Las Palabras y Las Cosas MF

Descargar como docx, pdf o txt
Descargar como docx, pdf o txt
Está en la página 1de 6

Las Palabras y Las Cosas, de Michel Foucault

Aurora Sandra Garibay Santillán[a]

Resumen
El problema del conocimiento ha sido desde siempre, tema central en la historia
del hombre, su ciencia y su filosofía. Las formas en que interpretamos al mundo
buscan darle orden, sentido y significancia a las cosas y a los hechos de la vida;
pero la forma en cómo lo hacemos ha sido bastante complicada de exponer y
mucho más de explicar. Las Palabras y Las Cosas de Michel Foucault, nos lleva
en un viaje a través de la historia para hacernos saber, de forma magistral, cómo
se ha tratado hasta nuestros días el problema de la aprehensión de la realidad a
través del conocimiento mediado por el lenguaje. El concepto de semejanza se
convierte en el punto central de su enfoque, aunque nunca hace referencia al lugar
que ya le había dado Aristóteles, junto con los de contigüidad y contraste, como
procesos asociativos. Sin embargo, señala de forma certera el lugar que el
lenguaje tiene como proceso, como sistema, como cosa o producto del lenguaje y
cómo el hombre ha ido construyendo su propio mundo y tal vez su propia
conciencia.

El libro de Foucault [1] nos ofrece una visión sobre el ser humano y el lugar que
ocupa como concepto dentro de la historia. Y sobre esto, para clarificar cómo el
sujeto lo hace, nos deja en claro el papel del lenguaje en la formación de estos
conceptos, en la forma de que la humanidad ha tratado de dar forma y orden al
mundo, creando representaciones cognitivas, a través de las relaciones sociales y
de producción para poderse describir y explicar a sí mismo.

Si bien la obra es compleja y se requiere cierta preparación en ciencias sociales


filosofía, lingüística, principalmente, es obligada, ya que la opinión de este autor es
imprescindible para el estudioso del ser humano y que se interese por formarse un
criterio sobre una antropología del conocimiento humano como aproximación
epistemológica propuesta por este autor.

Ya desde el prefacio, dirige de manera implícita la atención del lector hacia el


sistema de las semejanzas que el sujeto encuentra en las cosas para la formación
de los conceptos, por lo que la lectura rememora uno de los principios ya descritos
por Aristóteles, el de la semejanza, en que postulaba que las ideas se formaban
porque las cosas que uno percibía, se parecían y de esta forma se quedan
grabadas en la memoria. De esta manera, explica el porqué de esta obra, y utiliza
el mismo recurso que la origina, para exponer sus conceptos: a través del arte,
jugando con las analogías entre la obra de Borges y de Velázquez para explicar
cómo a través del lenguaje el ser humano ha tratado de entender al mundo. A sí
mismo, dice que eso tiene apenas como doscientos años (pg. 9).

Foucault introduce una arqueología, la arqueología del conocimiento como método


de abordaje a la praxis humana, ya que lo que va cambiando a través de la
historia, son las formas lingüísticas de representarse desde las cosas más
comunes, hasta los más complejos conceptos científicos, pero siempre de las
mismas cosas, de los mismos sucesos. En una ironía podríamos decir que todo el
conocimiento humano se encierra en el tamaño que tenga la Enciclopedia impresa
más completa jamás editada.

“la historia del orden de las cosas sería la historia de lo mismo de aquello que,
para una cultura, es a la vez disperso y aparente y debe, por ello, distinguirse
mediante señales y recogerse en las identidades”, con esto, lo que el autor

“intentará sacar a la luz es el campo epistemológico, la episteme en la que los


conocimientos, considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor
racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y manifiestan así una
historia que no es la de su perfección creciente, sino la de sus condiciones de
posibilidad; en este texto lo que debe aparecer son, dentro del espacio del saber,
las configuraciones que han dado lugar a las diversas formas del conocimiento
empírico. Más que una historia, en el sentido tradicional de la palabra, se trata de
una; “arqueología”.(pg. 7)

Pero Foucult va más allá y nos lleva a entender la dialéctica en el traspaso del
discurso estético hasta el científico: “en la unidad sólida y cerrada del lenguaje, por
el juego de una designación articulada, hace entrar la semejanza en la relación
proposicional. Es decir, en un sistema de identidades y de diferencias. Al atribuir a
cada cosa representada el nombre que le convenía y que, por encima de todo el
campo de la representación, disponía la red de una lengua bien hecha, era
ciencia-nomenclatura y taxinomia”(pg. 125).

El conocimiento es un producto exclusivamente humano y como tal, es una teoría:


la teoría del conocimiento. Según Beuchot (2004)[2], se compone de dos
discursos el científico y el estético. Dos formas de ordenar “la realidad” y siempre
al servicio del ser humano. Aunque a veces los resultados le hayan resultado no
tan beneficiosos. La forma de ordenar al mundo, de verlo, de interpretarlo, siempre
requerirá de la palabra, pero situada en su contexto histórico-social.

Asimismo, en el mundo humano, la palabra juega varios papeles: el de su


simbolismo y el de su significado; y por qué no, de significante. Las
representaciones sociales se valen de muchos trucos lingüísticos para irse
formando.

Vygotsky[3] anunciaba que el pensamiento está formado de predicados mentales,


formas lingüísticas con las que el individuo se va sujetando a su contexto. Por otro
lado, uno de los principios lacanianos es que el inconsciente tiene una estructura
lingüística, aunque su manifestación no lo sea [4] , y Foucault nos expone
magistralmente, cómo el sujeto aprehende su realidad y así podemos nosotros
entender cómo se ve expresada en el arte, por ejemplo. Discurso científico y
discurso estético quedan enlazados al discurrir de la historia.

El libro se divide en dos partes:

En la primera, el Capítulo I: Las Meninas, inicia con la descripción del juego de


representaciones que se llevan a cabo en la expresión artística sobre el hecho del
observador, que se ve envuelto en un juego de representaciones espacio-
temporales, a través de Las Meninas, obra cumbre de Velázquez, utilizando el
recurso de las semejanzas que él mismo expone como explicación a la formación
de significantes, de sentido de las cosas, de ver partes del mundo, de interpretarlo.

Así, el Capítulo II, nos va llevando a la formación de lo que denomina La Prosa del
Mundo, en el que expone las cuatro figuras principales en las que se articulan las
semejanzas en el conocimiento.

“Hasta finales del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo


en el saber de la cultura occidental, En gran parte, fue ella la que guió la exégesis
e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el
conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas. El
mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se
reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que
servían al hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación –ya fuera
fiesta o saber- se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo,”
Los siguientes capítulos III. Representar; IV Hablar, V. Clasificar; VI. Cambiar; nos
ubica en cómo se forman los significantes por mediación de los proceso
mediáticos del lenguaje y cómo a través de la historia, se ha teorizado y qué lugar
ocupan el estudio de la gramática, la lingüística, las lenguas, así como las ciencias
naturales. Uno de los puntos centrales sería la explicación de que en el hecho de
nombrar una cosa, en darle nombre, se apela a las semejanzas formadas o
construidas simbólicamente, a través de los signos y símbolos del lenguaje, en
donde “por el juego de una designación articulada, hace entrar la semejanza en la
relación proposicional. Es decir, en un sistema de identidades y diferencias” lo que
da sentido y significación a la interpretación que damos de las cosas en un tiempo
y especio determinados.

La segunda parte del texto nos induce a apreciar cómo el humano ha ido
evolucionando y cambiando en una vorágine dialéctica marcada por la economía
política de su tiempo. Pero si bien el hombre ha cambiado, las formas, los
mecanismos, las dimensiones de acercarnos al conocimiento de las cosas, de las
personas, de los eventos, incluso de otros organismos, parecen ser siempre las
mismas a través de Las Palabras y las Cosas de Foucault.

En esta parte del texto, se atraviesa un elemento de gran importancia: el deseo.

El ser humano es un ser deseante; deseante de conocer, de saber y de


aprovecharse de ese conocimiento. Así establece en el capítulo VII Los Límites de
la Representación enmarcadas en un relato histórico a la manera de Leo
Hubberman con Los Bienes Terrenales del Hombre [5] y cómo se entrecruzan
Trabajo, Vida y Lenguaje (Cap. VIII), en la Filosofía en el umbral de la modernidad,
en el que las formas de conocer se redescubren en un nuevo factor dentro del
proceso del conocimiento, el de la interpretación de lo que se es percibido, pero
desde un enfoque dialéctico, en el que se pueda distinguir la esencia de la
presencia de la cosa interpretada. Y si ahora nos ponemos románticos, al leer a
Foucault, no hace recordar el secreto de la zorra que le es revelado al Principito:
“sólo con el corazón se ve bien, lo esencial es invisible para los ojos”. La lectura
nos lleva a recapacitar sobre el hecho de que las representaciones cognitivas que
cada individuo forma los conceptos con los que interpreta las cosas del mundo, a
los objetos, a las personas, incluso a otros organismos, así como a los hechos de
la vida cotidiana, nos coloca en el dilema de la comprensión del individuo-sujeto a
y en su contexto histórico social. Da miedo pensar que andamos por el mundo
creyendo que nuestra realidad es igual a la que nosotros percibimos. Por eso no
nos ponemos de acuerdo, no podemos establecer mensajes estructurados para
explicarnos siquiera a nosotros mismos. El análisis del lenguaje y del discurso se
hace obligado y abre a los siguientes capítulos, estudiar la finitud del discurso
humano en El Hombre y Sus Dobles (Capítulo IX), hasta llegar al ordenamiento de
saberes que en el capítulo X, Las Ciencias Humanas, expone la relación y la
forma de las ciencias humanas a través de tres modelos: la historia, el
psicoanálisis y la etnología.

El libro de Foucault nos lleva por un viaje en el que descubrimos las formas
lingüísticas, dialécticas, que el sujeto utiliza para representarse al mundo. Cómo
en el mismo discurrir de los acontecimientos cotidianos, las cosas que nos rodean
van dejando su huella, su signatura, para darle un orden al mundo que nos rodea
través de las semejanzas, proceso único y particular de cada quien que nos
permite ordenar nuestro mundo a partir de la propia experiencia y de acuerdo a
algunas señales y acontecimientos sociales, como las fechas o los mismos
nombres de las cosas. Andamos como en la fábula de los ciegos que describían lo
que era un elefante según la parte de este que podían tocar, creyendo que
deberíamos vivir en el mismo sistema de creencias, en el propio sistema.

Así llegamos al lugar que iniciamos, al lugar de clasificar al conocimiento a través


del libro de Foucault, así como él lo hizo inspirado en la clasificación del libro de
Borges, en los que la yuxtaposición de ideas incongruentes, lleva a la clasificación
de lo absurdo, de lo empírico irreal, de la historia, del arte y la ciencia a través de
un proceso contradictorio de nombrar y clasificar a través de las diferencias tal vez
más que de las semejanzas, pero siempre auxiliados por la mediación del
lenguaje.

Colofón
A pesar de que Foucault escribió Las Palabras y Las Cosas hace casi cincuenta
años, no pierde su vigencia al igual que toda su obra. Imprescindible para
cualquier estudiante de las ciencias humanas interesado en ahondar un poco
sobre el papel de las representaciones en la construcción social de la realidad, e
interesante para quien quiera conocer un punto de vista sobre la forma en que
vamos construyendo nuestro mundo; un mundo de apariencias más que de
realidades. Nuestro mundo, el que tratamos de conocer está encerrado en las
palabras que nos sirven para representarlo. Su tamaño, es el de la enciclopedia
más grande que podamos obtener. Así de pequeña es nuestra realidad, que no
nos deja ver la esencia de ser nosotros mismos, sólo la apariencia que nos vamos
haciendo a través de los conceptos que adquirimos de las cosas, a través de las
palabras.

También podría gustarte