El Problema Pastoral de La Masturbación
El Problema Pastoral de La Masturbación
El Problema Pastoral de La Masturbación
Respondo que hay algo que aportar al tema; por ejemplo, la respuesta que uno puede dar
a las nuevas concepciones sobre esta materia, y la contribución de la experiencia
personal que he adquirido aconsejando a personas que luchan contra el hábito de la
masturbación. He alcanzado actuales percepciones sobre la psicología de la
masturbación, a partir del estudio de la adicción sexual, de la que la masturbación es el
principal ejemplo.
Otra razón por la cual intento escribir sobre esta materia es el hecho de que muchas
personas que luchan con su debilidad no reciben ayuda espiritual adecuada o una
apropiada guía moral. En algunos casos son mal guiados por personas que les han dicho
que la masturbación ayuda a realizar el acto conyugal o que es parte en el proceso de
recuperación de dificultades sexuales. Hoy día se sabe bien que el hábito de la
masturbación puede verificarse en todas las etapas de la vida, desde la infancia hasta la
vejez. Puede encontrárselo en niños, adolescentes, jóvenes, casados, ancianos, religiosos,
seminaristas y sacerdotes.
Por favor, nótese que me refiero a “la tendencia” (más precisamente “la tendencia
desordenada”). Muchas personas han conseguido, de diversas formas, controlar la
tendencia a través de un plan de vida espiritual. Pero hay otros que luchan en la
oscuridad; es para este último grupo para el que escribo.
Pero tal vez la descripción más penetrante del hábito de la masturbación la encontramos
en una carta de C.S. Lewis, citada por Leanne Payne en The Broken Image: “Para mí el
verdadero mal de la masturbación consiste en que toma un apetito —que legítimamente
usado hace salir al individuo de sí mismo para completar (y corregir) su propia
personalidad en la de otra persona (y en último término en los hijos y nietos)—
dirigiéndolo en sentido contrario, hacia la prisión interior de sí mismo, para crear un
harén de novias imaginarias. Y este harén, una vez aceptado, se resiste a ser abandonado
para salir y unirse verdaderamente con una mujer real. Porque tal harén se encuentra
siempre a mano, siempre dócil, no exige sacrificios ni renuncias y puede ser adornado
con atracciones eróticas y psicológicas con las que ninguna mujer real puede
competir”[7]. Esta cita puede aplicarse tanto a hombres como mujeres, y expresa la idea
de la masturbación como una huida personal de la realidad hacia la prisión de la lujuria.
Esta es una sabia actitud. No comprenderemos por qué una persona está oprimida con
este hábito a menos que conozcamos algo de su trasfondo histórico. Al escuchar a las
personas nos damos cuenta que una de las principales causas que lleva a alguien al
aislamiento, a la fantasía y a la masturbación, es la soledad. Y generalmente, la soledad
va unida a sentimientos de profundo odio y rencor contra sí mismo. Cuando el mundo
real es cruel y prohibitivo la persona se vuelca a la fantasía, y cuando emplea mucho
tiempo en un mundo de fantasía termina esclavizado con objetos sexuales (porque éste es
el modo en que ve a las demás personas: como objetos).
A partir de esto esa persona huirá hacia el irreal pero deleitable mundo de su
imaginación. Tal es el comienzo de la adicción sexual, tan bien descrita por Patrick
Carnes[9].
Entre sus conclusiones cabe destacar: 1) En ningún lugar del Antiguo o del Nuevo
Testamento hay alguna explícita confrontación con el tema de la masturbación; 2)
Cappelli no encuentra en los escritos de los Padres Apostólicos ninguna mención de la
masturbación; 3) Las primeras referencias explícitas a la masturbación se encuentran en
los libros penitenciales anglosajones y celtas del siglo VI, en donde el tema es tratado de
modo práctico y jurídico; 4) Sin embargo, sería erróneo interpretar el silencio de los
Padres sobre la masturbación como una aprobación tácita de esta última o como una
supuesta indiferencia. Los principios que ellos elaboraron sobre la ética sexual y sus
actitudes generales podrían haberlos llevado fácilmente a condenar la masturbación.
Ignoramos por qué no se hizo así; probablemente se debió al hecho de que los primeros
escritores cristianos estaban principalmente preocupados con los pecados sexuales que,
por naturaleza, eran interpersonales[13].
El segundo estudio se refiere a las normas relativas y absolutas de la moral sexual en San
Pablo. Analizando la interpretación de Silverio Zedda sobre cuerpo-persona en San
Pablo, William E. May dice que Zedda no encuentra una explícita referencia al vicio del
autoerotismo. “Pero la condenación de dicho pecado puede, aquí, deducirse
indirectamente de la enseñanza de San Pablo, tomando como punto de partida aquellos
textos en que éste condena la pasión malvada en general, en los cuales los teólogos
encuentran condenado también el vicio solitario... De modo análogo puede considerarse
que el autoerotismo es uno de los elementos de la condición de aquellos solteros a
quienes San Pablo aconseja el matrimonio: ‘si no puedes contenerte, cásate; porque es
mejor casarse que abrazarse’ (1Co 7,9)”[14]. Zedda también entiende como
condenaciones implícitas de la masturbación Gal 5,23; 2Co 7,1 y 1Te 4,4.
Sin embargo los autores de Human sexuality dicen que la extensión que ha tomado la
práctica masturbatoria, particularmente entre los varones, dificulta a los moralistas
continuar sosteniendo la posición tradicional. Esto parece estar en agudo conflicto con el
sentido común. Estos moralistas infravaloran la cuestión de la gravedad objetiva del acto,
amparándose en la opinión de que, en el plano pastoral, la falta de plena advertencia y la
ausencia de completa libertad, frecuentemente impide que tales actos sean mortalmente
pecaminosos. El P. Farraher, sin embargo, argumenta, de modo convincente, a partir de
la constante enseñanza de la Iglesia, que la masturbación es una seria violación del orden
moral cuando la persona es plenamente consciente de la malicia del acto y, a pesar de
todo, lo realiza. Al no cumplir los fines unitivo y procreativo a los que se ordena el acto
conyugal, constituye un acto pecaminoso y seriamente desordenado[15]. Farraher señala,
también, que la estimulación sexual por parte de una pareja casada es moralmente lícita
en la medida que conduzca al acto matrimonial a la unión sexual natural o completa[16].
Farraher es muy preciso acerca de lo que constituye malicia grave en la masturbación al
escribir: “para que una persona sea formalmente culpable de un pecado mortal de
masturbación, su acto debe ser el fruto de una elección plenamente deliberada de algo
que advierte de modo perfecto como seriamente pecaminoso”[17]. Si tal acto se realiza
sólo de modo parcial o con imperfecto consentimiento de la voluntad, será pecado venial;
y “si no hubiera elección libre de la voluntad tampoco habría ninguna culpabilidad
pecaminosa, incluso en el caso en que la persona fuera consciente de lo que está
haciendo”[18]. Farraher continúa señalando que no hay pecado aún cuando una persona
prevea que la estimulación sexual y el orgasmo se van a seguir de alguna acción que ella
está realizando libremente, mientras no intente tal estimulación sino sólo la permita,
teniendo razones suficientemente serias para obrar así (lo que viene a ser una aplicación
del principio de doble efecto)[19].
2) Los autores de Catholic Sexual Ethics responden bien a la objeción que dice que la
condenación de la masturbación es una forma de maniqueísmo y estoicismo. Por el
contrario, son quienes aceptan la masturbación los que no pueden mirar de modo
consistente sus cuerpos y su actividad sexual como partes integrales de sí mismos, ya que
los actos masturbatorios no realizan los bienes humanos básicos de la mutua donación y
procreación. La masturbación usa el cuerpo como instrumento de placer y es, en realidad,
una forma de dualismo, ya que, en este contexto, convierte al cuerpo en un objeto para el
placer del alma[26].
Además la enseñanza [de la Iglesia] no se basa en la premisa estoica de que el único fin
de la unión sexual es la procreación. La enseñanza de la Gaudium et spes, nn. 47-52, así
como la Humanae vitae[27], sostiene claramente que la unión sexual en el matrimonio
tiene otros fines, incluía la expresión del amor mutuo. Por el contrario, la masturbación
no ayuda a ninguno de los grandes bienes del matrimonio, permaneciendo un acto
solitario.
En la práctica, los autores que sostienen que la masturbación no es materia grave, han
quedado impresionados por estudios estadísticos que muestran que la mayoría de los
adolescentes y un gran porcentaje de las adolescentes se masturban. Pero tales estudios
no describen la frecuencia de la masturbación ni el estado de conciencia del masturbador.
Tampoco toman en consideración el fenómeno verdaderamente actual de los grupos de
apoyo espiritual para vencer adicciones sexuales, como Sexólicos Anónimos[29] y
Adictos Anónimos al Sexo y al Amor[30]. Ambos grupos tratan la masturbación
compulsiva como una adicción sexual que hay que vencer a través de la práctica de los
Doce Pasos[31]adaptada a los problemas sexuales.
Los consejeros pastorales y los confesores se encuentran con frecuencia con personas
que se masturban diariamente a pesar de querer librarse de esta compulsión. Tales
individuos viven con culpa y vergüenza. No se satisfacen cuando el consejero intenta
consolarlos diciéndoles que no son culpables de pecado grave ya que carecen de control
sobre la masturbación. Quieren saber qué pueden hacer para recuperar el control de sus
impulsos sexuales. La primera cosa que el consejero puede hacer es estudiar las
adicciones sexuales y aprender qué puede hacerse para ayudar a un masturbador
compulsivo.
La adicción sexual puede definirse como una pseudo relación con una experiencia sexual
mentalmente perturbadora con efectos destructivos sobre uno mismo y en algunos casos
también sobre otras personas[32]. Como Patrick Carnes explica: “el adicto sustituye una
relación saludable con otras personas por una relación enfermiza con un evento o
proceso. La relación del adicto con una ‘experiencia’ trastornante se convierte en central
para su vida”[33].
Carnes subraya que la gente tiende a confundir adicción sexual con actividad sexual
frecuente o placentera. La diferencia está en que la persona normal puede aprender a
moderar su conducta sexual, mientras que el adicto no puede hacerlo. Ha perdido la
capacidad de decir “no” en razón de que su conducta forma parte de un ciclo de
pensamientos, sentimientos y actividad que no puede controlar. En lugar de gozar del
sexo como una fuente de autoafirmación y del placer en el matrimonio, el adicto sexual
lo usa como un alivio del dolor o del stress, análogamente al alcohólico que depende del
alcohol. A diferencia del amor, la enfermedad obsesiva transforma el sexo en una
necesidad primaria ante la cual todo lo demás puede ser sacrificado, incluyendo la
familia, los amigos, la salud, la seguridad y el trabajo[34].
Sin desarrollar todas las fases de una adicción, lo cual Carnes y Anne Wilson Shaef
hacen en sus libros, nos basta decir que el masturbador compulsivo tiene esperanza; y
esto por varias razones. Ante todo, puede llegar a entender que él no es una mala persona
sino alguien que sufre una enfermedad, la cual puede ser tratada y vencida. En la medida
en que se aborrece a sí mismo y se considera inútil (vergüenza) cree que no tiene
esperanza (desesperación). En segundo lugar, con la ayuda de un director espiritual y de
un médico, puede tomar conciencia de que es posible vencer su adicción. También
necesitará practicar los Doce Pasos participando en grupos de apoyo. A este respecto
encontrará una ayuda invalorable en las sesiones grupales de Sexólicos Anónimos y
Adictos Anónimos al Sexo y al Amor.
Hay otra forma de compulsión en la que una persona termina sumergida en el objeto de
su deseo, sintiendo que, para encontrar algún alivio físico, debe aceptar el impulso, o de
lo contrario, sufrirá mucho. En este caso la persona es consciente de que puede resistir, y
de que hay otra opción. Hay una libertad mínima, pero apenas alcanza para constituir
culpa grave. Se ve más claro en el caso de los que luchan contra este impulso al tratar de
dormirse por la noche, o cuando la tentación los sorprende en medio de la noche o en el
momento de despertarse. Farraher comenta extensamente las situaciones en las que la
persona, que ha resistido la tentación de masturbarse estando despierto, a veces resulta
abrumado por fantasías sexuales al tratar de dormirse o al despertarse por la mañana. En
la medida en que alguien realmente se esfuerce en desviar su atención, no comete pecado
si llega a producirse el orgasmo. Cuando duda si hizo suficientes esfuerzos para tratar de
librarse de esas fantasías, puede interpretar la duda a favor de su inocencia. De acuerdo a
las normas tradicionales de la teología moral puede presumir que en el momento de las
tentaciones nocturnas su intención es la misma que tiene habitualmente cuando está
despierto. A quien tiene sentimiento de culpa, los confesores y directores espirituales
debería asegurarles que no hubo pecado, en la medida en que pueda presumirse que la
masturbación fue involuntaria. “Decirle que, si se esfuerza y usa los medios
sobrenaturales, puede evitar incluso esas experiencias involuntarias, puede causar severa
ansiedad e incluso desesperación, puesto que no es posible evitar lo que es realmente
involuntario”[36].
Como confesor, a veces, uno trata con personas que son verdaderamente fieles a Dios, a
su familia y a la Iglesia, y que al mismo tiempo permanecen abiertos a situaciones
eróticas en las que tienen grandes dificultades para permanecer castos. De modo
semejante encontramos sacerdotes, hermanos y religiosas obsesionados por fantasías
sexuales, que se sienten compelidos a entregarse a ellas. Incluso se sienten empujados a
masturbarse algunos que no encuentran placer en la masturbación. En todas estas
situaciones recomiendo dos pasos: 1º buscar un médico profesional que acepte las
enseñanzas de la Iglesia; y 2º asistir regularmente a grupos de apoyo espiritual donde
puedan comentar esos conflictos penosos y tendencias compulsivas. Hay también otra
situación en la que puede encontrarse el masturbador compulsivo. La llamaré ‘el
momento de la verdad’. También vale para los masturbadores no compulsivos.
Según Allers el, así llamado, impulso irresistible, es tal antes de estar plenamente
desarrollado. La persona tiene el sentimiento intranquilo de que algo está por ocurrir. Se
encuentra envuelto en cierta forma de fantasía, que a menudo incluye literatura o videos
pornográficos. Se da cuenta de que debería librarse de la fantasía o de la pornografía pero
no lo hace. Tal vez a nivel inconsciente hay un impulso a buscar el placer en la
masturbación, lo que no admitirá en el plano consciente. Así Allers sostiene que la
persona es, de algún modo, responsable por no aprovechar el momento de la verdad, y
por permitir ser esclavizado por el deseo[37]. “Está acción puede, por tanto, estar exenta
de responsabilidad, y sin embargo no ser excusable, porque, de hecho, la persona ha
consentido a su desarrollo”[38].
De hecho, cuando el masturbador compulsivo practica los Doce Pasos, reconoce la oculta
insinceridad y el deseo de gozo sexual que estaban ya presentes en sus anteriores
afirmaciones de que, en realidad, no quería hacerlo. Parte de la curación consiste en
volverse más honesto respecto de las propias motivaciones. Como dice el siguiente
poema:
Adolescentes
A menudo temerosos de las relaciones reales con personas de otro sexo, se refugian en el
país de fantasía de la masturbación. Si a este caos moral se añade la enseñanza ambigua
y errónea que en algunas escuelas católicas se imparte, en las clases de religión, sobre la
masturbación, se podrá entender por qué nuestros jóvenes, en el confesionario, no
mencionan la masturbación como un problema moral. Esto da a los sacerdotes toda la
razón para responder seriamente a los jóvenes que preguntan sobre este tema.
Debemos darles una dirección espiritual adecuada, reconociendo su deseo de ser castos,
y aconsejarles específicamente sobre esta materia al modo que lo hace el P. Benedict
Groeschel en El coraje de ser castos[40].
Quizá no lleguemos a tomar conciencia del enorme sentimiento de culpa que padecen los
adolescentes que cargan con el hábito de la masturbación. Sienten que hay algo
equivocado en lo que hacen, a pesar que les hayan dicho “no te preocupes por esto” o
“no puedes evitarlo” o “ya madurarás y lo superarás”. Necesitan instrucción y guía, pero
no la recibirán hasta que no se les informe sobre la moralidad de la masturbación, y sobre
los factores psicológicos que a menudo impiden el ejercicio del libre albedrío. Opino (y
también otros confesores) que muchos adolescentes no se acercan a la comunión
dominical porque creen que no pueden vencer este hábito.
Jóvenes solteros
Según un mito muy extendido estos jóvenes deberían haber superado el hábito de la
masturbación de modo natural. Pero, con la costumbre de retrasar el matrimonio hasta
los 25-30 años, con noviazgos demasiado largos, y con la estimulación constante de citas
ocasionales, y las provocativas propagandas que aparecen en los medios de
comunicación, no sorprende que muchos hombres y mujeres caigan en la práctica de
caricias fuertes que llegan al orgasmo. Realmente se trata de una masturbación mutua
como el sexo oral. Quienes caen en estas prácticas se consideran vírgenes por no haber
tenido contacto genital. Se los llama técnicamente “vírgenes”, pero necesitan recuperar la
virtud de la pureza.
Otros solteros viven fantaseando cuando están ociosos. Al no mantener ningún noviazgo
serio por diversas razones, inciertos sobre qué hacer de sus vidas, y sin estar atados a un
cónyuge e hijos, a menudo se refugian en diversas formas de fantasía como novelas
románticas, revistas pornográficas, películas eróticas, frecuentando bares nocturnos de
viernes a domingos, y cosas por el estilo. Tienen muchos conocidos pero, en realidad,
son muy solitarios. Su tendencia a masturbarse a menudo traspasa la línea llegando, si se
presenta la oportunidad, a las relaciones genitales con otras personas. Resumiendo: han
hecho del sexo un ídolo. Si uno les menciona su soledad, la negarán señalando que tienen
muchos “amigos”. Tienen los placeres de la actividad sexual sin responsabilidad.
Es muy difícil acercarse a este grupo, que habitualmente viene a Misa para Navidad y
Pascua por complacer a sus familias. Quizá cuando pasen de los treinta años y empiecen
a darse cuenta que la vida tiene más riqueza que la que ofrece el sexo, buscarán dirección
espiritual. En este caso, la actividad sexual no es el principal problema sino solo un
síntoma del profundo vacío espiritual.
Solteros adultos
1) Ayude a que la persona reflexione sobre del sentido de su vida, sus esperanzas, sus
éxitos y decepciones, sus frustraciones y su soledad. Hay que tratar de descubrir qué es
lo que lo está abatiendo, porque a menudo la masturbación es un síntoma de
intranquilidad del alma, y eso es lo primero que se debe atacar.
2) Si esta persona está yendo a la deriva, hay que darle un plan de vida espiritual, como
el que he escrito para personas homosexuales[41].
4) También hay que decir que, además de comentar su dificultad con un director
espiritual, debería tratar de encontrar un grupo de apoyo como Sexólicos Anónimos.
Algunos masturbadores compulsivos descubrieron en estos encuentros, verdadera
amistad. El cultivar amistades reales con personas reales reduce significativamente el
poder de la fantasía sexual, al mismo tiempo que da un sentido de autoestima.
En el caso en que uno de los dos cónyuges haya llegado al matrimonio con el hábito de la
masturbación, es necesario forjarse una idea adecuada de su historia para poder
ayudarlo/a a vencer el hábito. Pero si el hábito está relacionado con problemas entre los
esposos, el director espiritual debería ayudar a los cónyuges a superar sus dificultades,
mandándolos, si fuese necesario, a un consejero matrimonial profesional. A veces uno de
los cónyuges cae en este hábito, por sentirse solitario, a causa de la completa desatención
por parte del otro. Por difícil que sea esta situación, esa persona puede aprender a
transformar su deseo sexual en virtuosos sacrificios por los hijos y por el cónyuge
desatento. Cuando sea posible uno debería tratar de acercarse él mismo al cónyuge
indiferente. Suele ocurrir que algunos hombres de mediana edad se encierran tanto en su
trabajo que no ignoran cuánto descuidan a sus esposas, las cuales, en su soledad, se
sienten tentadas de buscar la complacencia en la masturbación o en el adulterio. Otras
veces, el hombre que teme ser incapaz de satisfacer a su esposa en el acto sexual, se
aboca (como forma de evasión) a su trabajo o a otras actividades sociales. Además, en la
vida contemporánea, muchas mujeres casadas se comprometen tanto con sus carreras,
que dedican muy poco tiempo a sus esposos e hijos, sentando las condiciones para que
los primeros busquen gratificación sexual en el adulterio o en la masturbación.
Ahora bien, dudo que en la actualidad nadie sepa realmente qué aconsejan los directores
espirituales a los seminaristas que tienen el hábito de la masturbación. Supondría, en
base a los retiros que he predicado a sacerdotes y hermanos por espacio de doce años,
que tal consejo es acribillado por aquella línea de teología moral que considera que la
masturbación no es un serio desorden moral. Por tanto, es necesario, en primer lugar, una
instrucción básica tanto sobre la gravedad objetiva del acto como sobre la obligación
personal de trabajar al respecto. Además, puesto que la masturbación puede volverse
compulsiva, en ocasiones se hace necesario explicar la dinámica de la compulsión
sexual.
Al seminarista se aplican los mismos principios que he indicado al hablar de los solteros,
con la diferencia de que el seminarista ha hecho un compromiso de vida célibe, mientras
que el laico puede pensar en el matrimonio. Tal vez el seminarista tema, a raíz de sus
dificultades que experimenta, no ser capaz de vivir la vida célibe, y considere, por tanto,
la posibilidad de abandonar el seminario o la vida religiosa. Antes de tomar tal decisión,
debería comprender que necesita el consejo tanto del psicólogo clínico como del
sacerdote director [espiritual], a quienes debería permitir que se consulten mutuamente
sobre su situación. Es imprudente que, tanto el sacerdote-director como el psicólogo,
trabajen aisladamente, como ha sucedido con frecuencia en el pasado con trágicos
resultados.
Si, por otro lado, percibimos que, a pesar de darle asesoramiento psicológico, el esfuerzo
de una persona por superar la práctica de masturbación no lleva a ningún progreso,
parece que deberíamos aconsejarle que deje la vida religiosa o el seminario. La falta de
progreso constituye un buen fundamento para dudar de la vocación religiosa de esa
persona, y tal duda debe resolverse a favor de la Iglesia con el alejamiento de esa
persona.
Esto vale también para muchos laicos que resbalan por el lujurioso mundo ficticio del
cable televisivo. Se necesita rigurosa honestidad para evitar los estímulos sexuales
innecesarios, y esforzarse por permanecer en el mundo real. Debería adoptarse la
costumbre de confesarse semanal o quincenalmente. Algunos religiosos y sacerdotes,
además, asisten periódicamente a reuniones de apoyo espiritual como Sexólicos
Anónimos, para librarse de su conducta sexual.
Los factores que encaminan a una religiosa a una conducta masturbatoria no difieren
mucho de los que afectan a otras mujeres solteras, casadas o divorciadas. Un elemento
que comparte análogamente con el religioso varón es la inmadurez emocional. Esto
significa, en la práctica, que tales personas no han madurado emocionalmente en su
relación con el sexo opuesto, y que, como los adolescentes, son proclives a gastar
considerable tiempo fantaseando, sufriendo, como resultado, la tendencia a masturbarse.
Como en el caso del religioso varón, el sentido de culpa crece al percibir que viven una
vida doble.
A diferencia del religioso varón, es menos probable que la religiosa llegue a involucrarse
genitalmente con otra persona. Tal vez esto se deba, en parte, al que los religiosos
varones tienen su tiempo menos organizado y su responsabilidades hacia la comunidad
son menores que en el caso de las religiosas. Sin embargo, como hoy en día muchas
religiosas visten como laicas, estudian carreras profanas, y viven en departamentos,
pueden terminar involucradas emocionalmente con otras personas, de tal manera que se
intensifique la fantasía sobre la experiencia sexual, y, si se abandona la vida de oración,
les resulte más difícil resistirse a la masturbación. Dado el temor que les causa el
terminar en actos sexuales con las personas con quienes se han involucrado
emocionalmente, es posible que se limiten a imaginaciones y masturbación. Otras
religiosas, a pesar de vivir en conventos de clausura o semi-clausura, y de vestir sus
hábitos religiosos, quizá no tengan en quien confiar fuera, del sacerdote. Esta soledad es
campo fértil para la fantasía sexual. Por supuesto también pueden influir otros factores,
como experiencias sexuales traumáticas en la infancia, soledad, ira y baja autoestima.
Homosexualidad y masturbación
Hay que establecer varios puntos. Ante todo, en la persona que cree ser homosexual, hay
que examinar qué tipo de fantasía es la que lo empuja a la masturbación. ¿Se trata de
fantasías con niños o adolescentes? ¿Son imágenes sadomasoquistas, como ser golpeado
por otra persona o hacer daño a otro? De ser así tal persona necesita terapia profesional.
En segundo lugar, si el individuo se considera bisexual porque ha tenido experiencias
sexuales con personas de ambos sexos, habría que ayudarlo a reflexionar sobre sus
patrones de fantasía. Si la fantasía es primariamente de naturaleza heterosexual, es
probable que la persona sea de orientación predominantemente heterosexual; pero si la
fantasía es de naturaleza predominantemente homosexual, entonces, es probable que, en
este punto de su desarrollo, se haya asentado en una orientación homosexual. Califico mi
posición de este modo, porque los adolescentes que fantasean con personas del mismo
sexo pueden superar esta clase de imaginaciones durante el proceso de maduración, en
particular con alguna ayuda terapéutica[48].
Considero que las personas homosexuales tienen más dificultades con la masturbación
que las heterosexuales. La persona homosexual a menudo no quiere admitir, ni ante sí
mismo, que tiene esta orientación, encerrándose a veces en una vida de intensa fantasía
con masturbación compulsiva[49]. Además, teme reconocer esta orientación ante otras
personas, pensando que la masturbación puede ser una alternativa segura,
particularmente ahora con la crisis del Sida. Además, teniendo en cuenta que a estas
personas les cuesta establecer intimidad y amistad, mucho más que a las heterosexuales,
no debería sorprendernos que tiendan al hábito de la masturbación. Sin embargo, este
hábito a menudo las hace vulnerables a la promiscuidad. Se comienza primero con la
fantasía y la masturbación; luego se termina vagabundeando por lugares frecuentados y,
más tarde, encuentran algún compañero para pasar la noche. Así, en discusiones
grupales, las personas homosexuales puntualizan la gravedad de este problema en sus
propias vidas, mirando un desliz en esta práctica como un fracaso en su lucha por la
castidad.
Hay que distinguir dos clases de culpa: la sana y la neurótica. Cuando hago libremente
algo malo debería sentir culpa por quebrantar la ley divina escrita en las tablas de carne
del corazón humano (Ro 2,15). Pero, si rechazo dar a un alcohólico el dinero para un
trago de whiskey y siento culpa por no atender su pedido, en realidad estoy
experimentando cierta culpa neurótica. Es la clase de culpa que experimentan los niños
cuando ven que sus padres se separan o divorcian, sintiendo que ellos tienen la culpa. De
la misma manera, en la cuestión de la masturbación, muchas personas se torturan a sí
mismas innecesariamente. Me refiero ante todo a quienes viven bien y cuyo único
“pecado” es la masturbación. El director espiritual o confesor que conoce las luchas que
han tenido estas personas, suele tratar de aclararles que no han consentido libremente al
impulso de masturbarse.
No hay pecado grave si una persona se masturba sin tener pleno conocimiento, como
ocurre estando semidormido o semidespierto, o cuando alguien es arrastrado por una
pasión súbita y se halla a sí mismo cometiendo el acto a pesar de la resistencia de la
voluntad. Una de las consecuencias del pecado original es que las pasiones humanas
tienden a vencer los actos voluntarios (cf. Ro 7,1-20). Una persona puede aceptar este
principio y sin embargo sentir culpa en su corazón, por la masturbación, porque se dirá:
“si hubiera luchado con más firmeza, no habría tenido las fantasías y habría sido capaz
de librarme de todos mis pensamientos impuros”.
El problema con este sentimiento de culpa es que presupone que los seres humanos
tenemos control perfecto sobre nuestras pasiones, no sólo sobre la lujuria sino también
sobre la avaricia, la ira y otras emociones desordenadas. Sabemos que no tenemos un
control semejante. La persona que ha caído en masturbación, sin embargo, debe creer
que, con la gracia de Dios, puede vencer el hábito de la masturbación. Pero eso exige
cumplir fielmente un plan de vida espiritual. A veces también exige tratamiento
psicológico, al que me referiré más adelante. Mi experiencia pastoral me ha enseñado
que el sentido de culpa es compañero inseparable de la masturbación. En muchas
personas, sin embargo, existe también un sentimiento de vergüenza, distinto de la culpa.
Diferencia entre culpa y vergüenza
Ordinariamente, la masturbación en un niño no exige dar consejos al niño sino más bien
instruir a los padres para que enfrenten la masturbación ocasional con tranquilidad
tomando conciencia de que entre las causas comunes de esta práctica suele contarse el
anhelo de afecto por parte del niño o la inconsciente seducción que realizan los padres
que se bañan con sus hijos. Por último, habría que instruir adecuadamente a los niños
respecto de la higiene física de sus órganos genitales.
Como ya he tratado el caso de los adolescentes añadiré sólo algunas reflexiones. Una
hace relación a la fuerte vida que tiene la fantasía en el adolescente y el deseo de
experimentar el orgasmo sexual. La presión que suele ejercer el grupo de amigos para
que alguien experimente la masturbación se encuentra más extendida entre los varones
que entre las chicas. Además, en la primera adolescencia los muchachos tienden a
dedicar mucho tiempo a la fantasía. Esto se puede contrarrestar ayudando a que los más
jóvenes salgan del mundo de la imaginación y permanezcan en el de la realidad, en el
que pueden formar amigos reales. Sin duda no es algo fácil teniendo en cuenta la música
que alimenta a nuestros jóvenes. Quizá necesiten un círculo de estudio y juegos más
estructurado y exigente que los ayude a vivir en el mundo real.
Una educación sexual apropiada de parte de los padres o de sus delegados en lo que
respecta a las poluciones nocturnas y la menstruación posibilitará que los jóvenes tomen
conciencia de que tienen un problema común a muchas otras personas. En este terreno
los más jóvenes pueden pensar que están completamente solos con su problema. El joven
debe comprender que no se peca accidentalmente. Para que haya pecado una persona
debe comprometerse libre y conscientemente en esta actividad. Si una persona es
cuidadosa y sincera en su vida espiritual, en su esmero por amar a Dios, es probable que
no consienta plenamente al acto de masturbación. El acto aislado debe juzgarse en la
perspectiva más amplia, examinando la relación total que la persona tiene con Dios: “si
el conjunto de la vida espiritual es generalmente bueno y sano, entonces puede
presumirse con seguridad que no hay pleno consentimiento y no hay responsabilidad de
pecado mortal aun a pesar de haber hecho algo que es materia grave”.
Es necesario repetir los principios morales sobre la buena voluntad que no siempre
resultan obvios no ya a los jóvenes, sino incluso a los adultos. He aquí algunos:
Debería mostrarse a los dirigidos que existe una estrecha correlación entre estados
depresivos, ira, soledad, fantasía sexual y la tentación de masturbarse, y que, en tales
circunstancias, uno debería hacer un esfuerzo especial del alma y del corazón para
dirigirse hacia el mundo real y, en particular, para concentrarse en las necesidades del
prójimo. Como ya he mencionado, cuando la fantasía tiende a vencernos, es muy
recomendable dedicarse a alguna actividad externa que rompa el encanto de la
imaginación. En pocas palabras, necesitamos ejercitar autodisciplina sobre nuestra
imaginación durante las horas en que estamos despiertos. He descubierto que, para
quienes tratan de vencer el hábito de la masturbación, es muy útil, la sugerencia, ya
mencionada, de mantenerse en la realidad. Esto también es útil para el masturbador
compulsivo, pero, como ya hemos indicado, para vencer toda clase de compulsión se
necesita practicar fielmente los Doce Pasos, y alguna forma de grupo de apoyo (como
Sexólicos Anónimos).
Hay que recordar a los jóvenes que la adquisición de la virtud es trabajo de toda la vida y
que Dios no garantiza curaciones instantáneas de la debilidad humana, a pesar de que, en
materia de castidad, pensamos que Él debería hacer todo instantáneamente. Parece que,
en algunos casos, Dios continúa dándonos la gracia de volver a intentarlo una vez más, a
pesar de las frecuentes caídas del pasado. “Debemos, en efecto, estar seguros que la
castidad perfecta (como la caridad perfecta) no se alcanza mediante ningún esfuerzo
meramente humano. Debes pedir la ayuda de Dios. Y aún cuando ya la hayas pedido, tal
vez te parezca que no recibes ninguna ayuda o que recibes menos de la que necesitas. No
te preocupes. Después de cada caída pide perdón, levántate e inténtalo nuevamente. A
menudo lo primero que Dios nos concede no es la misma virtud sino el poder de volver a
intentarlo”[52].
Así, en la dirección espiritual de chicas uno encuentra tanto aquellas que se formaron el
hábito sin comprender su significado, cuanto las que saben ahora lo que están haciendo
pero se sienten incapaces de controlarlo. Este último grupo necesita la clase de ayuda que
hemos indicado para el compulsivo. Para el primer grupo aprovechará una actitud más
indirecta, ayudándoles a comprender sus vidas como un todo. En efecto, la masturbación
de una jovencita puede ser síntoma de disturbios en su familia y con sus pares, por más
que sean problemas superficiales. Sin dejar de lado los medios ya mencionados para
evitar la masturbación, habría que aconsejar a la joven que armonice sus relaciones con
quienes son importantes para ella y, quizá por vez primera en su vida, enfrentarse con su
propia autoimagen. Tal método indirecto lleva tiempo pero aporta más beneficios.
Sería repetitivo elaborar la tesis según la cual, por lo general, los adultos que practican la
masturbación tienen una fuerte tendencia narcisista que deben enfrentar y vencer. A
veces se hace necesaria cierta terapia profesional. Como ya hemos indicado, es necesario
cambiar el patrón de vida, lo que puede lograrse más efectivamente con una seria
dirección espiritual. Esto nos lleva a considerar los efectos espirituales de la
masturbación; aspecto raramente discutido. El Dr.William Kraft y el P. Bernard Tyrrell,
sin embargo, han iluminado los aspectos espirituales de la masturbación[54].
Kraft sostiene que el principal mensaje encerrado en el acto masturbatorio es que la vida
social, espiritual, emocional y física del masturbador todavía no está integrada. Su
amplia experiencia clínica le ha permitido percibir la seductiva naturaleza de la
masturbación, ya que es un medio fácil y accesible para reducir las tensiones y para
explorar las sensaciones genitales sin comprometerse en una relación interpersonal. La
fantasía que precede tales actos goza de la seguridad del secreto. Cuando este acto se
convierte en la principal fuente de intimidad y satisfacción, perjudica el crecimiento
espiritual. En ese momento se deja de vivir en el mundo real y se pasa a vivir en el
mundo de las personas ficticias “en el que todo es posible y no hay límites”.
Kraft sostiene también que la masturbación del adulto proviene con frecuencia de
experiencias no genitales, de modo tal que detrás de ella hay algo distinto del placer
genital. Los adultos a menudo se masturban por “aburrimiento, ansiedad y soledad”[55].
Cuando un adulto busca intimidad con otros sólo en su imaginación, en vez de hacerlo en
la realidad, esto es signo de inmadurez. Se supone que la sexualidad humana se orienta
hacia otra persona, expresando amor y ternura en comunión con el otro.
Asimismo, Kraft considera como candidatos para la masturbación a quienes viven vidas
“muy cerebrales, del cuello para arriba”, por su ansia de vivir “del cuello para abajo”. Su
falta de encarnación en la vida diaria crea tensiones que pueden buscar reducirse a través
de la masturbación. Aunque tales personas (usualmente religiosos o solteros) puedan
encontrar cierto alivio temporal por esta vía, no crecen espiritualmente. Algunos,
queriendo justificar la masturbación, van más allá, exagerando lo corporal a expensas de
la verdad espiritual[56]. En la historia personal de estos últimos se puede detectar un
largo período de represión de los deseos afectivos. Una reacción similar se ve en los
religiosos adictos al trabajo. El desafío es, por tanto, superar la masturbación
reestructurando la vida personal en una vida integrada. Lo que no es poca cosa en nuestra
cultura pansexual.
En los programas que siguen los Doce Pasos aplicados a la lucha contra las adicciones
sexuales, se insiste en que no basta con la buena intención y el poder de la voluntad. La
mortificación y la libre sublimación de los deseos sexuales son vías positivas para
integrar nuestra sexualidad, suprimir inmediatamente los deseos sexuales. También el
abandonarnos voluntariamente en las manos de Dios. Asimismo, la gracia redentora de
Dios ayudará a que la persona encuentre verdadera intimidad en vez de placeres carnales.
Pero todo esto toma tiempo.
De modo más inmediato hay que vigilar los propios estados anímicos, así como los
patrones recurrentes de fantasía y masturbación. Uno suele advertir los sentimientos y
estados anímicos que preceden habitualmente la masturbación. Esto ayuda a que se evite
caer en la masturbación. Ya que uno de los momentos difíciles tiene lugar al irse a
dormir, conviene buscar modos para evitar el trabajo de la fantasía. Relajarse más
durante el resto del día, y ocupar el corazón con buenas lecturas antes de acostarse,
reduce las tensiones que se experimentan en esos momentos. No es bueno intentar dormir
estando tensionado; porque en esas condiciones, por lo general, las fantasías sexuales
atormentan.
En esta era de HBO y de los canales nocturnos de cable, la persona angustiada por
tendencias de masturbación debería evitar como la peste la mayoría de los filmes que son
ofrecidos en estos medios. Algunos caen en la tentación de justificar mirar ese tipo de
producciones en nombre de la cultura, pero el problema es la pornografía que suele
acompañarlas.
Una de las áreas más inexploradas por la investigación sigue siendo la relación existente
entre incesto abuso sexual infantil y la tendencia a masturbarse en la vida adulta. Tengo
pocas dudas de que las víctimas de abuso sexual y/o incesto padecen diversos problemas
sexuales, y creo que uno de ellos es la aparición temprana de la conducta masturbatoria.
Un sacerdote católico puede ayudar mucho a estas personas.
El artículo del P. Bernard Tyrrell, que básicamente es una crítica del libro Sexual
Celibate del P. Donald Goergen, ilumina también este problema. Muestra que Goergen
yerra al intentar una explicación adecuada de los aspectos teológicos del celibato
consagrado y afirma, en cambio, que la masturbación en los religiosos debe ser vista
como algo contrario al celibato y a la vida de los votos. Sugiere que “...la principal culpa
que el consagrado célibe experimenta al masturbarse es resultado de las fantasías que
revuelve en la imaginación y los deseos que estas conllevan. Me parece obvio, desde un
punto de vista de la psicología y del sentido común, que el célibe consagrado que
deliberadamente imagina fantasías de actos sexuales y cosas por el estilo, al masturbarse
se hunde necesariamente en una experiencia existencial contradictoria entre el celibato
libremente elegido y su concreta realización”[58]
Por esta razón, Tyrrell está en desacuerdo con la hipótesis de Goergen sobre la
masturbación inculpable de los célibes consagrados. Es incompatible la aceptación
cordial del celibato con la trivialización del problema de la masturbación en un religioso.
Es materia grave aunque la persona tal vez no sea culpable de pecado grave por falta de
advertencia o por la existencia de aquellos impedimentos de la libertad que encontramos
en los masturbadores compulsivos. Pero tales personas están obligadas de dar los pasos
necesarios para librarse de su hábito o compulsión. En esta empresa la gracia divina
siempre es suficiente[59].
Conclusión
[1] http://www.sa.org
[2] http://www.slaafws.org
[3] http://www.ha-fs.org
[5] Benedict Groeschel, The Courage To Be Chaste, The Paulist Press, Mahwah, NJ., 64-
65.
[7] El texto completo se encuentra en: Letter to a Mr. Masson (March 6, 1956) Wade
Collection, Wheaton College, Wheaton, Ill.
[9] Cf. Patrick Carnes, Out of the Shadows, 1983; y Contrary To Love, 1989, Compcare
Publ. 2415 Annapolis Lane, Minneapolis, MN, 55441.
[16] Ibid., 438.
[17] Ibid., 438.
[18] Ibid., 438.
[19] Ibid., 438. Farraher también sostiene que por una razón suficiente, como un sueño
tranquilo o estudio uno no está obligado a ofrecer resistencia positiva “por largo tiempo
contra tales mociones y tentaciones involuntarias” (440).
[20] Ibid., 438.
[21] 'Masturbation and Objectively Grave Matter'; en: A New Look at Christian Morality,
Notre Dame, Ind. Fides Press, 1968, p. 214. Curran propuso inicialment esta opinión en
la Sociedad Teológica Católica de América, en 1966.
[22] Ibid p. 220.
[23] Declaración Persona humana, 9.
[24] Rev. Ronald Lawler, OFM, CAP, Jos. Boyle, Jr., and Wm. E. May, 187-195, Our
Sunday Visitor, Inc., Huntington, Indiana, 46750.
[25] Declaración Persona humana, 9.
[30] 1986 The Augustine Fellowship, P.O. Box 88, New Town Branch, Boston, MA,
02258.
[31] Nota del traductor (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE): El autor hace referencia a los
Doce Pasos del tratamiento de recuperación de Alcohólicos Anónimos. En el artículo no
los menciona, pues los supone conocidos. Los transcribo para quienes no los hayan leído
nunca: 1) Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se
habían vuelto ingobernables. 2) Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros
mismos podría devolvernos el sano juicio. 3) Decidimos poner nuestras voluntades y
nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos. 4) Sin miedo hicimos
un minucioso inventario moral de nosotros mismos. 5) Admitimos ante Dios, ante
nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos. 6)
Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos
de carácter. 7) Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos. 8)
Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos
dispuestos a reparar el daño que les causamos. 9) Reparamos directamente a cuantos nos
fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o
para otros. 10) Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos
equivocábamos lo admitíamos inmediatamente. 11) Buscamos a través de la oración y la
meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos,
pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese
la fortaleza para cumplirla. 12) Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado
de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros alcohólicos y de practicar estos
principios en todos nuestros asuntos.
[36] Ibid, 440.
[37] Nota del traductor (P. Miguel Ángel Fuentes): el autor quiere decir aquí que hay un
momento en que la persona ya vislumbra la dirección que han de tomar sus impulsos si
no interviene, y puede intervenir en ese momento, aunque no pueda hacerlo más
adelante. En ese momento se juega su verdadera responsabilidad.
[38] Allers, Ibid, 216-217. Cf, también John Ford and Gerald Kelly, Contemporary
Moral Theology, vol. I, Questions in Fundamental Moral Theology (Westminster, MD,
Newman Press, 1958), 230.
[39] Cf. Walter and Ingrid Trobisch, My Beautiful Feeling, Correspondence with Illona,
Intervarsity Press, 1977, Downers Grove, Illinois, 60515. Una adolescente alemana
revela sus sentimientos íntimos sobre la masturbación en oposición al profesor del
colegio liberal.
[41] John Harvey, OSFS, A Spiritual Plan to Redirect One's Life (Daughters of St. Paul
publication). (Nota del Traductor: En este escrito el P. Harvey defiende la posibilidad
real de vivir la castidad en forma gozosa siempre y cuando la persona con inclinaciones
homosexuales lleve una vida espiritual ordenada; para esto traza las líneas de un plan de
vida espiritual que debe incluir oración, meditación, Misa frecuente, examen de
conciencia diario, confesión regular, devoción mariana y algún apostolado de obras de
misericordia).
[43] John F. Kippley en su reciente libro Sex and the Marriage Covenant, The Couple to
Couple League International, Inc. Cincinnati, Ohio, 1991, muestra la relación entre
contracepción y masturbación. Si alguien argumenta a favor de la contracepción
basándose en la historia completa del matrimonio (ya tienen al menos cuatro niños y han
cumplido su deber), entonces el mismo argumento puede justificar la masturbación en el
matrimonio. Ambos argumentos son rotundamente erróneos (292-293).
[46] Ibid 203-204.
[50] 'The Solitary Vice Goes Public', Editorial, Fidelity, Notre Dame, IN, 1985,5. Jones
continúa diciendo: 'La lucha contra la tentación de masturbarse es el yunque en el que los
adolescentes forjan su carácter. O ellos aprenden a controlarse a sí mismos, con todo lo
que esto implica, o no aprenden, con toda la disposición proyectada como odio de la
autoridad que esto implica. La masturbación es, en cierto sentido, la primera raíz del mal
sexual desde el punto de vista del desarrollo (es la introducción del niño en el pecado
sexual), pero también porque todo otro pecado sexual es el fondo algo masturbatorio”
( ibid).
[56] Ibid., 41.
[57] Ibid., 43.