Corpus de Textos Teatrales: Materiales Equipo Especialistas Lengua. Programa Faro
Corpus de Textos Teatrales: Materiales Equipo Especialistas Lengua. Programa Faro
PROGRAMA FARO
VOCACIÓN1
De Jorge Maestro y Sergio Vainman
(La madre cose una camisa. El hijo está con un bloc, dibujando a la madre.)
MADRE.– A veces quisiera ser pulga para ver qué hacés con las camisas… (La enarbola.) Mirá... ¡Ni un botón!
CÉSAR.– ¿Qué querés que haga, mamá?... Lo que hace todo el mundo.
MADRE.– ¿Y estos puños? ¡Mirá cómo están estos puños! ¿Qué les pasás, papel de lija?...
CÉSAR.– (Mecánicamente.) No, mamá.
MADRE.– ¿Y estas manchas de qué son?... Parece grasa... pintura... ¿Qué es esto?
CÉSAR.– (Cada vez más automáticamente.) No sé, mamá.
MADRE.– César, no te hagas el pavo. (Hace un bollo con la camisa.) Esta camisa no sirve más. (Se levanta para ir a tirarla.)
CÉSAR.– (La ataja.) No, no. Traéla, damelá...
MADRE.– ¿Para qué la querés?... ¡Es una vergüenza de tanto zurcido!
CÉSAR.– A mí me gusta, dejá...
MADRE.– Vos lo hacés todo para llevarle la contra a tu madre... ¿Qué querés? ¿Que digan que tu madre no se ocupa de vos?...
¿Que soy una mugrienta? (Tira la camisa hecha un bollo que cae en el proscenio.)
CÉSAR.– ¡Pero vieja!
MADRE.– No me digas vieja, que no me gusta...
CÉSAR.– La quiero para pintar.
MADRE.– Ah... (Reacciona.) ¿Para pintar qué?...
CÉSAR.– Para pintar. En la Escuela de Bellas Artes todos usan ropa gastada para no ensuciarse...
MADRE.– ¿Y vos qué tenés que ver con la Escuela de Bellas Artes?
CÉSAR.– Todavía nada, pero...
MADRE.- Pero qué, César... ¡Hablá, por Dios!
CÉSAR.– ¡Eh... pará! Yo estuve pensando y... resolví que...
MADRE.– ¿Resolviste?
CÉSAR.– Bueno... sí... averigüé. ¡Quiero estudiar pintura!
(La madre lo mira azorada.)
MADRE.– ¿Desde cuándo?
CÉSAR.– Cuando termine la secundaria, mamá...
MADRE.– Desde cuándo se te metieron esas ideas, quiero decir.
CÉSAR.– Hace rato que lo vengo pensando.
MADRE.– ¿Y cómo no se te ocurrió decirme nada, nene?
CESAR.- Porque no sabía, ¿viste?... No estaba muy seguro...
MADRE.– Ay, cuando se entere tu padre...
CÉSAR.– Ay, ay... ¡Qué va a pasar, mamá!
(Llega el padre. Viene muy cansado. Se afloja la corbata, deja el saco que cuelga prolija y solemnemente.)
PADRE.– Hola, vieja... ¿Qué tal, César?
CÉSAR.– Bien...
PADRE.– ¿Cómo anduvo el colegio?
CÉSAR.– Bien. (Sigue dibujando.)
PADRE.– ¿Alguna novedad?...
CÉSAR.– No.
(La madre nerviosa espera a que el hijo hable.)
MADRE.– ¿Te parece que no tenés ninguna novedad?
CÉSAR.– ¿Eh?
PADRE.– Dejá de garabatear, César. Te está hablando tu madre...
CÉSAR.– (Ofendido.) No estoy garabateando, papá. La estoy dibujando a mamá.
PADRE.– Ah, se te dio por ahí... ¿A ver, che?
(César muestra el dibujo que el padre mira.)
Tá bien, eh… ¿Viste, vieja?... ¡Tá lindo, eh! Te sale bien... Es un lindo pasatiempo… Yo, cuando era pibe, así como vos, se me
había dado por desarmar todos los relojes que encontraba... Hasta llegué a pedir los folletos de un curso por correspondencia que
salía... (Trata de recordar.) ¿Cuánto salía? (Se queda pensativo.)
CÉSAR.– Para mí no es un pasatiempo.
PADRE.– ¿Ah, no? Para mí, sí. Yo me pasaba horas. Estoy seguro que hubiera llegado a ser un buen relojero. Me gustaban las
cosas chiquitas de los relojes (A la mujer, que va a servir la mesa.) Es como un trabajo de cirugía, no te vayas a creer. (Al hijo.)
Quizá me hubiera hecho de un oficio, un negocito... pero tu abuelo no quería. Era muy estricto el abuelo... ¿Te acordás del
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“Vocación”, el texto dramático que se reproduce abajo, forma parte de un espectáculo teatral titulado Respetable pú-
blico, creado especialmente para estudiantes de enseñanza media. Los autores, Jorge Maestro y Sergio Vainman, son tam-
bién conocidos guionistas de televisión.
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abuelo, vos? (El hijo va a hablar, el padre sigue.) ¡Qué te vas a acordar!... Era bravo el abuelo; un día cortó por lo sano: me tiró to-
das las herramientas, los relojes viejos, los folletos, todo... Y me dijo que en casa no había lugar para distracciones: “acá hay
que trabajar, amiguito”, me dijo. En aquel momento me dio mucha rabia, bronca, ¿viste? (La madre ha estado sirviendo la mesa.) A
uno cuando es joven le molestan las cosas que le dicen, pero... después pasan los años, a uno le vienen las responsabilidades...
en fin (Transición.) Así que ni siquiera como un pasatiempo... Pero lo hacés bastante bien, ¿eh?
CÉSAR.– Viejo... No entendiste. Es al contrario: yo quiero ser pintor. Pintor de cuadros, o dibujante, o grabador. Dedicarme...
(La madre ha terminado de servir.)
MADRE.– Vienen a comer. ..
(El padre mira a César.)
PADRE.– ¿Cómo que querés ser pintor?... ¿Cómo es eso? Esa te la inventaste hoy...
CÉSAR.– (Agresivo.) Viejo, no empecés... ¿Cómo que me la inventé?
PADRE.– ¡Yo no empiezo nada! Digo que te la inventaste hoy, porque hasta hoy no sabía nada. (A la madre.) ¿Vos sabías algo,
Clara?
MADRE.– (Haciéndose la distraída.) ¿De qué hablan?
PADRE.– De que vamos a tener un artista en la familia...
MADRE.– (Rapidito y bajo.) No.
PADRE.– (Al hijo.) Ahí lo tenés... Si ni tu madre ni yo sabíamos nada es porque te la inventaste hoy... (Se le acerca.) Porque algo
tenemos que ver tu madre y yo, ¿no?... ¿O somos extraños?...
CÉSAR.– Pero quién dice eso, papá... Lo que pasa es que lo pensé bien, averigüé hasta estar seguro y... ahora sí te lo puedo decir
porque lo tengo decidido...
PADRE.– ¡Ah, qué bien! ¡Ya lo decidiste! ¡Nosotros somos de palo!
MADRE.– Vienen a comer, que se enfría...
PADRE.– (Nervioso.) ¿Podés esperar un minuto?
MADRE.– ¡La comida no puede esperar! ¿O querés comer las albóndigas frías? Claro, ¡total! Después soy yo la que se levanta a
prepararte la sal de fruta y el tecito...
PADRE.– Clara, esperá un momento, por favor... Las albóndigas se pueden calentar...
CÉSAR.– (Displicente.) Por mí podemos hablar mientras comemos...
PADRE.– (Estalla. Casi gritando.) ¡Es que con vos ya no se habla en esta casa! ¡El señor decide solo! ¡Le creció la barba, viejo!... ¡Se
manda solito! Mirá, César, ¡sabé muy bien que para mandarse solo, también hay que mantenerse solo!
MADRE.– Pará, viejo... No te pongás así... Sentáte a comer.
CÉSAR.– Dejálo, mamá... Tiene razón, pero yo me la voy a saber bancar...
PADRE.– ¡Pero qué vas a saber bancar si no sabés sonarte los mocos!
CÉSAR.– Como quieras, pero yo lo tengo decidido.
(Transición del padre. Se calma.)
MADRE.– ¿Comemos?
CÉSAR.– No tengo hambre...
PADRE.– Esperá, Clara...
MADRE.– César...
(Padre e hijo se dan vuelta y dicen al mismo tiempo.)
PADRE Y CÉSAR.– ¿Qué?
MADRE.– Le hablo a tu padre.
CÉSAR.– Dijiste César.
MADRE.– Le hablo a tu padre (Al padre.) Vamos a comer, César. Dejálo al chico.
CÉSAR.– Yo no soy un chico, mamá.
PADRE.– Claro, ahora defendélo. Acá el que tiene que hacer el papel de malo soy yo. ¡Yo soy el maldito de la familia! (Lo mira a
César.) Pero mirá qué lindo: ¡pintor!... ¿Y de qué vas a vivir, che?... ¿Qué vas a comer?... ¿Acuarela? (Resopla. Transición. Se sienta.
Lo sienta al hijo. Va a comer.) (A la madre.) Estas albóndigas no se pueden comer, están frías. (La madre toma los platos y sale.)
PADRE.– Oíme, César. No quiero que nos peleemos. Quiero dialogar con vos ¿Entendés? Dialoguemos. ¿Vos pensaste bien en el
futuro? ¿Qué puede hacer de su vida un pintor?... ¿De qué vive?... ¿Con qué le da de comer a sus hijos?
CÉSAR.– Con lo mismo que le da de comer un contador, un médico, un mecánico, papá: con su trabajo.
PADRE.– ¿Y de qué trabajan los pintores, César?... Yo, los únicos pintores que conozco que trabajan son los que te pintan las
paredes...
CÉSAR.– Papá... Uno puede llegar a ser famoso, conocido. Vender bien sus cuadros...
PADRE.– ¿Y cuántos pintores conocidos hay? Mirá, me sobran los dedos de la mano...
CÉSAR.– Bueno, hay que pelearla. Mientras tanto se puede dar clase en las escuelas. En Bellas Artes te dan título de profesor... Se
puede poner un taller, no sé...
PADRE.– Pero es un sueldito, César. ¡Vivís con el peso justo!
CÉSAR.– Bueno, papá. Es lo que me gusta. Yo sé que no va a ser fácil.
PADRE.– Eso se dice cuando se tiene tu edad… Pero yo quisiera saber qué va a pasar cuando tengas que parar la olla.
(La madre vuelve con los platos que se llevó.)
CÉSAR.– Lo voy a hacer como todos, viejo...
PADRE.– Pero a mí me preocupa, César, me preocupa tu futuro. Si te digo todo esto es porque me importás...
CÉSAR.– Y yo te lo agradezco, pero si te importo, dejáme hacer mi vida, papá...
PADRE.– Yo no quiero que vos pasés lo que tuve que pasar yo. Quiero que seas un profesional, con una carrera... ¿Para qué te
creés que tu madre y yo hacemos tantos sacrificios? ¿Para que al final me salgas un pintorcito que no tiene dónde caerse muer-
to?...
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PLAN CURATIVO
De Vital Aza
Personajes
MADRE
NIÑA, quince años
ALFREDO, dieciocho años
DOCTOR, señor muy serio
Madre ¡Niña!
Niña ¡Mamá!
De Títeres = educación, de Mane Bernardo, Estrada, Bs. As., 1964.
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Niña Calor.
Niña ¡Alfredo!
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Estos pasajes interrumpen el diálogo teatral y en su mayoría son acotaciones sobre gestos de los actores que en esta
obra se han incorporado al texto original. Pero hay en ellos, también, información necesaria al espectador, como “se oyen
pasos” o “el doctor vive en el cuarto de al lado”. Para representarla puede agregarse un relator en la escena, que diga esos
pasajes, o incluir dentro del diálogo y la acción teatral, los trozos indispensables.
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Niña ¡Mejor!
Doctor Señora...
Aquí entre los dos, ahora,
el mal es de gravedad.
VITAL AZA
Nació en 1851 en Pola de Leme, Asturias, España. Se recibió de médico en la Universidad de Madrid, pe-
ro ejerció pocos meses su profesión para dedicarse a la literatura. Sus primeros trabajos, de índole cómica
fueron publicados en la revista El Garbanzo, dirigida por Eusebio Blasco. En 1874 se estrenó su primera come-
dia Basta de matemática que tuvo gran éxito. A partir de esto colaboró en los principales diarios y revistas
españoles de la época, como La Ilustración Española, Madrid Cómico, Blanco y Negro, La Gran Vía, etcétera.
Sus comedias y sainetes, de aguda gracia realista, nunca agresiva, pasan de sesenta. Algunas de ellas
las escribió en colaboración con Ramos Carrión, el autor de Agua, azucarillos y aguardiente.
Mencionaremos entre sus obras: De tiros largos, El padrón municipal, Robo en despoblado, Los tocayos,
El sueño dorado, Zaragüeta, Ciencias exactas, Las codornices, El rey que rabió, Tiquis miquis, La sala de
armas, El sombrero de copa, Aprobados y suspensos, La rebotica, etcétera.
Sus numerosas poesías festivas las recogió en tomos, corno Bagatelas, Pamplinas, Ni fu ni fa, Frivolida-
des, etcétera.
Murió en 1911 en su casa asturiana.
DECIR SÍ
De Griselda Gambaro
Interior de una peluquería. Una ventana y una puerta de entrada. Un sillón giratorio de peluquero, una silla, una mesita con tijeras,
peine, utensilios para afeitar. Un paño blanco, grande, y unos trapos sucios. Dos tachos en el suelo, uno grande, uno chico, tapas.
Una escoba con pala. Un espejo movible de pie. En el suelo, a los pies del sillón, una gran cantidad de pelo cortado. El peluquero
espera su último cliente del día. Hojea una revista sentado en el sillón. Es un hombre grande, taciturno, de gestos lentos. Tiene una
mirada cargada, pero inescrutable. No saber lo que hay detrás de esta mirada es lo que desconcierta. No levanta nunca la voz, que
es triste, arrastrada. Entra Hombre, es de aspecto muy tímido e inseguro.
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¡Si tiene buenas piernas! (Ríe. Se interrumpe.) No todos... ¡Usted sí! (El Peluquero no lo atiende. Observa fijamente el suelo.
Hombre sigue su mirada. El Peluquero lo mira, como esperando determinada actitud. Hombre recoge rápidamente la alusión.
Toma la escoba y barre. Amontona los pelos cortados. Mira al Peluquero, contento. El Peluquero vuelve la cabeza hacia la pa-
la, apenas si señala un gesto de la mano. El Hombre reacciona velozmente. Toma la pala, recoge el cabello del suelo, se ayuda
con la mano. Sopla para barrer los últimos, pero desparrama los de la pala. Turbado, mira fugazmente al Peluquero, y con la
ayuda de un pañuelo que saca del bolsillo, termina de juntarlos sobre la pala. Se incorpora, sosteniendo la pala. Mira a su al-
rededor, ve los tachos, abre el más grande. Contento.) ¿Los tiro aquí? (El Peluquero asiente con la cabeza. Hombre abre el
más pequeño.) ¿Aquí? (El Peluquero asiente con la cabeza. Hombre, animado.) Listo. (Gran sonrisa.) Ya está. Más limpio.
Porque si se amontona la mugre es un asco. (El Peluquero lo mira, oscuro. Hombre pierde seguridad.) No… ooo. No quise de-
cir que estuviera sucio. Tanto cliente, tanto pelo. Tanta cortada de pelo, y habrá pelo de barba también, y entonces se mezcla
que... ¡Cómo crece el pelo!, ¿eh? ¡Mejor para usted! (Lanza una risa estúpida.) Digo, porque... si fuéramos calvos, usted se ras-
caría. (Se interrumpe. Rápidamente.) No quise decir esto. Tendría otro trabajo.
PELUQUERO (neutro). –Podría ser médico.
HOMBRE (aliviado). –¡Ah! ¿A usted le gustaría ser médico? Operar, curar. Lástima que la gente se muere, ¿no? (Risueño.) ¡Siempre
se le muere la gente a los médicos! Tarde o temprano… (Ríe y termina con un gesto. Rostro muy oscuro del Peluquero. Hombre
se asusta.) ¡No, a usted no se le moriría! Tendría clientes, pacientes, de mucha edad, (mirada inescrutable) longevos. (Sigue la
mirada.) ¡Seríamos inmortales! Con usted de médico, ¡seríamos inmortales!
PELUQUERO (bajo y triste). –Idioteces. (Se acerca al espejo, se mira. Se acerca y se aleja, como si éste fuera culpable.)
HOMBRE. –No se ve. (Impulsivamente, toma el trapo con el que limpió el sillón y limpia el espejo. El Peluquero le saca el trapo de
las manos y le da otro más chico. Hombre.) Gracias. (Limpia empeñosamente el espejo. Lo escupe. Refriega. Contento.) Míre-
se. Estaba cagado de moscas.
PELUQUERO (lúgubre). –¿Moscas?
HOMBRE. –No, no. Polvo.
PELUQUERO (ídem). –¿Polvo?
HOMBRE. –No, no. Empañado. Empañado por el aliento. (Rápido.) ¡Mío! (Limpia.) Son buenos espejos. Los de ahora nos hacen
caras de...
PELUQUERO (mortecino). –Marmotas...
HOMBRE (seguro). –¡Sí, de marmotas! (El Peluquero, como si efectuara una comprobación, se mira en el espejo, y luego mira al
Hombre. Hombre, rectifica velozmente.) ¡No a todos! ¡A los que son marmotas! ¡A mí! ¡Más marmota de lo que soy!
PELUQUERO (triste y mortecino). –Imposible (Se mira en el espejo. Se pasa la mano por las mejillas, apreciando si tiene barba. Se
toca el pelo, que lleva largo, se estira los mechones.)
HOMBRE. –Y a usted, ¿quién le corta el pelo? ¿Usted? Qué problema. Como el dentista. La idea de un dentista abriéndole la boca a
otro dentista, me causa gracia. (El Peluquero lo mira. Pierde seguridad.) Abrir la boca y sacarse uno mismo una muela... No se
puede... Aunque un peluquero sí, con un espejo... (Mueve los dedos en tijera sobre su nuca.) A mí, qué quiere, meter la cabeza
en la trompa de otros, me da asco. No es como el pelo. Mejor ser peluquero que dentista. Es más... higiénico. Ahora la gente no
tiene... piojos. Un poco de caspa, seborrea. (El Peluquero se abre los mechones sobre el cráneo, mira como efectuando una
comprobación, luego mira al Hombre.) No, usted no. ¡Qué va! ¡Yo! (Rectifica.) Yo tampoco... Conmigo puede estar tranquilo.
(El Peluquero se sienta en el sillón. Señala los objetos para afeitar. Hombre mira los utensilios y luego al Peluquero. Recibe la
precisa insinuación. Retrocede.) Yo... yo no sé. Nunca...
PELUQUERO (mortecino). –Anímese. (Se anuda el paño blanco bajo el cuello, espera pacíficamente.)
HOMBRE (decidido). –Dígame, ¿usted hace con todos así?
PELUQUERO (muy triste). –¿Qué hago? (Se aplasta sobre el asiento.)
HOMBRE. –No, ¡porque no tiene tantas caras! (Ríe sin convicción.) Una vez que lo afeitó uno, los otros ya... ¿qué van a encontrar?
(El peluquero señala los utensilios.) Bueno, si usted quiere, ¿por qué no? Una vez, de chico, todos cruzaban un charco, un char-
co maloliente, verde, y yo no quise. ¡Yo no!, dije. ¡Qué lo crucen los imbéciles!
PELUQUERO. –(Triste.) ¿Se cayó?
HOMBRE. –¿Yo? No... Me tiraron, porque (se encoge de hombros.) les dio bronca que yo no quisiera arriesgarme. (Se
reanima.) Así que… ¿por qué no? Cruzar el charco o... después de todo, afeitar, ¿eh? ¿Qué habilidad se necesita? ¡Hasta los
imbéciles se afeitan! Ninguna habilidad especial. ¡Hay cada animal que es pelu...! (Se interrumpe. El Peluquero lo mira tétri-
co.) Pero no. Hay que tener pulso, mano firme, mirada penetran... te para ver... los pelos... Los que se enroscan, me los saco con
una pincita. (El Peluquero suspira profundamente.) ¡Voy, voy! No se impaciente. (Le enjabona la cara.) Así. Nunca vi a un ti-
po tan impaciente como usted. Es reventante. (Se da cuenta de lo que ha dicho, rectifica.) No, usted es un reventante dinámico.
Reventante para los demás. A mí no... No me afecta. Yo lo comprendo. La acción es la sal de la vida y la vida es acción y... (Le
tiembla la mano, le mete la brocha enjabonada en la boca. Lentamente, el Peluquero toma un extremo del paño y se limpia. Lo
mira.) Disculpe. (Le acerca la navaja a la cara. Inmoviliza el gesto, observa la navaja que es vieja y oxidada. Con un hilo de
voz.) Está mellada.
PELUQUERO (lúgubre). –Impecable.
HOMBRE. –Un poco... Claro, usted tiene más experiencia que yo... Le creo. (Mira con horror la navaja, se la acerca a los ojos, la
aleja.) ¿Siempre afeitó con esto? (El Peluquero asiente.) Les debe romper la cara a los... (Mirada severa del Peluquero.) Si us-
ted puede, ¡yo también! Nunca vi una navaja así... tan...
PELUQUERO (lúgubre). –Impecable.
HOMBRE. –Impecable está. (En un arranque desesperado.) Vieja, oxidada y sin filo, ¡pero impecable! (Ríe histérico.) ¡No diga
más! Le creo, no me va a asegurar una cosa por otra. ¿Con qué interés, no? Es su cara. (Bruscamente.) ¿No tiene una correa,
una piedra de afilar? (El Peluquero bufa tristemente. Hombre desanimado.) ¿Un... cuchillo? (Gesto de afilar.) Bueno, tengo mi
carácter y... ¡adelante! Me hacen así, (Gesto de empujar con un dedo.) ¡Y yo ya! ¡Vuelo! (Afeita. Se detiene.) ¿Lo corté? (El Pe-
luquero niega lúgubremente con la cabeza. Hombre, animado, afeita.) ¡Ay! (Lo seca apresuradamente con el paño.) No se
asuste. (Desorbitado.) ¡Sangre! ¡No, un rasguño! Soy... muy nervioso. Yo me pongo una telita de cebolla. ¿Tiene... cebollas?
(El Peluquero lo mira, oscuro.) ¡Espere! (Revuelve ansiosamente en sus bolsillos. Contento, saca una curita...) Yo… yo llevo
siempre. Por si me duelen los pies, camino mucho, con el calor una ampolla acá, otra... allá (Le pone la curita.) ¡Per-
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fecto! ¡Ni que hubiera sido profesional! (El Peluquero se saca el resto de jabón de la cara, da por concluida la afeitada. Sin le-
vantarse del sillón, adelante la cara hacia el espejo, se mira, se arranca la curita, la arroja al suelo. El Hombre la recoge, tra-
ta de alisarla, se la pone en el bolsillo.) La guardo... está casi nueva... Sirve para otra afeitada...
PELUQUERO. –(Señala un frasco, mortecino.) Colonia.
HOMBRE. –¡Oh, sí! Colonia. (Destapa el frasco, lo huele.) ¡Qué fragancia! (Se atora con el olor nauseabundo. Con asco, vierte un
poco de colonia en sus manos y se las pasa al Peluquero por la cara. Se sacude las manos para dejar el olor. Se acerca una
mano a la nariz para comprobar si desapareció el olor, la aparta rápidamente a punto de vomitar.)
PELUQUERO (se tira un mechón. Mortecino). –Pelo.
HOMBRE. –¿También el pelo? Yo... yo no sé. Esto sí que no.
PELUQUERO (ídem). –Pelo.
HOMBRE. –Mire, señor. Yo vine aquí a cortarme el pelo. ¡Yo viene a cortarme el pelo! Jamás afronté una situación así... tan extra-
ordinaria. Insólita... pero si usted quiere... yo... (toma la tijera, la mira con repugnancia) yo... soy hombre decidido... a todo. ¡A
todo!... Porque... mi mamá me enseñó que... y la vida...
PELUQUERO. –(Tétrico.) Charla. (Suspira.) ¿Por qué no se concentra?
HOMBRE. –¿Para qué? ¿Y quién me prohíbe charlar? (Agita las tijeras.) ¿Quién se atreve? ¡A mí los que se atrevan! (Mirada oscu-
ra del Peluquero.) ¿Tengo que callarme? Como quiera. ¡Usted! ¡Usted será el responsable! No me acuse si... ¡no hay nada de lo
que no me sienta capaz!
PELUQUERO. –Pelo.
HOMBRE (tierno y persuasivo). –Por favor, con el pelo no, mejor no meterse con el pelo... ¿para qué? Le queda lindo largo... mo-
derno. Se usa...
PELUQUERO (lúgubre e inexorable). –Pelo.
HOMBRE. –¿Ah, sí? ¿Conque pelo? ¡Vamos pues! ¡Usted es duro de mollera, ¿eh?, pero yo, ¡soy más duro! (Se señala la cabeza.)
Una piedra tengo acá. (Ríe como un condenado a muerte.) ¡No es fácil convencerse! ¡No, señor! Los que lo intentaron, no le
cuento. ¡No hace falta! Y cuando algo me gusta, nadie me aparta de mi camino, ¡nadie! Y le aseguro que... No hay nada que me
divierta más que... ¡cortar el pelo! ¡Me!.... me enloquece. (Con animación, bruscamente.) ¡Tengo una ampolla en la mano! ¡No
puedo cortárselo! (Deja la tijera, contento.) Me duele.
PELUQUERO. –Pe-lo.
HOMRRE. –(Empuña las tijeras, vencido.) Usted manda.
PELUQUERO. –Cante.
HOMBRE. –¿Qué yo cante? (Ríe estúpidamente.) Esto sí que no... ¡Nunca! (El Peluquero se incorpora a medias en su asiento, lo
mira. Hombre, con un hilo de voz.) Cante, ¿qué? (Como respuesta, el Peluquero se encoge tristemente de hombros. Se reclina
nuevamente sobre el asiento. El Hombre canta con un hilo de voz.) ¡Fígaro!... ¡Fígaro... qua, fígaro là...! (Empieza a cortar.)
PELUQUERO. –(Mortecino, con fatiga.) Cante mejor. No me gusta.
HOMBRE. –¡Fígaro! (Aumenta el volumen.) ¡Fígaro, Fígaro! (Lanza un gallo tremendo.)
PELUQUERO. –(Ídem.) Cállese.
HOMBRE. –Usted manda. ¡El cliente siempre manda! Aunque el cliente... soy... (mirada del Peluquero) es usted... (Corta espanto-
samente. Quiere arreglar el asunto, pero lo empeora, cada vez más nervioso.) Si no canto, me concentro... mejor. (Con los
dientes apretados.) Sólo pienso en esto, en cortar, (corta) y... (Con odio.) ¡Atajá éstal (Corta un gran mechón. Se asusta de lo
que ha hecho. Se separa unos pasos, el mechón en la mano. Luego se lo quiere pegar en la cabeza al Peluquero. Moja el me-
chón con saliva. Insiste. No puede. Sonríe falsamente risueño.) No, no, no. No se asuste. Corté un mechoncito largo, pero... ¡no
se arruinó nada! El pelo es mi especialidad. Rebajado y emparejado. (Subrepticiamente, deja caer el mechón, lo aleja con el
pie. Corta.) ¡Muy bien! (Como el Peluquero se mira en el espejo.) ¡La cabecita para abajo! (Quiere bajarle la cabeza, el Pelu-
quero la levanta.) ¿No quiere? (Insiste.) Vaya, vaya, es caprichoso... El espejo está empañado, ¿eh?, (Trata de empañarlo con
el aliento.) no crea que muestra la verdad. (Mira al Peluquero, se le petrifica el aire risueño, pero insiste.) Cuando las chicas lo
vean... dirán, ¿quién le cortó el pelo a este señor? (Corta apenas, por encima. Sin convicción.) Un peluquero... francés... (De-
solado.) Y no. Fui yo...
PELUQUERO (alza la mano lentamente. Triste). –Suficiente. (Se va acercando al espejo, se da cuenta de que es un mamarracho,
pero no revela una furia ostensible.)
HOMBRE. –Puede seguir. (El Peluquero se sigue mirando.) ¡Deme otra oportunidad! ¡No terminé! Le rebajo un poco acá, y las
patillas, ¡me faltan las patillas! Y el bigote. No tiene, ¿por qué no se deja el bigote? Yo también me dejo el bigote, y así ¡como
hermanos! (Ríe angustiosamente. El Peluquero se achata el pelo sobre las sienes. Hombre, se reanima.) Sí, sí, aplastadito le
queda bien, ni pintado. Me gusta. (El Peluquero se levanta del sillón. Hombre retrocede.) Fue... una experiencia interesante.
¿Cuánto le debo? No, usted me debería a mí, ¿no? Digo, normalmente. Tampoco es una situación anormal. Es... divertida. Eso:
divertida. (Desorbitado.) ¡Ja-ja-ja! (Humilde.) No, tan divertido no es. Le... ¿le gusta cómo... (El Peluquero lo mira, inescruta-
ble)... le corté? Por ser... novato... (el Peluquero se estira las mechas de la nuca.) Podríamos ser socios… ¡No, no! ¡No me
quiero meter en sus negocios! ¡Yo sé que tiene muchos clientes, no se los quiero robar! ¡Son todos suyos! ¡Le pertenecen! ¡To-
do pelito que anda por ahí es suyo! No piense mal. Podría trabajar gratis. ¡Yo! ¡Por favor! (Casi llorando.) ¡Yo le dije que no
sabía! ¡Usted me arrastró! ¡No puedo negarme cuando me piden las cosas... bondadosamente! ¿Y qué importa? ¡No le corté un
brazo! Sin un brazo, hubiera podido quejarse. ¡Sin una pierna! ¡Pero fijarse en el pelo! ¡Qué idiota! ¡No! ¡Idiota, no! ¡El pelo
crece! En una semana, usted, ¡puf! ¡hasta el suelo! (El Peluquero le señala el sillón. El Hombre recibe el ofrecimiento incrédu-
lo, se le iluminan los ojos.) ¿Me toca a mí? (Mira hacia atrás buscando a alguien.) ¿Se dirige a mí? (El Peluquero asiente len-
tamente con la cabeza.) ¡Bueno, bueno! ¡Por fin nos entendimos! ¡Hay que tener paciencia y todo llega! (Se sienta, ordena, fe-
liz.) ¡Barba y pelo! (El Peluquero le anuda el paño bajo el cuello. Hace girar el sillón. Toma la navaja, sonríe. El Hombre le-
vanta la cabeza.) Córteme bien. Parejito.
(El Peluquero le hunde la navaja. Un gran alarido. Gira nuevamente el sillón. El paño blanco está empapado en sangre que escurre
hacia el piso. Toma el paño chico y seca delicadamente. Suspira larga, bondadosamente cansado. Renuncia. Toma la revista y se
sienta. Se lleva la mano a la cabeza, tira y es una peluca la que se saca. La arroja sobre la cabeza del Hombre. Abre la revista,
comienza a silbar dulcemente.)
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TELÓN
GRISELDA GAMBARO (1928), narradora y dramaturga argentina, nacida en Buenos Aires y que vivió exiliada algunos años
en Barcelona, en tiempos de la dictadura militar (1976-1983).
Se inició como cuentista y novelista, por medio de títulos que, en ocasiones, sirvieron luego para su transposición tea-
tral: Madrigal en la ciudad (1963), Una felicidad con menos pena (premio Primera Plana 1967, editada al año siguiente),
Ganarse la muerte (1976, prohibida por el régimen militar).
En su teatro, que domina su producción, se advierten las huellas del teatro del absurdo, sobre todo de Eugenio Ionesco,
y la herencia de Franz Kafka, mediante la glosa de la incomunicación humana, el escarnio de las convenciones sociales y el
poder, y el sinsentido de la existencia.
Entre sus títulos destacan: Las paredes (1963), Viejo matrimonio (1965), El desatino (1965), Los siameses (1967), El
campo (1968, cuya acción transcurre en un campo de concentración del nazismo), Nada que ver (1970) y Sucede lo que
pasa (1974).
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chos.
EL SEÑOR EDUARDO
De Julio Mauricio
Rosita y Florita son dos hermanas solteras, que viven solas, de alrededor de cincuenta años. Están sentadas una al lado
de la otra, tejiendo piezas para un mismo pulóver destinado al cumpleaños de algún familiar.
Las dos están de cara al público. Se evitará el detallismo psicológico naturalista; ambas mujeres matizarán con economía
expresiva, como si lo que están diciéndose se refiriera a asuntos de rutina. La tensión dramática aumentará en la misma medi-
da en que cada personaje consiga disimular los impactos interiores. Apélese a pausitas de absorción, nerviosismo en el tejer,
innecesarias operaciones de manipuleo.
El señor Eduardo es un soltero jubilado que vive en la casa vecina.
(Pausa. Florita alza el tejido y aparenta examinarlo para poder decir lo que sigue con visos de naturalidad.)
(Un silencio.)
(Un silencio.)
(Silencio.)
(Pausa.)
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(Entra el señor Eduardo, exaltado, desorbitado. Clama alargando un brazo como para atajar algo que se esté haciendo.)
SEÑOR EDUARDO.- ¡Casi reviento con ese que me dio! ¡¡Lo atajé aquí!!
(Señala la garganta.)
(El señor Eduardo se sienta en un taburete y se estira tomando aire por la boca abierta.)
ROSITA.- Florita, el señor Eduardo me habló esta mañana para pedirme tu mano.
FLORITA.- ¡¿La mía?!
ROSITA.- Te ama en silencio. Como José María.
(El señor Eduardo se endereza. Mira a Florita. Florita lo mira a él. Rosita sigue tejiendo.)
TELÓN
Me dijo:
–¿NOMBRE Y APELLIDO?
–CLARA GARCíA
Me dijo:
–¿EDAD?
Pude decirle...: “a veces una edad de vieja”. (sonríe.) Porque es así no más. Cuando, por ejemplo quiero hablar con el Daniel y me di-
ce...: “no, hoy no, que estoy ocupado”; entonces me siento vieja.
Y también cuando salgo a la calle y la gente anda con la cara tiesa.
Y cuando me acuesto y me pongo a pensar...: “Mañana otra vez al taller”.
En cambio... ¿Vio, señora, esos días con poca humedad que una se siente como nueva? Bueno, ahí tengo otra edad. Y cuando tomo el co-
lectivo y me voy a “La Salada”, por ejemplo, también. Mire, señora, compare eso del viaje a “La Salada” con mi salida medio muerta del
taller a las seis. ¿Se puede hablar de una edad que una tiene?
Pero, claro, él se refería a otra cosa y entonces no le dije nada de todo esto. Le dije...
–TREINTA y CINCO AÑOS. Me dijo:
–¿NACIONALIDAD?
Otro lío. Porque cuando una se pone a pensar en las cosas más sencillas descubre que no son tan sencillas. ¡Usted, señor!, ¿se puso a
pensar alguna vez en las cosas sencillas? ¡Hágalo, es bárbaro lo que se puede descubrir! Mire...: mis padres eran gallegos; y los primos de
mis padres también. Así que crecí entre gallegos; y la otra gente hablaba distinto. De chica, mi mejor amiga –¡ay, ¿por dónde andará aho-
ra?!– era Carmela. Y los padres eran italianos. Yo iba a la casa de ella, dos piezas más al fondo que la mía. Y en la pared tenían un retrato de
un señor que miraba con los ojos muy abiertos. Después supe que era Benito Mussolini. Bueno, en esa casa se hablaba de otra manera.
Y en el taller tengo dos compañeras de mesa. Una es correntina, se llama Alicia. La otra es jujeña y se llama Josefina. Bueno, una habla
y habla y va viendo que no parece que hayamos nacido en el mismo país. Entonces tendría que decir...: “soy hija de gallegos, nacida en la
Capital”.
Pero dije lo mismo que dicen la jujeña y la correntina. Les dije...:
–ARGENTINA.
Me dijo:
–¿CASADA O SOLTERA?
¡Ay! (pausita.) Soltera. Pero no cien por ciento (pausita.) Tengo una hija de catorce años. Se llama Marta. Está en segundo año del Liceo
y va por la tarde. Por la mañana cose corpiños para el taller donde trabajo. Le puse Marta por la mejor amiga que tengo. ¡Ay, miren...! ¡Me
parece mentira que yo sea la madre!
(Une las manos y mira hacia arriba conmovida.)
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¡Es tan inteligente y tan fina! El padre, por lo que recuerdo era simpático, pero no creo que fuera muy inteligente. Tal vez por falta de
instrucción. A mí, ustedes ya me ven, ¿qué se puede esperar?
Miren, yo pienso a veces en cosas muy tristes. Pienso en cuando quedé embarazada. Claro, cuando mamá lo supo había pasado bastante
tiempo. Miren... ¡no me animaba! ¡Ay, cómo se puso! ¡Ay, que cosa más horrible! ¡Parecía loca! Cuando leo en los diarios que han torturado
a alguno, yo pienso si será peor que lo mío cuando mis padres lo supieron. ¿Y todo por qué...? Si uno la ve a Marta, puede preguntarse eso...:
“¿por qué tanto lío?”. No ¡claro que no se lo vaya decir! Ella tenía sus ideas en la cabeza. Ahora todavía me aguanto cosas del chusmerío,
pero yo la miro a Marta y me digo...: “¿qué me importa?”. Marta es lo mejor que hice en mi vida. Una tía mía se murió soltera y sin hijos.
¡Pobre! ¡Si por lo menos hubiera tenido un hijo! Porque después de todo, el marido es secundario si una puede trabajar.
Con la nena no me pude casar. Porque una puede aguantarle a los hombres ciertas cosas porque no son perfectos y al final de cuentas no
tenemos nada mejor. Pero es algo personal. ¿Cómo podía meter en mi casa a un hombre que tiene que ver conmigo, pero no sé si se llevará
bien con Marta? Es un asunto muy delicado y yo lo cuido mucho.
Marta me dijo una vez: “mamá, ¿por qué no te casás? ¡Sos tan joven y tan linda!” (sonríe enternecida.) Así nos ven los hijos (transi-
ción.) Ahora estoy saliendo con el Daniel. Porque las mujeres también tenemos sentidos. Vamos a ver qué pasa.
Pero al fin de cuentas soy soltera, así que le dije...:
–SOLTERA. Me dijo:
–¿DE QUÉ SE OCUPA?
Me levanto a las seis y media de la mañana. Pongo la leche al fuego y me meto en el baño. Mi madre me oye y se levanta y llega a la co-
cina antes de que se escape la leche. Después tomo el colectivo 42 en Chacarita y me voy a Pompeya, al taller. Con las dos chicas que le dije,
revisamos el trabajo de las costureras de afuera, como Marta. Dale y dale mirar corpiños. A las seis y diez otra vez el colectivo. Hago mi
higiene personal y de la casa. Comemos. Escuchamos algunos noticieros para saber cómo marcha el mundo y nos vamos a dormir.
Me ocupo de todo eso. Pero, claro, la pregunta era para saber si una es abogada, o artista, o profesora, o portera, o empleada; y como no
soy nada de eso, le dije...:
–OBRERA.
–¿DÓNDE VIVE?
En uno de esos departamentos antiguos, de corredor. Tiene tres piezas y una piecita con escalera. Yo alquilo una pieza y la piecita.
Antes mi mamá dormía en la piecita, pero ahora con las várices no puede subir. Entonces pasó Marta arriba, que por otra parte le viene
bien para estudiar. Claro que mamá se hace mala sangre porque se levanta mucho de noche –¡es increíble el líquido que suelta!– y piensa que
no me deja dormir; pero una se acostumbra.
El problema es con la gente que nos alquila. Quieren que desocupemos y nos hacen la guerra. Sobre todo lo siente mamá que se mete en
la pieza cuando está sola para no oír cosas desagradables. A mí me respetan más porque tengo mi carácter, pero andamos como perro y gato.
Y una comprende, ¡pobre gente!, necesitan el departamento. Pero, ¿qué se puede hacer?, ¿dónde me meto? Si alguien de ustedes sabe de un
departamento, no importa que sea viejo y no esté pintado; si me hace el favor, deja dicho aquí o a don Pascual del almacén, yo se lo voy a
agradecer mucho. La verdulera me habló de una señora sola y enferma que quiere alquilar una parte para tener compañía. Vamos a ver si
tengo suerte. Pero, como ustedes comprenderán, no era esto lo que me preguntaban. Así que dije...:
–OLLEROS 3710.
Me dijo:
–FIRME AQUÍ.
Me puse los anteojos de ver de cerca y firmé
(Mira a la platea con complicidad, sonríe, se encoge de hombros.)
APAGÓN
JULIO MAURICIO
1) Breve biografía. Nací el 26 de junio de 1919 en la Capital Federal, barrio Boedo. De padres españoles, cuna
de modesta para abajo.
2) ¿Por qué eligió el teatro? Una razón: soy un hombre que dialoga mucho consigo mismo. Con sólo elevar la
voz ya estaba en camino. Otra razón: todo aquel teatro que llegué a ver y que sentí de veras, me predispuso definiti-
vamente. Me dije: He aquí el medio por excelencia para una comunicación esencial.
3) ¿Escribe cuentos? ¿Alguna vez lo tentó la novela? El teatro es mi urgencia, pero he escrito algunos cuen-
tos, y, si llego a tiempo, intentaré la novela que por el momento es algo así como una casona que se va poblando
lentamente en la intimidad. Soy un escritor tardío. Mucho de mi tiempo se fue en actividades de supervivencia ajenas
a la literatura.
4) Evolución de su obra dramática. Experimento cada obra como un momento de mi producción total –sea
cual fuere el nivel alcanzado–. No concibo la posibilidad de considerarlas en términos de una evolución, salvo por el
hecho poco significativo de que técnicamente hoy sé un poco más que ayer. En todo caso podría señalar el paso del
tiempo como variable de contexto en la determinación de temas.
Los auriculares
De Marco Denevi
Una habitación estilo 1920, en Irlanda. Sobre una mesa hay una radio y un par de auriculares. Entra MISS CAPPO-
QUIN. Se sienta a la mesa, se coloca los auriculares sobre las orejas y manipula los botones de la radio. Trata de escuchar.
Pero como evidentemente no escucha nada, vuelve a hacer girados botones. Ahora sí. Ahora oye. Se sonríe, se arrellana en
su asiento y pone cara de éxtasis.
Entra MISTER O’BRIEN. Se sienta frente a MISS CAPPOQUIN.
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MISTER O’BRIEN. –Miss Cappoquin, hasta ahora no me había atrevido a hablarle, pero ahora debo hacerlo. Esta misma no-
che partiré a Dublin. Acabo de enrolarme en el ejército republicano. Tal vez no volvamos a vernos. Por eso quiero de-
cirle que la amo. ¿Aceptaría casarse conmigo? Quizás sería un matrimonio in extremis, el último favor que se le con-
cede a un condenado a muerte. De todos modos, saber que usted es mi esposa me serviría de inenarrable consuelo y
daría un valor del que, lo admito, no estoy dotado. Miss Cappoquin, ¿acepta usted?
(Ella le hace un ademán como despidiéndolo. MISTER O’BRIEN se pone de pie.)
MISTER O’BRIEN. –Entonces, ¿su respuesta es negativa?
(Ella repite el ademán, un poco más enérgico e impaciente.)
MISTER O’BRIEN. (Con cara patibularia.) –Adiós, Miss Cappoquin. Sé que moriré como un cobarde.
(Él se va. Por la ventana se asoma una MENDIGA con un niño en los brazos.)
MENDIGA. –Por favor, miss. Un penique. Un pedazo de pan. Una limosna. Mi nieto no come desde hace tres días. Por favor,
miss.
(MISS CAPOQUIN ríe oyendo algún chascarrillo por los auriculares.)
MENDIGA. –¡Maldita seas!
(La MENDIGA desaparece.
Entra sigilosamente un ladrón. A espaldas de MISS CAPPOQUIN, a la que vigila con los ojos, se apodera de varios objetos de
valor y huye.
MISS CAPPOQUIN ahora muestra una expresión consternada: está escuchando un folletín.
Entran por la izquierda y derecha, respectivamente, un HOMBRE y una MUJER.)
HOMBRE. –Lo sé todo.
MUJER. –¿Qué es lo que sabes?
HOMBRE. –Que me engañas con un inglés.
MUJER. –Y bien, sí.
HOMBRE. –Doblemente traidora. Este es el castigo que mereces. (Le hunde un puñal en el pecho.)
MUJER. –¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me matan! ¡Al asesino!
(Cae muerta. MISS CAPPOQUIN, sin volverse, le hace señas de que no grite. El HOMBRE sale corriendo.
MISS CAPPOQUIN ahora tararea una canción en boga, por ejemplo “Rose rose of Ireland”.
A través de la ventana se ve pasar una manifestación callejera. Gritos. Bandera. Tumulto.)
LA MULTITUD. –¡Abajo Inglaterra! ¡Viva Irlanda! ¡Vivan los Sinn Fein! ¡Mueran los Blacks and Tans!
(La policía inglesa dispersa a los manifestantes. Luchas. Forcejeos. Disparas de armas.
Cuando todo se ha calmado, MISS CAPPOQUIN parece volver a la realidad, mira a su alrededor, se quita los auriculares.)
MISS CAPPOQUIN. (Al público, con los auriculares en la mano.) –Gracias a Dios que han inventado la radio. De lo contrario,
me moriría de aburrimiento. En el mundo nunca sucede nada interesante. ¿No les parece?
(Se ajusta nuevamente los auriculares y prosigue tarareando “Rose rose of Ireland”.)
TELÓN
Marco Denevi (Sáenz Peña, 1922 - Buenos Aires, 1998) Novelista y dramaturgo argentino
que alcanzó reconocimiento internacional con obras como Rosaura a las diez (1955)
y Ceremonia secreta (1960), relatos a la vez realistas y metafísicos. Nacido en un pueblo de
la provincia de Buenos Aires, desde pequeño sintió una fuerte vocación por la música. Su
padre lo inició en las obras de Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas y Benito Pérez Gal-
dós. Se graduó como abogado y trabajó en el área legal de un organismo público.
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