Cuántos Milagros Realizó Jesús en La Biblia
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Aunque también dice "Y hay también muchas otras cosas que Jesús
hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo
mismo podría contener los libros que se escribirían" (Juan 21:25).
Una gran parte de su vida y de su tiempo, Jesús la dedicó a hacer milagros. Los
Evangelios consagran un amplio espacio a ellos. En San Marcos, por ejemplo, de los
489 versículos que cuentan su vida pública, casi la mitad son narraciones de milagros.
Pero si quisiéramos enumerarlos a todos, nos resultaría muy difícil. En una primera
lectura, podemos descubrir que en San Marcos hay 18 milagros, . En una primera
lectura, podemos descubrir que en vida. Sin embargo, el Evangelio de San Juan no
parece pensar lo mismo. En él, la actividad milagrosa de Jesús aparece muy reducida.
Para ir contándolos
San Juan narra únicamente 7 milagros de Jesús. Debido a que este Evangelio es
altamente simbólico, no parece ser casualidad que el autor emplee esa cifra, puesto
que en la Biblia el número 7 significa “perfección”, “excelencia”.
Pero el autor del Evangelio no sólo narra 7 milagros sino que quiere que nos demos
cuenta de ello. Por eso al final del primero dice: “Éste es el primero de sus signos (o
milagros), y lo hizo Jesús en Caná de Galilea (2,11). Después del segundo dice: “Éste
fue el segundo signo (o milagro) que realizó Jesús” (4,54). O sea, es como si nos
invitara a ir enumerándolos a medida que los va narrando, para que descubramos que
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son 7.
Estos 7 milagros, seleccionados cuidadosamente por Juan, son: 1) Las bodas de Caná
(2,1-11), 2) La curación del hijo de un funcionario real (4,43-54), 3) La curación del
enfermo de la piscina de Bezatá (5,1-18), 4) La multiplicación de los panes (6,1-15), 5)
La caminata sobre las aguas (6,16-21), 6) La curación del ciego de nacimiento (9,1-7), y
7) La resurrección de Lázaro (11,1-44). Es cierto que existe un octavo milagro: la
“segunda pesca milagrosa” (21,1-6). Pero hoy los estudiosos sostienen que el capítulo
21 no pertenece al autor del Evangelio de Juan, sino que se trata de un apéndice
añadido posteriormente por otra mano. Por eso los biblistas no lo cuentan entre los
milagros del autor original, que deben seguir considerándose 7.
No es que Juan creyera realmente que Jesús había hecho sólo 7 milagros. Al final de su
Evangelio él mismo aclara: “Jesús realizó muchos otros signos, que no están escritos en
este libro” (20,30). Sin embargo, quiso relatar únicamente 7. Y ni siquiera quiso incluir
esos pequeños resúmenes de curaciones que traían los otros tres Evangelios, para no
salirse del marco de ese número.
¿Por qué entonces, si San Juan sabía que Jesús había hecho muchos milagros, sólo
cuenta 7? La respuesta, y la clave de todo, está en el diferente concepto de milagro
que tiene Juan.
En los otros tres Evangelios, llamados sinópticos, Jesús hace milagros por compasión a
la gente. Por eso dicen que Jesús “sintiendo lástima” curó al leproso (Mc 1,41);
“sintiendo pena” multiplicó los panes a la gente hambrienta (Mt 15,32); “movido por la
compasión” curó a los enfermos (Mt 14,14); “mirando la fe” de sus amigos sanó al
paralítico (Lc 5,20). Obrando de esta manera, Jesús revelaba que estaba cerca el Reino
de Dios. Un Reino donde ya no habría afligidos, ni hambrientos, ni desfavorecidos,
porque había surgido una nueva comunidad cristiana que tenía a Dios por Rey. Los
milagros, por lo tanto, eran la señal del nuevo mundo que estaba surgiendo, de la
nueva situación que Jesús inauguraba en favor de los más pobres, y en la que todos
los creyentes hoy debemos embarcarnos y comprometernos. Jesús hacía milagros para
mostrar su gran poder, y aclarar así que nada ni nadie podrá oponerse a su proyecto
de instaurar el Reino de Dios en la tierra.
Por eso, estos tres Evangelios para decir “milagro” emplean el término griego dynamis,
que significa “hecho de poder”, “acto poderoso”, porque lo que Jesús hacía, con sus
milagros, era mostrar el gran poder que había aparecido con él, y que estaba
cambiando al mundo.
Así, en las bodas de Caná, los litros de agua que Jesús convierte en vino son 600, una
cantidad desorbitada para la fiesta de un pueblito.
En la curación del hijo del funcionario real, se subraya la gran distancia a la que Jesús
lo cura; en los otros Evangelios Jesús también había curado a la distancia, como a la
hijita de la cananea (Mc 7,24-30), o al criado del centurión (Mt 8,5-13); pero eran
curaciones realizadas a metros de distancia; en cambio en San Juan el milagro ocurre a
35 kilómetros de donde está Jesús.
En la curación del paralítico de Bezatá, se resalta la gran cantidad de tiempo que el
hombre llevaba enfermo: 38 años. En los sinópticos, la persona que cura Jesús con más
años de enfermedad es una mujer encorvada, que llevaba 18 años enferma (Lc 13,10-
13).
En la multiplicación de los panes, Juan es el único que dice que Jesús pregunta a sus
discípulos cómo dar de comer a la multitud, pero sólo para probarlos “porque él sabía
lo que iba a hacer”, recalcando así que Jesús lo sabe todo, porque es de condición
divina.
En el milagro en el que camina sobre las aguas, Juan añade el detalle de que, aunque
la barca con los discípulos se hallaba azotada por el viento en medio del lago, apenas
Jesús llegó hasta ellos sobre las aguas, la barca tocó tierra en el lugar exacto a donde
se dirigían.
En la curación del ciego, se agrega la particularidad de que era un ciego de nacimiento,
único caso en todos los Evangelios.
Finalmente, en la resurrección de Lázaro, el muerto llevaba cuatro días enterrado,
mientras que en las resurrecciones que cuentan los otros evangelistas se trata de
personas que hacía algunas horas que habían muerto.
En tercer lugar, así se explica el hecho de que San Juan nunca los llame “milagros”,
como los hacen los otros Evangelios, sino “signos” (en griego, seméia).
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Porque mientras los otros Evangelios pretendían mostrar que Jesús realizaba “hechos
poderosos” (o sea, milagros), capaces de erradicar el mal, la enfermedad y el
sufrimiento del mundo, San Juan quiere mostrar que Jesús realizaba hechos
“reveladores”. Sus milagros no eran tanto para ayudar a la gente, como para mostrar
su interior. No los hacía para salvar, sino para catequizar. No revelaban su poder, sino
su persona. Por eso, a la hora de elegir un nombre, Juan prefirió llamarlos “signos”.
Porque un signo es algo que no tiene valor por sí mismo sino por lo que representa, es
una señal de algo que está más allá.
Cuando Jesús realizaba sus “signos”, quería decir a la gente que no se quedara con el
milagro, que éste no era importante, que fuera más allá, que viera lo que había detrás
de estos prodigios. En síntesis: le pedía que descubrieran al enviado de Dios, que
realizaba todas estas cosas. Sus milagros eran señales de la persona de Jesús.
En cuarto lugar, así se entiende otra característica de los milagros del Evangelio de
Juan, y es que suelen ir acompañados de discursos explicativos. En los otros
Evangelios, el milagro es lo que es: una fuerza, un poder del Reino de Dios, y no
necesita explicación. En cambio en San Juan el milagro no apunta al hecho que acaba
de ocurrir frente a sus ojos, sino apunta al que lo hizo; apunta hacia Jesús. Por eso,
ante el peligro de que la gente se quede con el prodigio, Jesús debe ponerse a explicar
cada milagro.
Así, cuando un sábado cura al paralítico de la piscina de Bezatá, Jesús explica que no lo
hace principalmente por beneficiar a un enfermo; había allí muchos otros enfermos al
lado del paralítico que también esperaban sanarse, y sin embargo los ignoró. Su
objetivo, más que dar la salud al paralítico, era revelar que Él era igual a Dios, porque
sólo Dios podía trabajar y curar en sábado (5,17-18).
De igual modo, cuando multiplica los panes, explica a la multitud que su intención no
fue la de calmarles el hambre, sino revelarles que Él era el Pan de Vida que había
bajado del cielo, y al que había que buscar. Cuando devuelve la vista al ciego de
nacimiento, aclara que lo hace para enseñar que Él es la luz del mundo, y que quien lo
acepta tiene la luz verdadera (9,5.39-41). Y cuando resucita a Lázaro, enseña que su
objetivo no era sólo devolver la vida a un muerto; aunque Lázaro resucitó ese día, iba a
tener que morir de nuevo, y sus hermanas iban a volver a llorarlo y a ponerlo por
segunda vez en una tumba; de modo que resucitarlo aquella mañana sólo para
concederle una propina de vida de unos cuantos años más, no tenía mayor sentido.
Más bien lo impresionante del milagro fue la revelación de que Jesús puede transmitir
la vida eterna a quien cree en Él, porque Él es la Resurrección y la Vida (11,25).
Finalmente, así se entiende por qué Jesús en el Evangelio de Juan nunca dice a sus
discípulos que ellos harán “signos” como Él. Los otros Evangelios cuentan que, durante
su vida, Jesús dio a los apóstoles el poder de curar a los enfermos (Lc 9,1), cosa que
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efectivamente ellos realizan (Lc 9,6). Y después de su resurrección Jesús amplía la
facultad de los apóstoles no sólo a la curación de enfermos sino a todo tipo de
milagros (Mc 16,17-18).
En cambio en San Juan, el único que realiza “signos” es Jesús; los discípulos no pueden
realizarlos. Lo cual es lógico, porque si los “signos” son los medios de los que se vale
Jesús para revelar su ser divino, su persona, su intimidad, nadie puede hacer signos
más que Él, porque sólo Él revela a Dios. Incluso se afirma que ni siquiera Juan Bautista
realizó signos (10,41). Los signos, en el Cuarto Evangelio, forman parte exclusivamente
de la autorevelación de Jesús.
Cordial saludo…
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