrir más, espíritu inmundo?", después de muchas
negativas y ante la conminación del exorcista, el demonio terminó por responder con terror, en medio de un
silencio general:
—Sanctus! Sanctus! Sanctus!

Y, de hecho, se pudo observar en los exorcismos siguientes que estas tres palabras que llamamos en la liturgia
la trisagión producían sobre el demonio un efecto de aniquilamiento.

Mientras que el demonio las pronunciaba mezclaba a ellas aullidos que llenaban de espanto a todos los
presentes. El mismo doctor Lupi estaba de pie, pálido y tembloroso.

Este primer exorcismo había durado hasta la noche. La pobre posesa parecía exhausta y el hermano Pier-Paolo
no se mostraba menos agotado. Hizo al demonio una última conminación: la de no hacer ningún daño ni a la
posesa ni a su familia. Este, después de haber prometido, lanzó una mirada amenazadora y disimulada al
sacerdote, luego pareció seguir con los ojos sobre los muros de la sala, como a una cabalgata de espectros
invisibles, fue sacudido por un espasmo y cesó toda manifestación. La mujer pareció salir de un profundo
sueño. Estaba pálida, pero normal. Sin duda acusaba una profunda fatiga, pero no se acordaba de nada. La
sesión había terminado.

— ¡Y bien!, hermano Pier-Paolo —dijo el padre Apollinaire—, ¿cuál fue el resultado?


—Esta mujer está realmente poseída — repuso el padre. Esta vez ya no podía dudarlo. Pero estaba asustado
del poder del adversario.
—Es increíble —decía— hasta qué punto el espíritu del mal es capaz de resistir a los medios de acción que
tenemos contra él. Y con la cabeza gacha regresó a su celda, con la esperanza de encontrar allí un poco del
reposo que le hacía tanta falta. Su compañero, el padre Giustino, había tomado nota de todo cuanto había
ocurrido y es de la versión taquigráfica suya de donde hemos extraído lo contado, de acuerdo con el texto de
Alberto Vecchi.

Comprobaciones

Tendríamos que seguir paso a paso a este excelente guía para dar cuenta de todas las batallas que fué menester
librar todavía, desde el 21 de mayo, fecha del primer exorcismo, hasta el 23 de junio, fecha del último. En el
intervalo no hubo menos de trece sesiones.
Relataremos más adelante la liberación de la infortunada posesa. Pero debemos insistir sobre las
comprobaciones hechas en el trayecto, mediante los interrogatorios que permitían las sesiones de exorcismo.
En primer lugar, había en este caso de posesión un maleficio inicial, lanzado por un brujo de la región. La
acción malsana de los maleficios no podía fácilmente, pues, ponerse en duda. La brujería es un hecho. ¡Y es un
hecho aún actualmente en nuestras campiñas como en las de Italia y sin duda en otras partes!

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De hecho, se había sabido en el curso de los exorcismos que existían siete brujos en la región de Plaisance
solamente.

En segundo lugar se comprobó, por las confesiones del Demonio, que en la brujería existe como una especie de
Ritual diabólico, en virtud del cual ciertas formas mágicas, con el permiso de Dios, tienen el poder de actuar
sobre los diablos, de obligarlos a obedecer, y hacerlos entrar en tal o cual persona y tomar posesión de ella. Hay
ahí todo un aspecto poco conocido de la realidad infernal.

En tercer lugar, para resistir a los ataques del demonio, tenemos medios eficaces, que son sobre todo la
oración, los sacramentos, la invocación de los ángeles, de los santos, la protección de la Virgen María, etc.

En el capítulo siguiente, veremos el inmenso poder que Dios se ha dignado dar a la Virgen Inmaculada. Y ya
por la experiencia tan concluyente de Antoine Gay, hemos aprendido de la misma boca de un demonio, que
María es, en toda la fuerza del vocablo, nuestra Madre del Cielo ¡y esta palabra lo dice todo!

Por fin, parece que los nombres bajo los cuales los demonios se embozan son completamente arbitrarios.Si
creemos a Isabó, son, por lo menos en el caso de la embrujada de Plaisance, los brujos de la región los que
habían dado a los siete demonios que estaban dentro de ella, los nombres más o menos exóticos que tenían.
Además de Isabó, sabemos los nombres de Erzelai'de, Eslender, etc.
Y estos diversos demonios eran todos diferentes los unos de los otros; más aún, parecen haber sido poco
simpáticos los unos con los otros.

Lo impresionante son los estragos y los males de la posesión cuando se desata dentro de una persona humana.
Vamos a recoger sobre este punto las confidencias del marido de la posesa de Plaisance.

Las quejas de un marido

Un día que el padre Pier-Paolo se preparaba a un exorcismo y que el padre Giustino se ocupaba de llenar la pila
de agua bendita que tanto iban a necesitar, el marido de la posesa lanzó esta exclamación:
—¡Esperemos que este asunto se termine pronto! . . .
—Comprendo —repuso el padre—, ¡debe haber pasado horas emocionantes!
—¿Horas emocionantes? Horas terribles, querido hermano. Podría contarle mil episodios, pero le puedo citar
por lo menos algunos. Cantidad de veces, por la noche, al volver de mi trabajo, encontraba el fuego apagado y
toda la casa revuelta. Mi mujer silbaba, maullaba, rugía, bailaba sobre una silla, sobre una mesa, sobre
cualquier mueble. Otras veces, la encontraba dedicada a desgarrar con rabia los trajes, la ropa. Entonces,
cuando me veía, me gritaba enfurecida "¡Dame algo para romper! ¡Rápido! ¡Tengo necesidad de romper, de
arruinar, de destruir!" Y al decir esto trabajaba con las uñas y los dientes de manera furibunda . . .

—A ese paso — interrumpió el padre Pier-Paolo — su ropa debe estar reducida al mínimo...

—¡No me queda nada! ¡Ella lo ha destruido todo! Hace poco no tenía más que dos camisas, la puesta y la que
estaba lavándose. Ahora, para estar más seguro, dejo todo lo que tengo en casa de los vecinos. Pero el drama de
mi mujer no termina ahí. Otras veces la encontraba debajo de la mesa, toda encogida, la cabeza metida en los
hombros, como un animal atrapado en una trampa, y los músculos tendidos como para afrontar a un enemigo
y sofocarlo. Yo la llamaba: "¡Thérése!" Ella me contestaba con una voz ronca: "¡Yo soy Isabó, y yo soy el que
manda!" Al principio creí que era una broma: "¡Thérése, te estoy hablando a ti!" La misma voz sombría
contestaba: "¡Yo soy Isabó y yo soy el que lleva los pantalones!"

"Entonces salía de abajo de la mesa, y se lanzaba sobre mí con los puños por delante como para pegarme en la
cara. Y naturalmente, junto con esto cantidad de injurias. Una noche que estaba más cansado y más asqueado
que de costumbre, proferí un grueso insulto contra ese Isabó, pero mi mujer se lanzó sobre mí como un gato

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encolerizado y me agarró por el cuello. Tuve mucho trabajo para deshacerme de ella. ¡Hubiérase dicho que sus
fuerzas se habían centuplicado! . . .
—¿Y qué hacía usted cuando encontraba a su mujer en ese estado?
—Dejaba caer al suelo mis herramientas de trabajo —repuso el marido con desaliento —, comía un pedazo de
pan y trataba de ayudar a esta pobre mujer hasta las once de la noche, a veces hasta medianoche, hasta que la
veía recobrar su buen sentido.
—¿Y los niños?
—Al principio tenían miedo y gritaban, pero pronto se acostumbraron, como ocurre con los chicos. Si era por la
mañana corrían a la calle a divertirse, y si era a la noche se decían "mamá se pone a bailar, vamos a
acostarnos". Y se iban.
—¿Y usted no tenía ya esperanza de ver acabarse todo eso?
—Ninguna esperanza. Los médicos nos daban siempre las mismas respuestas y no sabían qué decirnos. Yo
había llegado a un punto tal de desaliento que tenía miedo de perder la cabeza y de hacer alguna barbaridad.
—Pero ahora — insinuó el padre — hemos reemplazado las recetas de los médicos por la autoridad de la Iglesia,
nuestra Madre, ¡y podemos estar seguros del resultado final!
—Sí padre. ¡Ahora me siento completamente tranquilo y seguro!
¿No era ya muy hermoso haber devuelto la esperanza a este excelente hombre? Pero sus quejas tan legítimas
nos hacen medir la extensión del peligro que podríamos correr sin la protección divina, que mantiene a los
demonios a distancia de la inmensa mayoría de los hombres, no permitiéndoles, como tendremos oportunidad
de decirlo, más que la "tentación", fenómeno espiritual al cual nadie escapa.

El duodécimo exorcismo

Hemos llegado al 21 de junio. Es el día del duodécimo exorcismo. Tres días antes, el Demonio ha declarado que
no se iría antes del 23 de junio, a las cinco de la tarde. Pero ya estaba muy debilitado. Desde los comienzos del
décimo segundo exorcismo se tuvo la prueba evidente de ello. La posesa, durante las letanías de los santos y las
otras oraciones preparatorias, no actuaba ya como las otras veces. En lugar de estirarse como una fiera que se
prepara a saltar, en lugar de lanzar miradas siniestras a los ayudantes y sobre todo al exorcista, se quedaba
sentada, con la cabeza gacha, la barbilla sobre el pecho, las manos aferradas a los brazos de su sillón, en una
actitud de debilidad, de vergüenza y de remordimiento.

Con las primeras palabras que le fueron dirigidas por el exorcista se levantó lentamente, luego se acostó
dolorosamente sobre el colchón que estaba posado delante de ella, endureció todos sus miembros y, con los
ojos cerrados, esperó. Todos los presentes contemplaban con emoción ese pobre cuerpo reducido casi al estado
de cadáver y esperaban algún salto repentino, como había ocurrido tantas veces, o contorsiones, o gritos,
aullidos, capaces de helar la sangre de quienes los oían. El exorcista, sin mucha confianza, echó una mirada al
crucifijo posado sobre el altarcito, otra a la pila de agua bendita, para asegurarse que todo estaba pronto para
un ataque imprevisto del demonio. Luego hizo las conminaciones comunes:
—Te ordeno que no te muevas y que contestes solamente a mis preguntas. ¿Has comprendido?
¡Ninguna respuesta!
—Contéstame, ¿has comprendido?
Misma falta de respuesta.
—¿No puedes o no quieres contestarme?
Siempre el mismo silencio.
El padre se sintió confundido. ¿Cómo forzar al demonio mudo a hablar?' Tuvo una idea.
—¡Si no puedes hablar, levanta un dedo; si no quieres, levanta dos!
Ante esta orden formal, en medio del silencio de todos, se vió a la posesa levantar lentamente y como con
grande esfuerzo un solo dedo. No podía contestar.
Los testigos de la escena se hallaban profundamente impresionados. El espectáculo de esta criatura, que el
demonio había tornado a veces tan violenta, tan autoritaria e imperiosa, y que ahora se mostraba tan cansada,
humillada, tan impotente y con una expresión de abatimiento tan profundo, eran de esos que no se pueden
olvidar.

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El diálogo siguió todavía largo rato, entre el exorcista y la posesa que respondía siempre levantando un dedo o
a veces dos. Finalmente el padre ordenó:
—¡Levántate! ¡Y devuelve!
Con esta palabra aludía a que el maleficio había sido un bocadillo comido hacía siete años y que ella debía
vomitar para ser liberada del sortilegio. Muchas veces ya, el padre había dado esta orden: ¡devuelve!

En varias ocasiones la mujer había vomitado algunos bocados que nunca eran alimentos de su última comida.
Pero el bocadillo embrujado no había sido echado aún.

Todavía esta vez la mujer se levantó lentamente, lentamente: se colocó delante de la palangana y trató de
obedecer, pero en vano. El padre recurrió entonces al trisagion, cuyo poder hemos explicado Sane tus!
Sanctus! Sanctus!, dijeron junto con él todos los presentes. La posesa obedeció y lanzó todavía algo, pero el
bocadillo pérfido no salió. Y fue imposible obtener otra cosa de ella.

El gran día

Por fin llegó el gran día. Isabó había dicho: el 23 de junio de 1920.Estaba por verse si era verdad. El doctor
Lupi era el más curioso de todos por saber lo que iba a pasar. Todo el mundo fué puntual a la experiencia
suprema. El doctor Lupi, más nervioso que de costumbre, golpeaba el piso con su bastón. Las oraciones
preparatorias se rezaron con más fervor que otras veces. En la sala de los exorcismos, la posesa avanzo
dificultosamente, más pálida, más cansada, más avergonzada que nunca. Se dejó caer en su sillón, con la
cabeza inclinada, en la posición de un condenado a muerte sobre la silla eléctrica. Con las primeras palabras
del exorcismo, se tendió sobre el colchón, toda tensa, con los ojos cerrados. El doctor Lupi prestaba toda su
atención y no deseaba perder ni un detalle de la experiencia.
—En nombre de Dios — exclamó el exorcista —, te ordeno que me obedezcas en todo lo que te mande. ¿Has
comprendido?
Silencio.
—Te lo ordeno en nombre de Dios, de la Virgen . . .
Siempre silencio.
—¡Si has comprendido levanta un brazo, si no los dos!
Lentamente y como sin fuerzas, la posesa levantó un brazo. El conmovedor diálogo continuó. Se supo que uno
de los demonios que había salido la víspera para atormentar a una tercera persona, la había dejado. Se supo
también que todos los otros miembros de la familia que habían estado más o menos obsesionados, desde ese
momento quedaban liberados.
Hubo todavía discusiones entre Isabó y el padre, en la cuestión de saber si todos los demonios se irían juntos.
Por fin el padre, deseando terminar dio la orden esperada:
Con lamentables espasmos, con los dos codos apoyados en las sillas vecinas, quiso hacerlo. Esfuerzo inútil; no
salió nada.
—Digamos el Sanctus — instó el padre.
Al oír estas palabras ella logró lanzar algo, pero todavía poco. Su cabeza parecía desplomarse. Hubo que
sostenerla, tanto parecía estar a punto de morir.
El exorcista en este momento consulta su reloj:
—Son las cuatro y treinta y cinco — dice—. ¡Con toda la autoridad que me viene de Dios te ordeno, espíritu
inmundo, que salgas inmediatamente de este cuerpo; si sales en seguida te envío al desierto, al centro del
Sahara, si no te mando de vuelta al infierno!

Ante estas palabras todos los presentes temblaron. La hora era trágica. ¡No hay nada que Satán tema tanto
como ser devuelto al infierno! Esto nos sugiere un aspecto mal conocido del destino de los demonios. En el
Evangelio ya los demonios preferían irse a una piara de cerdos que ser devueltos al "abismo".

En Plaisance, pues, todos los presentes estaban en tensión. Cada uno de los testigos oía las palpitaciones de su
corazón y retenía la respiración. Se vió entonces a la obsesa, ante la orden perentoria del sacerdote, echar

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lentamente hacia atrás su cuero cabelludo que recayó sobre la espalda como una inmensa peluca que la
recubría por debajo de la nuca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su aspecto era idiotizado y trastornado. Los
músculos de su rostro colgaban y su labio inferior parecía inerte, extendido hacia la barbilla. No había ya nada
humano en esa faz desfigurada, esos ojos brillantes de lágrimas, esa boca entreabierta, esos pómulos
cadavéricos. Todos los que la vieron entonces aseguran que no pudieron dejar de llorar con ella.
Se oyó por fin una voz lúgubre, sofocada, vacilante, que decía con un ronquido:
—¡Yo me ... voy!...
Entonces la cabeza de la mujer cayó sobre la palangana y salieron de su boca una enorme cantidad de cosas
innominables.
—¡Vete! ¡Vete! —gritó el exorcista en el colmo de la alegría.
Y en el mismo momento, la obsesa no sintió más sobre ella el peso aplastante de la estola, ni la imposición de
las manos. Repentinamente, con una voz fresca, joven, feliz, exclamó:
—¡Estoy curada!
Y su mirada iba de uno al otro de los testigos de la escena victoriosa con una sonrisa de triunfo.
—¿Y el bocadillo del cual hablaba Isabó? —preguntó el padre Pier-Paolo.
—El bocadillo está sin duda en la palangana — respondió el doctor, que se levantó, se acercó al recipiente y
revolvió el contenido con su bastón—. ¡Miren! —dijo. Y al mismo tiempo su bastón levantaba de golpe todo lo
que la mujer había devuelto, como si aquello hubiera sido una tela. ¡De hecho, se vió desplegarse ante los ojos
de los testigos estupefactos, como un velo bellísimo, todo irisado con los colores del arco iris! Y una vez
levantado ese velo, en el fondo del recipiente vieron el famoso bocadillo tantas veces descripto, en el curso de
los exorcismos, por el demonio. Era un bocadillo de cerdo salado, del grosor de una pequeña nuez, con siete
cuernos.

Conclusión

El espíritu había cumplido su promesa. El mismo doctor tan incrédulo al principio estaba ya convencido.
Había allí una prueba perentoria, decisiva. La posesa, ya curada, lloraba suavemente, pero sus lágrimas eran
lágrimas de gozo. Todos los presentes, además, tenían los ojos llenos de lágrimas. El doctor se ocupaba todavía
en revolver la palangana. Los hermanos fijaban los ojos sobre el Cristo vencedor.

El exorcista convidó a todos los testigos a inclinarse delante del altar. La señora liberada del demonio ofrecía a
Dios sollozos convulsivos. Salía de la más aterradora de las pruebas. Su error inicial había sido sin duda el de ir
a consultar a un brujo que se hacía pasar por curandero, y que se había enamorado de ella. Porque ella había
rechazado sus avances, el hombre le había echado un maleficio ¡y acabamos de ver lo que había resultado de
ello! Cosa muy curiosa, en el capítulo siguiente vamos a encontrarnos con casi exactamente el mismo caso,
pero en otra región completamente distinta y cerca de treinta años más tarde. En Plaisance, la historia de este
exorcismo ha quedado presente en la memoria de todos los contemporáneos. El obispo que lo había ordenado
murió repentinamente poco después. ¿Sería una venganza de Satán? Hubo algunos otros hechos todavía que lo
hicieron suponer, pero esta misma venganza era una confesión de impotencia. El obispo había cumplido con su
deber. La muerte misma no podía despojarlo de ese mérito.

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CAPÍTULO 7
UN HECHIZO EN
PLENO SIGLO XX
Un encuentro muy curioso

Antes de abordar lo que debe constituir el tema de este capítulo, permítaseme aportar aquí un hecho
completamente personal. Cuando estaba ocupadísimo en dar forma a este libro, recibí una carta de un
sacerdote que no conocía y que ignoraba por completo mi proyecto de esta obra sobre el Demonio. Acababa de
leer otra sobre el mismo tema y me escribía al azar para proponerme su propia documentación.

"Supongamos — me decía — que yo tenga expedientes. Pues bien, sí, los tengo. Venga a verme." Pero como esto
era difícil para mí, fué el quien vino a verme. Sus expedientes eran de enorme interés. Está desde hace seis
años en plena batalla contra Satán. Acabamos de ver, por la embrujada de Plaisance, de qué clase de lucha se
trata. Si nuestro siglo se inclina a dudar de la existencia de Satán, como duda de tantas otras cosas, él tiene la
prueba de su existencia, de su fuerza, de su acción, de los procedimientos que emplea, cuando Dios lo permite;
de los estados aterradores en los cuales puede poner a una pobre criatura humana. Pero estoy autorizado a dar
el nombre de este "testigo" de la lucha contra Satán, en esta hora que pasamos. Se trata del R. P. Berger-
Bergés, de Chavagne-en-Pailler, en el departamento de la Vendée. Si bien él no publica nada, me permite decir
en su nombre que está pronto a presentarse delante de cualquier auditorio para dictar conferencias sobre los
exorcismos que le han sido encargados desde hace seis años y que siguen efectuándose todavía en el momento
que escribo estas líneas. Como es natural no daremos más que una breve reseña de los expedientes que me ha
sido posible consultar, hojear, tomando notas. Y no podré, por otra parte, indicar a las personas en cuestión
más que por iniciales, sin precisar los lugares donde las escenas tuvieron lugar.

Se hicieron exorcismos relativamente fáciles coronados por éxitos rápidos. Hubo otros más complejos, más
trabajosos, más lentos en el éxito. Y parece que en estos casos, como en el de Plaisance, cada vez que el
exorcismo lograba algún alivio apreciable de la víctima, la posesión ha sido renovada, poco después, por medio
de sortilegios lanzados a distancia. Entre todos los expedientes que me fueron presentados, no pude retener
más que uno solo que me pareció particularmente demostrativo. El de la señora G.. . , casada y madre de una
niñita. El expediente que le concierne no contiene menos de 145 piezas que se escalonan desde el 14 de
septiembre de 1953 hasta el 5 de febrero de 1959, y que todavía sigue abierto. Pero debemos indicar, ante todo,
la forma en que las cosas se presentaron en su origen. Nos serviremos para ello de las propias notas del marido
de la víctima. Si bien nosotros les damos la forma, los detalles son del interesado. Y para dar más vida a la
narración le dejaremos la palabra a él mismo, sirviéndonos en lo posible de sus mismas expresiones.

Un gran cansancio

"Estamos — cuenta el señor G . .. — en el mes de septiembre de 1950. Nuestra hija Annie, que tiene dos años,
duerme muy poco. Mi mujer ha pasado noches, desde su nacimiento, sin dormir ella tampoco. Experimenta
una fatiga general tan inquietante que nos ha hecho recurrir a un médico. El doctor no tuvo dificultad en
comprobar los síntomas siguientes: ningún entusiasmo en el trabajo, cansancio continuo, adelgazamiento,
vértigos, etc. Sin embargo, el médico es optimista. Nada grave, según él, en este caso. Todo cuanto necesita es
tranquilidad, sobrealimentación, sueño, y todo esto significa tres semanas de internación en una casa de salud.

"Es fácil decirlo. Pero no estamos afiliados a los seguros sociales. Mi mujer no había dejado jamás el domicilio
conyugal. Una internación afuera de casa significaba grandes gastos. En resumen, decidimos estado de salud
de mi mujer es siempre el mismo. Cierto día, fui a la ciudad y encontré allí a una amiga de mi mujer quien me
preguntó por ella. Y como yo le conté lo que ocurría, me contestó:

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«¿Por qué no van ustedes a ver a B . . . Ha asistido a mi hijo que tenía los nervios enfermos y estoy muy
contenta del resultado. Mi hijo ahora come bien, duerme bien, sus crisis nerviosas han desaparecido
totalmente, casi.» Impresionado por su seguridad, le pedí la dirección de B . . . Se trataba de un curandero,
muy conocido, al parecer, en toda la región.
"Va — me dijo ella — todos los sábados a S. J. y ahí recibe todo el día. ¡Véanlo, pues; no cuesta nada probar!
"Pero la excelente mujer añade, sin embargo, sin darle, al parecer, importancia: El individuo me da miedo.

Cuando fui a verlo con mi muchacho, la primera vez, le cortó un mechón de pelo y lo tenía entre los dedos.
Luego, frotando los dedos, decía: «Sí; son los nervios sin duda, que están enfermos», ¡pero al mismo tiempo se
veía un humo azul que subía por encima de sus dedos! . . .

"Cuando regresé hablé de todo esto con mi mujer. La historia del humo azul y del pelo cortado no le causó la
menor inquietud. No creía en todo eso. Decidimos, pues, que iríamos el sábado siguiente. Por excepción el
hombre no fue a S. J. para sus consultas habituales. En esa fecha aún vivía mi madre. Ella nos dijo: «Ah, hijos,
no quiero impedirles que vean a ese B . . . Pero sépanlo, no tengo confianza en él. Es una familia de asquerosos
(sic) ¡y si pudiera haría morir a medio S. J.!»

"Este grito de alarma no nos detuvo.


"El sábado siguiente tocábamos el timbre en la puerta del famoso curandero.

Una sesión de curandero

"Fue su mujer la que abrió la puerta. Nos recibió amablemente. Esperábamos turno cuando el curandero nos
hizo entrar, nos rogó que nos sentáramos y empezó la consulta.

"—Señora, ¿su nombre y apellido? ¿Fecha de nacimiento? "Una vez obtenida la respuesta, B … corta una mecha
de cabello de mi mujer. La coloca entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, y con su mano derecha tiene
la muñeca de mi mujer. Un momento de silencio. Frota el pulgar y el índice el uno contra el otro y, sin que haya
dicho una palabra, hete ahí que, súbitamente, un humo azul se escapa y sube a veinte centímetros, por lo
menos, de altura. Era como un cigarrillo que se fumara solo en un cenicero. Al cabo de un instante, separa los
dedos y — cosa increíble — ¡no hay más cabellos! Entonces B. . . declara: «¡Oh! tiene los nervios enfermos, pero
no es nada, es asunto mío: ¡es mi especialidad! ¡Con dos o tres sesiones estará usted completamente bien!»

"Toma entonces un frasco que contiene una substancia desconocida, introduce su pulgar en el frasco, durante
apenas algunos segundos — porque tiene su reloj frente a él para controlar—, retira bruscamente su pulgar. En
este momento toma las dos muñecas de mi mujer: el hombre se crispa, se pone rojo como un tomate. Esto dura
algunos minutos y tiene la cabeza agachada. Y súbitamente mi mujer empieza a cerrar los ojos y se duerme. En
seguida, el curandero suelta las muñecas de mi mujer y se pone en el deber de despertarla. B . . . declara que le
duele la nuca, porque esto que acaba de hacer, según él, es muy cansador. Coge una ampolla con éter y se
arroja, por presión, un chorro en la nuca para recobrar su aplomo, luego hace lo mismo sobre la nuca de mi
mujer que se encuentra como embrutecida, con la cabeza pesada, como consecuencia de ese extraño sueño.

La sesión ha terminado. Mi mujer se sentía un poco mejor que una hora antes. El curandero nos dio su
dirección personal por si acaso deseábamos ir a verlo en su domicilio. Pero nos previno que volvería a S. J.
quince días después.

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Sueños extraños

"Partimos con una buena esperanza de curación. Pero esa misma noche, mi mujer deja de pronto su tenedor, y
apoyando la cabeza, en el plato se duerme. ¿Qué ocurría? Yo no comprendía nada. Pasan dos minutos que
parecieron muy largos. Mi mujer vuelve en sí y me dice: « ¿Qué quiere decir esto? Todo se borró delante de mí
y no me di cuenta de nada. ; ¡Y ahora me siento toda floja e idiotizada!»

Algunos instantes más tarde se sintió mejor y declaró: «Ahora ¡tengo hambre!»
"Los días siguientes, se reprodujo la misma escena. En cada comida mi mujer se dormía. Por la noche, en el
momento de acostarse, a las ocho y media o nueve más o menos, empezaba a farfullar palabras extrañas, a
reírse tontamente mirando el cielo raso como si alguna cosa se presentara a sus ojos. Como una loca, daba la
vuelta a la mesa mostrando los objetos con el dedo, como un mudo que desea hacerse comprender. Y yo
trataba de detenerla. Pero ella me rechazaba como si yo me hubiese convertido en un extraño indeseable para
ella. Yo comprendía cada día menos y me preguntaba: ¿Qué pudo haberle hecho ese individuo a mi mujer, en
su sesión de magnetismo, como él mismo la llamaba? Esto no podía seguir así. Tanto que al jueves siguiente
de la primera visita fuimos a verlo a su domicilio.

Agravación

"Cuando le hubimos explicado lo que ocurría, el curandero se excusó en forma extraña, diciendo que se había
equivocado con respecto al mes de nacimiento de mi mujer; que para las personas nacidas en ese mes era
necesario trabajar más lentamente, pero que no había nada que temer. ¡Podíamos regresar a nuestra casa
completamente tranquilos porque esto iría mucho mejor!

"Al decirnos esto B. . . estaba radiante. Íbamos a comprender más tarde por qué: Satán había ejecutado bien
sus órdenes. Nuestra ida a verlo en su casa era ya una victoria. Allí mismo, mi mujer volvió a dormirse en
presencia del curandero. Este hizo una broma al respecto y sólo dijo: «¡Comerá usted bien al salir de mi casa,
ya lo verá y dormirá bien esta noche!»

"Lo cierto es que en el camino mi mujer hubiera devorado un cacho de bananas. Esa noche se acostó y durmió
como un lirón, cosa que comprendimos después, porque Satán tenía mucho que ver en ello. Por la mañana
cuando despertó, se sintió de nuevo completamente idiotizada. Los días pasaban y su estado no cesaba de
agravarse. Sufría horriblemente de dolores de cabeza, lo cual nunca le había pasado anteriormente. A veces,
sentía «shocks» terribles y se ponía a llorar por el exceso de sufrimiento. Luego, de pronto, se calmaba, su
cuerpo se ponía rígido y permanecía con los ojos desmesuradamente abiertos, demacrada, mirando fijamente
el cielo raso, con los brazos en alto. Decía con frecuencia: «¡Creo que me vuelvo loca!» Otras veces parecía
muerta. Yo no podía moverla, porque de insistir le hubiera roto los brazos. No me veía, no me oía. Esto duraba
una hora, a veces hora y media y otras veces solamente un cuarto de hora. Y yo me quedaba ahí, impotente, sin
saber qué hacer. "Por supuesto, el sábado siguiente, cuando B . . . llegó a S. J. para sus consultas, fuimos a verlo
para decirle nuestro descontento.
El hombre realizó una nueva sesión, tomando entre sus manos las muñecas de mi mujer. Luego le dio un frasco
con un tónico que según él contenía sangre de buey y hemoglobina. Agregó un granulado que también, dijo, era
tónico y aseguró que debilitaría aún más su acción sobre ella, declarando que no la forzaba para nada. Pero no
se produjo ninguna mejoría en el estado de mi mujer. De nuevo, el sábado anterior a la Navidad de 1950,
estábamos en S. J. para hacerle saber que debía hacer, a cualquier precio, alguna cosa. Estábamos convencidos,
en efecto, que todo dependía de él, puesto que actuaba por magnetismo.
"Mis pobres amigos — contestó B . . . ante nuestros reproches —, yo no puedo hacer más de lo que hago. Pero
con usted, dijo a mi mujer, no comprendo qué pasa. Me parece que tengo como un muro por delante. Cuando
quiero hacer algo, hay una fuerza que me impide curarla. ¡Sin embargo, he curado a otros, pero nunca con este
muro! No veo más que un medio: « ¡venga a vivir cerca de mi casa, la cuidaré más fácilmente!»
"De este modo, a pesar nuestro, la trampa se cerraba a nuestro alrededor.

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En la trampa

"Mi mujer vacilaba mucho, al volver a casa, ese día. Pero una hora más tarde, a pedido de ella, regresamos a S.
J., a casa de B . .. y ella le pidió que la llevara consigo esa misma noche, al hotel que estaba situado a dos
kilómetros de S. J. Lleno de alegría, sin duda, pero sin dejar advertir nada, el curandero telefoneó
inmediatamente al hotel indicado, para anunciar que iban a ir dos personas que tomarían pensión en la casa.
La misma noche a las nueve, partimos. Debíamos pasar desde ese sábado hasta el jueves siguiente en el hotel
sin que el estado de mi mujer mejorara. Llegaba Navidad. Mi mujer deseaba pasar las fiestas en casa. Su salud
se tornaba cada día más precaria. Estaba como trastornada, no me reconocía ya y me decía:

«¡No lo conozco más, no quiero verlo más!» Cosa más grave aún, no sentía por su pequeña Annie, a quien
adoraba, su ternura de antes. Al cocinar, cuando tenía un cuchillo en la mano, se acercaba a su hija para
hacerle daño. Sentía dentro de ella una fuerza que la impulsaba. No obstante, resistía. Pero una vez tuvo el
pensamiento de estrangular a su hija. Esa fuerza la dominaba siempre. Felizmente pudo resistir, pero se puso a
llorar. Era para ella un sufrimiento indecible.

¿De dónde podían venirle esas ideas contra su hija?

"Durante el mes de enero de 1951, estando todavía en cama, me dijo un día: «Anda a ver a B . . . Pídele que
venga a verme. Estoy harta de estas payasadas. ¡Es necesario que él termine con todo esto!»
"Hice lo que me pidió. Por la noche, después de sus consultas, B . . . fue a casa. Quiso tener una conversación a
solas con mi mujer. Y le dijo, entonces, que fuera a casa de él, sola. La llevé, pues, a casa del hombre, y la dejé
sola, durante alrededor de media hora, con él.
"Cuando salió, me pareció un poco trastornada. Le dije entonces:
«¿Qué te pasa?' ¡Estás toda rara!» —«¡Oh! —me contestó — es, ese imbécil de B . . . que me ha pedido que sea
su amante!»
Le repliqué: «¡Déjeme en paz, y no quiero oír hablar más de eso! . . .»
"El curandero no había insistido, sobre todo porque la casa donde estaba se hallaba llena de gente. Su mujer,
sin embargo, no estaba ahí. Pero el miserable no había renunciado por tan poco, como íbamos a verlo.

"El mes de enero se pasó. Mi mujer seguía mal y era siempre contra su pequeña Annie contra quien le daba.
Esto se convirtió en una obsesión tan terrible que no pudo más y a principios de febrero de 1951, me dijo un
día:
«Sabes, es necesario que vaya a hacerme curar a J…. Estaré más cerca de B… para que él me cuide y le pediré
que me saque de esta situación, no puedo más, en efecto, y es necesario que me aleje de mi hija porque tengo
miedo de causarle algún daño!

"Hemos visto bien, más tarde, que la astucia de Satán, a las órdenes de B. . . , consistía justamente en eso: el
temor de mi mujer con respecto a su hija, iba a empujarla hacia B . . . que no había digerido la negativa de mi
mujer, en ocasión del primer ataque.
"¡Crees verdaderamente —le contesté— que esto andará mejor si vas junto a ese individuo! ¡Yo no tengo
demasiada confianza!
"Pero como ella insistía, la llevé de vuelta al hotel donde habíamos estado antes de Navidad y la dejé sola,
porque yo tenía que ir a mi trabajo. Todo se pasó en idas y venidas, hasta el martes siguiente. Mi mujer se
encontraba allá desde el viernes. El martes por la mañana, lo ve entrar en su cuarto, cuando ella estaba todavía
en la cama. Y, sin vergüenza, le hizo las proposiciones más innobles. Mi mujer se rebela. Le dice las palabras
que convienen a un asqueroso de esa clase: «¡Déjeme tranquila —añade—; voy a contarle todo a mi marido!»

85
Amenazas

"Ante este nuevo fracaso, B. . . llega a las amenazas más categóricas: «¡Si se lo dice a su marido, le pesará! ¡No
me gusta que se me resistan y va usted a arrepentirse!»
"—¿Qué me ha hecho —le grita mi mujer— para que yo esté tan enferma?
"—Vamos — prosigue él encolerizado —, no soy yo quien la ha enfermado; ¡es tal vez algún farsante que le ha
hecho algo! . . .
"—¡ Oh! —le espeta mi mujer—. ¡El farsante es usted!
"Y él le contesta con una risa sarcástica:
"—¡Oh! Es un hechizo que le he hecho a usted, nada más!...
Sin comprender bien mi mujer exclama: —¡Voy a telefonear a mi marido para que venga a buscarme esta
tarde!
"—¡Pues bien, yo le digo que no telefoneará y que va a quedarse aquí!
"Con esto, partió muy encolerizado y bajó al café del restaurante.
Hacia las dos de la tarde, regresó y le dijo a mi mujer:
“¿Ha reflexionado sobre lo que le he dicho?
Luego le ofreció un turrón que acababa de extraer de una máquina distribuidora de bombones.
Mi mujer, cogió el turrón y se lo arrojó a la cara. Diciéndole: “¡Es usted un asqueroso, ahí tiene su turrón! ¡Voy
a telefonear a mi marido!
"—¡Pues bien! —replicó B . . . — ¡es lo que vamos a ver!
¡Le pesará su rechazo!

"Por cierto, toda la tarde, mi mujer hizo esfuerzos vanos para llegar hasta la cabina telefónica. Sin embargo,
sólo estaba a cuatro o cinco metros de distancia, en el mismo hotel. Y sólo fue por la noche, cerca de las 20,
cuando yo le telefoneé como todos los días para tener noticias de ella, que pudo arrastrarse, penosamente,
hasta la cabina, y me dijo en un suspiro: «¡Ven, ven en seguida a buscarme!»

"Fue todo cuanto tuvo la fuerza de decirme. Pero yo comprendí estas pocas palabras. A las diez de la noche
estaba junto a ella. La encontré hecha un mar de lágrimas. El miércoles por la mañana, cansada como estaba,
consiguió, a duras penas, vestirse. Pude, con esfuerzo, llevarla hasta la estación bajo la mirada furiosa pero
impotente de B . . . que justamente había ido a llevar a alguien a la estación . . .

"En el tren mi mujer me contó lo que había ocurrido entre B . . . y ella. Me explicó su insistencia insultante, sus
amenazas, y las palabras que había osado decirle: «¡No puedo vivir sin usted! ¡Creo que me ha hechizado!»
"Había sin duda un sortilegio de por medio, ¡pero provenía de él y no de mi mujer, que no tenía la menor idea
de ello!

Efectos del sortilegio

"Después de nuestro regreso no íbamos a tardar en comprender. El hombre había dicho: «¡No me gusta que
me resistan: va usted a arrepentirse!»
"De hecho, mi mujer sintió inmediatamente los efectos de su venganza. Sufría cada vez más. Y tuvo necesidad
de quedarse en cama. Esto ocurría en la primera quincena de febrero de 1951. Sus sufrimientos se convirtieron
en torturas: no podía ya levantarse, no comía nada, no dormía y se apagaba lentamente. Yo la alimentaba con
jugo de naranja que ya casi ni podía tragar. Hice ir al médico, que le puso inyecciones, pero se le veía en la
mirada que la consideraba gravísima. La hice ver con cuatro médicos, sin resultado alguno. Uno de ellos habló
de internarla en un hospital de psiquiatría. Pero ella le declaró categóricamente: «No quiero ir, doctor, no estoy
loca, pero siento en mí una fuerza que me hace sufrir. Parecería que voy a volverme loca, pero no lo estoy»

"Hacia fines de febrero, sin embargo, decidimos, mi mujer y yo, ir a la casa de reposo de Saujon, dirigida por
un psiquiatra, el doctor Dubois. Era el 21 de febrero. Mi mujer fue sometida allí a todos los tratamientos
comunes para las enfermedades nerviosas: duchas, electrochoques, etc.

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Nada le hacía efecto. Al cabo de dos meses de tratamiento, sin embargo, había ganado medio kilo. Las crisis
eran menos agudas. La mejoría — muy relativa— duró hasta el mes de agosto. Pero un día, cuando iba a
acostarse, en el espacio de un minuto todo cambio. Dejó caer el libro que estaba leyendo, abrió los ojos
desmesuradamente y gritó: «¡Mi cabeza! ¡Mi cabeza! ¡Me vuelvo loca!» La crisis duró una hora, Luego me dijo:
«¡Empieza de nuevo! ¡Es B . . . que me hace porquerías: quiere enloquecerme!
¡Eso me daba sacudidas en la cabeza! . . .»

"Su estado empeoró repentinamente, no comía más; yo me sentía impotente. Fuimos a ver a una curandera
que la calmó un instante, pero una hora después de estar de regreso en casa todo empezó de nuevo. Parece que
hubiera habido entonces ataques y contraataques entre B … y la curandera. Terminamos por estar convencidos
de esto, tanto que resolvimos denunciar a B . . .
"Fue lo que hicimos en septiembre de 1951. Los meses de octubre y de noviembre se pasaron sin novedad. Pero
en diciembre, recibimos un aviso para presentarnos al tribunal para confrontarnos con B . . .Pero ese día mi
mujer que había sufrido toda la noche, no pudo levantarse. Fui, pues, solo al tribunal y expliqué todo al juez.
Me contestó simplemente: «Si su mujer no puede venir, vamos a retrasar la fecha» . . . Yo no lo entendía así.
Podía ocurrir cada vez lo mismo, y nuestra denuncia se volvería contra nosotros. Dije por tanto a B . . . con
quien me crucé en el corredor: «¡Ella vendrá aquí a pesar de ti!» Conseguí, efectivamente, levantarla y llevarla
en taxi al tribunal, que se hallaba situado a cerca de cuatrocientos metros. En presencia del juez, mi mujer hizo
su declaración. El juez preguntó a B . . . si reconocía los hechos. Se había puesto palidísimo y parecía
completamente desorientado. Reconoció todos los hechos, comprendido el del hechizo y firmó el proceso
verbal. Hasta su abogado parecía como «aporreado». B . . . esperó desde ese momento que lo atacaran, no por
el hechizo, quizá, del cual no habla la ley, sino por ejercicio ilegal de la medicina. En el intervalo, en efecto,
después de nuestra denuncia, había venido a casa un comisario Había encontrado a mi mujer en una crisis: los
ojos hundidos y los un aviso para presentarnos al tribunal para confrontarnos con B . . .nos había dado. «Con
esto — h a b í a dicho— atacaremos a este sinvergüenza por medicina ilegal».

" B . . . lo sospechaba porque al salir del tribunal se acercó a nosotros y nos dijo: «¡No se dan cuenta en el lío
que me han metido: van a asaltarme con 200.000 francos! . . .»
"Pero sin preocuparse de traicionarse a sí mismo, añadió: «¡Escuchen! ¡Retiren la denuncia y yo ya no tendré
razón para continuar… "Confesaba de este modo lo que nosotros nunca habíamos puesto en duda: que todos
los malestares de mi mujer provenían de él.

"Cediendo a sus ruegos, mi mujer y yo volvimos inmediatamente al juez y le dijimos que retirábamos la
denuncia porque se trataba de la salud de mi mujer.
"Bien —repuso el juez—, ustedes retiran la denuncia pero nos reservamos el derecho de procesar a B . . . por
ejercicio ilegal de la medicina.

"De vuelta en casa escribimos una carta al Procurador para retirar nuestra denuncia y advertimos a B . . . de
esta gestión.

Nuevos ataques

"El curandero había conseguido lo que deseaba. Mi mujer pasó cerca de un mes sin sufrir. Pero en enero de
1952, la comedia empezó a más y mejor. Mi mujer, exasperada, quiso que fuéramos a ver a B . . . que se
encontraba ese día en casa de la madre. Fue ella quien nos recibió, pero como mi mujer insistía en ver a B . . .
en persona, éste se presentó de pronto. Un violento altercado estalló delante de la madre. Finalmente, como no
podía quedarse con la última palabra B . . . quiso hacer salir a mi mujer, tomándola del brazo. Pero ella se soltó
rápidamente y le envió un violento puñetazo en la nariz. Luego como él quiso volver a asirla ella le dirigió un
directo en pleno rostro. Esta vez brotó la sangre y la nariz empezó a sangrar abundantemente. Yo intervine a
mi vez y cogiendo a B. . . por los brazos, lo obligué a quedarse quieto y a soltar a mi mujer. Obedeció, extrajo su
pañuelo que quedó pronto teñido de rojo. El hombre estaba escarlata. Sus ojos brillaban de cólera. Mientras

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nos dirigíamos a la puerta nos cortó el paso gritando: «¡Oh! ¡Ser atacado así en su propia casa! ¡Nunca se ha
visto! ¡Voy a la comisaría!»
"De acuerdo —replicó mi mujer—, vamos juntos. ¡Nos denunciará usted y dirá por qué lo he golpeado!"

"Con el pañuelo siempre enjugándose la nariz B . la amenazó de nuevo: «¡Usted —le dijo—, si continúa,
terminará su vida en un manicomio!»

"Al decir esto descubría sus designios de venganza. Llegamos en seguida a la comisaría. Los inspectores reían
disimuladamente al verlo. Tuvo la audacia de decirle al comisario que le ordenase a mi mujer que lo dejara en
paz.
"¡Pues bien! —dijo entonces mi mujer— ¡Haga su denuncia en contra de mí! ¡Diré después por qué lo he
golpeado!
"En seguida se desinfló vergonzosamente y se limitó a decir: "¡No, no la denunciaré, pero déjeme en paz!
"Y al marcharse tuvo esta frase final: —¡Caramba! ¡Para ser una enferma pega usted fuerte!

La venganza del curandero

"Con el tiempo íbamos a saber lo que el curandero abrigaba en su ánimo para vengarse de una mujer que no
sólo le había resistido, sino que lo había humillado públicamente y desafiado. "Ella debía terminar sus días en
un manicomio. Para ejecutar esta amenaza, B . . . tenía un servidor a sus órdenes. Este servidor era Satán,
como lo veremos pronto con claridad. Y la incredulidad general de nuestra época iba a entrar normalmente en
el juego del brujo. ¿Quién cree en Satán, en nuestros días? Una posesión, para la mayor parte de los médicos y
para la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos, es simplemente una locura. Por tanto, «hechizando » a
mi mujer, enviándole un demonio para que tomara posesión de ella, B . . . estaba más o menos seguro que
pronto se llegaría a internarla en un manicomio. La venganza era ésa. Estaba al alcance de su mano.

"La violenta discusión que acabamos de relatar tuvo lugar el 12 de enero de 1952. Habíamos vuelto a casa sin
imaginarnos lo que iba a ocurrir. Los primeros meses se pasaron, por supuesto, en medio de sufrimientos de
mi mujer, pero sin que nada anormal indicara una agravación de su mal. Pero una noche del mes de agosto de
1952, se despertó sobresaltada, temerosa y llorando. Me tomaba de los brazos, me abrazaba con todas sus
fuerzas, como una persona que está horrorizada, y con los ojos desorbitados me decía: «¡Ay!¡Tengo miedo!
¡Está ahí, se acerca a mi cama, échalo!»
"—Pero, ¿de qué tienes miedo? — le dije tratando de calmarla.
"—¡Ahí! ¡Está ahí! ¡Un animal con garras y un cuerpo de serpiente, pero con la cabeza de B. . . !
"Y repetía: —¡Se acerca a mi cama, tengo miedo!

"El sufrimiento y el terror la hacían gritar. Esto duró el resto de la noche. Al día siguiente se sentía agotada y
sin fuerzas. Los sufrimientos no cesaban. Dos o tres noches consecutivas, los ataques recomenzaron. Se
apoderaba de ella una especie de delirio. Se desplomaba sobre sí misma y de pronto como una demente,
hablaba en idiomas extranjeros, reía socarronamente, se agitaba durante tres cuartos de hora o una hora.
Luego cuando la crisis había terminado, volvía en sí y decía:
"—¿Qué me ha pasado? ¡Me parece que ya no existía! ¡No me di cuenta de nada! ¡Ay, cómo me duele la nuca!

"Y yo, su marido, no sabiendo todavía que se trataba de Satán y no teniendo ni siquiera una idea de lo que era,
me desesperaba ante mi impotencia. Pero sin cesar la amenaza de B . . . me venía a la memoria.
"¡Terminara sus días en un manicomio!
"Mascaba esta frase sin cesar preguntándome a dónde íbamos.

"Alrededor nuestro, los vecinos y conocidos daban su opinión, naturalmente que ninguno pensaba, en la
presencia de Satán, siguiendo varios consejos fuimos a ver curanderos. Ninguno ellos pudo ayudarnos y todos
abandonaban la partida, sabiendo que tenían que luchar contra B . . .

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La puerta de la salvación

"En medio de estos acontecimientos, nos llegó, en diciembre 1952, una segunda hija. Pese a las pruebas
sufridas por la durante este terrible año, la niña estaba bien. Un indicio que subrayarse es que como
consecuencia de las noches de terror que había pasado, mi mujer no podía ya soportar en la casa ni los
crucifijos ni las imágenes piadosas, ni el rosario, ¡el rosario menos que el resto! En el momento de la crisis
hablaba de arrojar todo afuera, pero esta súbita aversión a los objetos benditos no nos había los ojos y no
comprendíamos lo que había de satánico en estos fenómenos nuevos.

"Un día de febrero de 1953, la Providencia —porque fue ella que intervino sin mérito de parte nuestra — nos
llevó a ver al padre Berger-Bergés. A él, como a muchos otros antes él, le contamos nuestras desgracias. Nos
recibió con mucha bondad pero nos dijo sencillamente «que era necesario que la medicina viera
primeramente si se trataba de una enfermedad natural o no podía comprometerse sin saberlo, pero que
estaría completamente a disposición nuestra si era necesario».

"Transcurrieron quince días después de esta visita. A fines de febrero, decidimos, de acuerdo con el consejo
de un amigo, ir a consultar a los padres de Bellef. . . El viaje, cosa extraña, fue accidentado al ir y al venir. El
taxímetro que nos llevaba sufrió una descompostura después de otra, cosa que el chófer nunca había visto.

"En Bellef... contamos nuestro caso. Al cabo de una media hora, el padre-mesonero nos entregó un librito
recomendándonos lo leyéramos y siguiéramos sus indicaciones. Por su parte, dijo, él haría lo necesario. Pero,
nos explicó, esto demandaría seis meses o más. Todo dependería de la voluntad de Dios que tenía sus razones
para enviarnos estas pruebas.

Conversión religiosa

Todo lo que soportábamos seguir éstos lo mejor posible. En el camino de vuelta, tuvimos de nuevo avería tras
avería, ¡tanto que el chófer nos dijo que era la primera vez en su vida que había visto una cosa así! "Pero mi
mujer se encontró tranquilizada por primera vez desde hacía mucho tiempo. El sacerdote que nos había
recibido, había, efectivamente, lanzado a distancia — como lo supimos después — un exorcismo eficaz sobre mi
mujer. Fue el mismo Satán quien lo declaró oportunamente. Y sin embargo en esa fecha de febrero de 1953, no
pensábamos todavía en su presencia. Pero en nosotros se operó pronto una asombrosa transformación. Hasta
ese momento éramos muy poco creyentes y nada practicantes. De golpe, bajo el efecto de una gracia que no
apreciamos hasta más tarde, tomamos la decisión de ir a misa todos los domingos, de frecuentar los
sacramentos, de comulgar a menudo. Sin duda alguna los consejos que nos habían prodigado desde hacía un
tiempo daban su fruto. Pero la acción divina tenía una fuerza increíble. Nuestra conversión de alma se
efectuaba con maravillosa rapidez. Comprendimos cosas que ignorábamos hasta ese momento. No obstante,
cuando mi mujer quería ir a misa era toda una historia. Es menester haber vivido esto para poder imaginarlo.
Nos mantuvimos firmes, sin embargo. Rezaban por nosotros. Era como una batalla trabada entre dos fuerzas
contrarias sin que nosotros lo supiéramos."

Vamos a dedicar un nuevo capítulo al relato de los episodios más salientes de esta batalla que debía durar
todavía años.

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CAPÍTULO 8
ESCENAS DE
EXORCISMO
Hacia los exorcismos

"Desde el momento en que el señor y la señora G . . . sintieron los efectos de la gracia divina, Satán realizó los
últimos esfuerzos para impedir que se llegara a los exorcismos. Los teme, en efecto, sobre todas las cosas. El
lector que nos ha seguido hasta aquí puede comprobar más de una similitud entre el caso de los esposos G . . . y
el de la embrujada de Plaisance. Como esta última, la joven señora manifiesta perturbaciones que hacen dudar
de su cordura. Hemos dicho que el brujo tenía por objeto — puesto que brujo hubo aquí como en Plaisance—
hacer encerrar a esta mujer en un manicomio para vengarse, él también, de un «amor no correspondido».

"Hubo alrededor de nuestro caso, vacilaciones bastante largas. En el obispado del lugar, poca comprensión. El
cura de S. J., del cual volveremos a hablar, no creía en la posesión; un capellán de los Benedictinos, tampoco.
El obispado, por supuesto, se inclinaba con ellos por la negativa.

"Después de muchas dudas, de insistencia por una parte y de rechazos por la otra, terminaron por responder
en el obispado que ellos no tenían sacerdote especializado para los exorcismos y aconsejaron que se dirigieran
a Burdeos. "Los esposos G. . . siguieron este consejo y se trasladaron a Burdeos con la esperanza de encontrar
solución a sus infortunios. "¡Se avanzaba lentamente!
"En esta ciudad, la enferma y su marido fueron dirigidos a una casa de religiosos eruditos quienes, después de
un atento examen consideraron que era un caso, efectivamente, para proceder al exorcismo.
Estos se llevaron a cabo en varias sesiones que no obtuvieron resultado positivo.

"Pero, no pudiendo prolongar más su estada en Burdeos, el marido insistió de nuevo ante el obispo de su
diócesis para que se socorriera a su mujer allí mismo. Después de varias gestiones, el R. P. Berger-Bergés fue
encargado de los exorcismos, en forma oficial.
Es un ex superior del Gran Seminario, un teólogo por consiguiente, un sacerdote competente y activo, que
comprendió toda la gravedad de la misión que le había sido encomendada y recurrió a todas las riquezas que la
Iglesia pone al servicio del exorcista para actuar: la oración, la mortificación, una confianza sin límites en Dios,
en Nuestro Señor, en María, la Virgen Inmaculada, en la comunión de los Santos, en la virtud de las fórmulas
del Ritual.

"Vamos a ver cómo cumplió esta tarea tan delicada e importante. Podríamos citar sus notas personales sobre
cada exorcismo, pero tenemos de nuevo ante nosotros un documento único sobre todo esto y que nos es
permitido utilizar: se trata de las notas que el marido de la obsesa tomó personalmente. Estas son las notas que
vamos a leer, esta vez sin modificación alguna."

El primer exorcismo
"En este día del 14 de septiembre de 1953, llegamos a la curia de F . . . El señor cura nos ruega que entremos en
su despacho. El R. P. Berger ha llegado hace unos instantes. Pero en el momento en que entramos en el
despacho, mi mujer se pone a bailar en puntas de pie, enloquecida ante la presencia del R. P. Berger, porque la
«Bestia inmunda» que la posee siente que ha llegado el momento decisivo, es decir, el exorcismo. Vamos a la
sacristía, luego a la iglesia, pero en el momento en que llegamos al altar de la Santísima Virgen «la Bestia
inmunda» protesta, quiere irse, porque no se siente cómoda. Pero yo ato a mi mujer a una silla y el R. P. Berger
impone silencio al demonio.

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Luego, después de haber rezado a los santos1, empieza el interrogatorio.
—¿Cómo te llamas?
—¡No te interesa!
—¡En nombre de Dios y de la Iglesia, te ordeno que me digas tu nombre!
—¡Soy Satán! ¡Soy grande! ¡Soy alguien! . . .
—¿Cuándo piensas dejar a esta mujer?
—¡Cuando se me dé la gana!
—¿Por qué has venido dentro de esta mujer?
—¡Vaya! No vine por mí solo, ¡me mandaron!. . .
—¿Quién te mandó?
—Eso no te interesa — replicó Satán.
—¡Te ordeno una vez más que me digas quién!
—¡Pues bien! ¡El otro, de allá!
—¿Quién es el otro?'
—Me ha prohibido decirlo . . .

Entonces, el padre, tomando el agua bendita, asperja al demonio. Este lanza un grito de dolor y en seguida da
el nombre del que lo mandó para que tomara posesión del cuerpo de mi mujer. Es W. B . . .(Aquí, con todas las
letras, el nombre del curandero-magnetizador, conocido en toda la región y que la posesa había consultado,
como hemos dicho más arriba).

—¿Has concertado un pacto con él? —pregunta el padre.


—Sí — contesta Satán.
—¡Pues bien! ¡Vas a buscar ese pacto y a traerlo aquí!
—¿Adónde? —pregunta Satán.
—¡Al altar de la Santísima Virgen!
Entonces, el demonio espantado se pone a balbucear:
—¡Eso! ¡Eso! Pero ¡no puedo!
—¿Por qué? —insiste el padre.
—¡Porque B . . . no quiere y no trabajamos el uno sin el otro; y él me ha dicho que me mantenga firme!
—¡Me da igual — replica el padre —; quiero ese pacto y si no me traes ese papel de aquí a mañana, sufrirás
hasta que esté aquí!
—¡Eres un pillo, un bandido! —declara la "bestia inmunda".
—¡Sí, soy un bandido! pero tú te irás.
—Pero yo no te he hecho nada, ¡déjame tranquilo!
—¡Es lo que vamos a ver! —dice el padre.
Y después de haber presentado la Santa Cruz a Satán, éste responde:
—¡No faltaba más que esto! ¡No era bastante ya! ¡Ahora tenemos al Títere!
—¡Basta ya! —declara el padre—. ¡Ahora vamos a ver! ¡Vas a sufrir, te lo prometo! . . .

Y el sacerdote comienza las oraciones de exorcismo. El demonio grita, aúlla, se tuerce, llora, pide que se
detenga. El padre no ceja. Ordena al demonio que se arrodille y adore a Dios. Esto pone furiosa a la "bestia
inmunda". Se yergue sobre las puntas de los pies y no quiere ceder. Pero el padre toma el agua bendita y
después de haber ordenado una vez más: ¡de rodillas! el demonio rebelde debe ceder y se arrodilla. Lanza
insultos, promete vengarse. Pero el padre le ordena que calle:
—¡Cuando yo quiera! —responde Satán.
—¡Te ordeno en nombre de la Virgen María que te vayas! . .
Entonces el demonio, con tranquilidad esta vez, replica:
—¡Señora! ¡Oh, Señora!

. 1 "Después de haber rezado a los santos", es decir, recitado las letanías de los santos, que están colocadas en el Ritual al comienzo de cada exor cismo

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Entonces el padre añade:
—Y en nombre de C. . . (el nombre de la posesa) que te ha vencido a ti, el novio. Entonces el demonio se
enfurece y contesta al padre:
—¡Te prohibo que hables de eso! ¡No tienes derecho! . . .
—Es lo que vamos a ver — responde el padre, aplicándole la cruz donde se encuentra la pequeña medalla de C .
El demonio grita, aúlla de dolor, diciendo:
—¡Eso no! ¡Eso no! . . . ¡Me duele! . . .
—¡Mejor! —dice el padre—. ¡Desearía que reventaras!...
Y sigue acosando al demonio cada vez más; éste sufre y dice furioso:
—Querías sacármela (hablando de C . . . ) .
Pero después de un momento de sufrimientos, el demonio no puede más y se desploma.
Entonces el padre le recuerda que debe irse, si no sus sufrimientos serán cada vez más terribles en los días
próximos:
—¿Has comprendido? — dice el padre —. Levanta un brazo para decirme que has comprendido.
Y Satán, casi sin fuerzas, levanta el brazo derecho.
Este primer exorcismo ha terminado. Mi mujer vuelve a la realidad, algo aturdida, pero en seguida recobra el
sentido de las cosas.
Esta sesión ha durado una hora y media.
Debo decir que en esta primera sesión Satán estuvo muy violento, muy insolente, queriéndose hacer el
mandón, pero tuvo que ceder ante el más fuerte: el representante de Dios, R. P. Berger."

Algunos comentarios

¿Es necesario comentar este relato? Es perfectamente claro del principio hasta el final. Observaremos
solamente que el marido distingue muy nítidamente los instantes en que su mujer es ella misma y en los que él
llama ora "el demonio", ora "la bestia inmunda", habla o se agita en lugar de ella y por medio de su cuerpo.
Desde el principio hasta el final del exorcismo el demonio habla en su propio nombre, del pacto concertado con
el "magnetizador" al cual nombra; de la compulsión ejercida por éste sobre él para que tome posesión del
cuerpo de la mujer. El hecho de la posesión está probado principalmente por las contorsiones, los aullidos, los
sufrimientos que parecen imponer el agua bendita, la aplicación de la cruz, la vista de la Virgen María.

No es natural que una simple enferma experimente sufrimientos de esta clase por medios tan inofensivos en sí
mismos. Ya en Burdeos, según el testimonio del sacerdote que había practicado los exorcismos, sobre todo el
31 de agosto de 1954, la obsesa había tenido espasmos muy violentos, en las mismas circunstancias y el
demonio — el Enemigo, dice el informe del exorcista— había usado todos los tonos: orgullo, suplicaciones
temblorosas, promesas falaces. Además ¡el rostro de la posesa había cobrado un aspecto horrible!

El lector habrá notado, por otra parte, el parecido notable que existe entre la escena a la cual venimos de asistir
y las que han sido descriptas en el capítulo precedente, en el caso de la embrujada de Plaisance. Estamos sin
duda alguna en el mismo medio, en la misma batalla, en las mismas peripecias. Y esto se tornará cada vez más
evidente con las escenas que vamos a relatar. Las sesiones son batallas tan violentas y tan agotadoras que no se
pueden prolongar indefinidamente y ésta es la razón, muy sencilla, por la cual es necesario interrumpir el
exorcismo y dejarlo para otra sesión.

Segundo exorcismo

"El 16 de septiembre de 1953:


Llegamos a casa del señor cura. El padre Berger ha llegado. Inmediatamente al verlo mi mujer se pone a
bailar, ora sobre una pierna, ora sobre la otra, como de costumbre. La conduzco con dificultad frente al altar de
la Santísima Virgen, porque en la sacristía donde estamos, quiere esconderse detrás de un armario. Pero la
tomo en brazos y la llevo a sentarla en la silla, atándola, porque la «bestia inmunda» quiere volver a hacer de
las suyas, para escapar al ver a nuestra Madre del cielo.

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El R. P. Berger le impone silencio y mientras le reza a los santos (las letanías), el demonio, mirándolo de reojo,
le lanza injurias:
—¡Viejo pillo! ¡Viejo bandido! ¡No es cierto, eres un mentiroso, yo soy grande!, etc . . .
Después el padre renueva su pregunta de la sesión precedente:
—¿Cuándo, qué día y a qué hora vas a marcharte?
Y después de algunas vacilaciones, Satán contesta:
—¡Pero yo no sé nada! ¡Me encuentro bien aquí!
El padre le pregunta:
—¿Y tu B . . ., le pediste el papel?
—Sí — contesta Satán.
—¿Dónde está?
—Ahí ¡debajo de tu mujerzuela! . ..
Y señala con el dedo un angelito. El padre mira:
—¡Pero no hay nada!
Y Satán ríe socarronamente de esta mentira, pero el padre vuelve y dice:
—Vas a ir a buscarme este pacto, porque existe un pacto firmado con su sangre, ¿no es así?
—Sí —responde Satán—, pero no quiere dármelo y dice que soy un inservible si no me mantengo firme hasta el
final . . .
—Necesito este pacto ¿oyes? —dice el padre— porque está, tú sabes dónde. ¿En el escritorio? . . .
—No — dice Satán —, lo sacó y lo puso en una cartera . . .
—Me da igual; lo necesito mañana: lo pondrás debajo de este angelito. ¿Has comprendido?
—¡Sí, sí! —contesta Satán.
—Mientras tanto vas a sufrir — dice el padre que comienza el exorcismo.
—¡Ay, ay! Pero es aún peor que el otro, éste — dice el demonio, mirando al padre—; pero es . . . es . . . . ¡Es algo
poco común! ¡Me hace ver las estrellas! . . .
—Verás todavía muchas más estrellas — dice el padre — si no quieres irte, Y con o sin papel ¡te irás! ¿Soy yo
quien te lo dice! . . . ¿Por qué has entrado en esta mujer? — le pregunta —. ¿Y desde hace cuánto tiempo estás
en ella? . . .
—Tres años en el mes de noviembre — responde Satán —. Vino para hacerse curar. Al principio iba bien, pero
después se estropeó . . .
—¿Por qué? — dice el padre.
—¡Me ha prohibido que lo diga! . . .
—¡Te ordeno que me contestes! —dice el padre—; y además para empezar ya lo sé: ¡deseaba poseer el cuerpo de
esta mujer! . . .
—Sí — contesta el demonio.
—¡Y como no pudo, te mandó a ti y tú te atreves a obedecer a B . . . ! ¡Eres su esclavo! ¿No tienes vergüenza? . . .
¡Tú, Satán! . . .
—¡Oh, pero soy yo el que manda! ¡Soy grande! — contesta Satán.
Porque el orgulloso no quiere que se diga que está dominado, y dirigiéndose al padre se atreve a decirle:
—¡Tú! ¡De rodillas y adórame! . . .
—¿Qué? —le dice el padre—. ¡Vas a ver! . . . ¡Arrodíllate en seguida y adora a Dios!
Y Satán obedece. Y después de haber hecho sufrir a Satán que aúlla de dolor, se desgarra el pecho y ladra como
un perro cachorro, el padre termina la oración y presenta al demonio una pequeña imagen de C . . . y se la
aplica sobre la frente, lo cual lo hace chillar aún más, porque ya no da más.
El padre le recuerda que debe traer ese pacto, si no sufrirá mientras esté dentro de esa mujer. Y casi sin aliento
el demonio murmura:
—¡Sí, sí! . . .
Entonces el padre le dice:
—Bueno, hasta mañana ¡ya veremos! . . .
Y el padre se dirige a la sacristía, mientras el demonio declara:
—¡Ay, no puedo más! . . .

93
Y mi mujer volvió en sí. Después pasamos a la sacristía los tres, junto con el señor cura, y el padre explica al
señor cura la sesión y le dice que la "bestia inmunda' obedecía a B . . .
Ante estas palabras, mi mujer se yergue y el demonio declara:
—¡Soy yo, soy yo el que manda!
Pero el padre le impone silencio y yo alejo a mi mujer de la conversación. Esta sesión ha durado cuarenta y
cinco minutos, y Satán ha estado mucho más calmado y menos rebelde que en la primera sesión . . . "

Como vemos, las batallas se suceden, manteniendo el mismo aspecto general, aunque con algunas diferencias
en los detalles. Lo que nos va interesar en el tercer exorcismo, es la confesión hecha por el demonio de que fué
enormemente favorecido en los primeros tiempos de la posesión por la incredulidad de un sacerdote que no
creía en la presencia del demonio dentro de la obsesa y se había opuesto a los exorcismos.

Tercer exorcismo

El 18 de septiembre de 1953.
Siempre es el marido el que habla:"Hace un tiempo deplorable, la lluvia no cesa de caer, pero estamos
decididos a salir y el padre no vacila: sale bajo la lluvia torrencial, porque desea hacerle ver a Satán que nada lo
detiene cuando se trata de librar batalla contra la «bestia inmunda».

Llegamos a la iglesia y, como en las sesiones precedentes, el demonio recomienza la comedia, pero hoy habla
en alemán1. Quiere dar media vuelta, pero el padre le impone silencio. Pero durante la oración a los santos (las
letanías, por supuesto) los insultos recomienzan:
—¡Viejo pillo! ¡Viejo bandido! ¡Escuchen lo que cuenta! Pero ¿no se detendrá nunca? Pero ¿qué es lo que tiene?
Pero el padre empieza la oración de exorcismo: entonces el demonio aulla y suplica al padre que se calle.
Después el padre pregunta:
—Y ese pacto ¿no está todavía acá?
—¿Qué pacto? . . .
—El pacto que tienes que pedirle a B . . .
—¡Ah! No me acordaba más —dice el demonio—. ¡Tienes buena memoria!
—Sí —dice el padre—. En fin ¿no lo has traído?... ¡Bien! ¡Muy bien! Ahora ¿quieres salir de esta mujer? . . .
—¡No! —contesta categóricamente el demonio.
—¡Ah! ¿No quieres irte? ¡Pues bien! ¡Espera, ya vas a ver! ¡Ya vas a comprender! . . .
Y el padre usa el agua bendita y recomienza la oración que hace sufrir tanto al demonio. Y habiendo extraído
otra vez la Santa Cruz, hete ahí que Satán dice otra vez:
—¡Miren, aquí está el Títere!
—¡Oh, ya verás! ¡Espera un poco! ¡No has terminado todavía!— le dice el sacerdote, que continúa la oración.
Y de pronto Satán que grita:
—¡Ah! Tu D . . . (aquí el nombre de un sacerdote del lugar). ¡Ese nunca creyó nada de todo esto! Y lo evitó todo
lo que pudo. Y yo veía todo eso. Me ha ayudado enormemente. No lo hizo exprofeso, ¡pero con todo lo hizo! . . .
(En esta declaración, advierte el texto que reproducimos literalmente, se trata del arzobispo D . . de la
parroquia de S. J., y estas palabras de Satán fueron oídas por tres testigos: el R. P. Berger, el señor cura de F . .
y yo, el marido de la posesa.) Pero cuando Satán hubo declarado esto, el padre le impuso silencio, diciéndole:
— Esto no me concierne; lo que yo quiero es que te vayas; ¡y es en nombre de Aquella que te ha aplastado la
cabeza, en nombre de nuestra Madre del cielo, que manda en el cielo y en la tierra y en todas partes, que tú
debes obedecer!
Y el padre aplica otra vez la cruz sobre el pecho de la posesa y agrega:
—Y en nombre de C . . . (la obsesa) que te echa ella también. Y el demonio aúlla, se retuerce y declara al padre:
—¡Ah, sabes! ¡Me acordaré de tu nombre! ¡Me haces sufrir, viejo saco de carbón, pero me acordaré de ti! . . .

1 No es necesario decir que la posesa, sencilla mujer del campo, no habla alemán.

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Pero el padre reza una oración para pedir a la Santísima Virgen que eche a Satán, lo cual lo enfurece y le hace
decir:
—¡Ah! ¡Pero, va a conseguirlo! ¡Sí! ¡Ah, pero sabe cómo hacer para obligarme a partir, este canalla! . . . ¡Sí,
canalla! Siento que me voy a ver obligado a irme. ¡Y yo no quería irme! . . .Y Satán lloriquea:
—¡Sí! No hice lo que me habían ordenado y me veré obligado a partir: siento que estoy vencido, y todo por
culpa de ese pillo, de ese Berger que ha descubierto todo; ¡y he tenido que caer en sus manos! Yo, que he
trabajado tanto desde hace tres años. ¡Y miren a lo que me veo reducido, yo, ¡Satán el Grande, que vianda en
toda la tierral ¡Ah, no! ¡No es posible, no es posible! ¡No soy yo el que está reducido a esto! . . .

Y Satán sigue, nombrando de nuevo al sacerdote que no había creído en la posesión.


—¡Ah! ¡D . . . no eres un compa! (lo cual significa, dice nuestro texto: no eres un compañero). ¡Deberías
haberles impedido hacer todas sus historias! ¡Ah! ¡D . . . no sirves para nada! ¡Deberías haber seguido
impidiéndoles! . . .
Pero el padre interrumpe: —¡Basta! Vas a marcharte porque la Virgen María te lo ordena: ya no soy yo, que
sólo soy un pequeño servidor, sino nuestra madre la Virgen María.
Y el padre, volviéndose hacia el altar dice:
—Vamos, Virgen María, haz partir a Satán, cuento contigo, Virgen María; está en juego tu honor: ¡haz un
pequeño ademán y Satán partirá a su infierno! . . .
Entonces el demonio no puede más; oye y balbucea:
—¡Señora! Sí, Señora! . . ¡No se os puede decir nada a vos, gran Dama! ¡Me lo han prohibido!
Y el demonio tiene miedo, porque le dice:
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! ¡Señora! ¡Ella llega! ¡Llega a las nubes! ¡No! ¡No! ¡Dejadme aún un poco! ¡Aún
un poco, Señora! . . .
Y luego el demonio se encorva, sufre, y de golpe la posesa tiene arcadas y desea vomitar. Esto dura cinco
minutos y Satán dice, a pesar de su dolor:
—¡No, no quiero irme! . . .
Entonces el padre empieza una oración, aplicando la cruz y son los sufrimientos que recomienzan. Y Satán
dice:
—¡Basta! ¡Basta! ¡Voy a irme puesto que quieres que me vaya!
Entonces el padre le dice:
—No soy yo, ¡es la Virgen María la que quiere que te vayas!
Y el demonio exclama enloquecido de ira:
—¡No me das miedo! Pero tengo miedo de ella, de la Gran Señora, de ella solamente, porque no puedo nada
contra ella: ¡ella manda siempre! . . .
Y el demonio está muerto de miedo, no se mueve más, escucha y contesta simplemente:
—¡Tendré que irme; tendré que hacerlo! ¡Sí, Señora! . . .
Y volviéndose al padre le dice:
—¡Es culpa tuya, sí, es culpa tuya todo esto! ¡Viejo canalla! . . .
—Me siento halagado, me siento orgulloso, ¡porque tengo a Satán en mis manos y lo hago sufrir! ¡Porque
nunca sufrirás bastante, bestia inmunda! —replica el padre.
—¡Oh! —dice el demonio—; eres mi enemigo más grande, tú, Berger . . .
—Tanto mejor — dice el padre —, estoy muy contento de ello y es un honor para mí ser el enemigo de Satán,
porque tú sabes que nos llaman "Hijos de María". Es el nombre de los religiosos de la Congregación de los
Padres de Chavagnes: Hijos de María Inmaculada y la Virgen María te ha aplastado la cabeza a ti, Satán.
Y el padre Berger pregunta a la Virgen:
—¡Vamos, Madre, no dejarás la última palabra a este Satán! Un sólo ademán tuyo y la "bestia inmunda" se irá .
. . ¡A menos que tú desees que Satán sufra aún: mañana será tu día —un sábado—, Virgen María! . . .
Y el padre se dirige a Satán:
—¡Entonces, quieres irte ahora o esperar a mañana!
—¡Y bueno! ¡Y bueno! ¡No sé nada de nada! ¡No sé! . . .
—¡Bien! —dice el padre—. ¡Pues bien! ¡Ya verás mañana; comprenderás, porque tus sufrim'entos serán miles
de veces más grandes! ¡Hasta mañana, Satán! . . .

95
Y el padre termina así la tercera sesión. Mi mujer vuelve en sí un poco cansada, ¡pero más liviana y más
tranquila!"
Esta sesión ha durado dos horas y cuarto y ha sido formidable, por las declaraciones de Satán y su actitud
delante de la Virgen María que tiene un poder muy grande sobre Satán orgulloso. En todo lo que precede no
hay que olvidar que si apartamos las preguntas y los diálogos con Satán que están en francés, todas las
oraciones del Ritual, todos los exorcismos, comprendiendo los que hacen sobre Satán una impresión tan
asombrosa, son en latín, idioma completamente desconocido para la posesa, pero que actúa sobre Satán de una
manera que todos nuestros lectores pueden comprobar.

Cuarto exorcismo

"Hoy el tiempo es favorable. Ha aparecido el sol. Llegamos a la iglesia y, después que yo he atado a la posesa, el
padre comienza la oración de los Santos (las letanías como siempre) y como las otras veces empiezan las
injurias del demonio dirigidas al padre:
—Viejo pillo, viejo canalla, empiezas de nuevo con tus payasadas; no es verdad, eres un mentiroso . . . No soy
yo, te digo ¡no soy yo quien ha hecho eso! ¡Pero escúchenlo! ¡Y bien! ¡no termina más, habla sin cesar; no va a
callarse! Pero tienes que tener sed, viejo canalla. ¡Te vas a callar! ¡Estoy aquí, yo! ¡Soy hermoso! . . .
—¡Oh, sí, eres hermoso! —dice el padre—. ¡Tienes una inmunda cabeza de serpiente aplastada! . . .
—Pero escúchenlo —dice Satán—. ¡Ahora me insulta! Pero ¡me vas a respetar! ¡Oh, pero! . . .
—¿Qué? —interrumpe el padre—. ¡Respetarte! ¡A ti, la "bestia inmunda": ¡espera! ¡Ya verás! . . .
Y el padre hace una oración de exorcismo... El demonio aúlla, se retuerce y dice:
—¡Háganlo callar! ¡Háganlo callar! ¿No ven que me hace sufrir? ¡Pero impídanselo, ustedes! ¡No me has hecho
sufrir bastante esta mañana (en lugar de la palabra sufrir el demonio emplea un término asqueroso). ¡Tienes
que seguir! ¡Eres un canalla, un infame!
El padre le impone silencio y le pregunta:
—¿Vas a irte, sí o no?
—¡Y bien! Sí o no . . . No lo sé . . . ¡No estoy decidido! No es todavía el momento.
—¡Ah! ¡No es todavía el momento! ¡Pues bien, te ordeno, en nombre de la Virgen María, que dejes a esta mujer
y en seguida, porque hoy es el día de la gran Señora! . . .
—Lo sé —contesta Satán—, ¡pero ella no me Ha dicho que me vaya hoy!.. .
—Mentiroso, hipócrita, "bestia inmunda" —dice el padre—. ¡Pues bien! ¡vas a arrodillarte, en seguida, delante
de la Virgen María! . . .
Y el demonio, después de varias negativas, se arrodilla.
—Y ahora — dice el padre— vas a decir: "Dios te salve, María."
Entonces Satán articula:
—Dios. . . Dios . . . te . . . salve . . .
—Y ahora —dice el padre— tienes que decir: ¡María!
Entonces el demonio repite con una rapidez iracunda:
—Dios te salve, Ma . . . Ma . . . ¡María!
—¡Ah! —dice el padre—, acaba de decir: "Dios te salve, María . . ."
—¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡No he dicho nada! —declara el demonio—. Y además, para empezar, no quiero
irme: ¡estoy bien aquí!
—Eso es lo que vamos a ver — dice el padre.
Y después que me ha hecho una señal, llevo a mi mujer delante del altar mayor. Entonces Satán tiene miedo.
Se pone a temblar. Guarda silencio. El padre le muestra el tabernáculo y le dice:
—¡Ves! En nombre de Dios y de la Iglesia te ordeno que dejes a esta mujer.
El demonio no responde. Hay silencio durante un minuto. Y súbitamente Satán, dirigiéndose al padre, le dice:
—¿Has oído, pero has oído? Lo que él ha dicho: ¿no has oído?
¡A ti te ha dicho eso! Ha dicho: ¡tu lugar no es aquí! ¿Has oído? — repite el demonio.
Y otra vez silencio.
Y Satán con los ojos vueltos hacia el altar:
—¡Escucha!

96
Y Satán dice temblando:
—Pero ¡oye! ¡Es a mí a quien ha dicho eso! . . . Pero no es posible. Me ha dicho: ¡tu lugar no es aquí! . . .
—Sí — dice el padre —; tu lugar no es aquí: regresa a tu infierno y deja a esta mujer aquí.
Entonces el demonio tiembla y llora.
Y súbitamente, después de un silencio, algo formidable se produce:
Satán el orgulloso, pide que lo dejen, y arrodillándose delante del altar se prosterna con la cara en el suelo y
adora al Dios Todopoderoso. Y levantando la cabeza hacia el tabernáculo, contesta a Dios:
—¡Sí, sí, he oído! . . .
Luego, volviéndose hacia el padre, le dice:
—¿Has oído? Me dice que te respete y obedezca.
Y de repente vuelve a prosternarse con la cara contra el suelo en adoración —permanecerá en esta actitud todo
el fin del exorcismo, durante cerca de una media hora —; los testigos de esta escena no pueden creerlo.
Satán el Grande, como él mismo se nombra, está en adoración ante Dios, a quien debe obedecer. Y desde el
instante en que Dios se lo ha ordenado, no se mueve más, permanece de rodillas y respeta al padre. Esto dura
bastante tiempo. Pero de pronto Satán dice:
—¡Y bien! ¿Tengo que quedarme mucho tiempo acá? ¡Quiero irme! . . .
El padre le contesta:
—Vete, Satán, tu lugar no es aquí, Dios te lo ha dicho y yo te lo repito: ¡deja a esta mujer a Dios y vete a tu
infierno a encontrarte con tus compañeros! . . .
—¡Oh, pero no es lo mismo: ¡tengo el derecho de tener una mujer, con todo!. . .
—No tienes ningún derecho — dice el padre —: regresa a tu infierno y deja a esta mujer: ella está en su casa,
pero tú, tú no estás en tu casa: ¡vete, Satán!
—Quiero irme — dice Satán —, pero no solo.
Y dirigiéndose a los testigos de la escena:
—¡Y bien! ¿Vienen ustedes? ¿Acaso piensan en mí? ¡No puedo quedarme acá!
Entonces el padre repite:
—¡Vas a irte, bestia inmunda! ¡Hipócrita, mentiroso, cobarde! . . .
—¡Vamos! —dice el demonio—. ¡Más educación! Yo te respeto porque no puedo hacer otra cosa: me lo han
prohibido, ¡pero no te tengo miedo, sabes! . . .
Entonces el padre le recuerda:
—¡Pues bien! ¡Mira a Dios! . . .
Entonces el demonio, volviendo los ojos declara:
—¡Oh! Sabes ¡me da un poquito de miedo! . . .
Pero repentinamente, a pesar suyo, se prosterna y dice:
—¡Sí! ¡Sí!
Y volviéndose hacia el padre le dice:
—¡Oh, señor! ¡Él me ha dicho que te diga señor! ¡Bueno, bueno! ya que es así, yo, yo el grande . . .
Pero Satán no puede agregar nada a sus palabras. Se prosterna repitiendo:
—¡Sí! ¡Sí! . ..
Y sufre, se retuerce y declara:
—¡Oh, no! ¡No puedo! ¡No quiero! . . .
Y volviéndose al padre:
—¿Has oído? El me ha dicho: ¡Debes partir hoy! ¡Pero no es posible! ¡Haber trabajado tanto desde hace tres
años! ¡Ah, tu D . . . (aquí nombra al sacerdote que no creía en la posesión): no veía nada! Habría que comprarle
un par de anteojos: ¡vería mejor! Decían: "está enfermo." ¡Era yo el que estaba ahí! Decían: "sufre."
¡Siempre era yo el que estaba ahí! ¡Y ustedes no vieron nada! ¡No haber visto que era yo, Satán, que estaba ahí!
Porque ahora puedo decírtelo: ¡era yo el gran Satán, y estoy un poco ahí! ¡Quieres que te haga ver que estoy un
poco ahí! . . .
—¡Ya sé —dice el padre— que estás ahí! . . .
—¡Oh, tú —dice Satán—, tú has visto todo, eres tú quien ha descubierto todo; pero estoy ahí y no tengo miedo
de ustedes. Y puesto que es así ¡no me iré! .. .

97
Y Satán se yergue sobre las rodillas, porque tiene siempre las rodillas en tierra, y hace muecas, se señala con el
dedo y dice siempre:
—¡Yo estoy ahí! ¡El grande! ¡El amo de la tierra! . . .
Pero repentinamente al mirar el tabernáculo es arrojado al suelo, se prosterna temblando, sus manos rascan el
suelo. Sufre, se retuerce, luego, de golpe, se desploma de espaldas y tiene estertores durante un momento muy
largo. Pero súbitamente se endereza. Aunque siempre de rodillas, quiere aún hacerse el malo. Pero a pesar
suyo se prosterna y el padre le dice:
—¡Ya ves, tú, el grande! ¡Obedeces! . . .
Entonces, mirando la alfombra, declara:
—¡Oh, yo miraba esta alfombra! Es hermosa esta alfombra: ¡haré una igual! . . .
Y como se prosterna con la cara contra el suelo, quiere con todo hacerse el sutil diciendo:
—¡Tengo que mirar de más cerca esta alfombra! ¡Me estoy poniendo miope!
Luego, levantando la cabeza, dice:
—¡Ah! puesto que las cosas son así ¡no me iré! ¡Vamos a ver quién se harta primero! . . .
—¡Bueno! —dice el padre—. ¡Vamos a ver ! …
Y la oración de exorcismo, luego el agua bendita hacen sufrir a Satán. En su sufrimiento, apenas puede
articular estas palabras:
—¡Soy grande! . . .
Pero de pronto, a fuerza de sufrir se desploma por segunda vez, de espaldas, se debate, se retuerce, lanza
estertores. Después de haberlo hecho sufrir bien, el padre dice a Satán.
—¡Así que no quieres irte! ¡Pues bien, empezaremos de nuevo mañana y pasado mañana, si es necesario. Pero
te garantizo que te irás.
Y el padre se aleja, mientras que Satán se endereza diciendo:
—¡Yo soy el gran Satán! ¡Soy yo quien manda en todo el universo!. . .
Entonces mi mujer vuelve en sí y va delante del altar de Dios. Junta las manos y dice:
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! . . .
Luego hace la genuflexión y la señal de la cruz; pero Satán está ahí y se rebela. ¡Y ella se aleja con la confianza
de que Dios la salvará de la bestia inmunda!
Esta sesión ha durado tres horas y cuarto. Satán ha sufrido, pero la bestia inmunda no quiere irse sino cuando
no aguante más y esté completamente agotada. Debo decir que Satán durante esta sesión estuvo mucho más
tranquilo y que obedeció las órdenes de Dios, que respetó al padre que no deja ni un minuto de descanso a la
"bestia inmunda.!.."

Trabajo en profundidad

Interrumpiremos un instante las citaciones extraídas de las notas del señor G . . . En cada sesión, el demonio
perdía visiblemente sus fuerzas y su arrogancia. Parece haberse ido varias veces, pero haber vuelto después,
muy probablemente por medio de nuevos maleficios lanzados a distancia por el que lo había enviado. Pero la
acción del sacerdote exorcista no se limitaba a las intervenciones rituales. Como lo recomiendan todos los
autores de la profesión, se esmeraba en santificar a la obsesa, en tranquilizarla, en darle el gusto de la oración y
de la frecuentación de los sacramentos, a ella y a su marido. Consideraba, en efecto, que la piedad del Uno y la
otra era su mejor ayuda en la lucha contra el demonio. Este joven matrimonio que no había sido muy creyente,
y cuya práctica de la religión era muy precaria, volvía cada día más a los sentimientos altamente cristianos. Se
habían convertido para el padre que se ocupaba de ellos en hijos llenos de confianza y de gratitud. El padre al
hablar de ellos no puede decir cuán conmovido y emocionado está por este agradecimiento que le tienen. Se
esfuerza, pues, al mismo tiempo que sigue con los exorcismos, cada vez más espaciados, con todo, por hacer un
trabajo en profundidad. A menudo la obsesa experimenta resistencias penosas. Satán vuelve, en efecto, a la
carga. Ella lo siente y sufre por ello, pero conoce el beneficio de las oraciones que se rezan por ella. En el
momento que escribimos esto, los exorcismos tienen todavía lugar, cuando es necesario. El padre ha llegado a
la convicción de que hay innumerables casos en que Satán no puede irse, aunque él lo quiera porque los
exorcismos lo hacen sufrir terriblemente. Si se va ¡vuelve a ser mandado de nuevo por el magnetizador del cual
depende y al cual debe oír en razón del pacto concertado entre ambos!

98
El hecho es conocido, por otra parte. El canónigo Saudreau, que hemos citado en nuestro capítulo especial
sobre la posesión, lo declara en estos términos formales:
"Los demonios posesores son, a veces, como atrapados en una trampa: por orden divina, están retenidos
cautivos en el cuerpo en el que han entrado. Desearían irse, por lo menos de cuando en cuando, y no pueden
hacerlo. En este caso, el exorcismo no tiene ya el fin de expulsarlos, sino de ajustarles los lazos, disminuir sus
fuerzas y finalmente ponerlos en la casi imposibilidad de hacer daño."

Vamos a tratar de dar un ejemplo de este "cautiverio" de Satán, citando esta vez no ya el cuaderno del marido
de la posesa, sino el informe hecho por el exorcista en persona al obispado, con fecha del l9 de enero de 1955.

Exorcismo del 31 de diciembre de 1954


"Después de quince meses y quince días de una lucha sin tregua contra la «Bestia», y deseoso, en una sesión de
fin de año de hacer oír con mayor fuerza aún mis conminaciones en nombre de la Iglesia, decidimos, la familia
G . . . y yo — y discretamente de acuerdo con la Hermana Superiora — que esta sesión tuviera lugar en mi
capilla de Juana de Arco. Deseaba tener la conciencia tranquila sobre esta obstinación; saber mejor el porqué,
si era posible; o, por lo menos, tener precisiones nuevas o confirmaciones formales de lo que Satán nos había
dicho ya mediante diversos mensajes de un dictado ciertamente indiscutible.
"Por tanto, ayer a las nueve de la noche tuvo lugar esta memorable sesión . . . pero primero en un ambiente de
rebelión y luego de actitudes y respuestas lentas, respetuosas y profundamente conmovedoras . . .

"Al llegar al jardín, alrededor de la capilla, súbitamente la señora G . . . deja a su marido y Satán huye en la
oscuridad, a través de los árboles . . . Persecución movida. El señor G . . . consigue atrapar a la «Bestia», al
precio de una violenta lucha, violentísima . . . La Bestia se hace arrastrar . . . Llegada frente a la capilla, trata de
aferrarse al suelo . . . El señor G . . . consigue, con la mayor dificultad, levantar en sus brazos ese cuerpo que le
pesa por lo menos tres veces más que de costumbre . . . La Bestia, llegada así por la fuerza a la capilla, trata de
huir por entre los bancos. . . Cierro, por prudencia la puerta con llave . . . Intervengo, firmemente, con el agua
bendita . . . Con órdenes, logro por fin hacer penetrar a Satán en el santuario, al pie de los peldaños del altar,
dando frente al tabernáculo y muy cerca del altar de la Virgen Santísima . . . Lo conmino a que se siente . . .
permanecerá un rato mirándonos con desafío . . . Luego, acabará por sentarse en la silla, en el rincón de los
escalones. Quiere protestar en alta voz. Le ordeno que guarde silencio. Obedece. Empiezan los ejercicios.
"Pero antes de llegar a los exorcismos, puede surgir un interrogante. ¿Por qué subrayar tan largamente la
actitud de rebelión y de resistencia de Satán?'. . . Porque es la primera vez, desde hace más de un año, desde
exactamente el 25 de diciembre de 1953, que Satán ha querido impedir que su víctima entre en una capilla o en
una iglesia; en un edificio religioso cualquiera. Jamás la señora G . . . desde hace un año, ha encontrado una
violencia semejante para con sus devociones. ¿De dónde proviene este rechazo repentino de Satán? Del hecho
siguiente: la víspera, en mi casa, los esposos G . . . me contaron cómo B . . . se debatía con furor contra la
señora G . . . gritando, en casa de él, en su oficina de J . . . (La señora oye claramente, dentro de ella, las
conversaciones que se refieren a ella, efecto perfectamente comprobado en los hechizos satánicos) «Cómo,
¡todavía no ha reventado esa zorra! ¡Va a ser necesario terminar esto! ¡Reventará ella si no quiero reventar
yo!»

"Satán apareció entonces con ese aire hipócrita y esa sonrisa canallesca que le conocemos. Inmediatamente
tuve el deseo de hacer, el último día de este año 1954, una sesión de vigoroso y excepcional despliegue de
autoridad, por medio de los exorcismos, para ordenar a Satán que dejara a la señora G . . . Tal vez, me decía yo
además, ¿no he empleado bastante a fondo mi derecho de ordenar a la Bestia? ¿Quizá la Bestia no tiene
bastante miedo de mí? Entonces, volviéndome hacia Satán que estaba ahí, delante de mí —la señora G… estaba
inconsciente — y con voz vibrante de indignación que hice seca y cortante, declaré a la Bestia: «Mañana es el
último día del año; ¡pues bien!, ¡para ti, Bestia inmunda, es tú último día dentro de esta mujer! . . . ¡Me oyes!
Mañana por la noche, aquí en esta capilla, delante de tu Señor y delante de la Santísima Virgen, sufrirás los
últimos exorcismos, y te garantizo que, por las buenas o por las malas, te irás!» Satán desapareció ante estas
palabras y la señora G . . . volvió en sí . . .

99
Es por lo tanto, indiscutiblemente, un sentimiento de temor y de espanto, a la espera de lo que iba a pasarle, lo
que ha creado en Satán esta negativa de entrar en la capilla y esta resistencia desacostumbrada que el señor G .
. . tuvo tanta dificultad en dominar . . .

El exorcismo

"Empecé los exorcismos. . . El señor G . . . estaba junto a mí como siempre. Eran alrededor de las nueve y
media. Confieso que yo tenía en el fondo de mi alma un pensamiento que, en suma, me exaltaba: ¿quién sabe?
¿si fuera, en efecto, la hora de la partida de la Bestia? Y había decidido que las palabras —las únicas— que diría
a Satán en el transcurso de los exorcismos serían las siguientes, con un vigor sin réplicas posibles: «¡En el
nombre de Dios y de la Virgen Inmaculada te ordeno que salgas de esta mujer!».

"Dichos exorcismos iban a ser repetidos tres veces. Cada vez la frase se terminaría con esas palabras tan
conocidas del Ritual: Humillare, etc.

"En cuanto empezaron los exorcismos Satán demostró una tranquilidad y un respeto — mido todas mis
palabras — extremadamente impresionantes. Si me atreviera, diría que era la suya una actitud religiosa. Y en
cuanto pronunciaba el Humiliare, en seguida, Satán mirando el tabernáculo, se prosternaba sobre la alfombra,
con la frente en tierra. Y entonces, en cada una de las tres series de exorcismos que llevaban a Satán al gran
gesto de adoración que la Iglesia imponía a la Bestia desplomada delante del tabernáculo, yo pronunciaba, con
voz vibrante, estas únicas palabras: «¡En el nombre de Dios y en el nombre de la Virgen Inmaculada, te
ordeno que salgas de esta mujer!» Satán se levantaba lentamente al oír estas palabras y, ante nuestra sorpresa
muy grande, porque no habíamos pensado en una respuesta ni en una declaración cualquiera ¡explicaba su
presencia dentro de su víctima! . . . Y he aquí sus mismas palabras pronunciadas después de cada una de mis
conminaciones:

" 1º.- Después de la primera recitación de los exorcismos (voz lenta, tranquila, en la que domina claramente el
dolor y una conmovedora súplica. El señor G . . . está como yo profundamente impresionado):

"Partir . . . irme ... no puedo . . . Tú sabes bien que no puedo . . . Es él (B . . .) quien me obliga a quedarme. . . Si
yo pudiera, hace mucho tiempo que me hubiera ido!... En los mismos comienzos quise irme pero nunca pude
hacerlo. . . Pero él, allá, no me lo permite . . . ¡Si crees que me divierte verte llegar con tu libro que tortura! ¡Y
más cuando sé que no hay nada que hacer!. . .
"Intervengo y lo interrumpo secamente:
"¡Mientes! ¡Eres un mentiroso!
"¡No, no miento!
"¡Sí, mientes!
"No, no miento. . . ¡Sé que soy un mentiroso pero no aquí! ¡Sí no me voy es porque no puedo!
"(La convicción y la sinceridad que se desprenden de estas palabras son, para nosotros, innegables.)

"2º.- Después de la segunda recitación de los exorcismos (actitud más descorazonada; Satán habla casi en voz
baja: voz exhausta . . . Ha oído por segunda vez mi conminación, pronunciada con el mismo tono y que no
admite dilación) :
"¡No puedo!. . . ¡No puedo! . . . ¡No puedo! . . . (Aquí se echa para atrás lentamente, con la cabeza hacia atrás,
en una postura que hemos interpretado como un esfuerzo desesperado por salir del cuerpo de la poseída . . . La
cabeza vuelve a caer . ..)
"¡Te digo que no puedo! . . . (Con tono más fuerte y más firme):
Partiré mando él haya comprendido. . . Por el momento, no ha comprendido todavía, pero está buscando...

¡Es necesario que él se convierta (textual) para que yo me vaya y sé que ustedes lo conseguirán! (subrayo que
todas estas palabras son de Satán. . .) A ustedes (la Iglesia) les toca hacer lo que deben hacer, en cuanto a mí
estaré contra ustedes; ¡porque yo haré todo lo posible para que no lo consigan!

100
"3º.- Tercera recitación de los exorcismos, tercera conminación. (Mismo tono respetuoso y tranquilo)
"Actualmente él (B. . .) está en una sobreexcitación violenta . . .No llega a comprender cómo el hechizo no ha
dado resultado hasta ahora; va a jugarse el todo por el todo . . . En un hechizo debe permanecer en el
cuadrado uno o el otro (la señora G . . . o él, B . . .) No comprende cómo los efluvios vuelven sobre él. . . Y yo
no puedo decirle que eres tú, ¡que es un sacerdote lo que tiene frente a él! . . . (Aquí una ligera pausa, y luego) :

Oye . . . para convertirlo, será necesario rezar rosarios . . . muchos rosarios . . . ¡Tú eres quien me echará,
pero va a ser largo! Satán había desaparecido: final de los exorcismos de esa noche de fin de año 1954. Y la
señora G . . . volvía en sí, muy lentamente, absolutamente agotada. Y el informe del exorcista se termina con las
siguientes observaciones, que nos parecen útiles:

"Cada cual es libre de pensar lo que quiera de semejante sesión, pero los que, como yo y el señor G . . .,
estamos, desde hace quince meses, prácticamente en contacto cotidiano con la presencia visible de Satán, con
sus sentimientos múltiples, sus métodos, con sus verdades o sus mentiras, con su increíble diabolismo
disimulado o al descubierto para determinadas personas, hay aquí declaraciones pronunciadas por orden de
Dios, en todo sentido útiles para que este «hechizo terrible», como me lo decía el padre Paile, sea vencido y que
la Iglesia tenga la última palabra.
"Creo, monseñor, que no tendré necesidad de volver a escribiros: veis en qué sentido van los acontecimientos y
en qué ritmo. El tiempo es un elemento importante, y en suma constante en los designios misteriosos de Dios.
De más está deciros que la familia G . . . con su fe admirable, piensa encontrar una abundante y creciente
cosecha de rosarios y ella ha contado en seguida con vuestra ayuda tan devota . .Esta batalla está aún en
marcha. ¡Pero la victoria parece ya a la vista! De hecho, gracias a los exorcismos, los esposos G . . . han
encontrado de nuevo una vida casi normal. Tienen buenos períodos de tregua. Y cuando las crisis parecen
anunciarse, el remedio está ahí cerquita, y la violencia de los ataques ha disminuido enormemente.

Conclusión

Podemos, pues, a continuación de las tan innumerables escenas de posesión y de exorcismos que hemos
reunido por primera vez, extraer algunas conclusiones de grandísima importancia. En primer lugar, todas estas
experiencias de carácter tan particular se parecen. Que los exorcismos se desarrollen en Ars, en Illfurth, en el
Natal, en el Vietnam, en Plaisance, en Italia, o casi ante nuestros ojos en este mismo momento, en alguna parte
de Francia, son siempre los mismos incidentes, episodios de la misma naturaleza, gritos, clamores, muecas,
contorsiones, resistencias de parte de Satán y finalmente, después de duros esfuerzos por parte de los
exorcistas armados de oraciones de la Iglesia, el triunfo asegurado, a menudo gracias a la intervención explícita
y visible de la Virgen Inmaculada.

En segundo lugar, es imposible confundir los casos de posesión que hemos relatado con casos de locura pura y
simple. Y esto por razones evidentes. Por una parte, en efecto, las oraciones del Ritual son rigurosamente
ineficaces frente a la demencia natural. Un demente no será nunca aliviado por un exorcista, ni tendrá las
reacciones tonitruantes de un poseso. Y, por otra parte, la locura no desaparece de golpe, como lo hemos visto
en la mayoría de las posesiones que hemos examinado. Ni los síntomas, ni los remedios, ni los resultados
obtenidos, son los mismos en los casos de locura y en los casos de posesión. Por fin, no se encuentran nunca
en los casos de locura esas marcas de la presencia de una inteligencia preternatural y visiblemente extraña a la
del sujeto, que se comprueba en los posesos y cuyos síntomas exige la Iglesia para autorizar los exorcismos. Y
estas reflexiones nos conducen a las investigaciones concernientes a las pruebas de la acción de Satán en el
mundo moderno. Nuestro próximo capítulo, va, pues, a partir precisamente de las conclusiones que acabamos
de formular y que nos permitirá confirmar en forma definitiva.

101
CAPÍTULO 9
PRESENCIA DE SATÁN
EN EL MUNDO MODERNO

Nuestro punto de partida

Después de los muchos relatos que hemos hecho, tanto de casos de infestación diabólica, cuanto de casos de
posesión, estamos ya en situación de rechazar ciertas aseveraciones que han pretendido pasar por científicas.
No hace mucho tiempo, era mal visto creer en la existencia real del Demonio y en su acción en el mundo.
Daremos un ejemplo típico de los desprecios de lo que se llamaba la ciencia, con respecto a la enseñanza de la
teología religiosa.

Nada más cortante, como vamos a verlo, pero en nuestra opinión, nada más estrecho y más falso.
Un médico, el doctor Legué, publicó en 1884 un libro intitulado Urbain Grandier y las posesas de Loudun, y
no vaciló en proclamar en forma perentoria:

"La ciencia ha sacudido hoy en día el yugo de la teología; no admite ya recurrir a las influencias diabólicas o
divinas . . . Hace ya mucho tiempo que maestros ilustres estudian esas singulares afecciones neuropáticas
que pasaban antaño por enfermedades sobrenaturales. Gracias a sus trabajos, a la impulsión que ellos han
dado a las investigaciones contemporáneas, Satán, el ser imaginario, ha desaparecido completamente; el
campo pertenece sin discusión a la realidad científica. Los histéricos, como todos los otros enfermos, son
cosas de médico y no del sacerdote o del monje exorcista..." 1. .

Pero la opinión del doctor Legué no es ya la de todos los médicos. Mucho más cerca de nosotros, un psiquiatra
de renombre, el profesor Jean Lhermitte, que acaba de morir (febrero de 1959), ha emitido un pensamiento
muy diferente, en la revista Ecchsia de octubre 1954, bajo el título sugestivo: ¿Los posesos son locos?

Escribe categóricamente:

"Por más que el espíritu científico y crítico haya disipado muchas nubes y arruinado innumerables mitos, no
es menos cierto que en nuestro mundo moderno el número de posesos demoníacos es considerable. Y fundo
esta afirmación sobre una larga experiencia personal”.

Está, pues, permitido creer en el Diablo, creer en las infestaciones, creer en los hechos de posesión, sin que la
ciencia más exigente tenga por qué elevar una objeción.

Para un católico Satán es Alguien. Satán no es una abstracción, una invención imaginaria, un personaje de
ficción, un artificio de novela. Satán no es tampoco el nombre mítico puesto por la ignorancia a enfermedades
nerviosas que sólo tienen que ver con la medicina y nada tienen que ver con la teología.

Pero, no lo olvidemos, los hechos espectaculares que hemos presentado no son lo esencial de la acción del
Demonio entre los hombres. Podemos comparar los hechos de posesión a manifestaciones análogas, en sentido
contrario; a las apariciones de la Virgen o de los santos.

1 Citado en M. de la Bigne de Villeneuve, Satán en la ciudad, d., pág 50

102
Estas apariciones tienen su razón de ser para sacudir las almas y reavivar la fe. Pero la acción de Dios, de la
Virgen y de los santos, su acción íntima, profunda, cotidiana, o para decirlo mejor, incesante por la gracia, es
infinitamente más importante. Igualmente el hecho de la presencia de Satán en las instituciones, en las
costumbres, en la vida humana, individual, familiar, nacional e internacional, tal como querríamos tratar de
describirla, es una cosa mucho más vasta, más grave, más temible para todos nosotros. Que una pobre mujer
sea poseída y que esté sometida por el Demonio a toda suerte de bromas groseras del estilo de las que
acabamos de relatar, es muy afligente para ella y muy impresionante para nosotros, pero que naciones enveras
estén, en cierto modo, bajo el yugo del Demonio, al punto de sufrir una especie de posesión colectiva, como
parece indudablemente que ocurre ante nuestros ojos, ¡es infinitamente más aterrador y eso puede tener
consecuencias temibles de otra manera!

Nuestros medios de discernimiento

Pero si tenemos señales, indicadas en el Ritual, para distinguir una verdadera posesión de una neurosis, con la
cual, por otra parte, puede muy bien conjugarse, ¿es posible que sea lo mismo para lo que acabamos de llamar
posesión colectiva? Es difícil decirlo. Estamos aquí librados a nuestras conjeturas. El Ritual no nos ofrece
exorcismos para las naciones; ni para la humanidad entera! Sin duda el hecho de que un papa tan inteligente
como León XIII haya creído deber agregar en cada misa privada un exorcismo caracterizado por su invocación
a San Miguel, indica que él creía en infestaciones demoníacas particulares de nuestro tiempo. ¿Sobre qué
fundaba este pensamiento? ¿Cómo discernir la presencia de Satán en el seno de nuestro mundo moderno?
Todo el asunto está ahí.

Dos escollos hay que evitar en la solución que vamos a aportar. El primero sería el de ver tanto a Satán por
todas partes que las responsabilidades humanas queden arruinadas. Y el segundo, de no ver a Satán por
ninguna parte, bajo el pretexto de que la malicia humana basta para explicar todos los desórdenes de los cuales
somos testigos horrorizados.

Los demonios y los hombres pueden muy bien tener su parte en los males de los cuales nos quejamos, sea
porque nos amenazan, sea porque ya nos han alcanzado.

Existe un Cuerpo Místico de Cristo y nos halagamos de formar parte de él. Pero hay, o puede haber también,
un Cuerpo Místico de Satán que reúne a todas las inteligencias maléficas de la humanidad y del infierno.

En un texto que el Breviario Romano hace leer a los reclutados en las Órdenes, en el primer domingo de
Cuaresma, Gregorio el Grande nos dice:

"Indudablemente el Diablo es el jefe de todos los malos —iniquorum— y todos los malos son los miembros de
esa cabeza." Y cita como miembros de ese cuerpo diabólico: Pilatos, los verdugos que crucificaron a Cristo, etc.

A ese paso existen pocos hombres, aún entre los cristianos, que no estén expuestos a ser, una u otra vez,
"miembros" de Satán.

Pero el pecado que es retractado tan pronto como se lo comete, el pecado del cual se sabe hacer penitencia, no
constituye propiamente hablando una pertenencia de Satán. Es un accidente, un paso en falso, una caída. No
podría evitar que sigamos hacia adelante.

El cuerpo místico de Satán está formado por los humanos que se convierten en sus cómplices, que están
prontos a seguir sus sugerencias, que viven de acuerdo con sus inspiraciones y sus principios.

103
Cómo se manifiesta Satán

Abordemos el problema más ajustadamente. ¿En qué reconocemos, sobre todo, la presencia de Satán?' Es al
Evangelio, fuente de toda claridad para nosotros, que conviene preguntárselo. Jesucristo ha dicho sobre Satán
cierta cantidad de cosas que debemos reunir y meditar.

Hablando a los fariseos que no cesaban de acosarlo, dijo un día: "Vosotros tenéis por padre al diablo, y deseáis
cumplir los deseos de vuestro padre. El era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque
no hay verdad en él. Cuando habla la mentira, habla de su cosecha, porque es mentiroso y padre de la
mentira. (Juan, VIII, 44.)

¿Acaso esto no está suficientemente claro? Si queremos saber cómo se manifiesta la presencia de Satán entre
nosotros, en la fecha misma en que estamos, tratemos de discernir las grandes mentiras de estos tiempos por
una parte y los progresos logrados en el arte de matar a los hombres, por la otra.
¡Cuánto más esté embebida de mentiras una época, cuanto más sea tenida en menos y sea aplastada la vida de
los hombres bajo la amenaza de la muerte, más estará ahí Satán!
¿Podemos dudar de estos dos puntos? La mentira y el homicidio, he ahí las dos señales de la presencia de
Satán. No corremos, pues, el riesgo de equivocarnos al afirmar esta presencia en el corazón de las principales
mentiras y las principales amenazas de matanza que comprobamos en este momento.

La mentira por excelencia: ¡Dios no existe!

Si hay una mentira que ha adquirido, ante nuestros ojos y en nuestra época, una extensión que los siglos
anteriores no conocieron, es la negación de Dios, a la cual podemos agregar, como sombra que sigue a una
personalidad viviente, la negación del Diablo. Durante largos siglos, el Demonio, en las religiones paganas,
había conseguido hacerse adorar, bajo los nombres de falsos dioses. Pero la creencia en Dios no estaba atacada.
De acuerdo con las palabras de San Paulo a los atenienses: "¡Sois, lo veo, los más religiosos de los hombres!"
(Actos de los Ap., XVII, 22)

¡Adoraban en efecto tantos dioses y hasta un "dios desconocido" por miedo de olvidarse de alguno! Pero en
nuestros días el ateísmo se afirma, se proclama, toma un aire despectivo hacia la fe en Dios. Cierta filosofía se
vanagloria de creer en la nada, antes que en el ser, o en hacer salir al ser de la nada, ¡de suerte que la nada ha
precedido y engendrado al ser!

En el ateísmo contemporáneo que denunciamos como el embuste más colosal, el más odioso, el más culpable,
podemos distinguir dos formas desigualmente graves: el ateísmo teórico, el del materialismo, del cientificismo,
del agnosticismo, de cierto existencialismo; y el ateísmo práctico, el del hombre dedicado por entero a los
negocios, a los bienes de este mundo, a los cálculos de la política, de las finanzas, e incluso a las investigaciones
de la ciencia y a las invenciones de la técnica, ¡al punto de no dar ningún lugar a Dios en su vida!

El ateísmo teórico se halla, en muchos países, en nuestros días, en la primera fila del poder y de la autoridad.
¿Es necesario nombrar tal o cual pueblo, tal o cual gobierno, tal o cual conductor de nación, para los cuales el
ateísmo teórico es la ley misma? ¿La posesión colectiva de estos pueblos puede ser objeto de duda? Esto
comenzó por escritores aislados, por "libertinos", como se decía en el siglo XVII; "filósofos", como se los
llamaba en el siglo XVIII; "¡libre pensadores", como se dice en nuestros días! Algunos han hallado acentos más
conmovedores para proclamar su incredulidad. Se cita frecuentemente una página de Nietzsche, que pone, a
decir verdad, en boca de un loco. Tiene razón, pero ese loco era quizá un simple poseso:
"¿Dónde está Dios? —gritaba— ¡voy a decíroslo! ¡Lo hemos matado vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos!

¿Pero cómo hemos hecho eso? ¿Cómo hemos podido beber el Océano? ¿Quién nos ha dado la esponja con la
cual hemos borrado todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar a esta tierra de su sol? ¿Adónde va ahora?'
¿Adónde vamos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caeremos ahora en una caída ininterrumpida?

104
¿Para atrás, de costado, para adelante, para todos lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No vagamos a
través de una nada infinita? ¿No sentimos el soplo de la inmensidad vacía? ¿No hace más frío? ¿La noche no se
hace más negra?' ¿No es necesario encender faroles en pleno mediodía? ¿No oís ya el ruido de los enterradores
que llevan a Dios a la tierra? ¿No sentís ya el olor de la podredumbre de Dios? —¡Porque los dioses también se
pudren! ¡Dios está muerto! ¡Dios permanecerá muerto y nosotros lo hemos matado! . . ."

En estas líneas ¡qué acento de pesar, de remordimiento, de ira, de temor!


Ninguna duda que es éste el embuste por excelencia, la mentira de mentiras. Decir de Dios que no existe, es
como decir: ¡el Ser no existe! El nombre de Él es, en efecto, Aquel que es. De acuerdo con las palabras de Víctor
Hugo: "¡Es, es, es enloquecidamente!"

Ahora bien, ante nuestros ojos, grandes pueblos están sometidos a ateos que hacen profesión de ateísmo, que
se ríen de la fe, que niegan todo lo que supera las comprobaciones de la "ciencia", tal como ellos la
comprenden, es decir, haciendo contingencias de lo absoluto. Es para preguntarse si algunos de e^tos amos del
mundo — de nuestro mundo que se ha tornado tan pequeño por el acrecentamiento rápido de los medios de
comunicación — no son lisa y llanamente tenientes de Satán en persona y hasta médiums de Satán.

Un médium de Satán

Este mismo vocablo ha sido empleado en el largo volumen publicado sobre Satán por los Estudios
Carmelitanos, hace once años (Desclée, 1948), por don Alois Mager, refiriéndose a Hitler. Como se trata de un
muerto, podemos dar su nombre. Para los que viven, que vemos agitarse delante de nosotros, es inútil
designarlos por sus nombres: ni uno solo de nuestros lectores podría equivocarse sobre ellos. Citemos, pues, a
don Alois Mager, cuyo texto es tan vigoroso y tan claro:

"El médium —escribe— por el cual Satán tendía a echar por tierra todas las normas del derecho y de la
moral, que hasta entonces, tanto por tradición como por naturaleza, y, a pesar de toda la descristianización
progresiva, estaban todavía generalmente reconocidas, ese médium era Adolf Hitler. No existe ninguna otra
definición más breve, más precisa, más adaptada a la naturaleza de Hitler que ésta absolutamente
expresiva: Médium de Satán. Si es característico de todos los médiums sin excepción que sean moralmente de
menos valer, tanto desde el punto de vista del carácter, cuanto del punto de vista de la personalidad,
entonces esto vale a fortiori para un médium del Demonio. Cualquiera que se deje influir por las
fantasmagorías, no puede ver en Hitler a una gran personalidad, desde el punto de vista del carácter y de la
moralidad. El general Jodl dijo de él en el proceso de Nuremberg: "Era un grande hombre, ¡pero un grande
hombre infernal!" 1

Mentira y homicidio: estas dos particularidades ¿no están en evidencia en la carrera de un Hitler?

¿Y no debemos decir otro tanto, sino más, de su rival Stalin? La presencia de Satán en nuestro mundo y en
nuestra época, la posesión colectiva de pueblos enteros, no debería, creemos nosotros, dar lugar a duda en el
caso del nazismo, felizmente efímero en Alemán: a, y en el caso mucho más temible porque más durable, más
amenazador, más arrogante, del comunismo en países inmensos como Rusia y la China Popular.

Es de creer que Satán está ocupado en preparar la catástrofe más horrorosa que la tierra pueda imaginar y
temer. Tanto más cuanto que las mentiras, en estos tiempos, están armadas de medios, hasta ahora
desconocidos, de destrucción homicida. Pero antes de considerar esta segunda particularidad de la
manifestación de Satán, sigamos considerando el poder de mentira que despliega ante nosotros en la hora
actual.

1 Satán, ob. ind., pág. 659.

105
Mentiras y contradicciones

La negación de Dios es el primero y más grave de los embustes de nuestro mundo actual. Pero no es el único.
Estamos sumergidos en la mentira, hasta el punto de respirarla sin casi darnos cuenta. Y la señal de esta
mentira es la contradicción. ¿Si Dios no existe, quién entonces es Dios? No decimos: el Demonio, porque
Satán, en su rabia por ver negar a Dios prefiere negarse a sí mismo, antes que revelarse.

Los ateos de nuestros días, al mismo tiempo que niegan a Dios quieren también negar al Demonio. No queda
más que el hombre. Somos entonces nosotros los que somos Dios. Son nuestra ciencia, nuestra técnica, nuestra
inteligencia las que tienen el dominio soberano sobre todas las cosas. ¡Somos dioses! Pero no tenemos alma
puesto que sólo existe la materia sola. O si tenemos alma, expresión que significa solamente que vivimos y
pensamos, no se trata para nada de almas inmortales. Cuando el hombre muere, todo muere. Si Dios ha
muerto, todas las veces, actualmente, que muere un ser humano, muere un dios.

¡Negar a Dios, negar a Satán, negar el alma inmortal, negar la diferencia entre el Bien y el Mal, negar el pecado,
negar la virtud, negar el Cielo, negar el Infierno! He aquí algunas de nuestras negativas- embustes.

Y si después de eso nos glorificamos, si hacemos de nosotros mismos los únicos dioses que existen, es pura
contradicción. El Ser y la Nada se confunden. Al suprimir toda religión convertimos al nihilismo en la única
religión posible. Y como esto no impide los grandes discursos, las grandes promesas, las grandes ilusiones
sobre todo, una vez más, todo en la política, en la filosofía, en la agitación actual, se resuelve en una inmensa
contradicción.

Ya no se trata de conquistar solamente el mundo terrestre, sino el universo astral. Y todo eso no es más que
truhanería, vana demostración de poder; ¡todo eso no es más que vanidad y desesperación! Mientras tanto los
hombres se multiplican con un ritmo que espanta a ciertos hombres de Estado; se hacen cálculos sobre el
número de habitantes que puede alimentar el planeta; se siente pavor ante el pensamiento de los "mil millones
de bolas de arroz'" que se necesitarán de aquí a cuarenta años, o quizá antes, para la China solamente. Y sólo se
ven dos soluciones: ¡o sacar en los flancos de las madres la fuente de la vida, o destruir gran parte de la
humanidad en una guerra monstruosa! ¡He ahí a Lo que llega divinizar al hombre! ¡Digamos antes bien:
satanizar! Mentira y contradicción, tal es el primer síntoma de la presencia de Satán en el mundo moderno.

Satán, homicida

Pero el segundo síntoma, a saber el de los atentados o de las amenazas contra la vida humana, no es menos
visible.
Si existe una particularidad, en efecto, por la cual nuestro mundo actual difiere de los siglos que nos han
precedido, es el acrecentamiento prodigioso de los medios para matar.

Desde todos los tiempos, desde Caín y Abel — y esto se remonta a nuestros primerísimos orígenes —, ha habido
guerras. Si Satán, según las palabras de Cristo, es "homicida desde el principio,,, es porque ha estado no
solamente presente en todas las luchas fratricidas entre los hombres, sino que debemos considerarlo como el
instigador secreto de todas esas luchas. Los progresos en el arte de matar son progresos satánicos. Ahora bien,
estos progresos son propios de todas las épocas. Más aún, ¡es raro que un progreso aun benéfico no tenga su
origen en la guerra! El mundo actual gasta más miles de millones para preparar la próxima guerra, sabiendo
que quizá signifique el fin de la humanidad, que lo que gasta para cualquier otro objeto importante en la vida
de los hombres. Si todos los miles de millones gastados para la próxima guerra, y todos los dilapidados en las
guerras más recientes, hubieran sido empleados en propagar la verdadera fe en el mundo, en combatir la
miseria y la ignorancia, en hacer retroceder el hambre y el crimen, la faz del mundo sería completamente
distinta. Pero no es ni siquiera necesario que estemos en guerra para sufrir las amenazas que ésta hace pesar
sobre nosotros.

106
Cuanto más se multiplican nuestros medios de comunicación, gracias al progreso del cual estamos tan
orgullosos, más se han suprimido las distancias, más los hombres viven en aire confinado, por decirlo así, y
están envenenados a hora fija, todos los días, por las noticias que nos llegan del mundo entero y que, bajo una
forma u otra, nos hablan de odio, de conflictos, de catástrofes posibles, de medios de matar, inéditos y
formidables.

¡El temor a la guerra hará con el tiempo tantos estragos en las almas como la guerra misma! ¡Vivimos la más
extraña de las vidas y la más inhumana! Desde que hemos matado a Dios, para hablar como Nietzsche, no hay
más paz para los hombres y están condenados a hablar siempre de la paz, pero como se habla de un ausente, de
un ideal lejano, de un sueño, de una quimera tal vez, puesto que al mismo tiempo los hombres no cesan de
trabajar para acrecentar su capacidad de matar, es decir, su fuerza militar. Los unos trabajan en ello por
desconfianza, los otros por ambición secreta, con desafíos recíprocos, amenazas, alusiones a la posibilidad muy
próxima de un conflicto y de un conflicto mundial, en el sentido de que sería la señal del fin del mundo.

Satán a través del mundo

¿Debemos hacer alguna distinción entre las diversas regiones del mundo moderno en lo que toca a los
síntomas de la presencia de Satán? Sería muy asombroso que no estuviera presente en determinados lugares
más que en otros.

En un libro que ha sido vivamente discutido y en el cual, junto con algunos rasgos brillantes o aceptables,
encontramos puerilidades, opiniones heréticas, sobre las cuales volveremos, hasta blasfemias inconscientes,
Giovanni Papini ha intitulado uno de sus cortos capítulos: La Tierra prometida de Satán. Con curiosidad
deseamos saber cuál es esta tierra. ¿A qué pueblo puede atribuírsele el nombre de hijo mayor de Satán? ¡No
sin estupefacción descubrimos, por Papini, que esta tierra es Francia y que ese pueblo somos nosotros!

"Se ha escrito copiosamente, desde Julio César —dice Papini— sobre la «dulce Francia», pero nadie, creo, ha
hecho sobre ese país el extraño descubrimiento que enuncio aquí: Francia es la tierra prometida del
satanismo." Extraño descubrimiento en efecto. Y Papini insiste. No es novela lo que pretende escribir. Es un
hecho que comprueba, asegura él: "Una complacencia perfectamente consciente del mal por el mal, un gusto
por la perversión cruel, una teoría y una práctica de la rebelión contra Dios y contra toda ley moral,
particularmente la ley cristiana."

Pero como Papini muestra, a lo largo de su libro, una indulgencia muy acentuada por Satán, no quiere que se
interprete mal su aseveración, tan poco halagadora para nosotros:

"Quiero inmensamente a Francia — precisa —, su arte, su literatura, y su civilización; no tengo, pues, ninguna
intención de calumniarla. Y para demostrar que no hablo ni al azar, ni en broma, me veo obligado a producir
una larga enumeración de nombres de obras."

Y cita efectivamente un buen número de escritores nuestros. Cosa curiosa, no son siempre los que citaríamos
nosotros como habiendo tenido "tendencias satánicas". Ni una palabra de Voltaire, de Diderot, de d'Alembert,
de d'Holbach, de Condorcet. En cambio encuentra satanismo hasta en autores católicos: Georges Bernanos y
Frangois Mauriac.

Todo esto no es muy serio. Si la Revolución Francesa, en gran número de sus aspectos y de sus acontecimientos
— no en todos —, puede ser considerada como satánica, es imposible olvidar que corrió, durante mucho
tiempo, un proverbio según el cual se hablaba en la Iglesia de las Gesta Dei per Francos. Desgraciadamente
desde hace dos siglos es igualmente posible hablar de la Gesta Diaboli per Francos.

Todo el problema para nosotros está en saber si nos hemos curado de esa servidumbre satánica y si queremos,
sí o no, volver a nuestra secular tradición de luz y de verdad en la caridad divina.

107
Diversos grados de presencia satánica

Dejando de lado las vanas lucubraciones de Papini, vamos a tratar de hacernos una idea más exacta de la
acción de Satán en el universo que habitamos, en este año 1959.

Un primer punto nos parece muy seguro: Satán actúa en ciertos países más que en otros. Surge de ahí un
segundo punto no menos evidente, a saber que es posible distinguir los grados de presencia de Satán en el seno
de los pueblos, algo análogo a los grados de presencia que hemos discernido entre los individuos. Hemos dicho
que la acción de Satán va creciendo de la tentación a la infestación y de la infestación a la posesión. Tiene pues
que haber países poseídos, países infestados y países simplemente tentados por Satán.

Hasta aquí nada de inverosímil. La dificultad surge cuando queremos hacer la aplicación práctica de estos
planteos lógicos. Lo que vamos a decir es un punto de vista personal y no compromete más que a nosotros
mismos.
El país en el seno del cual advertimos actualmente la presencia de Satán en el más alto grado, es decir en el
grado de la "posesión colectiva", no vacilemos en decirlo, es la China Popular. Lo que sabemos de ella, de lo
que pasa detrás de la "cortina de bambú", es literalmente diabólico: ¡inmenso país que contiene a un cuarto de
la humanidad! Inmenso país sometido a un régimen de una dureza, de un poder, de una eficacia increíbles;
inmenso país donde la mentira por una parte y el desprecio de la vida humana por la otra, éstos dos síntomas
de la presencia de Satán, ejercen sus estragos de una manera más violenta y más generalizada que en ninguna
otra parte.
Si el comunismo ateo existe a base de mentiras, por su negación de Dios, del alma, su negación de toda
espiritualidad, debemos decir que en ninguna parte la mentira triunfa como en China Roja. Un observador
norteamericano, John Strohm, que acaba de ser admitido para que pase allí varias semanas y que ha podido
ver, leer y oír muchas cosas que sabíamos por otra parte, pero en forma más vaga y menos precisa, atestigua
que la China vive sobre la mentira de la "agresión norteamericana", de la cual se sirven los dirigentes chinos
por más que saben que esta agresión es un mito, para azuzar a su pueblo, para obligarlo a sufrir, en plena paz,
un régimen de estado de sitio, para impulsarlo no solamente al trabajo, lo cual sería bueno, sino al armamento
febril, al odio más agresivo y quizá a las aventuras más catastróficas. Pero este observador, muy atento desde el
punto de vista económico y político, no habla de los aspectos religiosos del problema. Ahora bien, la China, con
respecto a la religión, tenía el culto, sobre todo, de los antepasados y de la familia, unido a un cierto culto por
ídolos.

El número de cristianos no superaba los tres o cuatro millones, sobre seiscientos cuarenta, o sea uno por
doscientos! Pero esta modesta y valiente Iglesia de China está siendo "liquidada", como se dice en el grosero
lenguaje del comunismo. La persecución se ha enconado en la forma más brutal contra los europeos, luego
contra los mejores entre los cristianos. Su mayor triunfo, sin embargo, ha consistido en arrastrar al cisma una
parte demasiado grande de la Iglesia católica misma, mediante la consagración de un número considerable de
obispos elegidos del pueblo, pero separados de todo vínculo con Roma.

La China Roja, por otra parte, se ha revelado satánica por su desprecio de la vida humana. Uno de sus
principales dirigentes ¿no ha declarado que su país es el único que puede permitirse desatar una guerra?

"Podemos perder — dijo —, trescientos millones de chinos. Quedarán todavía trescientos cuarenta millones."
¿Una frase como ésta no es acaso puro satanismo? Y lo que le da verosimilitud es el modo con que se ha
tratado hasta hoy a los adversarios del régimen. De acuerdo con las estadísticas británicas, se ha ejecutado
entre ochocientos mil y un millón quinientas mil personas en China Roja, desde hace diez años. Las cifras
norteamericanas son mucho más elevadas y van desde los cinco a los diez millones, y aún veinte millones. Es
probable que la verdad esté entre los dos extremos. Pero, es seguro que la República Popular China ha nacido
en un baño de sangre humana! Y lo que ocurrió en el Tíbet nos da una nueva prueba de ello.

108
Se ha hablado a menudo, desde hace cien años, en nuestro país, del peligro amarillo. Este peligro es ahora
inminente. Muy probablemente de la China se propagará el incendio que un día u otro devorará a toda la
tierra. Por todas estas razones, porque pensamos en el millar de millones de chinos hambrientos que habrá en
el mundo antes de cuarenta años, porque consideramos la mentalidad china actual, el predominio del
comunismo ateo en esta parte del mundo, creemos poder hablar de una posesión diabólica colectiva en esa
tierra lejana.

Infestaciones

Inmediatamente después de la China, aunque muy diferente de ella, nos permitimos colocar a Rusia
comunista. Pero entre el caso de la China y el de Rusia, creemos que existe tanta diferencia como entre una
posesión y una infestación

¿Cuál es esta diferencia? Para nosotros es esencial. La China Roja está poseída. Satán es allí el amo. Agita este
gran cuerpo en todos sentidos. Establece un orden perverso, una disciplina de hierro, una ambición temible,
un apetito de dominio que no cesará, sin duda, de crecer, un furor de destrucción que nuestros sobrinos o
sobrinos nietos verán, sin duda, en actividad.

En Rusia, el Demonio está presente en la conducción, en la política, en la enseñanza, en los designios de futuro
de los dirigentes. Pero lo que durante tanto tiempo se ha llamado "la santa Rusia" permanece intacta, en una
gran parte. La fe vive, la plegaria actúa. Los embustes del Demonio no han alterado la fe intensa del pueblo
ruso. Las infestaciones son violentas y pérfidas, pero ineficaces en lo concerniente al alma profunda de la
nación. Todo lo que sabemos o creemos saber sobre Rusia nos hace llegar a la conclusión de la dualidad
esencial entre el partido diabólico que ejerce el poder y las masas populares que siguen siendo cristianas. Por
su paciencia, por su fidelidad, por su apego a las viejas tradiciones nacionales, Rusia no sólo resiste a los
ataques del Demonio, sino que se prepara, tal vez, por gracia de la Virgen María, la Panagia, Toda-Santa, a una
resurrección que asombrará al universo. En todo caso, en un conflicto que abarcara al universo todo, no es
seguro que avanzara con los enemigos de Dios y de su Cristo, ¡que obedeciera a la voz de orden de Satán!

Si llegamos a algún conflicto gigantesco análogo al que antes de la creación del hombre, opuso a Miguel contra
Lucifer, es decir los ángeles fieles a los ángeles rebeldes, es probable que los dos campos enfrentados no
desatarán, como se cree comúnmente, un conflicto puramente político entre dos bloques, entre el este y el
oeste, sino un conflicto altamente religioso entre Cristo y Satán, entre el amor y el odio, entre la fe y la
incredulidad.

Países de tentación

Una China poseída, una Rusia infestada, esto significa, añadiéndoles un determinado número de países
menores que es inútil nombrar, por lo menos la mitad de la humanidad. Sería absolutamente ridículo creer y
decir que la otra mitad está exenta de los ataques de Satán. Todos los capítulos de este libro han hecho ver a
Satán actuando en países cristianos, en viejas tierras de civilización cristiana. Ni las posesiones individuales ni
las infestaciones son desconocidas en tales regiones. Sin embargo, es lo que podemos llamar el régimen de la
tentación diabólica la regla general en nuestro país.

La tentación es cosa de todos los días, casi de todos los instantes. Asume todas las formas. Varía según los
caracteres y los temperamentos. Querer describirla, sería simplemente hacer un tratado de los pecados
capitales: el orgullo, la lujuria, la envidia, etc.
Pero no es esto lo que merece retener nuestra atención en el cuadro de conjunto que tratamos de trazar.
No hace mucho —el 20 de febrero de 1959 — un semanario católico importante, La Francia católica, publicó
un artículo de María Winowska, en quien todos concuerdan en ver a uno de los espíritus más lúcidos de
nuestra época: La tercera tentación.

109
Se trata de la tentación del Demonio con respecto a Cristo, aquella en que le muestra todos los reinos de la
tierra y le dice: "Todo esto será tuyo si postrándote ante mí, me adoras." María Winowska pone en escena a
un joven indio que acaba de recibir el bautismo. Han subido a Montmartre. Bajo su vista se despliega el
inmenso y magnífico espectáculo de París. Y el joven indio exclama:
"—¿Por qué no vivís de acuerdo con vuestra fe? El Evangelio es formal; oración primero, prudencia primero,
fe primero, caridad primero. Está en el papel, pero ¿en la práctica?

" Y María Winowska contesta: — Tienes razón, pero ¡hay con todo personas en nuestro país, hombres,
mujeres, que practican el Evangelio! ¡Te lo aseguro! Y hasta son muchos. Y esto es lo que nos defiende. Pero
existen también deficiencias, lagunas, cosas ilógicas. Y el joven indio prosigue: — ¡En su mayoría los
cristianos de Europa viven como si no tuvieran fe. No quiero decir que no la tengan, pero la ocultan bien —y
añade sin piedad: —He visto sacerdotes que me han hablado de técnicas de apostolado, de métodos, de
adaptaciones, de prensa, de cinematógrafo, de televisión. Seguramente son buenos sacerdotes, pero ¿por qué
no dicen lo esencial? ¡Para nosotros la prudencia es más que eso, más que todo en el mundo! ¿Qué
proporción hay del Creador a la criatura?

Naturalmente María Winowska protesta. No se puede juzgar al clero por un contacto exterior. No es posible
acusarlo de activismo 1 sin conocer su vida interior total. Ya hemos hecho dos "revoluciones" en materia
religiosa desde hace cincuenta años: una litúrgica que está lejos de haber dado todavía todos sus frutos —una
revolución bíblica que está sólo en sus comienzos — y queda por cumplir una revolución mística que
responderá totalmente a los deseos tan justos de María Winowska y del joven indio. La tentación grande para
los cristianos de nuestra época, no una tentación de detalle, sino la tentación más común, más general, más
peligrosa, es preferir las cosas a Dios. El joven indio sostiene que ha tratado de aplicar un "test" a los
cristianos que ha encontrado. Este "test" era justamente la tentación del Demonio en la montaña.

"Ahora bien — dijo —, sabéis que eran muy pocos los que no hubieran consentido en hacer una pequeña
reverencia, aunque más no fuera que una inclinación pequeñita, al tentador que les ofrecía los reinos de este
mundo. Me decían: «Cuando tuviera todo eso, sería para gloria de Dios» o bien: «Es menester
hacerle algunas concesiones al mundo para dominarlo mejor», o por fin: «El cristianismo no
podrá resistir si no se adapta al progreso.» Abrevio, pero ¡le aseguro que todas esas personas tenían más
confianza en las técnicas humanas que en la fe! . . ."

En suma, sobre cuarenta y siete personas prudentemente sondeadas, el indio sólo había encontrado tres o
cuatro que prefirieran verdaderamente a Dios antes que las cosas. Y huelga decir que no se había dirigido
más que a excelentes católicos. Tal es, pues, la "tercera tentación". Todos estos buenos católicos tienen fe,
hasta tienen las obras de la fe, tienen la esperanza y la caridad. Son de esos que San Pablo llamaba "santos", es
decir almas en las cuales habita Dios. Pero son también almas ilógicas — y todos lo somos más o menos —,
almas que no van hasta el final de las exigencias de su fe, almas en las cuales, para hablar aún como María
Winowska, el haber tiene más importancia que el ser. Tiene mil veces razón cuando llega a la conclusión:

"Toda la ciencia del mundo no vale una onza de prudencia y el progreso técnico más vertiginoso queda corto si
el hombre no lo domina cualitativamente. Dicho de otro modo: ¿qué le sirve al hombre ganar al mundo entero
si llega a perder su alma?"

Hace tres siglos Pascal decía ya, en un lenguaje incomparable: "Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus
juntos, y todas sus producciones, no valen el mínimo movimiento de caridad. Esto es de otro orden
infinitamente más elevado."

1 Doctrina separatista de los flamencos belgas de tendencia germanófila. (N. de la T.)

110
Vista de conjunto

Tendríamos, a nuestro entender, un cuadro de nuestro mundo actual enteramente falso si confundiéramos la
oposición este-oeste con el confrontamiento: Satán contra Dios; si separáramos al planeta en dos zonas
absolutamente distintas: la del Diablo en China y en Rusia y en los otros países comunistas y la de Dios, que
sería el lado nuestro.

Vamos a dar la palabra a un ruso como prueba. Hemos leído, hace poco, a uno de ellos en nuestros diarios. Se
trata de un ingeniero soviético que ha venido a Europa occidental con una misión científica y que pasa entre
nosotros una temporada relativamente larga.

Y decía:
"En el fondo ustedes los occidentales son materialistas. Pueden con el dinero obtener todos los bienes,
satisfacer todos los deseos. Pero justamente, no piensan más que en eso. La vida, la actividad, la ciencia, la
técnica, todas las ocupaciones y preocupaciones, las consagran ustedes a este objetivo físico: acrecentar el
bienestar, mejorar la comodidad. Automóvil, heladera eléctrica, televisión: he ahí para la inmensa mayoría
de ustedes la razón de vivir."

¿Quién se atrevería a decir que no hay una parte de verdad en esta acusación? El materialismo no es solamente
tara del comunismo, también lo es del capitalismo. Si hemos de creer al mismo ingeniero, la decadencia
infligida al hombre por el capitalismo sería mucho más grave que en el régimen comunista. Veamos, en efecto,
la continuación de su razonamiento:

"Para nosotros, por el contrario, todas estas cuestiones no existen (quiere decir, la búsqueda del bienestar).
La comodidad de ustedes nos es prácticamente desconocida. Porque no tenemos esa posibilidad, ni siquiera
pensamos en ello. Han matado en nosotros el deseo de estos bienes materiales, que los acapara por entero a
ustedes. Y al hacer esto, nos han liberado. Toda la energía que ustedes malgastan en la búsqueda de cosas
fútiles, nosotros la empleamos en leer, en la música, en reflexionar, en soñar. ¿Qué otra cosa quieren que
hagamos cuando por la noche regresamos a nuestro departamento estrecho, un poco, si quieren, como un
monje a su celda?"

Y terminaba con estas palabras: "Sí; tenemos todavía el tiempo para pensar y el gusto del pensamiento, pero
¿y ustedes?"

¡Qué consoladoras serían estas palabras si entre las ocupaciones que este ruso tiene a bien reservarse hubiera,
a continuación de las palabras: "leer, música, reflexionar, soñar" esta pequeñísima indicación: rezar! No
obstante, se advierte que el ideal de este ingeniero es más elevado que el de los dirigentes comunistas: alcanzar
y superar a los Estados Unidos en productividad, riquezas materiales, millones de toneladas de acero, de
carbón, de kilovatios, de automóviles, de estaciones de televisión, etc. Lo que este ingeniero desprecia — y que
nosotros despreciamos como él en la medida en que todo esto se opone al desarrollo espiritual del ser
humano— es justamente lo que los jefes de su pueblo y de las otras naciones comunistas han tomado como
objetivo final. ¿El comunismo no está acaso definido en China?: "¿A cada cual según sus necesidades?", y
nuestras necesidades en esta fórmula ¿no son ante todo nuestros deseos materiales?

Pero no tenemos que oponer el comunismo al capitalismo. El uno y el otro están inspirados por Satán, en la
medida en que niegan a Dios y el alma. El comunismo, en total, no ha hecho otra cosa que retomar la filosofía
"burguesa". Es fruto de ella. La lleva al extremo.

Si es verdad que no existe ni Dios, ni el diablo, ni el espíritu, y que todo es materia, el capitalismo y el
comunismo no son más verdad el uno que el otro ¡porque no hay más verdad en el sentido cabal del vocablo,
todo es mentira, todo es satánico!

111
Después de esto, sin alegría, pero sin miedo tampoco, denunciamos aquí como marcas indudables de la
presencia de Satán entre nosotros algunos rasgos de nuestra "civilización" contemporánea que nadie puede
negarse a ver:

1º.- la mediocridad de nuestros grandes medios de difusión, cinematógrafo, radiotelefonía, televisión;


mediocridad que no reside en el poder de la propaganda, sino en la nobleza y la belleza de la acción ejercida
sobre las almas;

2º.- el erotismo ambiente que se despliega en las novelas, en las piezas de teatro, en las canciones, en todo lo
que resumen estas palabras: "los espectáculos", "las distracciones" en el sentido pascalino, "los ocios";

3º.- la degradación del arte moderno, que parece no tener ya el gusto de lo bello, sino únicamente de lo feo o
de lo obscuro.

Al final de este capítulo, que hubiera sido fácil prolongar, ¿qué vemos? Satán en obra por todas partes. Frente a
él, una sola fuerza real: Jesucristo. Por una parte, el materialismo ateo, la mentira, el desprecio de la vida
humana, la sangre de Abel derramada por Caín. Por la otra, la fe, la caridad, la inmensidad del amor, en la
oración, en la adoración, en el rechazo del odio satánico, en el deseo de la extensión universal del reino de
Dios, en el entusiasmo de la demanda incesante de corazones: "Vénganos tu reino."

La visión de la historia universal no ha cambiado: Ciudad de Dios contra Ciudad de Satán, ¡Ciudad del Amor
contra Ciudad del Odio! Hay dos estandartes: el de Satán y el de Jesucristo. Cosa extraña, el cristiano que hace
profesión de despreciar la vida presente, porque sabe que existe otra, eterna, practica, sin embargo, el respeto
más absoluto por la vida humana y por la persona humana. En cambio Satán que convence a sus adeptos que la
vida presente es la única, que no existe otra, después de ésta, la cual constituye el bien supremo del hombre,
Satán manifiesta por esta misma vida, que es todo, un desdén que se traduce; en campos de concentración, en
ejecuciones en masa, en hornos crematorios, en torturas deshonrosas! ¡Vale decir que la mentira está siempre
asociada al asesinato!

Pero el reproche más grande que hacemos a los adeptos de Satán, es la mutilación que infligen al hombre,
negándole el infinito, rehusándole la inmortalidad.

La estrechez de espíritu de los incrédulos es lo más lamentable que hay en ellos. A ellos debemos repetir el
grito de Tertuliano, a los heréticos de su época: "Parce orbis unicae spei!" ("¡Cuidad la única esperanza del
universo!") Si queremos, en efecto, un día poseer este universo mismo que no vale nuestra alma ¡es nuestra
alma la que hay que salvar por la fe y el amor!

¡Qué puesta formidable la de la lucha entre Satán y Cristo!

112
CAPÍTULO 10
EL SATANISMO Y
LOS JUEGOS DE SATÁN

Definición

Definir es propiamente limitar La palabra satanismo empleada o insinuada por nosotros tantas veces desde las
primeras páginas de este libro puede tener varios sentidos. Podemos en efecto considerar a Satán bajo el
aspecto de amo o príncipe de este mundo. Es el nombre que Jesucristo le da en tres ocasiones en el Evangelio.
Pero acabamos justamente de tratar este punto de vista. ¿En qué medida está presente Satán en el universo
nuestro? Hemos dicho que esto varía según las razas, los países, las civilizaciones, los regímenes políticos. El
vocablo satanismo puede también significar la imitación de Satán por el pecado, y hemos recordado la frase de
Gregorio el Grande según la cual todos los que cometen pecado, durante el tiempo que obedecen al pecado, son
miembros del "cuerpo místico'* de Satán. No nos incumbe conocer la cantidad de hombres que viven en
"estado de gracia", es decir, que están sustraídos, hic et nunc a la influencia de Satán. Pero tenemos el derecho
de suponer que es mucho mayor de lo que pensamos, sobre todo si admitimos que los pecadores no son
frecuentemente más que hombres que han dado un paso en falso, o han sufrido una caída, pero que no desean
por tan poco permanecer bajo el poder de Satán.

Por fin, la palabra satanismo puede significar el culto rendido a Satán, no por un pecado ocasional y muy
rápidamente lamentado y reparado, sino por una adhesión formal y voluntaria.

Dos formas de satanismo

Pero aquí, distinguimos inmediatamente dos formas de satanismo, bastante diferentes una de la otra; está el
satanismo de los que no creen en Satán, como no creen en Dios, y que por consecuencia no rinden culto,
propiamente dicho, a Satán, aunque toda su vida se desarrolle de acuerdo con los principios y las sugerencias
de Satán.

Para esta primera forma de satanismo es exacto decir la frase tan frecuentemente repetida y de la cual hemos
indicado los límites: "¡La mejor astucia de Satán es la de hacer creer que no existe!" Papini cita a este respecto
las palabras del filosofo Alain, en 1921:

"El diablo ha sufrido la misma suerte que todas las apariciones . . . La misma guerra, por lo que yo he visto, no
ha hecho revivir ni un ápice al diablo y sus cuerpos." 1

Pero es completamente inútil detenernos en esta primera forma de satanismo. Es puramente negativa. Se
encuentra, además, sin la menor mala intención, hasta en excelentes cristianos que no saben que están en
oposición con la ortodoxia y con el Evangelio.

Lo que debemos estudiar es el satanismo bajo sus formas activas. Hablamos en plural porque parece que
existieron en el transcurso de los siglos, y sin duda siguen hasta en nuestros tiempos, por lo menos dos formas
muy distintas de satanismo activo: el satanismo-religión y el satanismo-magia.

1 En una nota, Papini (obra cit., pág. 14) da la siguiente referencia: "Alain", Propósitos sobre la religión, París, Rieder, 1937, pág. 64

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El satanismo-religión

En cuanto reflexionamos sobre el asunto no podemos dejar de llegar a esta comprobación asombrosa: ¡La
historia del satanismo-religión se confunde con la histeria de las religiones!

Esta conclusión es tan enorme que requiere una explicación.

La historia de las religiones está muy adelantada actualmente en sus investigaciones. No habla mucho en
general de Satán. Los demonios no tienen en ella más que un lugar muy restringido. El historiador de las
religiones se dedica a describir objetivamente las creencias religiosas de los pueblos, a nombrar a los dioses, a
indicar los atributos de cada una de las divinidades adoradas por tal o cual grupo humano. Expone los ritos
mediante los cuales se honraba a los dioses. No llega en principio a un juicio de valor. No hace metafísica y
menos teología cristiana.
Pero ¿podemos evitar aquí de recurrir a esta última? Puesto que hablamos de Satán y de su presencia en el
mundo, ¿no debemos colocarnos en el punto de vista cristiano, el único punto de vista según el cual Satán está
exactamente situado donde se halla, efectivamente, en el cuadro general de los seres?

¿Qué dice, pues, el Evangelio? ¿Qué han dicho los Padres de la Iglesia? ¿Qué enseña la teología cristiana con
respecto al tema de las religiones paganas? El Evangelio, y nunca podríamos insistir bastante sobre esto, da a
Satán ese título increíble y sin embargo necesariamente cierto, puesto que es Jesús en persona quien se lo da:
¡Príncipe de este mundo!

¿Cómo semejante título puede pertenecer a Satán, si las divinidades paganas no son lisa y llanamente
demonios? Los Padres de la Iglesia lo han comprendido así, unánimemente. Para ellos no existe la menor duda
sobre este punto. Los dioses paganos son demonios. Los oráculos paganos, los de Dodona o de Delfos, y los
otros que son menos célebres, son oráculos demoníacos, manifestaciones de satanismo.

La teología cristiana ha adoptado, naturalmente, este punto de vista. La descripción histórica de los
paganismos antiguos o modernos no es para nosotros una diversión del espíritu, una curiosidad literaria
cualquiera, sino la comprobación deplorable de la dominación de Satán entre los hombres. ¿Cómo ha podido
hacerse esta toma de posesión de las adoraciones y de las imploraciones humanas por Satán y sus demonios?

Parece haberse hecho insensiblemente, por un deslizamiento inconsciente, por una especie de realismo
rudimentario. Los historiadores de las religiones, en efecto, admiten, en general, que en todas las religiones, la
existencia de un Dios supremo, de un Dios soberano, todopoderoso y todo bondad, está reconocida, pero que
estas mismas religiones relegan casi siempre a este Dios a una lejanía, y reservan los homenajes a todo un
mundo de divinidades inferiores, buenas o malas, que se saben subordinadas al Dios soberano, pero que se
consideran más próximas a nosotros, más mezcladas a nuestro destino, más útiles, por consiguiente, para
invocar o para conjurar.

Finalmente, en buen número de paganismos, son las fuerzas malhechoras las que se considera más urgente
conciliar y a las cuales se ofrecen sacrificios rituales. Este "realismo" rudimentario, esta manera de recurrir, en
cierto modo, a lo más urgente, parece haber sido el origen de todas las mitologías paganas, de todos los ritos
paganos, y de sus mezclas ulteriores en sincretismos prácticos de los cuales el Partenón de Agripa nos da un
indicio. Lo que es indudable es que a los ojos de los judíos, y mucho más aún de los cristianos, todas las
divinidades no podían ser más que demonios. De ahí la lucha heroica de parte de los judíos en tiempos de los
Macabeos, sobre todo, y de parte de los cristianos durante todo el período de las persecuciones sangrientas. De
ahí esta especie de horror sagrado que los cristianos sentían frente a lo que ellos llamaban los "ídolos", es decir,
los vanos simulacros del culto demoníaco pagano.
Desde el punto de vista que adoptamos aquí es, pues, evidente que la historia de las religiones (si ponemos a
un lado la única religión verdadera, la de los Patriarcas, luego la de Moisés y por finla religión cristiana) no es
otra cosa que la historia del satanismo.

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Y es sólo así que podemos comprender la expresión: Príncipe de este mundo, atribuida por Cristo a Satán.
Cuando comparamos la exigüidad del culto del verdadero Dios, de Yahweh primero, luego del Verbo
encarnado, a la inmensidad del dominio de los falsos dioses, nos vemos obligados a reconocer que si Jesús es el
verdadero Rey, tuvo mucha razón en decir: "Mi reino no es de este mundo."
Y comprendemos así la insistencia con la cual, en las ceremonias del bautismo cristiano, se multiplicaban — y
todavía se multiplican — los exorcismos para expulsar al demonio. Dichos exorcismos se encuentran en
innumerables ocasiones en la liturgia católica. Cuando un sacerdote "hace" agua bendita, pronuncia sobre la
sal que va a mezclar con ella las palabras siguientes:

"Te exorcizo, sal creada por el Dios viviente . . ., para que te conviertas en sal exorcizada para la salvación de los
creyentes; para que seas, para las almas y los cuerpos de todos los que te usarán, un elemento de bienestar;
para que de todo lugar donde hayas sido repartida sea alejada, echada, toda ilusión, toda malicia y toda
emboscada del Demonio engañador, así como todo espíritu, inmundo, conjurado por Aquel que vendrá a
juzgar a los vivos y a los muertos, y al mundo por el fuego. «¡Así sea!»"

Luego dice, igualmente, sobre el agua que va a bendecir:"Te exorcizo, agua creada en el nombre de Dios, Padre
todopoderoso . . ., para que te conviertas en agua exorcizada que aleje toda potencia enemiga; para que
también seas capaz de alejar y desarraigar al Enemigo mismo, con sus ángeles apóstatas, por la virtud misma
de ese mismo Jesucristo, Nuestro Señor . . ."

Y además: "Oh Dios, que para salvación del género humano has mezclado la substancia del agua a tus más
grandes misterios, atiende en tu misericordia nuestra invocación para que esta criatura que es tuya reciba de la
gracia divina el poder de alejar los demonios. . Por fin, en el día de la bendición de las aguas, en la magnífica
liturgia del Sábado Santo, se repite entre otras cosas:
"Ordena, Señor, que todo espíritu impuro se retire de aquí: aleja de este elemento toda la malicia y todos los
artificios del demonio. "Que la potencia enemiga no se mezcle con estas aguas; que no ronde alrededor de
ellas y no se deslice en ellas secretamente; para infestarlas y corromperlas. Que esta criatura santa esté a
cubierto de todo ataque del Enemigo, purificada por la expulsión de toda malicia. .

¿Quién puede dudar que en estas fórmulas la fe de la Iglesia esté afirmada con ostentación? Pero dirán, ésas no
son más que frases, residuos de antiguas creencias que no constituyen quizás a los ojos de los hombres de
nuestra época más que supersticiones. A lo cual contestamos con hechos. En todos los casos de posesión que
hemos relatado, todos los testimonios de los exorcistas y los testigos de sus intervenciones son categóricos: no
es posible asperjar a un poseso o una posesa con agua bendita sin que el espíritu maligno que está en ellos
acuse recibo del ataque que se le está haciendo: "¡Me quemas! ¡Me quemas!", grita. Hay, pues, en el agua
bendita una virtud actuante que hace anular las secretas acciones demoníacas. Y esto nos conduce a otro
aspecto del satanismo.

El satanismo-magia

Se admite corrientemente que siempre hubo también un satanismo-magia, paralelo al satanismo-religión que
hemos indicado brevemente. A decir verdad, no han faltado especialistas de la historia de las religiones y los
cultos, que no hayan pensado y enseñado que la magia había, inclusive, precedido a la religión, que había sido
la primera forma de ella, que todas las religiones paganas derivaban de la magia. Pero esta opinión parece cada
día más descartada y merece serlo. Es muy poco probable que los hombres hayan empezado por la magia para
derivar luego hacia la religión propiamente dicha.

¿Qué es, en efecto, la magia, en oposición con la religión? En la religión, el hombre se inclina delante de una
potencia superior, la adora, le implora, reconoce su propia debilidad y su impotencia. Admite su
subordinación. En los pueblos actualmente más "primitivos", es decir menos evolucionados, que han seguido,
pensamos nosotros, más cerca de los orígenes, tales como los pigmeos, esta actitud hacia la divinidad está
todavía en vigor. La religión es hasta más pura que en los pueblos más avanzados.

115
En la magia el hombre se vanagloria de un poder misterioso. Lejos de inclinarse ante la divinidad, cree poder
dominarla, inventa y utiliza fórmulas mediante las cuales estima que puede poner a su servicio las fuerzas
superiores a las cuales se dirige. La mentalidad del mago —o del brujo, ese hermano gemelo del mago es más
rústico— es muy diferente del hombre religioso. ¿Cómo ha podido llegar un hombre a esa mentalidad? Es para
nosotros un misterio.

La magia es mucho más satanista, creemos nosotros, que la idolatría. En la idolatría, hay un alma de verdad. Se
equivocan sobre la naturaleza del objeto que veneran, no sobre la necesidad de una subordinación o de una
imploración. ¡No dirigen esos homenajes al verdadero Dios, pero no se equivocan al pensar que esos
homenajes son merecidos por Alguien! En la magia, hay una especie de sacrilegio, un orgullo de poderío
verdaderamente satánico. El mago da las órdenes. Sabe que, a los dioses les llegará su turno, que harán pagar
caro su sumisión pasajera, pero está orgulloso de obligarlos, de hacerse obedecer por lo menos un día, de tener,
mientras las cosas vuelven a lo justo, un poder que lo hace temible ante sus semejantes y le otorga ventajas
inmediatas.

La magia, sin duda, procede del mismo realismo grosero que la idolatría. Se ha adorado a las divinidades
inferiores, es decir a los falsos dioses, en detrimento del único Dios reconocido por los "primitivos", porque
esas divinidades estaban más cerca, eran más útiles de invocar y de conciliar, pero algunos han llevado aún
más lejos este realismo, han pasado de la religión a la magia, de la sumisión a una especie de pacto implícito
que les daba el derecho de dar órdenes a la misma divinidad. El paso de la religión a la magia es una
deformación, pero es más natural que el paso de la magia a la religión. Si los hombres hubieran empezado por
la magia, no vemos cómo hubieran ido para atrás, en cierto modo, hacia la religión, al implorar a los
representantes de fuerzas que creían sometidas a su poder. He ahí pues dos clases de satanismo bien definidas:
el satanismo-religión y el satanismo-magia.

En el primero, Satán es el "Príncipe de este mundo", porque el mundo entero se Inclina ante sus altares y le
ofrece sacrificios; en el segundo, Satán parece consentir en obedecer a ciertos hombres, cuando emplean
ciertas fórmulas o realizan ciertos ritos, pero no pierde nada con ello porque sabe que la magia o la brujería es
un pagaré contra los que la practican, de suerte que su dominación sobre ellos será finalmente todavía más
completa y absoluta que sobre cualquiera de sus otros adoradores.

El satanismo de nuestros días

¿Qué queda en nuestra época de este satanismo secular? Todo el mundo comprenderá que es imposible
contestar esta pregunta.

El satanismo-religión, tal cual lo hemos definido, está en vías de desaparecer rápidamente. Los altares de los
falsos dioses son cada día menos numerosos en el mundo. Esto no significa que la posesión de Satán se
extienda menos, puesto que lo hemos mostrado activo en inmensos imperios. Pero ha cambiado de táctica. Ha
debido adaptarse a la evolución general de la humanidad, de la cual no es el amo absoluto, por más que
desempeña en ella un importantísimo papel.

La forma más reciente del satanismo es el marxismo ateo. Es satánico por cuanto niega a Dios y al Diablo, por
cuanto niega el alma, por cuanto sólo conoce la materia como asimismo la vida presente, y porque mutila al
hombre segándolo ele su destino de inmortalidad.

Satán no tiene qué hacer con el amor de los hombres y de los mismos demonios. El es el odio. Su triunfo es la
expansión del odio. Hoy en día la forma cíe odio más eficaz, más generalizada, es el marxismo ateo. Odio de
clase, odio entre razas, entre los pueblos, odio por todas partes, bajo el disfraz de una preocupación por el
proletariado que es totalmente material, así es el marxismo. El satanismo-religión, de este modo, logra
extenderse mucho más, es mucho más activo, mucho más pernicioso de lo que ha sido jamás. Sus mentiras son
más enormes, sus negaciones más radicales, sus excitaciones más homicidas de cómo se las ha conocido hasta

116
ahora. Todo el mundo está de acuerdo en que el marxismo es verdaderamente una religión, en el sentido que
moviliza en el corazón de todos sus adherentes la totalidad de las fuerzas de celo, abnegación, sacrificio, que se
encuentran en las efusiones religiosas. Pero esta religión no puede ser denominada sino satánica, puesto que
se opone radical y furiosamente a la fe en Dios. Con todo, el satanismo-religión subsiste todavía, en estado de
idolatría, en los pueblos que parecen, por lo demás, abiertos como cosa natural a la invasión próxima del
marxismo-ateo ¡sin que conozcan para nada a Karl Marx!

Satanismo propiamente dicho

Aparte de este satanismo-religión, que es, o ateísmo marxista o animismo anticuado, existe un satanismo
refinado y malsano, mucho menos extendido, mucho más oculto y difícil de descubrir y que es una adoración
voluntaria y razonada de Lucifer. No pretendemos tener datos precisos sobre este satanismo en nuestros días.
Todo cuanto podemos decir es que se trata del satanismo de los ritos sacrílegos, de las blasfemias conscientes,
de las adoraciones monstruosas, de las "misas negras", por ejemplo, es decir de las profanaciones sistemáticas
y calculadas que "parodian" los homenajes rendidos a Dios por los creyentes más esclarecidos y más sinceros,
para rendirle a Lucifer otros semejantes.

Tendremos una idea del satanismo de esta clase, releyendo una nota publicada en el Satán de los Estudios
carmelitanos (pág. 639).
"No podemos explayarnos — dice esta nota — sobre todos los satanistas o seudosatanistas de nuestros días. La
prensa inglesa del 2 de diciembre de 1947, anunció la muerte de «Sir» Aléister Crowley, el personaje «más
inmundo y más perverso de Gran Bretaña» como lo calificó «Mr. Justice»."

Interrogado sobre su identidad, Crowley respondió: "¡Antes que Hitler fuera, YO SOY" — Se advertirá esta
"payasada" de las palabras del Evangelio—. Antes de dejar este mundo., dicho brujo septuagenario maldijo a su
médico que le rehusaba, con mucha razón, la morfina, porque él la distribuía entre los jóvenes: "Puesto que
debo morir sin morfina por causa suya, usted morirá en seguida después de mí." Lo cual ocurrió. El Daily
Express del 2 de abril de 1948, anunció que los funerales del mago negro Crowley habían provocado las
protestas del Consejo Municipal de Brighton. El Consejero, señor J. C. Sherrot, dijo: "El informe afirma que
sobre su tumba fue practicado todo un rito de magia negra." Sobre la tumba, efectivamente, sus discípulos
habían entonado cantos diabólicos: el "Himno a Pan" del mismo Crowley, el "Himno a Satán" de Carducci y las
Colectas para la "misa gnóstica" compuestas por Crowley para su templo satánico de Londres.

Igualmente la prensa inglesa el 20 de marzo de 1948, dedicó necrologías importantes al famoso metapsíquico
Harry Price, especialista en demonología. En un informe ratificado por la Universidad de Londres, Price
declaró: "En todas las zonas de Londres, centenares de hombres y mujeres, de excelente formación intelectual
y de condición social elevada, adoran al Diablo y le rinden un culto permanente. La magia negra, la brujería, la
evocación diabólica, estas tres formas de «supersticiones medievales» son practicadas hoy en Londres en una
escala y con una libertad de movimiento desconocidas en la Edad Media." Price fue el fundador y secretario a
perpetuidad del Consejo para Investigaciones Psiquiátricas, de la Universidad de Londres.

"A. Frank-Duquesne nos señala, también, entre las curiosidades «demoníacas» actuales, el informe del
profesor Paul Kosok, de la Universidad de Long-Island, publicado en los Anales del Museo Norteamericano de
Historia Natural, referente a una exploración realizada en el Perú, en 1946. Los exploradores descubrieron,
sobre quinientos kilómetros de tierra arenosa y desértica, una doble serie de dibujos, representando unos los
signos del zodíaco, otros los pájaros, plantas, y sobre todo, serpientes policéfalas. En el centro del dibujo de la
Serpiente, se halla una fosa inmensa que contiene esqueletos de hombres y animales, visiblemente
sacrificados. Se le calcula a todo este conjunto dos mil años de existencia."

Si hemos reproducido esta importante nota por entero, es sobre todo en razón de las dos primeras paráfrasis y
de lo que ellas nos han revelado de los "círculos satánicos" muy frecuentados en Londres, dirigidos por
"satanistas" notorios tales como Crowley y Price.

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Pero, con toda evidencia, esto no nos da más que una vislumbre muy tenue del satanismo-religión luciferino de
nuestros días. No es solamente cuestión de Londres. Es probable que encontráramos grupos análogos en todas
las grandes ciudades del mundo. De hecho, se nos asegura que en París existen actualmente más de diez mil
personas — hombres y mujeres — que rinden un culto religioso y regular a Satán. Pero está en la naturaleza de
las religiones de esta clase huir de toda luz, revestir el carácter más oculto, y desafiar toda estadística.

Pero los satanistas de los cuales acabamos de hablar no son solamente los jefes del culto luciferino, también
son calificados de magos o de brujos, y esto nos lleva a un examen sumario de la brujería de nuestra época.

El satanismo-magia actual

Aparte de los grandes magos-luciferinos que acabamos de nombrar y de los que podemos sospechar como
ejerciendo su acción solapada en nuestras sociedades modernas, existen además en nuestras campiñas, en
cantidad imposible de determinar, pero que tal vez sea mayor de lo que pensamos, "brujos" rurales, cuyos
libros de cabecera son Los secretos del Gran Alberto, Los secretos del Pequeño Alberto, El Dragón Rojo. Los
dos primeros de estos libros ocultos han recibido — cosa curiosa — su nombre de la reputación de San Alberto
el Grande a quien se le atribuía el conocimiento de todos los secretos de la naturaleza. Hacer pasar
abominables fórmulas mágicas bajo el patrocinio de un santo venerado es un ardid bien diabólico. Pero
sabemos que más de un brujo de nuestros días, ya lo hemos subrayado, abusa de imágenes piadosas para
realizar su fructífero oficio de engañador de multitudes.

Es curioso observar que, en nuestros capítulos anteriores, dedicados a los exorcismos más recientes, hemos
encontrado casos de posesión debidos a sortilegios de brujería. Si creemos a los demonios conminados a hablar
por nuestros exorcistas, han sido obligados por algún brujo a entrar en tal o cual persona. Estos mismos
brujos, por medio de sortilegios repetidos, les impedían ceder a las órdenes formales del exorcismo o los
forzaban a volver dentro de la persona a quien las oraciones del Ritual habían liberado por un tiempo.

Todo esto, a decir verdad, permanece muy oscuro para nosotros. Pero los exorcistas más calificados son
categóricos sobre este punto.
Ocurre a veces que los tribunales mismos tengan que echar un vistazo furtivo sobre estas prácticas
supersticiosas como en el caso de esa pobre mujer que, hace muy poco, mató a su marido porque lo creía
hechizado o hechicero.

Pero la justicia humana, evidentemente, no tiene fuerzas para luchar contra esta clase de atentados, porque
escapan, en general, a los testimonios humanos y es imposible administrarles la prueba jurídica. Lo que parece
indudable es que existen hombres y tal vez mujeres, que creen, obedeciendo a libros de magia increíbles,
ponerse en contacto con Satán, concertar un pacto con él y obtener a este precio poderes excepcionales que les
permitan ejercer un oficio lucrativo. La brujería forma parte de lo que podemos llamar el lado nocturno de la
vida humana. Siempre existieron, para emplear el vocabulario de San Juan, las tinieblas frente a la hiz. La
magia habita en las tinieblas. Se oculta, huye de las miradas, no ignora que causa en cualquier ser normal una
repugnancia invencible. Pero está orgullosa de lo que cree saber y sobre todo ¡de lo que cree poder!

Los juegos de Satán

Aparte del satanismo-religión y del satanismo-magia, existen todavía los "juegos de Satán".
En un discurso ardiente y célebre, San Pedro Crisólogo dijo un día a sus diocesanos de Ravena: "¡El que haya
jugado con el Diablo, no podrá reinar con Cristo:"

Hablaba a cristianos, pero a los cuales "el juego con el Diablo" — en este caso los espectáculos inmorales del
circo — tentaba a veces. En nuestros días, como en el siglo v, un cristiano debe saber que no se debe jugar con
el Diablo si no se quiere estar expuesto a "no reinar con Cristo".

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Pero los juegos del Diablo no son seguramente los mismos, en conjunto, que les que denunciaba Pedro
Crisólogo. O, si son los mismos, ofrecen en nuestros días aspectos completamente nuevos.

Hemos hablado ya del cinematógrafo y no volveremos a tocar el tema. Tampoco hablaremos más del inmenso
abuso de la novela, que es, para cantidad de nuestros contemporáneos, la lectura preferida, y cuyo poder de
atracción parece estar en razón directa de la basura que se expone en ella. Ningún cristiano puede poner en
duda que la novela tal cual se escribe y triunfa ante nuestros ojos, con su "realismo" malsano y perverso, sea
con demasiada frecuencia "satánica". ¿No es acaso una razón para repetir las palabras proféticas de San Pablo
a su discípulo Timoteo?

"Llegará una época en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino, por el contrario, al capricho de
sus pasiones y picándoles los oídos, se darán amos en cantidad y volverán el oído de la verdad para inclinarse
hacia las fábulas " Ad fabulas convertentur! Sabemos que la palabra latina con la cual se designa a la novela
es precisamente ésa: fábula. ¡fábulas! ¡Cuántos de nuestros contemporáneos no buscan su filosofía, su manera
de comprender la vida más que en las novelas que leen y enloquecen a menudo sus imaginaciones y sus
sentidos!

Otros juegos

Hemos dicho lo que el santo cura de Ars pensaba y decía del espiritismo. Mucho más cerca de nosotros,
exactamente el 26 de noviembre de 1955, el padre Berger-Bergés, el exorcista ya nombrado por nosotros, hacía
a una posesa las cuatro preguntas siguientes:

1º.- ¿El espiritismo es una ciencia o una mistificación? ¿Eres tú quien está en el espiritismo? Respuesta: por un
ademán indica lentamente con la mano ¡que es él!

2º.- ¿Las mesas giratorias? ¿Eres tú quien las hace girar? Respuesta: sí, pero no estoy completamente solo,
son necesarias las personas alrededor de la mesa! ¡Estamos juntos!

39 En el espiritismo hay escritos firmados Marco Aurelio. ¿Quién firma Marco Aurelio? ¿Eres tú o alguno de
los tuyos? . . . (Insisto firmemente, dice el padre Berger. . . No contesta, no quiere contestar, me dice, y
finalmente me declara que no tiene permiso para contestar. Después de haber, sin embargo, esbozado un
pequeño ademán que me pareció descubrir y que lo señalaba a él mismo, hace como alguien que contesta a
escondidas ¡para que Dios no vea nada!. . .)

4º.- ¿Y las que leen las cartas? Quid? Satán contesta: "¡Y bien! ¡Es necesario que las gentes se ganen la vida!" Y
deja entender que los naipes también son uno de los medios por los cuales él halaga la estupidez humana. Y
esto nos invita a echar una rápida ojeada sobre este aspecto extraño de nuestro tiempo; recurrir a la
adivinación, que nos retrotrae a las modalidades más infantiles de los paganismos antiguos.

La adivinación: cosa satánica

Es increíble la expansión actual de la práctica de la adivinación popular, bajo las formas más diversas. Se dan
las cifras siguientes para los faquires, cartománticos, quirománticas, adivinas: seis mil declaradas a la policía
en París solamente y sesenta mil en toda Francia, con una "cifra de negocios" evaluada en sesenta mil millones
por lo menos. Sin duda los procedimientos antiguos, el examen de las entrañas de las víctimas, del vuelo de los
pájaros, del murmullo del viento en los bosques o de los dibujos que trazan las aguas bullentes en una fuente,
han desaparecido para siempre. Pero están los naipes, o el estudio de las líneas de la mano, la interpretación
del residuo de las heces de café y-otros muchos procedimientos, tan válidos los unos como los otros. Y está,
como en la antigüedad, la astrología, que se considera la forma más erudita de discernir los destinos humanos.

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Existen todavía en nuestros días astrólogos. Y aseguran —no sin imprudencia — que tienen pruebas
perentorias del valor de sus predicciones.

La verdad es que todas estas pretensiones son, no solamente vanas, sino rigurosamente absurdas. Son
seguramente formas de la "mentira" de la cual el demonio tiene la secular especialidad. A los astrólogos, que
podemos considerar como los más distinguidos de los adivinos, nos bastará oponer las palabras de un maestro
de la astronomía científica, G. de Vaucouleurs. Hablando, al final de su gran obra La Astronomía, que es de
1948, de las influencias cósmicas sobre los seres vivientes, escribe: "No por cierto las ilusorias, a las cuales los
astrólogos intentan colgar sus divagaciones seudocientíficas." Y un poco más lejos comprueba que la
astronomía, en el pasado, ha quedado "estrechamente asociada a las supersticiones astrológicas hasta los
comienzos de los tiempos modernos (y aún, ¡ay!, actualmente en muchos espíritus subevolucionados)", y con
estos términos de desprecio indica bastante la posición de la ciencia de los astros frente a la adivinación
astrológica, en la cual se distinguió otrora un Nostradamus, que conserva admiradores fanáticos hasta en
nuestros días.
Si esto ocurre con la astrología ¿quién, pues, dará importancia ya, con respecto al porvenir humano, a los
encuentros fortuitos de los naipes o a los lineamientos más o menos extraños de las heces del café?

Para un creyente, lo que torna evidente la "mentira" de la adivinación es la certidumbre de que sólo Dios
conoce el porvenir. ¿Cómo lo conoce?" ¿Cómo lo que todavía no es, puede ser objeto de conocimiento para
Dios, cuando la libertad humana está en juego? ¿Y cómo esta preciencia divina es compatible con nuestra
libertad? Todo el mundo sabe que esto constituye uno de los problemas más difíciles de la metafísica general.
Digamos con pocas palabras lo que nos parece la única solución pensable. Nuestro mundo no es el único
posible. Existen inanidad de mundos posibles, todos diferentes unos a otros. Pero su posibilidad misma viene
de que están llevados desde toda eternidad en la Mente del Creador. Y en esta Mente, es decir en el Verbo
Divino, estos mundos se desarrollan idealmente al natural, con sus leyes y también con el juego eventual de las
libertades creadas. Cuando Dios decreta que tal mundo será existente, es decir, será creado por El, con
preferencia a otros, las condiciones de ese mundo no son cambiadas por eso, si no, no sería el mundo deseado
y visto por Dios. Los actos libres serán en él libres, y sin embargo Dios los habrá visto y los ve en el momento
en que se producen. Es en este sentido que Dios conoce el porvenir. Pero como es el único que lleva
eternamente los mundos en su mente, El es evidentemente el único que conoce el porvenir. Querer predecir el
porvenir, fuera de los casos milagrosos de profecías divinas, es pues necesariamente diabólico en el sentido en
que es una usurpación a Dios. Se deduce que ningún poder de adivinación ha sido depositado en el juego de
naipes, en las heces del café, en las líneas de la mano, en las líneas trazadas por la sal sobre la clara de huevo,
como tampoco en las "conjunciones" de los planetas y las estrellas en el momento del nacimiento de un ser
humano. Lo que se llama en astrología un fatum, y que antaño se llamaba un horóscopo, es pues superchería o
superstición.

No sostendremos, ciertamente, que los miles de adivinos y adivinas que ejercen el oficio pretendidamente
lucrativo de predecir el porvenir, en París y en todas las grandes ciudades de Francia, sean brujos o brujas
vendidos a Satán. Parecería que la mayor parte de ellos sólo piensan en practicar un oficio que da beneficios,
sin pensar que ese oficio es inmoral y probablemente diabólico. Pero no por ello dejamos de tener el derecho
de pensar que el demonio saca su provecho de estas aberraciones y que la adivinación bajo sus formas
contemporáneas, como asimismo bajo sus formas antiguas, no es más que uno de los "juegos de Satán" en el
seno de la humanidad. Y es pues una de las formas actuales del satanismo-magia, en lo que tiene de distinto
del satanismo-religión.

120
CAPÍTULO 11
ALGUNOS LUCIFERINOS O
ABOGADOS DE LUCIFER

Boullan y los Maviavitas

En el presente capítulo, desearíamos dar algunos ejemplos recientes de luciferismo. El primero será el del
abate Boullan 1.
Jean-Antoine Boullan nació el 18 de febrero de 1824, en Saint- Porchaire (Charente-Maritime), y murió en
Lyon el 4 de enero de 1893. Sabemos poca cosa de su carrera, aparte de que se hizo sacerdote en 1848.
Frecuentó a escritores ocultistas, vivió en un medio que él mismo definió, en su "Confesión", como de mujeres
"locas y demoníacas, según el juicio que uno puede formarse". Una de estas mujeres es, además, epiléptica.
Ahora bien, en esa misma "Confesión" reconoce que "no tenía aptitudes" para dirigir a las mujeres.

Parece mucho más probable que fuese "dirigido" por ellas. Es, no obstante, inteligente. Pero está trabajando
por una curiosidad malsana a la vez que por inclinaciones sensuales que llegan hasta la obsesión. Explica él
mismo sus faltas en la forma siguiente: "Mis pecados — escribe — tienen una triple fuente, origen y principio:
en primer lugar, la debilidad y la fragilidad de mi naturaleza corrompida; las ilusiones del demonio propias a
engañarme y extraviar mi espíritu; por fin, mi modo de entender las cosas, que me arrastra a varias cosas
dignas de censura y reprensión."

Semejante confesión presenta las marcas de la sinceridad. El abate Boullan reconoce entonces sus errores y sus
faltas. Existe en él una mezcla de buenas intenciones, mediante las cuales se ciega, y de acciones culpables
sobre las cuales intenta ilusionarse. Pretende haber querido sanar a posesos. Para ello ha tratado de estudiar
los efectos del pecado y los límites de la acción del diablo en el transcurso de sus "experiencias" con mujeres
perversas. Se deja —podemos creerlo — convertir por Satán al punto de considerarse "Juan Bautista vuelto a
descender sobre la tierra". Se hace sucesor del herético Vintras, quien "se consideraba una reencarnación del
profeta Elías".

Sabemos que en el Evangelio, Juan Bautista está presentado como un nuevo Elías. Un sucesor de Vintras no
podía ser, pues, sino Juan Bautista. Desde el momento que es esto, tiene una misión. Ha nacido reformador.
Necesita agrupar a su alrededor discípulos para levantar el "poder de Dios" contra la Iglesia Romana. Según él,
la Iglesia Romana está librada a Satán. Los sacerdotes católicos son, de acuerdo con su expresión, "los
demonios del sacerdocio".

La cuestión dinero le preocupa en grado sumo. Su "Confesión" nos lo muestra "ganando mucha plata" en París,
antes de fundar su obra. No dice de dónde viene este dinero. Pero se le va a la cabeza. Compra un castillo y
gasta en él sumas considerables. En su espíritu el bien y el mal se han convertido en algo tan confuso que
comete una estafa en 1861 y, después de ser enjuiciado, pasa tres años en la cárcel (1861-1864). La
investigación judicial establece que utilizaba sus seudoconocimientos sobrenaturales para explotar a las almas
crédulas y substraerles dinero. Este dinero, por otra parte, no lo guardaba. Tenía el placer extraño de recibirlo
de unos para repartirlo entre otros.

1 Seguimos de cerca aquí las páginas que le son dedicadas en Satán de los Estudios carmelitanos, completándolas con algunos datos extraídos de la
Enciclopedia católica.

121
En su "Confesión", pronuncia anatemas incendiarias contra los "demonios del sacerdocio" que lo han
denunciado a Roma para hacerlo condenar junto con su amiga la ex religiosa Adéle Chevalier, quien fue objeto
de un milagro en La Salette y que después cayó en el vicio, arrastrando al abate Boullan junto con ella en su
caída.
Será llevado ante los tribunales eclesiásticos romanos y encarcelado en las prisiones del Santo Oficio, de donde
lo liberará la invasión de los piamonteses en 1870.
A todos los que lo persiguieron, el abate Boullan les prometía las penas del infierno, eternas o temporales,
como asimismo la prisión en la torre de Babel, o el castigo de pagarle todas sus deudas. Sus extravagancias son
tales que los mismos discípulos de Vintras lo excluyen de su círculo. La historia de este sacerdote extraviado,
que fue víctima del ocultismo y el erotismo, sería sencillamente lamentable y común si no hubiera pertenecido
a una cadena y dejado una continuación. Perteneció a una cadena y su caso nos da una vislumbre afligente de
todo un mundo de manifestaciones y de intrigas tenebrosas. El ocultismo de Eliphas Lévi, el ilusionismo de
Vintras, ésta reencarnación de Elías, la teosofía de Madame Blavatsky, las creaciones de Guaita, luego de sár
Péladan, bajo el título de Rosa-Cruz, y quizá también, en un plano más amplio todavía, los ritos misteriosos de
la francmasonería "iniciática" — condenando el ateísmo del Gran Oriente de Francia — no son más que una
cantidad determinada de estas doctrinas esotéricas que se agitan en las profundidades de nuestras sociedades
modernas. Y en todo esto no es indudablemente injusto ver formas del satanismo actual. Pero el abate Boullan
ha dejado también una descendencia: el cisma de los Mariavitas.

¿Qué son los Mariavitas?

Los Mariavitas son una secta seudomística fundada en Polonia, en 1906, por un sacerdote excomulgado, Jan
Kowalski, y por una visionaria, Felicitas Kozlowska (1862-1922).

Ahora bien, los fundadores se vinculaban estrechamente con el abate Boullan. Habían pertenecido a sus obras,
participado en su actuación, compartido su ilusionismo. Kowalski y su colega Procnievski eran ambos
franciscanos. María Felicitas Kozlowska era una religiosa franciscana. Habían pertenecido a la clientela del
abate Boullan y de su profetiza, la ex religiosa Adéle Chevalier, la que fue objeto de un milagro en La Salette. Se
los encuentra en este medio sospechoso entre 1888 y 1893. En esta fecha el abate Boullan muere. Los polacos
regresan, entonces, a su país. En 1894, empiezan los vaticinios de María Felicitas, a quien pronto llamarán la
Matouchka: la madre.

El nuevo movimiento profesa una devoción particular por la Virgen María. No hablan, muy piadosamente, sino
de "imitar la vida de la Virgen María" —Mariae vitam imitari—. De ahí el nombre de Mariavitas. María
Felicitas Kozlowska no teme atribuirse a sí misma la "inhabitación de la Virgen". En 1903, el santo papa Pío X
los condena. Lejos de someterse, los Mariavitas se separan en masa de la Iglesia. Se ha calculado en casi un
millón el número de sus adherentes, y en trescientos el de los sacerdotes y religiosas que los dirigen o
fanatizan, en la época de la fundación oficial del cisma, en 1906. Kowalski se convierte en patriarca de la secta.
Obtiene, para él y algunos colegas, la consagración episcopal — válida — por parte del episcopado viejo-católico
y jansenista de Utrecht, en 1909. En diciembre de 1910, la condenación con la cual el papa Pío X los ha
marcado es confirmada y publicada en el Acta Sanctae Sedis.

Pero pronto estalla el escándalo. En la secta se tiene la presunción de autorizar la práctica de los "casamientos
místicos" y jactarse de ello, plagiado, como el resto, del abate Boullan. Estos casamientos están destinados, se
asegura, a obtener "la procreación sin concupiscencia de hijos que, en esta forma, no tendrán el pecado
original". Del "casamiento místico" se pasa muy rápido a la "poligamia mística" o "poligamia espiritual". Los
Viejos-Católicos, entonces, protestan y se enfadan. En el Congreso Internacional de su secta, en 1924, en
Berna, excomulgan a toda la Iglesia Mariavita, que cuenta aún en esa fecha con seiscientos mil fieles. Desde esa
época el patriarca y varios de sus obispos han tenido que responder, en su país, por graves acusaciones sobre
cuestiones de costumbre, y la Corte de Justicia los ha sentenciado a condenas ruidosas. Según la Enciclopedia
Católica, en el vocablo Mariaviti, tomo VIII, de 1952, su número no pasaba entonces de los cincuenta mil, con
un arzobispo, tres obispos, treinta sacerdotes y quinientas hermanas.

122
Los Mariavitas viven, según ellos, de acuerdo con las Reglas de San Francisco: los sacerdotes obedecen a la
primera Regla, las religiosas a la segunda y los fieles a la de la Tercera Orden- De nuevo ahí el satanismo se
limita a "parodiar" las organizaciones ortodoxas. ¡Ensucia al franciscanismo, por falta de poder hacer mejor!

El caso inquietante de León Bloy

¿Habrá que aproximar al caso del ex abate Boullan y los exaltados del mariavitismo, el del célebre escritor
Léon Bloy?
Plantear la cuestión, hace aún poco tiempo, hubiera parecido una especie de sacrilegio; en todo caso una
actitud insoportable.
Pero ocurrió que en 1957 apareció una obra sorprendente firmada por R. Barbeau, y que llevaba este título algo
ruidoso: Un profeta luciferino, Léon Bloy (París, Ediciones Montaigne, Aubier). Justo es dejar la palabra a su
autor para que nos diga sus intenciones y nos participe sus descubrimientos.

Durante más de tres años — dice — formó parte de un "Círculo Léon Bloy", dirigido en Montreal por el R. P.
Guy Courteau, S. J., que veía en Bloy al hombre más capaz de sacar de la apatía a los "burgueses" y abrir a los
intelectuales los senderos de la Iglesia. Sabemos, en efecto, que la influencia de León Bloy fue considerable al
principio de este siglo; que hombres como Maritain (y su mujer), Pierre von der Meer de Walcheren, Léopold
Levaux, etc., proclamaron a toda voz que le debían su conversión al catolicismo. Tuvo por amigos — muy
generosos — a Pierre Termier, René Martineau, Jacques Debout y otros más. Sus admiradores son hombres
como Hubert Colleye, que escribió, en 1930, El alma de León Bloy; M. J.Lory, El pensamiento religioso de
León Bloy, 1951; Stanislas Fumet, Misión de León Bloy, 1935 ; Albert Béguin, Bloy, místico del dolor, 1948, etc.

Recordemos brevemente que León Bloy, nacido en Perigueux, de padre ateo y madre muy piadosa, fue, desde
su infancia, de temperamento violento, absoluto, inadaptado. Barbey d'Aurevilly le dio la fe — en París — y lo
formó en esta búsqueda de un estilo suntuoso y fuerte, salpicado de palabras raras y expresivas, que son el
rasgo principal de su modalidad. Es indiscutible que León Bloy fue un escritor magistral, que tiene un sentido
del ritmo, de la música de la frase, que lo coloca en primera fila. Se relacionó estrechamente con Ernest Hello y
con el abate Tardif de Moidrey. Tuvo una entusiasta admiración por el escritor lionés, Blanc de Saint-Bonnet.

Pero de acuerdo con el libro de R. Barbeau, ya es una verdad que frecuentó mucho a los ocultistas, que vivió a
la espera de revelaciones grandiosas, de catástrofes sorprendentes, y con la convicción de que tenía que
cumplir una misión capital. Debido a su carácter absoluto, se halla en conflicto agudo con su época. "Tengo la
sensación clara —escribirá el 29 de mayo de 1892 — que todo el mundo se equivoca, que todo el mundo está
engañado, que el espíritu humano ha caído en las más densas tinieblas."

¿De dónde le viene a él, pues, la luz? No de la Iglesia Católica como tal, sino de una pobre prostituta llamada
Anne-Marie Roulé, la Verónica de su novela El desesperado. Se ha vinculado con ella; asegura que la ha
convertido. La mujer tiene visiones sobrenaturales antes de caer en la locura y acabar sus días en un
manicomio. Basado en la fe de esta mujer y en las revelaciones que cree contenidas en el secreto de Melanie
Calvat, la vidente de La Salette, proclama su segundad de la inminencia de la "parusía", es decir del fin del
mundo. Y esta "parusía" consistirá en el advenimiento del Paráclito que ¡no sería otro que Lucifer en persona!

Semejante extravagancia desemboca en la blasfemia más inadmisible. Todo el libro de R. Barbeau tiende a
demostrar que ésta fue la idea dominante y esencial de León Bloy, idea que consideraba como su "secreto"
personal, que disimulaba, por consiguiente, pero ¡que inspiraba secretamente todo lo que escribía!

Constantemente decepcionado en sus esperanzas de asistir al acontecimiento que tenía por misión preparar,
escribirá, en su Biografía (publicada por Joseph Bollery, Albin-Michel, 1947):
"No he podido hallar en mí más que el resentimiento más amargo y feroz contra un Dios tan duro e ingrato . . .
Yo tendría vergüenza de tratar a un perro sarnoso como Dios me trata" (I, 428-429).

123
Cree en efecto que Dios Padre fue un amo imperioso y despiadado, que Dios Hijo no hizo más que reparar la
obra del Padre que había dado tan mal resultado, pero que únicamente con el Espíritu Santo llegará el reino
universal del Amor.

León Bloy renovaba así a su manera las ensoñaciones de Joaquín de Fiore (hacia 1145 - 1202). Pero ¡es sobre
todo la identidad que establece entre Satán y el Espíritu Santo lo monstruoso!

El Satán de León Bloy

Y sin embargo León Bloy se glorifica de ser el único — es con frecuencia: ¡el único! — que ha comprendido lo
que es Satán. Desde el momento que ve en él a la tercera persona de la Santísima Trinidad, no podríamos
sorprendernos lo bastante de la enormidad de los poderes que le atribuye. En su libro sobre Cristóbal Colón,
intitulado El revelador del Globo (1884), leemos:
"La noción del Diablo es de todas las cosas modernas la que más carece de profundidad, a fuerza de haberse
tornado literaria. Con toda seguridad, el Demonio de la mayoría de los poetas no espantaría ni siquiera a los
niños. Sólo conozco un Satán poético que sea verdaderamente terrible. El de Baudelaire, porque es sacrilegio.

"Todos los otros, comprendido el de Dante, dejan nuestras almas bien tranquilas, y sus amenazas harían
encogerse los hombros muy poco literarios de las niñitas del catecismo de perseverancia. Pero el verdadero
Satán que no conocemos más, el Satán de la Mujer y el Tentador de Jesucristo, ése es tan monstruoso que si le
fuera permitido a ese Esclavo mostrarse tal cual es — es la desnudez sobrenatural del No-Amor — la raza
humana y la animalidad toda entera sólo lanzaría un grito y caería muerta."

Hasta aquí estamos completamente de acuerdo con León Bloy. Lo estamos un poco menos en lo que sigue,
porque exagera: "Él (Satán) está entre todos los labios y todas las copas; está sentado en todos los festines y
nos llena de horror en medio de los triunfos; está acostado en el fondo más oscuro del lecho nupcial; ¡roe y
mancha todos los sentimientos, todas las esperanzas, todas las blancuras, todas las virginidades y todas las
glorias! Su trono preferido es el cáliz de oro del amor en flor y su baño más suave es el hogar de púrpura del
amor en llamas. Cuando no hablamos a Dios y por Dios, es al Diablo que hablamos y él nos escucha... en un
formidable silencio. Envenena los ríos de la vida y las fuentes de la muerte, horada precipicios en medio de
todos nuestros caminos, arma contra nosotros la naturaleza entera, a tal punto que Dios ha debido confiar el
cuidado de cada uno de nosotros a un espíritu celeste para que no perezcamos desde el primer instante de
nuestro nacimiento. En fin, Satán está sentado sobre la cima de la tierra, con los pies sobre las cinco partes del
mundo, y nada de humano se cumple sin que él intervenga, sin que haya intervenido y sin que deba
intervenir."
Y concluye: "Es el imperio ilimitado de Satán. Reina como patriarca sobre la multitud de horrorosos hijos de la
libertad humana."

Muchas veces León Bloy ha vuelto sobre estas mismas ideas que podrían estar firmadas por Lutero, el teólogo
pesimista del pecado original, imborrable e indestructible. Ha vuelto sobre ellas en sus libros: Bella aires et
Parchars (Domadores y porqueros) (1905), El alma de Napoleón (1912), y otros. Escribió, un día, a Pierre
Termier: "Todo lo moderno es del Demonio. Tal es la clave de mis libros y de su autor." Y en El invendible
(1909), leemos (pág. 219): "Podríamos encontrarnos mañana en presencia de un caso de posesión universal

Pero, justamente ¿cómo después de haber exagerado tan violentamente la potencia maléfica de Satán puede
León Bloy identificarlo con el Paráclito? ¿Cómo aquel que según él es el No-Amor, y según nosotros también,
puede convertirse en el Amor personificado?

Esto es el secreto más profundo de León Bloy. Está perdido en los simbolismos más impenetrables y goza de
éxtasis que no pertenecen más que a él. Escribiendo a su novia, la hija del escritor dinamarqués Molbech, le
dice el 24 de octubre de 1889:

124
"Recuerda . . . esta cosa que me fue revelada otrora que sólo yo en el mundo he podido decir, a saber que este
Signo de dolor y de ignominia —La Cruz— es la figura más expresiva del Espíritu Santo. Jesús que es el Hijo
de Dios, el Verbo hecho carne y que representa a toda la humanidad, lleva pues esta Cruz, que es más grande
que él y que lo abruma. Simón el Cireneo tiene que ayudarlo a llevarla. Cuando pienso en este grande
personaje misterioso, elegido de toda eternidad entre miles de millones de criaturas para ayudar un día a la
Segunda Persona divina a llevar la imagen de la Tercera, me siento penetrado de un respeto infinito que se
asemeja al espanto. "El nombre de Simón quiere decir: obediente, y es la desobediencia lo que ha impuesto la
Cruz, es decir, el Espíritu Santo, sobre las espaldas de este otro obediente que es Jesucristo. Advierte bien,
Jeanne, que esto nos da tres, dos obedientes para llevar la carga terrible de la desobediencia y que este trío
lamentable está en marcha para ir a vencer a la muerte. ¡Qué abismo!"

En otra carta fechada el 2 de diciembre de 1889, deja traslucir una vislumbre de su modo de concebir la caída
original y la restauración final:

"Verás — dice — cómo concibo en este instante el drama inmenso de la Caída. La Serpiente, figura sombría del
Espíritu Santo, engaña a la mujer que allí es la figura radiante. La mujer acepta y come la muerte. Hasta ese
momento el género humano no ha caído, puesto que si la mujer ha cambiado su maravillosa inocencia por el
pudor que no es más que su reflejo lamentable, el hombre, figura deslumbrante de la Segunda Persona divina,
no ha alterado todavía esta inocencia haciendo uso de su libertad. Tal es la situación inaudita, casi
inconcebible. Ahora requiero toda tu atención. El hombre y la mujer están en presencia el uno del otro, en
conflicto, solos, porque la Serpiente ha pasado por la mujer, se ha amalgamado a ella; la sombra y la luz se han
fundido, una y otra, para los siglos de los siglos. El hombre y la mujer, es decir, Jesús y el Espíritu Santo, están
el uno frente al otro, bajo la mano terrible del Padre.

"La mujer, figura del Espíritu Santo, representa todo lo caído, todo lo que caerá. El hombre, figura de Jesús,
representa la salvación universal por la aceptación, la asunción misma de todas las caídas, de todo el mal
posible y, por el milagro de una ternura infinita, consiente en perder la luz de su inocencia para compartir el
fruto de la muerte, con vistas a triunfar un día de la misma muerte, cuando el dolor haya ampliado
prodigiosamente su libertad. Entonces los dos advierten que están desnudos, porque la Redención —ya
iniciada— que un día deberá cumplirse sobre un árbol del cual el del Edén no es más que una prefiguración,
ese día la víctima, el holocausto universal de la Libertad y del Pudor tendrá que ser contemplado
completamente desnudo sobre la Cruz de la expiación universal. ¡Tendría otras cincuenta cosas que decir sobre
esto si no me estuviera muriendo de frío!
"No importa: el Amor, en un movimiento inefable e incomprensible, cae sobre la tierra; el Verbo, del cual es
inseparable, cae después de él, y el Padre los eleva el uno por el otro, sucesivamente, debiendo el hombre
primero dar su libertad de manera terrible para salvar a la mujer, y debiendo la mujer después entregar su
pudor de manera aún más terrible para libertar a su esposo. Cuando me escribes que tal vez la mujer sea la
única rica y el hombre el único pobre, expresas— ¿es a pesar tuyo? — una de las más adorables exégesis
trascendentes. Pero esta fórmula no es perfectamente cierta sino en el sentido de la exégesis y esto me hace
volver al objeto de mi carta."

Si comprendemos bien este lenguaje sibilino y presuntuoso, la Serpiente, es decir Satán, figura sombría del
Paráclito, engaña a la Mujer y no solamente a Eva, sino a la Mujer que será la Virgen María, figura radiante del
mismo Paráclito. La Serpiente "se ha amalgamado a ella", lo cual quiere decir que Satán y la Luz y la Mujer "se
han fundido unos en los otros para todos los siglos de los siglos". La Serpiente y la Mujer no forman más que
un solo ser que es el Paráclito. Pero después de la caída, la elevación. “El Amor, en un movimiento inefable e
incomprensible, cae sobre la tierra. El Verbo, del cual es inseparable, cae después de él, y el Padre los eleva el
uno por el otro sucesivamente." Paráclito es sinónimo de Lucifer. Su imagen más notable es el hijo pródigo. El
Padre espera ansiosamente su regreso. Lucifer volverá. Será recibido con alborozo por el Padre. Su hermano
mayor no estará contento. Esto quiere decir que la Iglesia perseguirá al Paráclito-Liberador que debe desclavar
a Cristo al final de los tiempos. Será el inconcebible Acontecimiento futuro, el triunfo de la Sinagoga y la Gloria
de Satán.

125
Detengamos aquí este desembalaje de insanias. Lo menos que podemos hacer, cuando hemos leído la
requisitoria de R. Barbeau contra L. Bloy, es colocarlo en la serie de los neognósticos que han pululado desde
hace dos siglos. ¿Qué queremos decir con esto? Los gnósticos fueron, hace ciento ochenta años, herejes que se
creían superiores a los simples fieles, que escrutaban las Escrituras con la presunción de encontrar en ellas
sentidos misteriosos e inaccesibles al común de los mortales, y que levantaban sistemas inverosímiles sobre los
"eones", haciendo el puente entre la materia, identificada al mal y Dios, situado en una lejanía casi imposible
de alcanzar.

Como los gnósticos, León Bloy se cree detentor de un secreto que sólo le pertenece a él y a algunos iniciados
cuyas revelaciones es el único en comprender. A este secreto quiere encontrarle un apoyo en las Escrituras,
pero según interpretaciones que son solamente de él. Vive con la esperanza insensata de una catástrofe de la
cual será no sólo testigo, sino el agente más activo. Habrá sido — cree él — el profeta, el anunciador
privilegiado de la parusía, que no será otra cosa que la subida al cielo de Lucifer, que debe volver a obtener su
título y su gloria de Paráclito, tercera persona de la Santísima Trinidad. Para esa restauración de Satán bastará
que el que era el No-Amor retorne a lo que era primitivamente: el Amor, y que suplique al Padre diciendo:
"¡Apelo de tu Justicia a tu Gloria!" Traduzcamos: si Dios mantiene a Satán en el infierno, con los otros
condenados arrastrados por él, puede hacer perfectamente acto de justicia, pero es en detrimento de su gloria.
La creación que es su obra está incompleta. Digamos la palabra: ¡si el infierno es eterno, la creación está
fallida! Hay en ella una mancha. Una mácula intolerable. "Para su gloria", Dios está obligado a perdonar a
Satán y a todos los condenados. ¡No puede dejar que subsista ese horror que se llama el infierno!

Tal parecía, por cierto, haber sido el "secreto" de León Bloy. El autor del libro que acabamos de analizar, R.
Barbeau, nos hace la grave declaración que vamos a leer:

"La publicación actual no constituye más que una parte del texto presentado en la Sorbona el l" de junio de
1955. Toda una serie de cuestiones importantes como la reencarnación en la «Mujer Pobre», la creencia de
León Bloy en la reencarnación de varios de sus amigos, la presunción inquebrantable de ser él mismo un
reencarnado, la inexistencia del tiempo, lo angélico antes de la caída, la autodivinización del hombre, los
temas del Paraíso Terrestre, de la Atlántida, el Sexo de la Mujer, el incesto, el Paraíso Celeste gnóstico, el
lenguaje oculto, el arte luciferino, el Septenario, el año climatérico, el Santo Grial, la necesidad de libertad,
los dos Abismos, el anagramatismo y muchas otras alusiones ocultistas, al igual que dos exposiciones
completas del luciferismo magnético de Eliphas Levi y del luciferismo mitológico de H. P. Blavatsky, que
establecen el vínculo entre León Bloy y los iniciados, será publicada en un estudio por aparecer
ulteriormente, acompañado de cartas y textos inéditos."

Estamos en plena fantasmagoría con León Bloy. Vamos a quedarnos en ella, pasando algunos instantes con
Giovanni Papini.

El Diablo de Papini

Lo que nos permite establecer una semejanza entre León Bloy y Papini es que ambos autores, en los cuales
discernimos una idéntica inclinación hacia el iluminismo, son tanto el uno como el otro, partidarios resueltos
de la rehabilitación final de Satán. Se trata siempre de apelar "de la justicia a la gloria" de Dios. Si existen en
Papini menos construcciones neognósticas, hay sin embargo en él la renovación extraña de una herejía muy
vieja, la de los teopasistas ¡que atribuían el sufrimiento a Dios mismo! Pero si bien los teopasistas de la
antigüedad pretendían explicar este "sufrimiento de Dios" por la muerte del Hijo de Dios sobre la cruz, lo cual
comporta ciertas interpretaciones legítimas y otras netamente heréticas, Papini atribuye el sufrimiento de Dios
a uno de los rasgos más esenciales de la naturaleza divina.

No teme escribir, en efecto: "Si Dios es amor, debe, necesariamente, ser también dolor.

126
Si el amor es una comunión perfecta entre el que ama y el que es amado, se desprende que toda pena, toda
prueba del ser amado ensombrece y pone a prueba el alma del que ama. Si Dios ama a sus criaturas como un
padre ama a sus hijos — las ama infinitamente más de lo que un padre terrestre ama a los hijos de su carne —,
Dios debe sufrir, y sufre seguramente por el sufrimiento de los seres que su poder ha sacado de la nada. Y si
Dios, por naturaleza, es infinito en todo, podemos creer que su dolor es infinito, como es infinito su amor".1

No existe nada más afligente que la ignorancia teológica que estas líneas comprueban. Es menester no saber
nada de Dios para hablar de él en términos tan impropios, y es hacer antropomorfismo en un grado
insoportable, atribuir a Dios las deficiencias del amor tal como nosotros lo concebimos y lo practicamos.

Dios está por encima de nuestras categorías y de nuestras concepciones. Su amor infinito tiene su principio y
su fin en sí mismo y sólo en él. El acto creador que llega a poner en un lugar a seres acabados, tales como los
ángeles y los hombres, no puede ser sino un acto de amor, porque Dios no puede hacer otra cosa que esos
actos. Pero el amor de las criaturas exigido por su libertad no puede ejercer ninguna influencia sobre la esencia
divina, no puede causar en esta esencia inmutable ninguna alteración. Pensar de otra manera es confundir lo
finito con lo infinito, la criatura con el Creador, ¡los seres con el SER! El amor tal cual es en Dios es Dios
mismo. Nosotros lo personificamos en el Paráclito o el Espíritu Santo, al igual que personificamos la Sabiduría
que es Dios en su Verbo. Pero este amor substancial e infinito no puede ser más que beatitud infinita y excluye
infinitamente todo sufrimiento y todo dolor. Estamos, pues, con Papini en pleno absurdo teológico cuando
prosigue:

"No pensamos bastante en este infinito sufrimiento de Dios. No tenemos ninguna piedad para este tormento
de Dios. La mayoría de esos mismos que se reconocen sus hijos, no se preocupa de comprender ni de consolar
la aflicción de Dios que no tiene medida. Pedimos al Padre regalos, intervenciones, perdones, pero no hay
nadie que participe, con la ternura de un cariño filial esclarecido, en la eterna angustia de Dios."

Reconoce que los santos han meditado mucho sobre la Cruz de Cristo, que han querido asociarse a los
sufrimientos de Cristo, en su calidad de hombre. Pero ¡reprocha a los santos de haberse limitado a una
"epifanía física" —las palabras son de él— del sufrimiento de Dios! Si le creemos, "la Cruz no es más que un
símbolo terminado, tangible, de una Crucifixión que la precede y la sigue".

Al hablar de este modo, Papini no se imagina que va mucho más lejos que los teopasistas antiguos, quienes
fueron condenados como herejes. Eran ante todo monofisitas o eutiquianos, y desde el momento que admitían
que en Jesucristo la naturaleza humana está sumergida y perdida en la naturaleza divina, al punto de no hacer
con ella más que una sola naturaleza, se creían autorizados a decir que es la naturaleza divina la que ha
sufrido en la cruz. Pero Papini atribuye el sufrimiento a la esencia misma de Dios. Con la herejía de los
teopasistas renueva la de los patripasianos o sabelianos que en nombre de la unicidad de la substancia divina
¡enseñaban que el Padre había muerto en la cruz tanto como el Hijo!

Con Papini nos encontramos en plena imaginación romántica. No quiere que creamos solamente en Dios,
¡quiere que tengamos lástima de Dios!

Es dar vuelta los papeles extrañamente y por una blasfemia inesperada. Dios, beatitud infinita, porque es amor
infinito, no tiene qué hacer con nuestra compasión. La desea de nuestra parte para su Hijo muerto en la cruz.
La desea no vana y estéril, sino acompañada del arrepentimiento que exigen nuestros pecados, puesto que son
estos pecados y no sólo la ira de Satán, ni la traición de Judas, ni el odio de los fariseos, las causas de sus
sufrimientos. Pero todo esto ocurre en los dominios de lo finito, en los dominios de lo creado. Nada de lo que
es finito y creado puede alterar lo que es infinito y no creado.

¡Papini nos pide, pues, una cosa absurda cuando nos invita a tener piedad de Dios!

1 Papini, El Diablo, pág. 74.

127
Papini y Lucifer

No nos pide un absurdo menor, haciéndonos una especie de deber de rezar por Satán, ¡de implorar su perdón
ante Dios, de recordar que Satán no es solamente un grande culpable sino también un profundo desgraciado!

Ahora bien, esta idea sola basta para dar vuelta el problema, para cambiar toda la situación, ¡Satán culpable!
Es nuestro derecho y nuestro deber culparlo. Pero a Satán desgraciado, ¡es nuestro deber tenerle lástima y
rogarle a Dios que lo perdone!

En efecto, según Papini, si Dios amaba inmensamente a Satán antes de su caída — lo cual debemos considerar
como evidente puesto que era su criatura más bella — "¿no lo amaría más aún, ahora que se ha tornado, entre
los desgraciados, desesperadamente desgraciado?"
Vemos el sofisma. Dios ama a los desgraciados. Lucifer es el más desgraciado, ¡por lo tanto Dios lo ama más
que a todos los otros!

A lo cual el simple buen sentido contestará: Dios ama a los desgraciados que no han merecido su desgracia,
que saben hacer de su infortunio un acto de amor, y de amor supremo, ¡como lo hizo Cristo en la Cruz! ¡Sí!
¡Dios ama infinitamente a su Cristo en la Cruz!
Pero que pueda amar al que ha elegido el odio en lugar del amor, la rebelión en lugar de la obediencia, el
orgullo en lugar de la humildad, es una cosa imposible e impensable.

¿La desgracia de Satán es curable?

Papini nos pide que tengamos piedad de Satán, en razón del castigo que sufre. Supone que nosotros, los hijos
de la ortodoxia teológica, enseñamos que frente a un Dios irritado e imposible de apaciguar, de un Dios
intratable en su justicia, hay un pobre Lucifer muy desgraciado que desearía mucho que lo perdonaran, pero al
cual Dios niega el perdón, a menos que nosotros intercedamos en su favor.

Repitamos la palabra: se trata, como en el caso de León Bloy, con menos fantasía neognóstica, de
fantasmagoría. Todo es mucho más simple. Y Papini mismo lo sabe puesto que describe así la desgracia de
Satán: "El castigo de Lucifer es lo más horrible que un espíritu divino y humano pueda concebir: no ama más,
no es ya capaz de amar, está hundido y clavado en las tinieblas sin fin de la ausencia y del odio… No existe
sobre la tierra ningún malhechor maldito hasta el punto de no tener, por mementos, un golpe de sentimiento,
un resplandor confuso de esperanza. Estos relámpagos tan pobres pero inestimables le son negados a Lucifer."1

Papini ha puesto, pues, el dedo sobre la razón esencial de la eternidad del infierno. Se dice a veces: "¿Cómo
admitir que un pecado de un instante pueda ser la causa de un castigo sin fin?” Pero es no comprender nada
de la doctrina de la Iglesia sobre el infierno. El pecado de un instante nunca es castigado con un infierno
eterno, porque es el pecado inmediatamente lamentado y borrado por la contricción del que lo ha cometido, o
mejor dicho por la infinita misericordia de Dios. El pecado eterno es el causante de la eterna condenación.
Lucifer ¿sólo puede odiar, dicen ustedes? No solamente no puede, sino que no quiere sino odiar. Por
consiguiente, este odio que constituye su pecado sin fin es la causa de su condenación sin fin. Más aún, la
condenación sin fin es el mismo odio sin fin. El, infierno no está sobre-agregado, por decirlo así, a la falta, está
ligado a ella intrínsecamente y por la fuerza de las cosas. Le es tan imposible a Lucifer no ser "desgraciado"
como no odiar. Y al no poder amar ya, se ha cerrado para siempre el camino del retorno. En León Bloy hemos
hallado el mismo error. Nos hemos preguntado: ¿Cómo el que es, según usted, el No-Amor puede tornarse en
el Amor esencial, el Paráclito que no es otro que el Espíritu Santo? Hay ahí una tergiversación de las cosas que
sólo una imaginación descentrada puede admitir.

1 Obra citada, pág. 77. Los pasajes subrayados, lo son por nosotros.

128
En Papini, la monstruosidad es menor. No llega hasta identificar a Lucifer con el Paráclito, lo cual constituye
una blasfemia abominable, pero quiere que el castigo del odio, en Lucifer, sea sentido tanto por el Amor
infinito como por el mismo culpable. Con lo cual nos conmina a tener piedad de Dios al tener piedad de
Lucifer.

Entre los demonios que nuestros exorcistas interrogaron, uno por lo menos gritó: "¡Sobre todo no quiero que
me tengan lástima!" No; Satán no quiere nuestra piedad. Papini con su libro le ha infligido el peor de los
tormentos: ¡el de ser objeto de compasión por parte de mortales como nosotros, tan inferiores a él!
La solución propuesta por Papini no tiene, pues, el menor fundamento. No reposa más que sobre una falsa idea
de la naturaleza angélica. Lo mismo que tiene una idea radicalmente errónea de la naturaleza divina, puesto
que no teme considerarla accesible al sufrimiento, se equivoca por completo sobre la naturaleza angélica, y por
consiguiente diabólica, puesto que la supone, como la naturaleza humana, sujeta a cambios, ¡a la variación en
sus decisiones y elecciones!

Para terminar con esta cuestión del apocatástasis o restauración final de los condenados, que se halla tan a
menudo sobre el tapete en nuestros días y en la cual los teólogos protestantes, en su mayoría, se han
pronunciado a favor de la duración limitada del infierno, citaremos una página muy justa y muy reciente de
Jean Guitton:

"La idea que inspira y que funda, con razón, la fe cristiana sobre la eternidad de la pena — escribe —, es que el
fracaso del malo debe ser total. Llamo aquí malo al hombre que ha elegido lúcidamente y libremente el mal
radical, con perseverancia y hasta último momento.*

Ahora bien, toda vergüenza y toda pena, por grandes que sean, cuando son temporarias, se aniquilan. Si el
hombre del mal no estuviese eternizado en el mal que ha elegido, sería él el verdadero triunfador. Finalmente
tendría el derecho de decirle a Dios: «Ya ves cómo me las he sabido arreglar. Yo soy el más valiente, el más
paciente. La grandeza, la poesía del dolor, soy yo, yo solo, quien las ha presentado en mi larga Pasión que no ha
sido la de un solo día. En el fondo he tenido razón en elegir el mal que me ha reportado tantos instantes de
infinitud. Soy yo el más hábil y el más elevado. Mi expiación ha terminado. ¡He tenido, pues, razón sobre la
eternidad que nos iguala a todos ante Ti!»"1

¡Todo cuanto se dice aquí del "hombre del mal", es con mayor razón aplicable a Satán!
Nos falta echar una ojeada, en un último capítulo, a su carácter e intentar hacer una apreciación sumaria, salga
como salga, de lo que llamaremos la Psicología de Satán.

NOTA. — Las páginas dedicadas más arriba a León Bloy suscitaron una violenta protesta de los señores van del
Meer de Walcheren, ahora R. P. dom Pierre Matthias, y M. Bisson, pintor religioso estimado, el uno y el otro
convertidos por León Bloy. Consideran que los párrafos incriminados de León Bloy han sido mal interpretados
por R. Barbeau en el libro que hemos citado. De hecho, sabemos de fuente romana altamente autorizada, que
obras de León Bloy fueron denunciadas al Santo Oficio y que el cardenal Billot consiguió que no fueran
condenadas por esta razón: poetice loquihir (habla como poeta). Sabemos que por la misma razón el libro de
Papini sobre El Diablo no fue condenado. ¡No seamos más severos que el Santo Oficio!

1 En la Revué de Paris, diciembre de 1958: Jean Guitton, La vida eterna


2 Textos que tratan de modo decisivo. Son éstos: L’œuvre étrange de Léon Bloy, de Louis Jougnet, y L’enfant prodigue selon Léon Bloy – Une
interprétation blasphématoire, de Antoine de Motreff; Le Sel de la Terre, n. 52, Printemps 2005, Avrillé, Couvent de la Haye-aux-Boshommes, pp. 189-
202 y pp. 116-140 respectivamente. y las obras Un Prophète luciférien, Léon Bloy, de R. Raymond Barbeau, París, éditions Montaigne, Aubier,
1957. Présence de Satan dans le monde moderne, de Mrg Augustin Louis Léon Cristiani.

129
CAPÍTULO 12
LA PSICOLOGÍA DE SATÁN

Distinciones necesarias

Lo que no debemos olvidar cuando hablamos del Diablo es que Satán es único, mientras que los demonios son
innumerables. Pero en el transcurso de nuestra exposición hemos tratado a Satán, más o menos, como si todos
los demonios fueran como él y como si el jefe y sus tropas pudieran ser considerados intercambiables. Y sin
embargo hemos comprobado que entre los demonios que tomaron posesión de tal o cual criatura humana, se
encontraban nombres distintos al de Satán. Isacaron, Isabó, Asmodée, etc.: estos nombres no son sinónimos
de Satán. En este ensayo sobre la psicología diabólica, el primer hecho que importa comprobar es que los
demonios pueden ser tan diferentes unos de otros como lo son los hombres. No hay dos que se parezcan. No
están ni siquiera siempre de acuerdo entre ellos. Hemos visto, en Perpignan, a Isacaron, que poseía a Antoine
Gay, pelearse furiosamente con el demonio que poseía a Chiquette.

En el caso de la embrujada de Plaisance, descubrimos que Isabó tenía consigo a otros seis demonios, de
nombres estrambóticos, pero de los cuales aparentaba desinteresarse.
La tarea de quien desee trazar una psicología de Satán es, pues, ante todo distinguir entre el jefe y sus vasallos,
si la cosa es, con todo, posible.

Satán y nuestros primeros padres

No podemos dudar que la Serpiente que tentó a Eva era Satán en persona. La Serpiente es el Dragón del
Apocalipsis. Y el Dragón es sin duda Satán o Lucifer.
¿Qué podemos deducir del lenguaje de la Serpiente en lo que concierne a la "mentalidad" de Satán?

Primer rasgo: "la Serpiente era el más astuto de los animales del campo" (Génesis, III, 1). Ninguna duda sobre
este punto. Satán se distingue por su astucia. ¿Qué significa esta palabra? La astucia es "artificio para
engañar". El ser que actúa con astucia tiene malas intenciones. Si habla no es para decir la verdad, sino para
engañar, para desviar hacia el error, hacia la no-verdad. Satán es falso. No es posible fiarse de él. Lo que falta
sobre todo en él, es lo que llamamos la rectitud, la lealtad, la franqueza. Es turbio, es voluntariamente oscuro y
disimulado. Cuando meditamos sobre su diálogo con Eva, nos impresiona la simplicidad y la ingenuidad de la
mujer por una parte, y la fineza, la audacia, el cinismo de Satán. Interpreta a su manera la defensa divina.

Niega que esta defensa sea justa y que el hecho de violarla pueda tener para la mujer malas consecuencias. Eva
le dice que hay una pena de muerte para quien coma el fruto del árbol que Dios ha prohibido tocar. ¿Cuál es la
respuesta de la Serpiente?

"¡Nada de eso! ¡No moriréis! Pero Dios sabe que el día que comáis de ese fruto, se os abrirán los ojos ¡y seréis
como dioses que conocen el bien y el mal!"
No solamente Satán desmiente a Dios sino que lo acusa de actuar como un enemigo del hombre, como un
tirano que no quiere que “los ojos se abran", pero deja vislumbrar su propio deseo: "¡Seréis como dioses!"

Satán traiciona con estas palabras lo que fue su secreto, la causa de su rebelión, la razón de su caída: ¡Ser como
Dios! ¡Este acto de orgullo es el fondo mismo de la psicología de Satán!

¿Cómo una criatura inteligentísima ha podido llegar a un estado de espíritu tan insensato? No sabemos nada
de lo que había sido la vida de los ángeles antes de la caída de Satán.

130
Es posible que en el mundo de los ángeles haya tenido muchos admiradores. Suponemos esto, porque arrastró
consigo "la tercera parte de las estrellas", es decir, de los ángeles. La admiración de la cual era objeto fué "la
prueba" de Satán. Sucumbió en ella por la admiración de sí mismo. Todo cuanto sabemos del orgullo en los
seres humanos nos conduce a esta conjetura. Y este orgullo inspiró la siguiente frase dicha a Eva: “¡Seréis como
dioses!"

El mismo en su caída se considera un dios. Su orgullo no ha muerto. El orgullo es lo que lo mantiene alejado de
Dios y lo convierte en el Adversario. En el libro del Eclesiástico, esta consecuencia del orgullo está muy bien
destacada:
"El principio del orgullo, leemos, es abandonar al Señor y tener el corazón alejado del Creador, porque el
principio del orgullo es el pecado, aquel que se entrega a él reparte la abominación." (Eccli, X, 12-13).

Por fin, con este alejamiento de Dios, hallamos la psicología de la Serpiente tentadora, el odio hacia el hombre
oculto bajo una apariencia de amistad. Desea engañar a la mujer y por la mujer engañar al hombre. Opone sus
palabras a las de Dios. Hace brillar este sueño absurdo y funesto: "¡Seréis como dioses!" Y sin embargo sabe
muy bien que ese camino va a introducir la muerte en la humanidad. Comprendemos desde entonces que
Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, haya definido a Satán: el padre de la mentira y el homicida
desde el principio. Y para nosotros este término de homicida, lejos de ser excesivo, no dice más que un aspecto
de la verdad total: ¡Satán, en efecto, es por encima de todo el DEICIDA! ¡Él es quien, después de haber tentado
en vano a Cristo, no cesará de perseguirlo hasta la muerte! Al entrar en el corazón de Judas, ¡fue el principal
autor del drama del Calvario!

El tentador de Cristo

Todo lo que acabamos de descubrir sobre Satán halla su confirmación en la triple tentación de Cristo. Qué
orgullo demencial en esas palabras de Satán a Cristo, mostrándole en espíritu todos los reinos de la tierra:
"¡Todo esto te daré si te postrares delante de mí!" El más recóndito fondo de la ambición satánica es ése:
"¡Quitarle a Dios sus adoradores, hacer converger las adoraciones de los hombres hacia sí mismo!" Es
demencial y sin embargo la historia de las religiones, ya lo hemos dicho, está ahí para demostrar que Satán
había logrado, en gran parte, hacerse adorar en lugar de Dios.

Y hoy mismo, si las adoraciones de los hombres ya no son para Satán, por sus cuidados y su impulsión se han
desviado de Dios. Tampoco se dirigen hacia los dioses de la mitología sino a esos dioses del orgullo humano:
¡la Ciencia, el Progreso, la Técnica, la Materia! ¡Como lo hemos advertido más arriba, la conquista del mundo
está en trance de perder el alma humana! Es el enorme triunfo de Satán en su odio a Dios y a los hombres.

En resumen: el orgullo, la voluntad de hacerse dios, la astucia, los celos y el odio por el hombre, todo esto
desembocando en el embuste, el homicidio, el deicidio . . . ¡he ahí a Satán!

Si lo buscamos en la hora actual, no lo encontraremos en esos demonios más o menos secundarios y oscuros
de nuestros poseídos y de nuestros infestados, sino en la alta política mundial. Satán está en el centro del
homicidio generalizado que será la tercera guerra. Él es quien inspira, sin lugar a dudas, la guerra fría; él
siembra la desconfianza entre los pueblos, los opone unos a otros, provoca las persecuciones contra los
discípulos de Cristo, impone a las naciones comunistas su yugo inhumano y ceba las bombas perfeccionadas
por la técnica más moderna, para la catástrofe final.

Psicología de Satán: es a la vez grandiosa por ser planetaria, trágica porque tiende a la destrucción universal, e
infernal puesto que aleja de Dios, que es la luz y la vida.

Léon Bloy, en la página citada en el capítulo precedente, no ha excedido los límites, por una vez, al decir que si
los hombres pudieran ver a Satán tal cual es en el fondo ¡caerían fulminados!

131
Los demonios del Evangelio

Pero si nada podemos decir con respecto a Satán que esté al nivel de su perversidad y de su poder, no ocurre lo
mismo con los demonios que están bajo sus órdenes. Esta turba cuantiosa debe ofrecer todos los grados de la
inteligencia, en la medida que está inclinada al mal.

Monseñor Catherinet, analizando los datos evangélicos a propósito de los posesos liberados por Jesús,
encuentra allí las siguientes particularidades con respecto a la psicología de los demonios:
"Timoratos, obsequiosos, poderosos, malvados, versátiles y hasta grotescos —escribe—, todos estos rasgos,
formalmente acusados aquí — en el relato evangélico del poseso de Gérasa —, vuelven a encontrarse, en
diversos grados, en los otros relatos evangélicos de expulsiones de demonios." 1

Y en una nota, el mismo autor observa: "Este aspecto ridículo, vulgar y pernicioso de las posesiones diabólicas
aparece también en los relatos de las «Actas», especialmente en la XIX, 13-17, donde vemos, en Éfeso, a ciertos
exorcistas judíos ambulantes tratando de invocar el nombre de Jesucristo sobre los que tenían espíritus
malignos; eran siete hijos de un tal Scévas, gran sacerdote judío, los que hacían esto: mal lo pasaron porque un
buen día uno de los posesos le replicó: «Conozco a Jesús y sé quién es Pablo, pero ustedes ¿quiénes son
ustedes?» Y el hombre, lanzándose sobre ellos, dominó a todos y fue tanto más fuerte que ellos, que huyeron
de la casa desnudos y heridos»."

La característica de estos demonios, que no son Satán mismo, parece, pues, ser la contradicción, porque
alternativamente son amenazadores y rastreros, orgullosos y timoratos, siempre cínicos, groseros, ordinarios.

Los demonios en Jean Cassien y en nuestros días

Hay una página que no podemos omitir en una descripción sumaria del mundo diabólico y es la consignada
por Jean Cassien en sus Conferencias, sobre la parte del abate Serenus, uno de los maestros del desierto.
Serenus habla de sus experiencias y de las de los otros Padres que se han enfrentado con el demonio.

"Existen, fuera de toda duda — escribe Cassien, según Serenus —, en los espíritus impuros tantos gustos
diversos como entre los hombres. Hay entre ellos, en efecto, los que el vulgo llama «los vagabundos» y que
ante todo son seductores y bufones. Están constantemente en determinados lugares o sobre los caminos. Se
divierten en engañar, mucho más que en atormentar, a quienes encuentran. Se contentan de cansarlos con sus
burlas y sus ilusiones, sin tratar mucho de causarles daño . . . " 2

Y largamente todavía el abate Serenus prosigue su enumeración de la cual sólo retendremos este rasgo
principal: "Se divierten en engañar." Pero también se divierten en insultar, en amenazar, en dar miedo.
Practican, a su modo, con los seres que infestan, la "guerra fría", sin poder hacer mucho mal, porque Dios no se
lo permite. Bajo este aspecto se nos apareció el demonio en sus infestaciones de Ars y de Lourdes. El Arpeo del
cura de Ars no era peligroso, sin duda porque, según la frase de San Agustín citada más arriba, "ese perro está
encadenado". Puede ladrar. ¡No muerde más que a aquellos que se le acercan demasiado! Un Boullan ha sido
mordido cruelmente, un León Bloy, quizá también, pero fue por su propia culpa. Ni el cura de Ars, ni
Bernadette tuvieron que sufrir excesivamente por las infestaciones diabólicas. Para el común de los mortales,
el tentador tiene sin duda las características que acabamos de señalar: es astuto, falaz, obsesionante, por lo
menos durante períodos, pero es impotente contra la fe: "Cui resistite fortes in fidel" (¡Resistidle, firmes en la
fe!), nos recomienda San Pedro.

1 Satán, Estudios carmelitanos, pág. 319. Este texto ya ha sido citado más arriba, pero corresponde repetirlo aquí, para una visión de conjunto.

2 Ver nuestro Jean Cassien, Ediciones de Fontenelle, 1946, tomo II, 139 y siguientes.

132
El demonio frente a los exorcistas

Para concluir este capítulo, nada mejor podríamos hacer que citar la carta siguiente, redactada por un
eminente exorcista en actividad, el padre Berger-Bergés:
"Me pregunta usted —nos escribió el 17 de febrero de 1959 —, cuál es la psicología de Satán, cuando está ahí,
sometido a la acción de los exorcismos. Le contesto por intermedio de esta carta.

Sea cual fuere la causa de la «posesión» — y existe sobre este punto, con frecuencia, un misterio insondable—.
es necesario definir y sintetizar la psicología de Satán con las siguientes palabras: Orgullo, Desprecio por su
víctima, Tenacidad.
"Orgullo que va a ser obligado a sufrir las humillaciones y los sufrimientos temibles que le impondrán los
exorcismos del Ritual Romano. De ahí sus palabras o sus actitudes, alternativamente atemorizadas,
insultantes o desconcertantes, que van a sucederse, desde el comienzo de los exorcismos; de ahí sus
contorsiones violentas para intentar huir y que obligan a los testigos a atar al poseso o a dominarlo con brazos
vigorosos; de ahí, cuando Satán es proyectado a tierra, retorciéndose, impotente, delante del tabernáculo, esas
palabras de ira:
"«¡Yo no quería que vieran esto. . .! ¡No quería que me vieran así!»

"De ahí, esas reacciones blasfematorias y presuntuosas que le hacen exclamar: «¡A ti, Dios, no te temo!. . . ¡Yo
soy el amo . . . ¡Yo soy el amo del mundo!...» "Y cuando trata de romper la cruz que el sacerdote le pone sobre
el pecho, es el orgullo lo que le hace declarar: «¡Jesús no lo doblegará!» "Y Satán lo llamará con una risa
diabólica que todos los exorcistas conocen bien: «¡El Títere, en la cruz!... ¡El Colgado en la cruz!. . .»

Este odio religioso que suscita el orgullo contrarrestado por el poder del exorcismo — y la cosa es
impresionante y digna de subrayar — se detiene impotente, ante la persona y el nombre de la Santísima Virgen,
y Satán se verá obligado, muchas veces, a confesar textualmente:

" « ¡ELLA es la más poderosa!... ¡Nada puedo contra vos, poderosa Dama!... ¡A nada puedo llegar por causa
de ELLA ¡ . . . ¡Y me obligan a decirlo!...»

Me obligan, ¡es decir, Dios!

"Y jamás, jamás Satán insultará a la Santísima Virgen, pero no dejará de tratar de librarse del libro de los
exorcismos, del Ritual que, me lo ha dicho más de una vez, le hace soportar un segundo infierno; del Ritual que
tiene el sacerdote y que le quema a él las manos cuando de improviso lo agarra un segundo; y si pudiera, del
mismo exorcista también a menos que Satán no se vea obligado a declarar con cólera: «Contigo no hay nada
que hacer. . . Son los de allá arriba quienes te protegen. . . sin eso ¡hace mucho tiempo que te hubiera
estrangulado!»

"No le costará adivinar, querido monseñor — y sus lectores adivinarán también —, que todos estos detalles
están consignados en mis expedientes, con precisiones perturbadoras, y aún más aplastantes, para Satán, que
me ha gritado más de una vez: «¡Ah! ¡Tus papeles! ¡Si pudiera te arrojaría todo eso al fuego!. . .»

"Le he dicho ya, monseñor, que al orgullo hay que añadir con respecto a la psicología de Satán, en el transcurso
de los exorcismos, un desprecio odioso y brutal por su víctima. El origen de esta actitud frente al poseso,
proviene de que Satán ve en este poseso un rival o un reemplazante en el Paraíso del cual, junto con sus
ángeles, él ha sido definitivamente excluido. Y cuando el exorcista lo llama: EL MALDITO, este apodo produce
sobre él una impresionante reacción de silencio y de trágica tristeza, que va a transformarse en odio y en
violencia contra el poseso.

133
"Es entonces cuando el exorcista y los testigos eventuales admitidos a asistir a estas escenas dolorosas y
siempre impresionantes, ven al poseso rodar por tierra, retorcerse en sufrimientos violentos, en el suelo, verse
obligados a atajar los golpes que Satán aplica con una crueldad indignante y que obliga a veces a algunos
testigos a huir de este espectáculo intolerable.
"Evidentemente, mientras dura esta crueldad de Satán, los exorcismos se suceden sin solución de continuidad,
a veces durante dos horas, tres horas y hasta cuatro horas, creando al exorcista una actividad y una fatiga
insospechadas; porque el sacerdote no cederá a Satán hasta que éste, vencido por la fuerza del Ritual que, poco
a poco, lo domina y lo agota, se desploma repentinamente sobre la alfombra o el suelo, con la frente en tierra, y
grita con voz jadeante palabras como las siguientes que parecen increíbles:

"«;Basta!. . . ¡Basta!. . . ¡Piedad! . . . ¡Piedad!. .. ¡Hazme partir!...»


"Bajo el poder vengador y dominador del exorcismo de la Iglesia, lo lógico sería ver a Satán pronto a capitular y
a dar la señal de liberación del poseso. ¡Nos imaginamos que por fin este hombre o esta mujer están liberados!
Y ahí es donde la creencia y la esperanza popular se desconciertan cuando se enteran que la posesión continúa
y que Satán, tenaz, obliga a la Iglesia y al exorcista a nuevas e innumerables intervenciones. En este punto es
donde cabe repetir la frase de la teología mística y demonológica, que conoce los caminos misteriosos de Dios:

"«¿Quién conoce estos misterios insondables?»

"En cuanto al que le escribe estas líneas, querido monseñor, y que, desde hace ya más de cinco años, sin
tregua, sigue teniendo en la mano el Ritual Romano para hacer frente a Satán, no cesará de repetir a los
poseídos, atormentados por la Bestia:

«¡Confianza! ¡Soportad con firmeza!


¡Contad con la fuerza, quizá lenta, del exorcismo de la Iglesia!
¡Contad con la fuerza de la Santísima Virgen,
victoriosa sobre Satán, y esperad la hora segura de Dios!»

134
Índice

INTRODUCCIÓN:
-Palabra del Evangelio ………………………………………… 2
- La tentación de Jesús ………………………………… 2
- Ejemplos ………………………………………………………………………… 2
- ¿Por qué tantos poseídos? ………………………………………………… 3
- En la antigüedad …………………………………………………. 4
- Un viraje peligroso ……….……………………………………………… 5
- Imaginaciones malsanas …………………………………………………. 5
- Cifras impresionantes …………………………………………………. 5
-Lutero y el Diablo …………………………………………………. 6
-Después de Lutero ………………………………………………………. 7

CAPÍTULO 1.
— El santo cura de Ars y el Demonio ……………………………. 9
- Un centenario notable ………………… 9
- Primeros ataques …………………………………… 10
- Horrible tentación …………………………………………………….. 10
- Los juegos de Satán …………………………… ……………………………………… 11
- El relato de un testigo - Otros testigos ……………………………………… 12
-El Arpeo - Un ejemplo memorable ……………………………………… 13
- Otras manifestaciones ……………………………………………………………… 14
-La serpiente …………………….……………………………………… ….. 15
- Apariciones del Maligno - Testimonios ……………………………………… 16
-Otro testimonio …….……………………………………… 17
- Testimonio del médico …….……………………………………… 18
- La más grande de las tentaciones ……………………………………… 19
- El cura de Ars y el espiritismo ……………………………………… 20
- Balance y comparaciones ……………………………………… 21

CAPÍTULO 2. — Las “diabluras" de Lourdes


- Una pequeña ciudad sale de la sombra - Una alerta dudosa ……… 22
- Cantidad de visionarias ……………………………………… 25
- El lugar …..……………………………………………… 26
- Primeros temores ……………………………………… 27
- Juicios razonables ……………………………………………….. 28
- Visionarios en masa …..……………………………………… 29
- Las conclusiones del ministro ……………………………………… 32
- Celos de aldeas ……………..……………………………………… 33
- Los visionarios de Ossen ……………………………………… 35
- Los visionarios de Lourdes ……..……………………………………… 36
- Conclusión ……..……………………………………… 37

135
CAPÍTULO 3. — De la posesión
- Su naturaleza, sus causas, sus remedios ………………………………… 39
- Un hecho extraordinario ……………………………………… 39
- Naturaleza de la posesión ……………………………………… 39
- Causas de la posesión …….……………………………………… 40
- Los sortilegios ………………..……………………………………… 41
- Misterios no elucidados ……………………………………… 42
- Remedios ……………………………………… 44
- Posesión probada ……………………………………… 46
- La legislación canónica ……..……………………………………… 47

CAPÍTULO 4. — El caso muy especial de Antoine Gay (1790 -1871)


- Nuestras fuentes de información - Antecedentes ………………… 48
-Las pruebas - Certificado médico ……………………………………… 49
- ¿Por qué no hubo exorcismo?" ……………………………………… 50
- Algunas peripecias de esa vida ……………………………………… 50
- El R. P. Chiron - La discusión de Perpignan …………………… 51
- Una estada en Ars ……………………………………… 52
– Homenaje de un demonio a María ……………………………… 53
- Sigue la ausencia de exorcismos ……………………………………… 54
- Una página de San Grignion de Montfort ……………………… 54
- Un combate patético ……………………………………… 55
- Confesiones diabólicas - Una escena de predicación ……… 56
- Algunas reflexiones de Isacarón ……………………… 57
- Oración a María ……………………… 58
- El fin de Antoine Gay …………………….……………………… 59

CAPÍTULO 5 . — Casos de posesión en los siglos XIX y XX


- En Ars …………………….……………………… 61
- Los posesos de Illfurth …………………….…………… 63
- Liberación de Thiébaut …………………….……………… 64
- El asalto supremo …………………….……………………… 66
- La liberación de Joseph …………………….………… 67
- El caso de Héléne Poirier …………………….…… 69
- Otros dos casos de posesión …………………….… 70
- Las posesas de Phat- Diem ……………………. 71

CAPÍTULO 6. — La embrujada de Plaisance


- Una extraña historia …………………….……………… 72
- Escena reveladora …………………….…………………… 73
- En casa del obispo …………………….…………………… 74
– Primer exorcismo…………………….…………………… 75
- Comprobaciones …………………….…………………… 77
- Las quejas de un marido …………………….…………… 78
-El duodécimo exorcismo …………………….…………… 79
- El gran día …………………….…………… 80

136
- Conclusión ……….…………………….…………… 81

CAPÍTULO 7. — Un hechizo en pleno siglo XX


- Un encuentro muy curioso …………………….…………… 82
- Un gran cansancio ………….…………………….…………… 82
- Una sesión de curandero …………………….…………… 83
- Sueños extraños - Agravación …………………….…………… 84
- En la trampa …………………….…………… 85
-Amenazas - Efectos del sortilegio …………………….…………… 86
- Nuevos ataques …………………….…………… 87
- La venganza del curandero …………………….…………… 88
- La puerta de la salvación -Conversión religiosa …….…………… 89

CAPÍTULO 8. — Escenas de exorcismo


- Hacia los exorcismos …………………….…………… 90
- El primer exorcismo …………………….…………… 90
- Algunos comentarios - Segundo exorcismo …………….…………… 92
- Tercer exorcismo …………………….…………… 94
- Cuarto exorcismo …………………….…………… 96
- Trabajo en profundidad …………………….…………… 98
— Exorcismo del 31 de diciembre de 1954 …………………….…………… 99
- El exorcismo …………………….…………… 100
- Conclusión …………………….…………… 101

CAPÍTULO 9. — Presencia de Satán en el mundo moderno -


Nuestro punto de partida …………………….…………… 102
- Nuestros medios de discernimiento…………………….…………… 103
- Cómo se manifiesta Satán …………………….…………… 104
- La mentira por excelencia:¡Dios no existe! ……… 104
- Un médium de Satán ……………………………….. 105
– Mentiras y contradicciones ……… 106
- Satán, homicida ………………………………………. 106
- Satán a través del mundo …………………………. 107
- Diversos grados de presencia satánica ………… 108
- Infestaciones …………….…………………………….. 109
- Países de tentación …………………………….……… 109
- Vista de conjunto ……………………………………… 110

CAPÍTULO 10 . — El satanismo y los Juegos de Satán


- Definición ………………………………….…………………. 113
-Dos formas de satanismo …………………………… 113
- El satanismo-religión ………………………………………… 114
- El satanismo-magia …………………….…………………. 115
- El satanismo de nuestros días ……….…………………… 116
- Satanismo propiamente dicho

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- El satanismo-magia actual - Los juegos de Satán ……… 118
- Otros juegos ……………………………………………………… 119
- La adivinación: cosa satánica ………………………………. 120

CAPÍTULO 11. — : Algunos luciferianos o abogados de Lucifer


-Boullan y los Mariavitas ……………………….……………… 121
- ¿Qué son los Mariavitas? …………………………………… 122
- El caso inquietante de Léon Bloy ……………………………………………… 123
- El Satán de Léon Bloy ………………..………………………. 124
- El Diablo de Papini ………………………………….………..… 126
- Papini y Lucifer …………………………..……………………. 127
- ¿La desgracia de Satán es curable? ……………………….……… 128

CAPÍTULO 12. — La psicología de Satán


- Distinciones necesarias ….……………………….……… 130
- Satán y nuestros primeros padres ……………………………….……… 130
- El tentador de Cristo …………………………………….……… 131
- Los demonios del Evangelio …………….……………………….……… 132
- Los demonios en Jean Cassien y en nuestros días …………………… 132
- El demonio frente a los exorcistas ……………………….……… 133

IMPRESO EN PEUSER,
DURANTE LA SEGUNDA QUINCENA
DE JUNIO DE 1962,
EN SUS TALLERES DE PATRICIOS 567»
BUENOS AIRES,
REPÚBLICA ARGENTINA

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